Los tres grandes monstruos del siglo XX
STALIN, TERCERA PARTE
por Antonio Quintana Carrandi
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Stalin

Para controlar a los grupos guerrilleros de la retaguardia alemana, lo primero que hizo Stalin fue ordenar que se contactase con ellos mediante agentes del NKVD infiltrados tras las líneas enemigas. Una vez logrado esto, se les prometía a los cabecillas de dichos grupos armas y material en gran cantidad, que sería arrojado en paracaídas en ciertos lugares previamente designados. A cada grupo partisano se le proporcionaría una emisora de radio, con la cual podrían ponerse en contacto con el Estado Mayor del Ejército Rojo y coordinar estrategias y acciones. Junto a esos pertrechos llegarían también expertos en radio y en estrategia militar para asesorar a los guerrilleros en técnicas de combate. Como es obvio, esos expertos y asesores eran, en realidad, elementos del NKVD, que tenían instrucciones concretas de hacerse con el mando de las unidades partisanas. A cada una de éstas se le asigno, además, un comisario político cuya misión era la de adoctrinar en el marxismo-leninismo a los resistentes. Esta estrategia estalinista dio excelentes resultados, sobre todo porque a los primeros asesores y expertos se unirían, poco después, decenas de miembros del NKVD, que fueron reemplazando a los un tanto anárquicos mandos partisanos al frente de las guerrillas. De este modo, Stalin puso bajo su control a casi todos los grupos guerrilleros que operaban en el territorio ruso ocupado por el enemigo.

Para 1944 el Ejército Rojo era un impresionante rodillo militar, alimentado por las inmensas hordas de combatientes reclutados por los comunistas en toda la URSS, y por el flujo incesante de material procedente de la propia y reconstruida industria rusa y de la inestimable ayuda estadounidense. A partir de Stalingrado, los alemanes prácticamente no dejaron de retroceder, con algunas esforzadas intentonas por recuperar la iniciativa estratégica, como la batalla de Kursk, el mayor enfrentamiento de unidades blindadas de la historia. Conforme avanzaban hacia el Oeste, las tropas rusas iban descubriendo las atrocidades cometidas por los nazis y sus deseos de venganza se incrementaban. Los comunistas fomentaban ese odio, recurriendo no sólo a los crímenes germanos, sobradamente probados, sino haciendo pasar por tales monstruosidades que habían sido cometidas por el NKVD.

El jueves 13 de julio de 1944 el Ejército Soviético alcanzó la antigua frontera polaco-soviética. En Polonia la resistencia estaba muy bien organizada por el Armia Krajowa (Ejército Territorial), que dependía del gobierno polaco en el exilio. Conscientes de que los soviéticos no liberaban nada, sino que, simplemente, expulsaban a los alemanes para sustituir la tiranía nazi por la comunista, los mandos del Armia Krajowa decidieron alzar en armas la ciudad. Su objetivo era expulsar a los nazis por sus propios medios, para que los rusos no pudiesen arrogarse la liberación de la urbe y ocuparla militarmente. En realidad, el gobierno exiliado en Londres había concebido la denominada Operación Tempestad, un plan para liberar toda Polonia antes de la llegada de los soviets y restituir un gobierno netamente nacional, libre de la nefasta influencia marxista, y el alzamiento de la capital se enmarcaba en dicha operación.

El alzamiento comenzó el martes 1 de agosto de 1944 a las cinco de la tarde. El Armia Krajowa contaba con unos 50.000 combatientes, de los cuales al menos la mitad eran veteranos de la lucha contra los nazis. Las fuerzas rebeldes estaban formadas por hombres y mujeres de todas las edades, aunque la mayoría eran bastante jóvenes. De hecho, una parte importante del contingente partisano estaba integrada por niños de edades comprendidas entre los diez y los dieciséis años, que en principio debían ocuparse de tareas de apoyo, pero conforme se iba generalizando la lucha participaron en cruentos encuentros armados. Centenares de ellos morirían en acción o ejecutados por los nazis. El armamento de los milicianos del Armia Krajowa era muy escaso, pues apenas contaban con un millar de fusiles, unos cientos de pistolas, varias decenas de subfusiles y no demasiada munición. Tenían también algunas ametralladoras y armas anti-tanque. Abundaban, en cambio, las granadas de mano, de las que según estimaciones de los mandos rebeldes disponían de más de 20.000. Con tan escasos recursos armamentísticos, el Armia Krajowa tenía que enfrentarse a una guarnición alemana de 10.000 hombres, bien armados y pertrechados y que, además, en los 63 días que duraron los combates recibió toda clase de refuerzos, incluidos blindados y aviación. Los sublevados contaban con recibir ayuda de los aliados occidentales. Ingleses y americanos enviaron algunos aviones que lanzaron pertrechos, víveres, medicinas, armas y municiones en paracaídas, pero esos suministros eran a todas luces insuficientes para una lucha semejante. Además, muchos envíos cayeron en manos de los alemanes.

