Los tres grandes monstruos del siglo XX
STALIN, SEGUNDA PARTE
por Antonio Quintana Carrandi
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Los crímenes del comunismo soviético empezaron en el mismo momento de iniciarse la revolución, y aunque con el tiempo fueron menguando algo, no cesarían hasta la disolución de la URSS a principios de los años noventa del siglo anterior. Pero con Stalin alcanzaron su cénit. En los años 30, cuando se sabía de la brutalidad de los nazis, pero éstos todavía no habían demostrado con hechos concretos sus ansias genocidas, la vesania bolchevique era sobradamente conocida en todo el mundo, aunque los partidos de izquierda occidentales se emperraran en tratar de negar lo evidente. En España, mucho antes de que el PCE alcanzara relevancia tras el estallido de la guerra civil, el principal propagandista del bolchevismo fue el PSOE, cuyos órganos periodísticos cantaban alabanzas a Stalin y la URSS, espoleaban la denominada lucha de clases y sólo aceptaban la República burguesa, como ellos la llamaban, como un paso previo para la bolchevización de España y la instauración de la dictadura del proletariado. Sólo la sensata voz de don Julián Besteiro, catedrático de lógica y cabeza de la muy minoritaria facción socialdemócrata del partido, se alzó avisando de la peligrosa deriva del socialismo español. Pero fue apartado de sus cargos en el partido y la UGT y ninguneado miserablemente por los seguidores de los dos líderes más destacados del PSOE de entonces, el falsamente moderado Indalecio Prieto y Largo Caballero, llamado no sin razón el Lenin español. La influencia estalinista era mucho mayor en Francia, cuyo poderoso partido comunista se había infiltrado en todos los estamentos de la sociedad. Otro tanto ocurría en la mayoría de las naciones europeas, e incluso en los Estados Unidos, donde el estalinismo era defendido por bastantes personas y hasta por varias publicaciones, encabezadas, como se ha dicho, por el patético The New York Times de la época.

El crack bursátil de 1929 fue muy bien aprovechado por la propaganda bolchevique. Mientras los parados estadounidenses llegaban a la cifra record de siete millones, los socialistas y comunistas occidentales arremetían contra el sistema capitalista, glosando las excelencias de la patria de los trabajadores, donde, según decían, no existía el paro y todos los obreros podían mantener dignamente a sus familias. La realidad, por supuesto, no tenía absolutamente nada que ver con todo esto. La revolución y la subsiguiente guerra civil habían empobrecido aún más a Rusia. El hambre se extendió por varias regiones del inmenso país, provocando un número indeterminado de muertos, que debió de ser de varios millones. Para acabar de fastidiar las cosas, Lenin concedió prioridad a los grandes núcleos de población de la Rusia europea y a las incipientes industrias, por lo que se requisaron las cosechas de los campesinos para alimentar a los habitantes de las ciudades y a los obreros de las fábricas. Los campesinos, que se resistían como podían a la colectivización que pretendían imponer en el campo los comunistas, intentaron reservar algo para las necesidades de sus familias, pero las órdenes de Lenin eran tajantes. Cosechas enteras y cabañas ganaderas completas fueron esquilmadas por las tropas del Ejército Rojo y la CHEKA. Si alguien ocultaba aunque sólo fuera un saco de trigo, o dejaba en libertad a su ganado antes de entregarlo al estado, era fusilado en el acto. Mientras en la patética Europa socialistas y comunistas se llenaban la boca con las virtudes del bolchevismo, en Rusia no dejaban de estallar revueltas campesinas. La más cruenta fue la acaudillada por un líder campesino apellidado Antonov, un joven que logró formar un ejército con el que tuvo en jaque a los bolcheviques durante algún tiempo. Pero la superioridad numérica de éstos, sumada a su brutalidad, acabó por inclinar la balanza del lado del gobierno comunista. Durante los juicios de Nüremberg, en 1946, el fiscal soviético acusó con razón a los alemanes de la destrucción de miles de pueblos y aldeas rusas. Lo que no dijo, claro está, es que a principios de los años 20 el Ejército Rojo y la CHEKA habían arrasado muchas más aldeas que los nazis, aniquilando a hombres mujeres y niños, y condenando a los escasos supervivientes a la muerte por inanición.

La llegada al poder de Stalin empeoró aún más las cosas. El georgiano, como todos los líderes bolcheviques, estaba obsesionado con el atraso secular de la madre Rusia. Decidido a poner al país a la misma altura que las potencias occidentales, impulsó un proceso de industrialización acelerado que tuvo consecuencias catastróficas para el pueblo ruso, entendiendo como tal los miembros de todas las etnias y comunidades que formaban la URSS. Las ambiciones de Stalin se centraban sobre todo en la industria pesada, que se convirtió en la gran mimada del régimen. Se ampliaron y modernizaron las fábricas existentes y se construyeron otras nuevas. La población urbana creció exponencialmente, consumiendo enormes cantidades de recursos alimentarios, lo que muy pronto provocó una gran escasez de los mismos. Stalin puso entonces sus ojos en Ucrania, considerada el granero de Rusia, pues sus fértiles tierras negras producían millones de toneladas de trigo. El georgiano ordenó a Yagoda la requisa de todo el grano y el ganado ucraniano y el jefe de la CHEKA cumplió la orden a rajatabla. A los campesinos ucranianos no se les dejó absolutamente nada. Para evitar que estallase una revuelta como la dirigida por Antonov unos años antes, las tropas de Yagoda solían actuar en las horas previas al amanecer, sacando a las familias de sus casas, vaciando sus graneros y establos y procediendo a un registro exhaustivo de los mismos.

