EN MEMORIA DE JOHN MCCAIN
por Antonio Quintana Carrandi
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El sábado 25 de agosto fallecía, a consecuencia de un tumor cerebral, John McCain, uno de los políticos más notables de Estados Unidos. Firme defensor de los valores y principios que inspiraron la creación de la gran nación norteamericana, sus convicciones conservadoras no le impidieron aceptar algunos avances como el del mal llamado matrimonio homosexual, declarando que no tenía nada en contra de las uniones civiles de ese tipo, aunque puntualizando siempre que un matrimonio es, jurídica y etimológicamente, la unión legal de un hombre y una mujer. Su postura frente a los inmigrantes ilegales tampoco se ajustaba al cien por cien a la defendida por la mayoría de los republicanos. Aunque era partidario de un férreo control fronterizo, y de repatriar de inmediato a los que pretendieran entrar ilegalmente en USA, defendía un proyecto para otorgar paulatinamente la ciudadanía a los inmigrantes irregulares que llevaran tiempo trabajando en Estados Unidos y que no hubiesen delinquido. Mostró una gran resolución al oponerse a las tabaqueras, que según comentó una vez hacían pingües negocios con la salud de la gente, posicionándose en este tema al lado de sus contrincantes políticos, los miembros del partido Demócrata. Considerado por sus detractores en ambos partidos como una nulidad en materia económica, abogó por una reforma en profundidad del sistema financiero, alegando que las prácticas de ciertas compañías podían provocar una crisis a corto plazo. Nadie le hizo caso y en septiembre de 2008 los acontecimientos le dieron la razón, demostrando que su visión económica, basada en las cuatro reglas básicas matemáticas y el sentido común, era mucho más clara que la de ciertos especialistas.

Servidor del pueblo estadounidense como miembro de la Cámara de Representantes primero y Senador después, mantuvo siempre una actitud coherente con los principios que defendía, sin llegar nunca al dogmatismo sectario que caracteriza a demasiados políticos. Pero ante todo fue un militar, un soldado que honró el uniforme que vistió. Piloto de combate de la Marina estadounidense, resultó derribado y capturado en Vietnam en 1967. Prisionero de los comunistas, durante cinco años sufrió cautiverio y malos tratos, hasta que, por fin, fue liberado en 1973, coincidiendo con los acuerdos de paz de París. Deseaba seguir la tradición militar de su familia, pero a su regreso estaba malnutrido y además sufría las terribles secuelas físicas de años de torturas, por lo que colgó el uniforme para siempre. Animado por sus amigos, pronto se decantó por la política. Aunque es cierto que apoyó la invasión de Irak en 2003, también lo es que censuró públicamente y sin tapujos la tortura empleada por la CIA y algunas unidades americanas con los prisioneros iraquíes. Había sufrido en sus carnes el horror del tormento físico y se le antojaba una inmoralidad que una nación democrática, como la suya, utilizara tales métodos. Incluso llegó a presentar ante el Congreso una enmienda a la Constitución, cuyo objetivo era cubrir los abundantes vacíos jurídicos de la legislación anti-tortura ya existente.

Se presentó a la presidencia en dos ocasiones. En la primera fue derrotado por el también republicano George Walker Bush, que se alzó con la nominación como candidato de su partido para presidente. En la segunda, en 2008, fue vencido por el demócrata Barak Obama. Coincidiendo con esta campaña electoral, llegó a San Sebastián Meryl Streep, excelente actriz que en la ciudad vasca dejaría constancia de su profunda estupidez personal, declarando: Si gana McCain, buscaré piso en Donosti. Y si es elegido Obama, mis cantos cruzaran el Atlántico. La pijoprogre Streep no dejó pasar ocasión de insultar veladamente a McCain, para ella y los de su cuerda un reaccionario peligroso. Muchos años después llegó a la Casa Blanca Donald Trump, este, sí, un populista reaccionario a más no poder. Muchos idiotas de por estos pagos ibéricos creyeron que la Streep, fiel a su palabra, abandonaría USA para establecerse en las Vascongadas. Pero no cayó esa breva, porque Meryl Streep, niña pija al fin y al cabo, es como todos los progres que en el mundo han sido: tiene mucho de pico, pero nada de pala.

Y así, mientras la ínclita actriz se dedicaba a escenificar las más cutres astracanadas, como disfrazarse de Trump en una patética parodia muy aplaudida por cierta clase de gente, John McCain, con mejor sentido, se erigió en el principal opositor del magnate en las filas republicanas. Para McCain, Trump podía causarle mucho daño a Estados Unidos. Compartía algunas, muy pocas, de las cuestiones defendidas por Trump, pero consideraba que éste no tenía soluciones adecuadas para ninguno de los graves problemas que acuciaban a la nación. Mientras Meryl y sus cuates se dedicaban a vivir en su particular burbuja hollywoodense, saliendo de ella sólo lo justo para lanzar a los cuatro vientos sus consignas anti— Trump, profundamente demagógicas y completamente vacías de contenido, McCain y otros muchos, tanto republicanos como demócratas, intentaban hacer algo útil para tratar de pararle los pies al ocupante de la Mansión Ejecutiva. A pesar de saberse enfermo, McCain siguió con su actividad política hasta que sus fuerzas se lo permitieron, defendiendo siempre los principios del americanismo contra los botarates de extrema derecha, como Trump, y los mentecatos de esa izquierda descafeinada, cursi e intelectualmente irrelevante que representa a las mil maravillas Meryl Streep.

Al actual inquilino de la Casa Blanca el fallecimiento de McCain debe de haberle provocado un suspiro de alivio, porque con él se ha ido uno de los hombres que con mayor eficacia y honestidad le han combatido. Nunca sabremos cómo se habría desempeñado McCain en la presidencia, pero, a juzgar por su trayectoria profesional, sus valores, su profundo sentido de la justicia y, sobre todo, su sentido común, hubiera sido, sin duda, un buen presidente de los Estados Unidos. Descanse en paz.

© Antonio Quintana Carrandi, (958 palabras) Créditos