A pesar de saber que era casi imposible recibir ayuda importante de los anglo-norteamericanos, los hombres y mujeres del Armia Krajowa, decididos a expulsar a los nazis de su ciudad y evitar que ésta cayera bajo la férula estalinista, combatieron con ahínco contra fuerzas muy superiores. El gobierno polaco de Londres, entonces presidido por Stanislaw Mikolajczyk, presionó a Roosevelt y Churchill para que ayudaran a los insurgentes. El estadounidense y el británico sabían que sólo el Ejército Rojo podía impedir que los nazis aplastaran la sublevación, de modo que intentaron convencer a Stalin para que apoyara al Armia Krajowa. Pero el tirano rojo tenía sus propios planes, en los que entraba, precisamente, la aniquilación por parte de los nazis de los patriotas polacos.

El sábado 16 de septiembre de 1944 el ejército soviético estaba a orillas del Vístula. Sólo tenía que cruzar el río para entrar en Varsovia. Sin embargo, Stalin ordenó a sus tropas que se detuvieran. Los sublevados llevaban 47 días combatiendo a sangre y fuego contra los alemanes. Desde sus posiciones, los rusos podían observar cómo los insurgentes eran aniquilados sistemáticamente por los nazis, pero, cumpliendo órdenes de Moscú, no hicieron nada para impedirlo. El mando alemán, por su parte, no salía de su asombro, pues había esperado con temor que los soviéticos se apresuraran a apoyar a los partisanos. Sin embargo, Stalin sabía muy bien lo que hacía. Su objetivo era avanzar rápidamente hacia el Oeste, ocupando la mayor extensión posible de tierra y poniéndola bajo control soviético. Pretendía arrebatar a los alemanes los países que éstos habían conquistado previamente, convirtiéndolos en satélites de la URSS bajo gobiernos títeres. La sublevación de Varsovia era un golpe de suerte que debía aprovechar. Los rebeldes no tenían posibilidad alguna de vencer. Stalin lo sabía y se limitó a esperar sentado a que los nazis le hicieran el trabajo sucio, eliminando a aquellos díscolos polacos que podían crearle problemas cuando sus tropas ocuparan la ciudad. Los comunistas que todavía había en Varsovia, siguiendo instrucciones de Moscú, no tomaron parte en la revuelta, manteniéndose bien ocultos en espera de que la urbe fuera ocupada por sus camaradas.

Ante los requerimientos de los anglo-estadounidenses, que le conminaban a hacer algo, el sátrapa rojo alegó que había tenido que frenar el avance de sus tropas por problemas de abastecimiento, argumentando que las líneas de suministros del Ejército Rojo se habían extendido demasiado. Su referencia al agotamiento del segundo frente bielorruso sólo puede entenderse como un burdo pretexto para excusar su inacción, porque la potencia de fuego de las tropas rusas a orillas del Vístula era muy superior a la de los alemanes, a los que también superaban en número. Esta versión estalinista ha sido apoyada por varios historiadores poco escrupulosos o, sencillamente, procomunistas. Pero las investigaciones históricas más recientes, centradas en los archivos soviéticos de la época que han sido desclasificados, cuentan una historia muy diferente, demostrando que, de haber querido, los rusos habrían podido ayudar a los rebeldes de Varsovia. No lo hicieron porque Stalin, que ya estaba preparando lo que con el tiempo se conocería como Guerra Fría, prefería que el levantamiento fracasara para poder controlar Polonia con más facilidad en la posguerra.

Sin ayuda de nadie, los hombres, mujeres y niños del Armia Krajowa tuvieron en jaque a los ocupantes nazis durante más de dos meses. Fue una lucha despiadada, en la que al principio los alemanes no dieron cuartel a sus enemigos, ejecutando a los prisioneros por decenas de miles. Aunque los rebeldes totalizaban unos 50.000 combatientes, el grueso de la población civil les apoyó en mayor o menor grado, de modo que los germanos optaron por una política de ejecuciones masivas, con la esperanza de que así obligarían a los partisanos a rendirse. El efecto que consiguieron fue el contrario. Comprendiendo que lo único que podían esperar de los teutones era el pelotón de ejecución, los polacos lucharon con mayor desesperación, infringiéndole graves pérdidas al enemigo. En el mando alemán se impuso un principio de sensatez, y gracias a la mediación de varios generales no nazis, se consiguió que la Wehrmacht reconociera al Armia Krajowa como un ejército, no sólo como un grupo de resistentes, y se otorgara a sus miembros la consideración de prisioneros de guerra amparados por la Convención de Ginebra.

El lunes 2 de octubre de 1944 finalizó el levantamiento, cuando el general polaco Tadeus BórKomorowski firmó la capitulación ante los germanos, confiando en que éstos respetasen las vidas de los civiles de Varsovia, como previamente se había acordado. Durante los 63 días que duró el levantamiento armado, se calcula que perecieron al menos un cuarto de millón de polacos, de los que unos 80.000 fueron ejecutados por los nazis.