Holodomor es una palabra ucraniana que significa hambruna. La despiadada política estalinista condujo a la ruina absoluta de Ucrania, cuyos habitantes, que en un tiempo habían sido los granjeros más prósperos de Rusia, perecieron de hambre en gran número. Hubo gente que comió hierba y se dieron incontables casos de canibalismo incluso entre las familias, que asesinaban y devoraban a sus propios hijos, tal era su desesperación. Algunos ucranianos intentaron abandonar su tierra, pero Stalin también había ordenado a Yagoda cercar la región e impedir que nadie saliera de ella. Decenas de miles de miembros de la CHEKA, armados hasta los dientes y bien alimentados, dieron buena cuenta de los desgraciados que pretendían abandonar Ucrania huyendo del hambre.

Lo más terrible es que, mientras los ucranianos morían de inanición, la URSS estaba exportando grano al extranjero. Por este motivo, cuando las noticias de lo que estaba ocurriendo en Ucrania llegaron a occidente, casi nadie se las creyó, en parte por la machacona y eficaz propaganda socialista y comunista, en parte porque nadie podía creer que un gobierno dejase morir de hambre a su propio pueblo mientras exportaba alimentos para obtener divisas. El holodomor, uno de los crímenes más abominables de la historia, ha sido reconocido como un genocidio planificado fría y despiadadamente por el comunismo ruso. Los informes enviados a Stalin por Yagoda estimaban la mortandad ucraniana en unos tres millones de personas, lo que significa que los muertos debieron de ser muchos más, ya que los soviéticos siempre realizaban este tipo de estimaciones muy a la baja.

La obsesión industrial de Stalin repercutió negativamente en la cuestión de la vivienda. El grueso del presupuesto estatal se repartía entre los organismos del partido, el NKVD/CHEKA, el ejército y la industria, dejando de lado todo lo demás. Como consecuencia de esto, aunque la población rusa no dejaba de aumentar, apenas se invertía nada en la construcción de casas, lo que generó una tremenda escasez de las mismas. La solución de los rojos fue la colectivización de las viviendas, que pasaron a depender de un Comisariado Especial que se ocupaba de gestionarlas, siguiendo el principio bolchevique de obtener la máxima capacidad con la mínima comodidad. Como resultado, varias familias se hacinaban en un piso en el que, poco antes, había vivido una sola. Esta atrocidad fue vendida, incluso en occidente, como una muestra del igualitarismo proletario, olvidando convenientemente que los dirigentes del Partido Comunista, los funcionarios de alto nivel y los mandos del NKVD disponían de espaciosos, modernos y hasta lujosos apartamentos.

A mediados de los años 30 la sociedad civil rusa había sido prácticamente eliminada y la colectivización a todos los niveles era casi completa. Stalin había impuesto un sistema teóricamente perfecto, según los dogmas comunistas, pero en realidad infinitamente más injusto que el imperante en cualquier país del occidente democrático. La escasez de todo era la tónica general. A pesar de la propaganda, en la Unión Soviética, sobre todo en las ciudades, había millones de parados hambrientos y cientos de miles de niños desnutridos. La economía planificada socialista tenía como único objetivo hacer de la URSS un país industrializado, capaz de competir con occidente, por lo que la producción de bienes de consumo era casi inexistente. Aunque no existía un racionamiento oficial, conseguir los alimentos mínimos necesarios para subsistir era una odisea. Las altas y medias jerarquías del partido, los miembros del NKVD y otras minorías bolcheviques no sufrían las estrecheces del ciudadano de a pie, pues disponían de exclusivos economatos bien surtidos, en los que era posible encontrar desde conservas de todas clases, hasta delicada ropa interior femenina, pasando por licores variados y exclusivas y carísimas sales de baño de procedencia francesa. La supuesta sociedad sin clases soviética, paradigma del igualitarismo marxista, que tantos elogios levantaba entre la cínica izquierda occidental, distinguía claramente entre los fieles servidores del sistema y las masas ciudadanas, condenadas a vivir en la miseria.

En la década de los 30 el cine, como todas las artes, estaba al servicio de la causa comunista. Toda la producción cinematográfica rusa era dirigida desde el Ministerio de Propaganda, que fiscalizaba al detalle el proceso de realización de cualquier film. El estado bolchevique invirtió enormes sumas en subvencionar cintas patrióticas, que exaltaran los logros del comunismo y mostraran a occidente la felicidad en la que vivían las clases trabajadoras en la Unión Soviética. Mientras se dilapidaban decenas de millones de rublos-oro en el rodaje de ese tipo de películas, millones de personas morían de hambre en toda Rusia. Por supuesto, los partidos comunistas occidentales, o al menos sus cuadros de mando, conocían esta realidad, pero la obviaban, dando la máxima difusión a los patéticos largometrajes propagandísticos procedentes de la URSS. Vistos hoy, debe admitirse que estos films son perfectos a nivel técnico, pero en cada fotograma se evidencia su falsedad, pues la sociedad socialista que retrata está presentada de una forma demasiado idílica y roma para resultar creíble. A pesar de ello, tuvieron un impacto considerable en las nada instruidas masas obreras occidentales. En cuanto al cine extranjero, tan sólo se estrenaban en la URSS aquellas películas previamente visionadas y aprobadas por el propio Stalin. LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ, por ejemplo, fue prohibida, pues a juicio de Stalin ofrecía una visión demasiado amable y edulcorada de la esclavitud. En ese momento, había más millones de personas trabajando hasta la muerte por extenuación en los campos del gulag estalinista, que esclavos negros hubo en todos los Estados Unidos desde la época colonial hasta el final de la Guerra de Secesión. De hecho, las vidas de los esclavos negros en muchas plantaciones sureñas habían sido mucho mejores que las de los millones de desgraciados deportados por el régimen comunista soviético. Las películas preferidas de Stalin eran las comedias mudas de Charles Chaplin y, sobre todo, las cintas de gánsteres.

El mayor contrincante del comunismo fue el nacionalsocialismo, surgido en Alemania a mediados de los años 20 como un híbrido político en el que se combinaban, de un lado, el nacionalismo más rancio, y de otro, el socialismo más delirante. Definido por los comunistas como fascista, en puridad el partido nazi no tenía nada de tal, pues sus preceptos ideológicos diferían en profundidad de los del fascismo, creado por el dictador italiano Benito Mussolini, que curiosamente había militado previamente en la izquierda, en concreto en el partido socialista de Italia. Pero la lógica comunista de la época dictaba que cualquiera que no fuera de izquierdas era necesariamente fascista, y cualquier izquierdista que no fuera estalinista era trotskista.

El nazismo fue creciendo y ganando poder en una Alemania donde los llamados partidos tradicionales se mostraban inoperantes, malgastando sus fuerzas en estúpidas discusiones demagógicas, en vez de preocuparse por buscar soluciones para los gravísimos problemas que acuciaban al país. Incluso el poderoso partido socialdemócrata germano, el único que podría haber frenado a los seguidores de Hitler y Stalin, estaba dividido, lo que benefició a nazis y comunistas, que fueron afianzando su poder. Las dos formaciones mantenían una guerra abierta, salpicada de asesinatos y batallas callejeras. Pero a principios de los años 30 nazis y comunistas, convencidos de que tenían un enemigo común que abatir, la democracia, establecieron una tregua durante la cual llegaron a colaborar para destruir los últimos rescoldos del sistema democrático alemán y al último valedor de los mismos: el partido socialdemócrata, al que los nazis aborrecían por su ideología izquierdista, y los comunistas odiaban por considerar que estaba integrado por traidores de clase, ya que los socialdemócratas germanos respetaban el burgués sistema parlamentario. Algo que, por ejemplo, en el socialismo español de aquel tiempo no se daba.

Cuando Hitler alcanzó el poder, en 1933, se recrudeció la lucha entre nazis y bolcheviques. Pero las cosas iban a dar un brusco giro de 180 grados, en parte por la dinámica política, y en parte por la peculiar forma de ser del tirano rojo.

La política de rearme propiciada por Hitler preocupaba mucho a Inglaterra y Francia. En estas dos naciones aún se recordaban los horrores de la Gran Guerra, y, en consecuencia, sus gobiernos estaban dispuestos a hacer lo que fuera para impedir otra contienda. Los británicos abanderaron una política de apaciguamiento hacia Alemania, considerando que algunas de las exigencias germanas eran perfectamente razonables. Los franceses eran más suspicaces, pero, deseosos de evitar otra guerra, secundaron a los ingleses. En ambos países se alzaron voces contra las cesiones ante Hitler, que no harían más que envalentonar a éste, pero fueron silenciadas por el clamor de la mayoría de la población, que había sufrido en sus carnes las consecuencias de la Gran Guerra, de cuyo final apenas habían transcurrido veinte años, y que no deseaba pasar otra vez por una experiencia semejante.

Aunque existían poderosos partidos comunistas y socialistas en los dos países, los responsables políticos británicos y galos, que manejaban información reservada de primera mano, conocían la realidad y no se fiaban de la URSS. Ha de insistirse, aunque no les agrade a los adalides de lo políticamente correcto, en que en aquel tiempo Hitler todavía no había comenzado su carrera genocida, mientras que los inmensos crímenes de Stalin y el bolchevismo estaban sobradamente documentados. Por esta razón, la desconfianza fue la tónica general en los contactos diplomáticos de Inglaterra y Francia con la Unión Soviética. Stalin, que durante un corto periodo de tiempo había acariciado la idea de llegar a algún acuerdo con franceses y británicos, viendo que por ese lado no había nada que hacer, al menos de momento, focalizó sus intereses políticos en Berlín.

Líderes de dos ideologías en principio antagónicas, entre Hitler y Stalin existían más afinidades que entre galos e ingleses. Como afirma el dicho castellano, los extremos se tocan y comunismo y nacionalsocialismo tenían mucho en común. Como Hitler, Stalin despreciaba lo que ambos definían como democracias degeneradas. Los dos preconizaban un futuro en el que el mundo estaría dominado por ideologías totalitarias. Hitler admiraba la eficacia del sistema represivo ideado por el georgiano. Cuando el régimen nazi organizó el Volksgericht (Tribunal del Pueblo), el Führer nombró presidente del mismo a Roland Freisler, a quien describió como nuestro Vyshinski, en clara referencia al siniestro fiscal que había ejercido la acusación en los juicios-farsa de Moscú. Por su parte, Stalin no ocultaba su admiración por la forma en que Hitler se había librado de Röhm y las SA en la llamada Noche de los Cuchillos Largos.