Tras la rendición, no menos de 15.000 miembros del Armia Krajowa fueron enviados a campos de prisioneros, mientras que la población civil de la ciudad fue evacuada a un campo de internamiento en Pruszków. Varios miles de combatientes se confundieron entre los civiles, con la esperanza de poder contribuir más tarde al renacer del Estado Polaco. Varsovia, siguiendo órdenes estrictas de Hitler, fue demolida hasta sus cimientos, utilizando explosivos y lanzallamas. Más del 85 por ciento de la ciudad quedó en ruinas. El miércoles 17 de enero de 1945 el Ejército Rojo entró en la metrópoli, tomándola con gran facilidad, como Stalin había previsto. Sólo en el distrito de la Universidad encontraron los comunistas alguna resistencia por parte de los alemanes, que fue eliminada en apenas una hora.

Los sucesos de Varsovia del 1 de agosto al 2 de octubre de 1944 pesan como una losa sobre la memoria colectiva de los polacos. Después de la guerra su país pasó a ser una colonia de la URSS, dirigido por unas marionetas cuyos hilos moverían desde Moscú Stalin primero y sus sucesores después. Humillado, vencido pero no derrotado, el pueblo polaco sufrió lo indecible bajo el régimen comunista, que coartó al máximo sus libertades y pergeño elaboradas mentiras en torno a la invasión soviética de 1939, a las matanzas de Katyn y a la sublevación de Varsovia. Sin embargo, como no hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague, Polonia sería el primer país del Este europeo en abandonar el comunismo, gracias de una parte al sindicato Solidaridad y a su líder, el honesto obrero metalúrgico Lech Walesa, y de otra a la decidida intervención del papa Juan Pablo II, polaco de nacimiento, que removió cielo y tierra para emprender un viaje pastoral a su patria. Gracias a estos dos hombres, los cimientos del comunismo se resquebrajaron, y a pesar de los intentos del títere de Moscú, el siniestro general Jaruzelski, por mantenerse en el poder, el marxismo-leninismo fue barrido de Polonia. Hoy los comunistas son una insignificante minoría en uno de los países más profundamente católicos del Viejo Continente, y el nombre de Stalin es aborrecido por la inmensa mayoría del pueblo.

El imparable avance hacia el oeste europeo del Ejército Rojo obedecía, primordialmente, a las ansias de conquista de Stalin, que durante un tiempo soñó con una Unión Soviética que se extendiera desde Asia hasta las mismísimas orillas del Canal de la Mancha. La apertura del segundo frente, con el desembarco en Normandía, había sido exigida por el sátrapa rojo en varias ocasiones. La Operación Overlord salió mejor de lo esperado, por lo que Hitler tuvo que dividir sus fuerzas entre el Este y el Oeste, reduciendo sensiblemente la presión sobre los soviéticos. Stalin aprovechó la oportunidad y, a pesar de la férrea resistencia de los alemanes, que hacían pagar con sangre a los rusos cada metro de terreno que estos conquistaban, sus fuerzas fueron ocupando una tras otra las naciones antes controladas por los nazis.

Pero el avance soviético hacia el Oeste perseguía otro fin, aparte del de ocupar y dominar el máximo de países posible. Los estadounidenses estaban trabajando en la construcción de un arma nuclear. Stalin estaba al tanto de todo gracias a que, entre los científicos que formaban parte del ultra secreto Proyecto Manhattan, existía un puñado de simpatizantes izquierdistas. La corrección política histórica, por definirla de alguna manera, ha tratado de convencer al público, desde 1945, de que los hombres que pasaron los secretos atómicos a Rusia lo hicieron porque temían que, si Estados Unidos era el único país con un arma semejante, el gobierno estadounidense podría sentirse tentado a imponer al resto del mundo su hegemonía. La realidad es más prosaica. Entre los integrantes del Proyecto Manhattan no había simpatizantes izquierdistas, sino simplemente estalinistas a secas, individuos que vivían en USA por diversos motivos, pero cuya lealtad estaba con el marxismo-leninismo más radical. Curiosamente, Robert Oppenheimer, director del proyecto y que sólo respondía ante el general Leslie Groves, tenía veleidades comunistas, pero era leal a los Estados Unidos.

Además de USA, Alemania y Rusia habían iniciado investigaciones destinadas a obtener un arma nuclear. Los británicos, conscientes de su debilidad económica, colaboraron con los americanos, aportándoles cuanto pudieron sobre el asunto. Hitler, por su parte, decidió conceder prioridad a la aviación avanzada y a los misiles. El Führer no comprendía bien los fundamentos científicos de la desintegración del átomo, por lo que creía, como muchos en aquel tiempo, que una deflagración atómica provocaría una reacción en cadena que incendiaría la atmósfera, destruyendo todo signo de vida sobre la Tierra. Los hombres de ciencia germanos consiguieron hacerle entender el funcionamiento de la bomba atómica. Pero, aunque los nazis tuvieron un equivalente al Proyecto Manhattan, no recibió un apoyo entusiasta por parte de Hitler. Su política se centraba en la conquista de la URSS con vistas a ser colonizada por Alemania, por lo que el dictador nazi consideraba que no era factible utilizar un arma así, con efectos tan contaminantes, sobre las tierras que ambicionaba para el pueblo alemán. Además, la nube radioactiva provocada por una explosión nuclear podía ser empujada por los vientos en dirección a las fuerzas germanas e incluso hacia la propia Alemania, con las graves consecuencias que cabría esperar. Algunos jerarcas del régimen, como Himmler, líder de las SS, deseaban poseer el arma atómica, pero las decisiones del Führer jamás se cuestionaban.