Con la guerra de España por medio, y mientras Alemania y Rusia prestaban su apoyo a los contendientes, se llevaron a cabo oscuras maniobras diplomáticas destinadas a alcanzar alguna clase de entendimiento entre los dos tiranos. Según declararía Albert Speer en sus memorias, durante los años 30 se proyectaban con frecuencia en Alemania películas documentales que mostraban al ejército soviético desfilando por la Plaza Roja. Preocupado por el aparente poder armamentístico de los rusos, el Führer, que estaba ultimando sus planes de conquista europea, deseaba neutralizar de algún modo a la URSS, por lo que ordenó que se intensificaran los contactos diplomáticos. Stalin, por su parte, también esperaba llegar a un acuerdo con Alemania. Pero no, como se empeñan en afirmar sus hagiógrafos y los cantores de las excelencias del comunismo, para ganar tiempo y preparar al Ejército Rojo para una casi segura invasión germánica. Por primera y única vez en su vida, que sepamos, Iósif pecó de ingenuidad, pues se mostró más que dispuesto a negociar con Hitler, a pesar de que muchos de sus colaboradores intentaron disuadirle de la idea. Pero como todos los megalómanos, el georgiano estaba convencido de ser infalible, de no equivocarse jamás. El general Voroshílov, uno de los poquísimos mandos militares de prestigio que se había salvado de la Gran Purga exclusivamente por su habilidad como adulador, le recordó lo que Hitler había escrito en MEIN KAMP, donde el líder nazi afirmaba que el espacio vital para la expansión del Tercer Reich estaba en el Este. Stalin respondió que una cosa es lo que se dice o escribe, y otra lo que se hace, añadiendo que se fiaba más de Hitler, que al fin y al cabo era como él mismo aunque profesara otra ideología, que de los decadentes gobiernos burgueses de Inglaterra, Francia o Estados Unidos.

Y así, cinco meses después de finalizada la contienda civil española, el miércoles 23 de agosto de 1939, tan sólo nueve días antes de que la Wehmarcht invadiera Polonia, Ribbentrop por Alemania y Molotov por la URSS signaron el Pacto de No Agresión germano-soviético, por el que ambos países se comprometían a no atacarse mutuamente. Este tratado contra natura provocó una tremenda convulsión diplomática en todo el mundo, siendo acogido con recelo por las potencias democráticas. No había para menos, porque el texto del pacto estaba plagado de cláusulas secretas que, de haberse conocido entonces, hubiesen aumentado el rechazo que los sistemas nazi y bolchevique inspiraban en las ciudadanías de las naciones libres.

Neutralizada por el tratado la posible amenaza militar soviética, Hitler se encontró con las manos libres para emprender su aventura de conquista. Al amanecer del viernes 1 de septiembre, excusándose en una supuesta provocación fronteriza por parte de los polacos, la Wehmarcht se lanzó sobre Polonia, dando comienzo a la invasión. Diecisiete días más tarde se reveló al mundo una de las cláusulas secretas del Pacto germano-soviético, cuando el Ejército Rojo invadió Polonia por el Este. Hitler y Stalin habían acordado repartirse el desgraciado país que, cogido entre dos fuegos, trató de resistir valerosamente pero acabó por capitular.

La invasión alemana de Polonia desencadenó la II Guerra Mundial en Europa, pues Inglaterra y Francia, que habían garantizado las fronteras polacas, declararon la guerra al Tercer Reich el domingo 3 de septiembre de 1939. Esto es lo que se dice en la mayoría de los libros de historia. Lo que no se cuenta es que ingleses y franceses habían garantizado las fronteras polacas contra cualquier invasión extranjera, no sólo alemana. Rusia también había invadido Polonia, así que ¿por qué Inglaterra y Francia no declararon la guerra a la URSS? Esta espinosa cuestión, vetada durante la etapa de dominio soviético de Europa del Este, y soslayada en general por una parte considerable de los historiadores ingleses y franceses, suscita hoy día el interés de la historiografía polaca, que no ahorra reproches a los gobiernos británico y galo de la época por su torticero proceder.

La población civil de Polonia estaba cogida en una trampa de la que no podía escapar, encajonada entre las tropas nazis y soviéticas y a merced de los caprichos de Hitler y Stalin. El NKVD inició una estrechísima colaboración con las SS, un hecho histórico que se ha tratado de silenciar, o al menos minimizar en su importancia, durante más de medio siglo. En la zona occidental los germanos pusieron en práctica amplias operaciones de limpieza étnica, destinadas a eliminar hasta el último judío. En la oriental, el NKVD fue incluso más brutal que las SS nazis. Las órdenes de Stalin, influenciado por los informes de Beria, eran tajantes: había que prevenir posibles rebeliones futuras de los polacos. Para lograrlo, lo mejor, según el sátrapa rojo, era eliminar físicamente la inteligencia del país; es decir, exterminar a sus clases dirigentes. El NKVD se puso a la tarea con el característico celo comunista. Políticos de renombre, juristas, ingenieros, arquitectos, científicos de todas las disciplinas, profesores, pintores, escritores y músicos fueron arrestados y ejecutados en un número enorme. También se ejecutó a una parte importante del clero, pues los comunistas aborrecían la profunda fe católica del pueblo polaco. Pero Stalin y su corte de aduladores criminales no estaban satisfechos. Era preciso descabezar también a las fuerzas armadas, para que, en caso de estallar una rebelión, ésta no pudiese contar con la dirección de militares de carrera. En el marco de tales operaciones de exterminio se produjo la matanza de unos veinte mil oficiales polacos en el bosque de Katyn. El NKVD asesinó a los militares polacos mediante tiros en la nuca efectuados con armas cortas. En las ejecuciones se utilizaron exclusivamente pistolas y munición de fabricación alemana, de los modelos Luger, Walther PP, PPK y P-38 y Máuser C-96, de modo que, llegado el caso, se pudiera culpar a los germanos de la atrocidad. Los reos fueron ejecutados individualmente, con las manos atadas a la espalda y un extremo del cordel pasado en forma de lazo por el cuello, de manera que les resultara imposible moverse con soltura e intentar escapar.

La de Katyn fue la acción más significativa del estalinismo durante el tiempo en que estuvo en vigor el Pacto germano-soviético y a la que más atención han prestado los historiadores. Sin embargo, es menos conocido que entre el 23 de agosto de 1939 y el 22 de junio de 1941, es decir, durante casi dos años, la URSS apoyó al Tercer Reich en todos los frentes, pero especialmente en el político. Durante ese periodo, ninguno de los partidos comunistas occidentales condenó públicamente las acciones nazis, por execrables que fueran. De hecho, colaboraron pasivamente con los alemanes en todos los países que éstos ocuparon. En Francia, que contaba con el PC más numeroso y mejor organizado de Europa occidental después del alemán, la situación llegó a extremos increíbles. La resistencia francesa, tan excesivamente mitificada por la literatura, el cine y la historiografía más cutre, no hizo nada contra la ocupación nazi. Si nos atenemos a los hechos históricos concretos y dejamos de lado la burda aunque efectiva propaganda gala sobre los resistentes y el maquis, comprobaremos que entre la caída de Francia, en junio de 1940, y el comienzo de la invasión de Rusia por la Wehrmacht, en junio de 1941, la tan cacareada resistencia no llevó a cabo ninguna acción contra el invasor. Esto se explica porque los comunistas galos, fieles seguidores de las directrices moscovitas, no estaban dispuestos a atacar a las tropas de una nación amiga de la URSS, aunque se tratara de la Alemania nazi, hasta poco antes considerada por todos los rojos de Europa como paradigma del fascismo. Hubo, no obstante, algunos patriotas que intentaron hacer algo contra los invasores teutones, pero, tanto las SS y Gestapo nazis como la policía colaboracionista de Vichy, realizaron en ese periodo innumerables detenciones, lo que ha llevado a algunos de los historiadores menos dóciles y políticamente correctos a aventurar que tales arrestos fueron propiciados por delaciones de los propios comunistas. Los defensores del socialismo y el comunismo han tachado tal sugerencia de absurda; pero no debe olvidarse que, inmediatamente después de firmado el Pacto RibbentropMolotov, el KPD, partido comunista alemán, el más poderoso de Europa, purgó a aquellos de sus miembros que se habían mostrado críticos con el tratado, entregándolos a las autoridades germanas. La RSHA (Oficina Central de Seguridad del Reich) abrió, sólo en septiembre de 1939, más de tres mil expedientes de detención de comunistas, lo que da una idea del nivel alcanzado por los estalinistas en su colaboración con los nazis.

Stalin no sólo se repartió Polonia con Hitler, sino que además le proporcionó a éste buena parte del combustible y las materias primas que permitieron a la Wehmarcht conquistar en poco tiempo casi toda Europa occidental. Durante los casi dos años que estuvo en vigor el pacto RibbentropMolotov, las reservas de oro de la URSS aumentaron muchísimo, gracias a los pagos efectuados por el Tercer Reich. Este es otro asunto que suele soslayarse en la mayoría de las obras historiográficas que tratan sobre la II Guerra Mundial, y que los comunistas occidentales trataron de ocultar finalizada la contienda.

Consolidado su dominio sobre la mayor parte del occidente europeo, Hitler se concentró en intentar quitar de en medio a Inglaterra, que durante un tiempo resistió completamente sola los embates nazis. Durante la llamada Batalla de Inglaterra, mientras la población civil era machada por los bombardeos germanos, el partido comunista inglés exhortaba a los dirigentes británicos a alcanzar algún tipo de acuerdo con Alemania, aliada de la patria de los trabajadores. Curiosamente, mientras se encarcelaba a los fascistas ingleses, seguidores de Sir Edward Mosley y de William Joyce, alías Lord Haw-Haw, los bolcheviques británicos apenas fueron molestados por las autoridades, lo que da mucho que pensar.

El domingo 22 de junio de 1941 dio comienzo la Operación Barbarroja, la invasión de la URSS por parte de las tropas nazis. Hitler, ante la imposibilidad de derrotar a Inglaterra, había vuelto sus ojos hacia el Este. En realidad, el Führer ya tenía previsto desde mucho antes atacar a Rusia, pero, temiendo que el ejército soviético fuese demasiado fuerte, había concentrado sus tropas en el occidente europeo. Ante la numantina resistencia británica, decidió invadir la URSS, pues los oficiales alemanes que establecieron contacto con los rusos en Polonia le habían informado de la baja calidad de los equipos soviéticos. Los germanos barrieron a los rusos estacionados en la parte oriental de Polonia y, en su avance, descubrieron las fosas de Katyn. Goebbels se frotó las manos, pues la revelación de una matanza de tal envergadura le proporcionaba una baza propagandística de primer orden. Los alemanes dieron mucha publicidad al asunto, que alcanzó una difusión global. Los soviéticos negaron su participación en los hechos y acusaron a los nazis de haber perpetrado la masacre. A pesar de los afanes propagandísticos de Goebbels, y de que por una vez los alemanes dijeron la verdad, nadie la creyó. Es decir, nadie excepto el gobierno polaco exiliado en Londres.