Tras recibir los informes procedentes de sus espías en Los Álamos, Nuevo Méjico, Stalin urgió a sus científicos a construir una bomba atómica. Pero en toda la URSS, el país más extenso del mundo, no se había encontrado ningún yacimiento de uranio. Sin embargo, los agentes de la inteligencia soviética habían descubierto que en cierto laboratorio berlinés los nazis guardaban una cantidad importante de uranio enriquecido, presumiblemente para utilizarlo en sus investigaciones nucleares. El tirano rojo, dispuesto a obtener como fuera el arma máxima, espoleó a sus generales para que avanzaran hacia la capital del Reich y la tomaran antes que los aliados occidentales. Irónicamente, los americanos podrían haber entrado en Berlín mucho antes que los rusos, porque las tropas de Patton, el general estadounidense más temido por el Estado Mayor alemán, avanzaban a buen ritmo y ya habían entrado en Alemania. Pero Roosevelt, temiendo que una defensa numantina de la capital germana causara decenas de miles de muertos entre los infantes americanos, decidió dejar a los rusos el honor de tomar la ciudad, ante la desesperación de Churchill que, como se ha dicho, era partidario de estrechar la mano a los soviéticos lo más al Este posible.

Lo que ocurrió es sobradamente conocido. Los rusos conquistaron Berlín a un alto precio y, de paso, se apoderaron de las reservas de uranio de los nazis, gracias a las cuales, y utilizando la información proporcionada por sus espías en Nuevo Méjico, conseguirían desarrollar su primera bomba atómica en 1949. El tirano rojo tenía, por fin, el arma suprema, que contribuiría más que cualquier otra cosa a convertir a la URSS en una peligrosa superpotencia. Fue una suerte para el mundo que los americanos fueran los primeros en disponer de una bomba atómica. No hay que tener mucha imaginación para figurarse lo que podrían haber hecho los comunistas si hubieran podido desarrollar armamento nuclear antes que los estadounidenses. Conociendo la catadura moral de Stalin, y la absoluta ausencia de los más elementales principios humanitarios en la ideología bolchevique, el horror que se hubiera desatado sobre Europa habría empequeñecido al causado por el nazismo.

El presidente estadounidense, Franklin Delano Roosevelt, había soñado con la creación de un organismo internacional, similar a la fracasada Sociedad de Naciones, que evitase el estallido de más conflictos bélicos en el futuro y asegurara la paz mundial. Al terminar la II Guerra Mundial, EE UU y la URSS se erigieron como las únicas superpotencias del mundo, las debeladoras del nazismo, aunque una parte sustancial de la opinión pública mundial creyera, erróneamente, que los rusos habían cargado con casi todo el peso de la guerra, sin darle ninguna importancia al hecho probado de que, sin la ingente ayuda económica y material americana, Rusia habría sucumbido ante Hitler. Roosevelt murió creyendo que su sueño de un mundo en paz, tutelado por la ONU y por una duradera amistad ruso-americana, se convertiría en una hermosa realidad. Evidentemente, en ese aspecto al menos, Roosevelt resultó ser demasiado ingenuo. Al principio su sucesor, Harry Truman, se mostró bastante magnánimo, tratando de borrar el recelo de Stalin y ganarse su confianza. Los americanos estaban dispuestos incluso a obviar los crímenes del comunismo soviético en aras del mantenimiento de la paz. Grave error, porque Stalin interpretó tal actitud como debilidad y, en consecuencia, decidió redoblar sus esfuerzos para extender por el mundo el marxismo-leninismo. Aunque durante bastante tiempo la opinión pública norteamericana siguió simpatizando con los rusos, pues el ciudadano de a pie suspiraba por el restablecimiento de la paz y el retorno a la normalidad, los estadounidenses no pudieron mantener mucho tiempo esa postura. Desde el mismo fin de la guerra los soviéticos se habían mostrado arrogantes y ofensivos. Mientras la mayoría de los países procedían a desmantelar el grueso de sus ejércitos y a licenciar a sus hombres, la URSS no sólo mantenía intacta su gigantesca maquinaria militar, sino que la incrementaba. Todo el Este europeo estaba bajo la dominación soviética, que imponía gobiernos de marionetas por doquier, encarcelaba o ejecutaba a los disidentes, aunque éstos se definieran como de izquierda, y convertía medio continente en un inmenso campo de concentración. Al mismo tiempo, los agentes de Moscú en el extranjero espoleaban a los partidos comunistas locales en contra del imperialismo occidental y por la lucha de clases sin cuartel. La hasta entonces un tanto cándida actitud de los Estados Unidos se trocó en suspicacia primero, temor después y alarma al final. El comunismo mostraba abiertamente su verdadera faz, por lo que a las sociedades del mundo libre no les quedó otra salida que revolverse contra el mismo. USA tuvo que enterrar definitivamente sus ilusiones de paz global, en las que creía sinceramente, y dieciocho meses después de la rendición japonesa, con la que concluyo la Segunda Guerra Mundial, se formuló en Washington la nueva doctrina política del Containment o Contención del comunismo. Esta doctrina sería dada a conocer por Truman, el miércoles 12 de marzo de 1947, en un discurso ante una sesión plenaria de ambas cámaras del Congreso. Las fantasías pacifistas de Roosevelt, pues no cabe definirlas de otra manera, habían dado paso a la cruda realidad. El comunismo era una ideología idéntica a la Nacionalsocialista, una concepción perversa de la política que no reparaba en frenos morales de ningún tipo para alcanzar sus objetivos. Aprovechándose del cansancio de las sociedades democráticas occidentales, que sólo ansiaban la paz, Stalin no sólo había consolidado su despótico poder absoluto sobre buena parte de Europa, sino que proyectaba una expansión global del bolchevismo por todos los medios a su alcance. Pero había llegado demasiado lejos y era hora de frenarle, o, como mínimo, contenerle. El sátrapa rojo sólo entendía un lenguaje, el de la fuerza. Así pues, los Estados Unidos se vieron obligados a asumir que no les quedaba más remedio que responder a cualquier agresión comunista, directa o indirecta, con la fuerza de las armas si era necesario.