Los polacos estaban en una difícil situación diplomática. Aliados de los ingleses en su lucha contra Alemania, que había invadido Polonia, estaban en el mismo bando que Rusia, que también había invadido su país. Los británicos, tan ladinos e hipócritas como siempre, intentaron limar asperezas entre rusos y polacos y casi lo consiguieron. Pero el descubrimiento de las fosas de Katyn enfureció al gobierno polaco exiliado, que, aunque reconocía los crímenes que había cometido y todavía estaba cometiendo en su tierra la Alemania nazi, también conocía de primera mano las atrocidades comunistas perpetradas contra su pueblo. En un alarde de cinismo, aun teniendo pruebas de la culpabilidad soviética en lo de Katyn, los británicos hicieron todo lo posible porque los polacos olvidaran de momento el asunto, en aras de un bien mayor, es decir, de los intereses de la Gran Bretaña. En aquella época existía una división polaca combatiendo junto a los rusos. El jefe del gobierno polaco en Londres, general Wladyslaw Sikorski, se había mostrado dispuesto a seguir luchando al lado de los aliados occidentales. Incluso llegó a firmar un acuerdo con Stalin, por el que los polacos se abstendrían de escarbar en ciertas situaciones espinosas entre la URSS y Polonia hasta que el enemigo nazi fuera derrotado. Pero lo de Katyn lo cambió todo. Cuando Sikorski se negó a aceptar porque sí la explicación de soviéticos y británicos, y exigió que la Cruz Roja Internacional investigara la matanza, Stalin se enfureció y rompió unilateralmente las ya de por sí frágiles relaciones diplomáticas entre el gobierno polaco en el exilio y la Unión Soviética. La división polaca fue transferida, por acuerdo de británicos y soviéticos, a Oriente Medio. Sikorski estaba enfurecido, porque no mucho antes, en una tensa visita a Moscú, un emisario suyo había entregado a Stalin una lista provisional con los nombres de cuatro mil oficiales del ejército polaco desaparecidos tras la invasión rusa. El sátrapa rojo, tras echarle un breve vistazo, había declarado, sin dejar de sonreír cínicamente, no tener ni idea de dónde podrían estar aquellos oficiales. Durante toda la guerra Sikorski no dejaría de presionar a los ingleses, recordándoles que los invasores de su patria habían sido dos, no sólo la Alemania nazi, pero fue como predicar en el desierto, pues no obtuvo nada, aparte de buenas palabras y promesas huecas. Infatigable defensor de la causa nacional polaca, Sikorski era un personaje incómodo para los británicos, que no deseaban molestar a Stalin en lo más mínimo. El general y Primer Ministro del gobierno polaco de Londres pereció en 1943, en un supuesto accidente de aviación que generó mucha polémica e intensos y persistentes rumores acerca de la muerte de un hombre que jamás se plegó a componendas políticas oportunistas de ningún tipo. La sospecha de que fue eliminado por los propios británicos, pues se había convertido en un personaje molesto para sus planes de colaboración con los rusos, perseguiría a Churchill durante el resto de su vida, siendo también aprovechada propagandísticamente por Josef Goebbels. Stalin, por su parte , celebró el fallecimiento de Sikorski, comentando a sus colaboradores que se habían librado muy oportunamente de un problema grave. El tirano rojo aprovechó el traslado de la división polaca para crear otra idéntica, pero formada exclusivamente por fervientes comunistas polacos bajo mando soviético. Con esta División de traidores a su propia patria en aras de una ideología criminal, y los comunistas que todavía subsistían en Polonia, Stalin se aseguró el dominio bolchevique del país tras su liberación.

La desfachatez rusa en lo referente a Katyn llegó hasta los juicios de Nüremberg, donde el fiscal soviético pretendió acusar a los encausados de la matanza. Estadounidenses y británicos no secundaron la acusación. Ésta no prosperó por falta de pruebas, por lo que en la sentencia final la atrocidad de Katyn no sería ni siquiera mencionada. Pero que yanquis e ingleses, sabiendo como sabían la verdad, permitieran que los rusos formularan dicha acusación, resta algo de credibilidad a un proceso judicial que, por otra parte, sirvió para castigar la vesania y criminalidad del régimen nazi.

Polonia sería sacrificada en el altar del status quo resultante de la II Guerra Mundial. El país cuya invasión había desencadenado la guerra fue traicionado por los aliados occidentales, que aparte de algunas rimbombantes declaraciones de posguerra que no les comprometían a nada, abandonaron a Polonia y a todo el Este europeo a la tiranía comunista, que sustituiría a la nazi a partir de 1945. Aunque Churchill era partidario de dar la mano a los rusos lo más al Este posible, lo cierto es que no hizo casi nada en favor de la nación polaca. Esto explica por qué, cuando Polonia consiguió desembarazarse del gobierno títere rojo, que había mangoneado el país durante casi medio siglo, la actitud del ejecutivo democrático de Lech Walesa hacía la Gran Bretaña fue más bien fría.

La controversia sobre Katyn, alimentada por la progresía occidental durante décadas, terminó cuando el presidente ruso, Boris Yeltsin, hizo entregar a Lech Walesa una copia facsímil de la orden de ejecución de los mandos militares y la intelectualidad polacas, firmada por Stalin, Molotov, Kaganóvich, Kalinin, Voroshílov y Beria; es decir, por la flor y nata (mejor diríamos por la hez y la caca) del comunismo soviético.

Pero volvamos a la situación en 1941. Los agentes de la Inteligencia Soviética en Alemania habían enviado extensos informes a Moscú, en los que advertían del peligro de una inminente invasión nazi, pero Stalin los acusó de desinformadores al servicio de Inglaterra e hizo regresar a la URSS a algunos de ellos, que luego fueron ejecutados. Churchill, que estaba bastante bien informado de lo que ocurría en Europa gracias a sus espías, avisó a Stalin del peligro, comunicándole que en cualquier momento la maquinaria bélica nazi podía dar media vuelta y volverse contra Rusia. Roosevelt, por su parte, envió un mensaje a Stalin, aconsejándole prepararse para una más que posible invasión alemana. El paranoico georgiano coligió que tanto el Primer Ministro inglés como el Presidente estadounidense querían ponerle en contra de Hitler, en un intento por enfrentar al nazismo y al comunismo para que se destruyeran mutuamente y poder luego ejercer su dominio sobre Europa, así que no tomó ninguna medida. En consecuencia, cuando los alemanes invadieron Rusia, su avance fue espectacular. En los primeros dos días, lograron destruir más de tres mil aviones soviéticos, la mayoría en tierra. En apenas una semana, habían aniquilado a varias divisiones rusas de infantería, capturando casi un millón de prisioneros.

La magnitud de la catástrofe provocó la única depresión conocida en la biografía del sátrapa rojo. Convencido de que los totalitarismos bolchevique y nazi podrían repartirse primero el continente europeo, y luego el mundo, Stalin no pudo encajar al principio la traición de Hitler, que había violado un tratado que los comunistas siempre habían respetado. El georgiano, según todos los indicios, se encerró en sus habitaciones del Kremlin y no dio señales de vida hasta el miércoles 2 de julio de 1941, es decir, diez días después del inicio de la invasión. En ese periodo de tiempo los alemanes habían derrotado a todas las fuerzas soviéticas que se les enfrentaron, ocupando extensísimas regiones del país.

Superada su pasajera debilidad, Stalin volvió de nuevo a la brecha, lanzando por radio un discurso cuyo objetivo era galvanizar los ánimos de la población soviética, incitándola a la resistencia frente al invasor. Aunque como orador era un desastre, en ese momento concreto dio muestras de cierta lucidez mental y aparcó un tanto su dogmatismo totalitario, definiendo la guerra que acababa de estallar como una lucha patriótica, en la que debían embarcarse todos los hijos de la Gran Rusia. No obstante, su intención era darle a la contienda un significado ideológico claro, el combate a muerte entre fascismo y comunismo; pero lo cierto es que, con la perspectiva que ofrece el transcurrir del tiempo, hoy nadie duda que fue una guerra de supervivencia, en la que los pueblos que componían la URSS lucharon no por el comunismo, sino exclusivamente por sobrevivir frente a un enemigo implacable, fanatizado por un racismo extremo y que deseaba limpiar de razas inferiores aquellas inmensas tierras para repoblarlas con colonos alemanes.

Fue el extremismo nazi en materia racial lo que acabaría por poner en contra de los alemanes a una gran parte de la población de la URSS. En muchos lugares, que habían sido expoliados por el régimen comunista y cuyos habitantes vivían aterrorizados por la criminal arbitrariedad del NKVD, los germanos fueron recibidos como libertadores. Entre ellos destacó Ucrania, cuya diezmada población todavía tenía frescos en la memoria los horrores del holodomor provocados por las siniestras políticas comunistas. Ucrania fue, por esta razón, la república soviética más hostil al comunismo y en la que se recibió mejor a los alemanes. La Wehmarcht se mostró respetuosa con la población civil, e incluso llegó a proporcionarles a los ucranianos alimentos y medicinas, pues estaban muy necesitados de ambas cosas. Los miembros del odiado NKVD que no pudieron huir fueron capturados y ejecutados sin contemplaciones, en ocasiones por los propios ucranianos, muchos de los cuales expresaron su deseo de luchar al lado de los germanos contra los comunistas, que habían esquilmado Ucrania y condenado a morir de inanición a la mayoría de sus habitantes.

Pero detrás de las unidades regulares de la Wehmarcht llegaron las de las SS y todo cambió para peor. Sólo a los más fanatizados políticamente se les permitió unirse a las tropas alemanas. En general, se produjo una purga muy similar a las comunistas. Mientras los Einsatzgruppen de las SS procedían al arresto y exterminación de los judíos, las gentes de Ucrania aprendieron por las malas que el nazismo era tan criminal como el comunismo. Los alemanes, que podían haber contado con una gran ventaja estratégica, atrayéndose a poblaciones que habían sufrido lo indecible bajo el bolchevismo, lo echaron todo a perder por culpa del exacerbado racismo nazi, que les llevaba a despreciar a los eslavos casi tanto como a los judíos. Ucrania proporcionó muchos combatientes a las filas germanas, pero el grueso de la población acabó desengañado de sus libertadores alemanes, aunque la propaganda de Goebbels aprovechó muy bien las películas que mostraban, por ejemplo, cómo el ideólogo nacionalsocialista Alfred Rosemberg recibía el tradicional obsequio ucraniano del pan y la sal de manos de una joven pareja.

La II Guerra Mundial fue una contienda monstruosa en todos los frentes, pero en el Este europeo alcanzó una ferocidad inenarrable. Hitler estaba dispuesto a apoderarse como fuera de la Unión Soviética y de sus inmensos recursos. Por otra parte, si bien en su conquista de la Europa occidental había respetado, hasta cierto punto, las normas tradicionales de los conflictos bélicos, dejó muy claro a sus generales que en Rusia sus ejércitos debían librar una guerra total, no sólo contra el Ejército Rojo, sino contra la población civil, que él consideraba compuesta por sub-humanos. Eso significaba que ni se daría ni se pediría cuartel al enemigo, que debía ser completamente aniquilado. Episodios como los del cerco a Moscú, la batalla de Stalingrado o el prolongado asedio a Leningrado, cuyos habitantes debían perecer por hambre según órdenes expresas del Führer, demuestran a qué extremos llegó la furia belicista.