Mientras el mundo libre se disponía a plantarle cara, por fin, a la siniestra ideología comunista, Stalin hizo pasar a su pueblo, una vez más, por los horrores de una purga. Al acabar la guerra habían sido liberados muchos millones de prisioneros de los nazis, incluido un gran contingente de trabajadores forzados. Los aliados occidentales se preocuparon de atenderlos debidamente y procurar que regresaran a sus países de origen. Los soviéticos, por su parte, se hicieron cargo de los prisioneros procedentes de la URSS con su acostumbrada eficacia. Los rusos que habían conseguido sobrevivir al terrible cautiverio nazi fueron repatriados a la URSS en vagones de ganado, bajo la estrecha vigilancia del NKVD. Parte de ellos regresaron a la patria soviética en barco. Pero a todos aguardaba un espantoso final. Según la lógica del pensamiento estalinista, aquellos hombres deberían haber luchado hasta el fin, pereciendo en combate contra los alemanes, pero se habían rendido, cometiendo, ante los ojos de Stalin y del comunismo internacional, un acto de traición. Por eso, cuando los convoyes de ex cautivos llegaron a Rusia, la mayoría de ellos fueron ejecutados en masa en las mismísimas estaciones de ferrocarril y en los puertos. Previamente se les fue identificando, para que el NKVD pudiera tomar represalias contra sus familias. Decenas de miles de personas, emparentadas aunque fuera lejanamente con algún prisionero de los alemanes, fueron enviadas a los campos de trabajo del Gulag siberiano que, merced a los buenos oficios de Beria, se habían convertido en uno de los principales sostenes económicos del régimen comunista. En Ucrania la represión bolchevique fue inmisericorde, puesto que miles de ucranianos habían colaborado de un modo u otro con los germanos. También fueron ejecutadas centenares de personas que no habían prestado su colaboración a los nazis pero que, según los comunistas, habían mostrado una pasividad traidora ante los mismos. Idéntico proceso seguirían los soviéticos en otras partes del país. Uno de los crímenes más execrables de los bolcheviques fue la eliminación física de docenas de líderes guerrilleros, que habían luchado con coraje contra el invasor germano, pero que aborrecían el comunismo por la miseria y el horror que había desatado sobre los campesinos.

Acabada la guerra, se imponía hacer pagar a Alemania y al régimen nazi sus culpas. Los aliados, por decisión estadounidense, quisieron someter a los jerarcas nacionalsocialistas a un proceso judicial justo, para recalcar su supuesta superioridad moral sobre un sistema político que había impuesto una idea de la justicia despótica y arbitraria, conculcando las más elementales garantías procesales. Sin embargo, aunque los juicios de Nüremberg acabarían sentando jurisprudencia, una base legal sobre la que, teóricamente al menos, se hacía penalmente responsable a cualquier gobierno que hubiera tomado o tomase en el futuro medidas criminales, a nivel histórico el proceso se vició por la presencia en el tribunal de los rusos. Permitir que unos criminales fueran juzgados por otros sólo puede entenderse como una burla de la verdadera justicia. Durante el primer juicio, en el que se juzgó a la élite nazi, se trató de escamotear pruebas que relacionaban a los soviéticos con las atrocidades cometidas en Polonia entre septiembre de 1939 y junio de 1941. Se dio por buena, por ejemplo, la explicación rusa del infame pacto RibbentropMolotov, y se obviaron mil detalles más que, como poco, cuestionaban la autoridad moral soviética para formar parte de ese tribunal. Británicos, estadounidenses y franceses hicieron demasiadas concesiones a los bolcheviques, que, en los meses que duró el juicio, no dejaron de cometer toda clase de desmanes en los países que ocupaban. Por tanto, si bien en líneas generales puede admitirse que en Nüremberg se hizo justicia con los criminales nazis, debe reconocerse, también, que nunca fue el modélico proceso que ha vendido la propaganda durante décadas.

La capital del Reich fue el escenario de uno de los primeros enfrentamientos de la Guerra Fría. A casi tres años del final de la contienda, en febrero de 1948, los berlineses vivían prácticamente en la mendicidad. Las muertes por desnutrición, sobre todo entre los niños, estaban a la orden del día. Las mujeres se prostituían por chocolate, azúcar, carne enlatada, leche condensada, jabón o cigarrillos, pues no tenían otra forma de mantener a sus familias. Nada funcionaba en el país, que estaba completamente arruinado. Consciente de que el virus del comunismo sólo prospera en las sociedades aquejadas de avitaminosis aguda, el presidente Truman, en pugna constante con el Congreso y los que opinaban que era mejor dejar que los alemanes se murieran de hambre, para que pagaran todo el daño que habían hecho al mundo, tomó una serie de medidas para paliar algo las grandes penurias que acuciaban a la población germana. Se aprobaron proyectos para reconstruir las infraestructuras destruidas por la guerra, así como un programa para proporcionar alimentos a los famélicos alemanes.

Pero el problema más grave que tenía la Alemania de posguerra era la crisis económica provocada por la contienda, que afectaba muy especialmente a su moneda, el Reichsmark, que todavía se utilizaba. Los soviéticos, conquistadores de Berlín y dueños de los restos del Banco Central Nazi, eran los que acuñaban esa moneda. Los comunistas, siguiendo las directrices económicas emanadas de Moscú, es decir, de Stalin, imprimieron billetes a mansalva, provocando una fortísima devaluación. Como resultado, los Reichsmarks, que apenas valían lo que el papel en que estaban impresos y a veces menos, fueron repudiados por la población. En el Este de Alemania, y en particular en Berlín, sólo existía la posibilidad de cambiar el muy devaluado marco por el nada fiable rublo ruso, cuyo valor intrínseco era casi el mismo de la moneda alemana. Esto provocó que la población civil empezara a utilizar los cigarrillos como dinero, una práctica que se generalizó en todo el país. Los alemanes del Oeste lo tuvieron un poco más fácil, pues empezaron a usar también las libras esterlinas y dólares americanos. Estadounidenses y británicos deseaban devolver a Alemania su antiguo esplendor industrial, que permitiría relanzar la economía y evitar así que el país cayese en las garras del comunismo. Comprendiendo que una nación que comercia y paga sus deudas con cigarrillos es inviable, los aliados occidentales estaban dispuestos incluso a otorgarles a los alemanes cierta dosis de autonomía. Esto contrariaba los planes de Stalin, que había ordenado que se cuadruplicara la emisión de papel moneda con el único objetivo de provocar la inflación y la ruina subsiguiente, pues sabía que si los alemanes se veían abocados a la miseria serían presas más fáciles del comunismo.

Los ingleses fueron los primeros en percatarse de las intenciones del sátrapa rojo, que, si lograba salirse con la suya, conseguiría situar las fronteras exteriores de la URSS a tan sólo unos cientos de kilómetros de París. Los británicos convencieron a sus socios americanos para que, dentro de las medidas impulsadas por el Plan Marshall que Washington acababa de anunciar, se creara una nueva moneda, el Deutsche Mark, que contribuyera a generar confianza, siendo a la vez la base de una economía estable y próspera. Los yanquis accedieron, la nueva moneda se creó y se decidió introducirla, a partir del viernes 21 de mayo de 1948, en las zonas controladas por Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia. Stalin, sabiendo que el Deutsche Mark y el desarrollo económico que traería aparejado alejarían a los alemanes de los ideales comunistas, se negó a incorporar la nueva moneda a su zona de ocupación.

Las cosas empezaron a complicarse el martes 18 de mayo, cuando un tren americano que se dirigía a Berlín fue detenido por los soviéticos, que le obligaron a retroceder. Ese mismo día los comunistas cerraron las carreteras, las vías férreas y los accesos fluviales a la antigua capital del Reich, bloqueando los sectores occidentales de la ciudad, que quedaron aislados del resto del mundo. Los habitantes del sector occidental intentaron entonces comerciar con sus vecinos del sector ruso, pero eso fue prohibido por los comunistas, que advirtieron que se castigaría con la muerte a todo aquel que se saltara la prohibición. El suministro de alimentos de un lado a otro de la ciudad también fue interrumpido unilateralmente por los soviéticos.

La estrategia comunista era muy clara. Lo que se pretendía era que los berlineses occidentales, acuciados por el hambre, se apuntasen voluntariamente al programa de racionamiento soviético, de forma que toda la población civil dependiera para su subsistencia de la URSS, lo que obligaría a las fuerzas de Estados Unidos, Inglaterra y Francia a abandonar la ciudad. Pero el tirano de Moscú, acostumbrado a pisotear al débil, se enfrentaba en esta ocasión a tres naciones democráticas dispuestas a hacerle frente. El gobernador de la zona americana, general Lucius D. Clay, se dirigió a Truman pidiéndole que sostuviera el pulso con Stalin, organizando un puente aéreo que garantizase el suministro básico a la ciudad. Clay amparaba su propuesta en el acuerdo firmado entre las cuatro potencias en 1945, por el cual los vuelos hacia y desde Berlín no podían ser restringidos. Por el contrario, las comunicaciones por tierra, como hasta entonces no se había llegado a ningún acuerdo sobre ellas, dependían exclusivamente de los rusos, que, simplemente, dejaban transitar los convoyes occidentales por sus carreteras y líneas de ferrocarril por un acto de buena voluntad, puesto que no existía tratado alguno que les obligase a hacerlo.

La idea de Clay fue considerada por algunos como una locura. Transportar por aire los suministros necesarios para sostener a una población de dos millones de habitantes parecía imposible. Pero Clay no se amilanó. Según sus cálculos, Berlín Occidente necesitaba como mínimo 5.000 toneladas de mercancías diarias, de las cuales al menos 1.500 debían ser de alimentos y el resto combustible, principalmente carbón. En aquel momento la aeronave más numerosa en las fuerzas aéreas británica y estadounidense era el C-47 Skytrain, bautizado como R4D en la Marina americana y llamado Dakota por los ingleses, que era la versión militar del Douglas DC-3. Tenía una capacidad de carga de unas tres toneladas, por lo que se necesitarían miles de viajes para abastecer a la ciudad, si se utilizaba sólo este tipo de avión. Clay consiguió que se incorporasen a la operación otras clases de aeronaves, algunas de más envergadura y capacidad de carga, pero incluso así el puente aéreo proyectado por el militar estadounidense superaba con creces cualquier cosa que se hubiera hecho antes con aviones. Truman sopesó cuidadosamente los pros y los contras. Había muchas posibilidades de que la idea fracasara, pero la opción era perder Berlín y todo su componente simbólico. A la ciudad le quedaban provisiones para menos de cuarenta días, por lo que Truman se decidió rápidamente. El jueves 24 de junio de 1948 comenzó el puente aéreo desde las bases americanas e inglesas de Alemania occidental.

Los resultados de la primera semana del puente fueron desalentadores, pues sólo se consiguieron transportar menos de 90 toneladas, insuficientes para mantener activa la ciudad y a los berlineses con vida. Stalin y los comunistas occidentales estaban exultantes, convencidos de que los capitalistas/imperialistas jamás lograrían su propósito. Las semanas siguientes el tonelaje transportado aumento, aunque todavía estaba muy lejos de las 5.000 toneladas diarias consideradas imprescindibles para mantener viva la urbe. En el Este los comunistas hacían chistes sobre el puente aéreo. La propaganda bolchevique animó a los berlineses occidentales a que se pasaran a la zona rusa y solicitaran las cartillas de racionamiento soviéticas. El viernes 13 de agosto se produjo un aparatoso accidente en las pistas del aeropuerto de Tempelhof, que obligó a cerrarlo durante unos días. Parecía que el proyecto de Clay iba a fracasar estrepitosamente. Stalin y sus aduladores reían a carcajadas, y en Occidente los partidos comunistas intensificaron la campaña propagandística, en la que se aludía jocosamente al fiasco que estaban cosechando los imperialistas.

Pero entonces, cuando más desesperada era la situación, apareció la figura del general William Turner, que durante la guerra había estudiado en profundidad los problemas planteados por la logística del transporte aéreo. Turner implantó un revolucionario sistema integral de carga, despegue, vuelo, aterrizaje y descarga, que no sólo disminuyó a un mínimo aceptable los accidentes y averías, sino que además multiplicó la carga transportada en apenas unos días. Para levantar la moral de la población de Berlín Oeste, muy tocada por la incesante propaganda bolchevique, ideó un truco propagandístico genial. Ordenó que cada día se cargase un C-47 sólo con paquetes de chocolatinas y caramelos, que debían ser dejados caer en paracaídas sobre los numerosos grupos de chiquillos berlineses que se arremolinaban en los alrededores de Tempelhof para ver aterrizar a los aviones. En una ciudad llena de madres jóvenes, la mayoría viudas de guerra, que no tenían nada que dar de comer a sus hijos, aquello era una bendición. Las mujeres berlinesas empezaron a mirar al cielo con una sonrisa de agradecimiento. Enterado Turner, ordenó que, además de golosinas, se lanzaran sobre los pequeños berlineses paquetes de raciones K , la dotación alimenticia que llevaban los soldados americanos en campaña. Durante varios meses, miles de familias berlinesas subsistirían gracias a aquellas raciones militares y chucherías que recogían los niños. Turner consiguió que, por ejemplo, un cargamento de diez toneladas de carbón, en sacos de cincuenta kilos, se descargase en diez minutos por un equipo de doce operarios. Al principio, las labores de descarga de los aparatos la realizaban soldados británicos y estadounidenses. Pero muy pronto los berlineses occidentales, entusiasmados, afluyeron masivamente a Tempelhof para colaborar desinteresadamente en los trabajos. Para finales de agosto se alcanzaron, por fin, las 5.000 toneladas diarias de suministros, garantizándose la autosuficiencia de Berlín Occidental.

Los comunistas, tanto los soviéticos como los del resto del mundo, rabiaban. Sin embargo, seguían en sus trece, asegurando que ese puente aéreo duraría lo que durase el verano, y que cuando llegara el crudo invierno berlinés, y los aviones no pudieran volar regularmente, los berlineses occidentales perecerían de hambre y frío. Pero Turner, al que los gobiernos británico y americano dieron carta blanca, no se amilanó, afirmando que conseguiría abastecer a la ciudad con 6.000 toneladas diarias de suministros. Para lograr tal fin pidió y obtuvo más aviones, dedicándose, al mismo tiempo, a buscar por la ciudad prados que pudiesen ser utilizados como aeródromos. En una de dichas praderías se levantó el aeropuerto de Tegel, hasta hace unos cuantos años el principal de la ciudad, construido en sólo noventa días por un verdadero ejército de mujeres berlinesas, que se presentaron voluntarias para el trabajo y que no percibieron paga alguna, excepto el sustento diario. En la obra se utilizó maquinaria pesada, manejada por personal británico y estadounidense, que fue transportada hasta Berlín Occidente en piezas.

Al llegar el invierno los envíos pasaron a ser semanales. Los frentes fríos, procedentes de las llanuras rusas, provocaron que los meses de noviembre y diciembre de 1948 fueran extremadamente duros. Pero el clima no debía simpatizar con el bolchevismo, porque enero de 1949 fue muy soleado. Para marzo no sólo se había llegado al límite de las 6.000 toneladas diarias, pronosticado por Turner, sino que se había superado, aproximándose a las 7.000. Los rojos estaban desesperados. Todas sus previsiones habían resultado equivocadas, y ahora eran los berlineses occidentales los que se burlaban de sus vecinos del Este. Éstos, sometidos al draconiano racionamiento dictado por el NKVD, tenían sólo lo justo para no morirse de hambre. Por el contrario, gracias a Clay, Turner, el puente aéreo y la desinteresada y entusiasta colaboración de los ciudadanos, el nivel de vida en la zona occidental de la ciudad aumentaba. Había racionamiento, pero no era tan restrictivo como el soviético y en pocas semanas los berlineses occidentales vieron sus necesidades básicas perfectamente cubiertas, mientras los del otro lado, los del paraíso de los trabajadores, carecían de casi todo, incluso de lo más imprescindible. Además, en Berlín Este abundaban los que, por estar considerados como desafectos al comunismo, no recibían cartillas de racionamiento. En el Oeste no ocurría nada semejante.

Turner batió su propio record cuando el 15 de abril de 1949, Domingo de Resurrección, ofreció a Berlín Occidental nada menos que 13.000 toneladas de carbón, que fueron descargadas en menos de 24 horas. Los berlineses del Este, mientras tanto, padecían una terrible penuria de combustible, pues los comunistas preferían utilizar el carbón para fines industriales antes que para proporcionar calor a la aterida población de su sector. Ese mismo mes, se alcanzaron las 7.500 toneladas diarias de suministros a Berlín Occidente, lo que significaba que ya llegaban por aire a la ciudad más mercancías de las que habían llegado por carretera y ferrocarril antes del bloqueo soviético.

El descrédito mundial del comunismo era evidente. Stalin, rabioso, tuvo que dar su brazo a torcer por primera vez en su vida. Los rusos tuvieron que humillarse y solicitar una negociación. Los berlineses occidentales comían y se calentaban infinitamente mejor que los orientales, que envidiaban a sus vecinos y habían empezado a mirar con inquina a los comunistas. Los rusos reabrieron la comunicación ferroviaria el jueves 12 de mayo, pero los aliados, que no se fiaban un pelo de los rojos, mantuvieron activo el puente aéreo hasta el viernes 30 de septiembre de 1949.

Más de setecientas aeronaves, de 18 modelos diferentes, transportaron más de dos millones y medio de toneladas de alimentos y combustible durante 15 meses, realizando casi 300.000 vuelos. Hubo 25 accidentes, que provocaron la muerte a 71 aviadores americanos e ingleses. El coste de la operación, según estimaciones del Congreso estadounidense, fue de 224 millones de dólares de la época, equivalentes a 2.000 millones actuales. Fue una labor titánica, un desafío logístico increíble, pero gracias al mismo Berlín Occidente plantó cara al comunismo, y sus dos millones de habitantes se salvaron de una esclavitud segura.

Dos semanas después de finalizado el puente aéreo, nació la RFA (República Federal de Alemania), el fruto más duradero del infame bloqueo comunista. La nueva Alemania adoptó el nuevo marco y, en poco más de una década, se convirtió en el país más rico y próspero de toda Europa... mientras la patética RDA (República Democrática Alemana) no era más que una inmensa cárcel. El bloqueó de Berlín enseñó a los alemanes dos cosas fundamentales: que no podía confiarse en una ideología tan abyecta como el comunismo, y que era mejor trabajar con ahínco y pagar un alto precio por la libertad, que rendirse ante la indigna servidumbre que exigía el bolchevismo. Precisamente este 2018 se cumplen 70 años de esta intentona comunista por imponerse a una ciudad amenazándola con el hambre.

En Berlín Stalin recibió su primer revés importante en su trato con las potencias occidentales, a las que había creído poder manejar fácilmente. Pero estaba dispuesto a seguir adelante con sus planes, que se basaban en una expansión global del comunismo soviético. En Grecia, mientras aún duraba la guerra, los comunistas locales, dirigidos desde Moscú, habían intentado imponer su dictadura.

Continuará...

© Antonio Quintana Carrandi, (6.606 palabras) Créditos