Fue el Ejército Rojo el que logró partir la columna vertebral de la Wehmarcht alemana, infligiéndole algunas de las derrotas más decisivas de su hasta entonces victoriosa historia. Pero tales victorias tuvieron un enorme coste humano para los rusos, con los que Stalin y los comunistas se mostraron tan despiadados como con el enemigo nazi. Desde el primer momento Stalin impuso el concepto de lucha total y a muerte, por el que toda la sociedad soviética, incluyendo mujeres, niños y ancianos, fue militarizada. Decidido a obligar a luchar a la población hasta el último cartucho y el último hombre, prohibió la evacuación de civiles, incluso la de los niños de corta edad, de las ciudades asediadas, arguyendo que de este modo los defensores lucharían con más ahínco. Tal proceder no hizo más que aumentar innecesaria y espantosamente las cifras de muertos, porque varios millones de personas incapacitadas para luchar, principalmente niños y ancianos, perecieron de hambre y enfermedades, o por los salvajes enfrentamientos armados.

El tirano rojo fue aún más lejos. Toda su estrategia se basaba en el lema ni un paso atrás, llevado hasta sus últimas consecuencias. Para estimular la combatividad de las tropas, Stalin recurrió a una maniobra que ya había sido utilizada con cierto éxito en la contienda civil rusa y por el Frente Popular durante la guerra de España. Consistía dicha maniobra en situar las ametralladoras, que según la lógica militar clásica deben colocarse en primera línea, en la retaguardia. Manejadas por elementos escogidos del NKVD, de probada lealtad comunista, estas armas debían disuadir a las tropas propias de replegarse. Llegado el caso, los hombres del NKVD tenían órdenes tajantes de abatir a los soldados que osaran retroceder. Miles de soldados rusos que cayeron en las batallas contra los alemanes, lo hicieron, en realidad, ante el fuego de la policía política comunista. Las familias de los que se replegaban ante el enemigo, de los desertores o de aquellos que se rendían eran deportadas a Siberia y, en determinados casos muy significativos, cuando los traidores eran miembros de la oficialidad, ejecutadas sumariamente.

Como no había fusiles suficientes para todos, la primera oleada de infantes rusos que se lanzaba al ataque iba seguida por otra de soldados desarmados, que debían recoger los rifles de los que cayeran y proseguir el avance. Esta estrategia, por llamarla de algún modo, fue empleada prácticamente hasta los últimos combates de la guerra, porque el Ejército Rojo, aún con los suministros propios y los que enviaba Estados Unidos, siempre contó con más efectivos humanos que equipo para los mismos. Esta era, precisamente, la gran baza a la que se aferraría Stalin durante la contienda: su inagotable reserva de soldados. Para el líder soviético contaban los resultados, no las vidas humanas, de modo que millones de hombres y mujeres fueron sacrificados como carne de cañón en batallas inmensas, en las que los germanos solían ser derrotados más que nada por la aplastante superioridad numérica de sus enemigos.

La combatividad y el sacrifico de la población rusa fue notable, pero es dudoso que la URSS hubiese podido sobrevivir sin la ayuda occidental. Estados Unidos proporcionó a Rusia toda clase de suministros. Los soviéticos recibieron miles de aviones, tanques y otros vehículos variados, incluidas más de mil locomotoras de vapor, miles de vagones de ferrocarril y millares de kilómetros de raíles. Los tanques Sherman, de los que la URSS recibiría no menos de dos mil unidades durante toda la guerra, les resultaron muy útiles a los bolcheviques, al menos hasta que empezaron a producir en grandes cantidades el blindado T-34, más adecuado para operar durante el crudo invierno ruso. Quizás la mayor aportación de la industria estadounidense, en lo que al apartado de vehículos de motor se refiere, fue el medio millón de camiones Studebaker de dos toneladas y media fabricados por General Motors, gracias a los cuales la infantería rusa alcanzó una gran movilidad, pudiendo ser transportada allá donde se la necesitase en relativamente poco tiempo. La grasa y el anticongelante empleados por los soviéticos en sus armas, vehículos y equipo diverso habían sido desarrollados en Estados Unidos. Un quinto de la producción de explosivos y municiones de diversos calibres de la industria americana fue destinado a la URSS. Las fábricas norteamericanas produjeron millones de prendas de abrigo y no menos de diez millones de pares de botas, miles de toneladas de alimentos envasados de todas clases y, en definitiva, todo aquello que un ejército inmenso podía necesitar para llevar a cabo una campaña prolongada. De vital importancia fue la ayuda médica enviada a Rusia, que totalizó por lo menos diez mil toneladas. Sin embargo, ni los alimentos ni las medicinas llegaron a las tropas, mucho menos a la población civil. El NKVD era el encargado de administrar la ayuda estadounidense, de forma que la comida, los medicamentos y otros muchos artículos considerados de lujo fueron reservados para uso exclusivo de las élites comunistas. A las tropas de los distintos frentes sólo llegaron armas, municiones y equipo de combate. Se podrían haber salvado miles, tal vez millones de vidas con los suministros sanitarios enviados por USA. Pero los soldados rusos nunca tuvieron acceso a la denominada bolsa de cura individual, que llevaba cada soldado estadounidense y que, por ejemplo, durante el desembarco de Normandía y las batallas subsiguientes, había contribuido notablemente a reducir la mortandad de los infantes americanos. Dicha bolsa contenía, entre otras cosas, un par de paquetes de polvos de sulfamidas, que el soldado podía verter sobre sus heridas para evitar que las mismas se infectasen. Decenas de miles de soldados rusos perecieron por septicemia, envenenamiento de la sangre, porque no tenían nada para combatir las infecciones. Este sería otro de los infames crímenes de Stalin y el comunismo: retener, para disfrute de los enchufados del régimen bolchevique, enormes cantidades de pertrechos y suministros varios que, de haber llegado a las tropas y la población civil, hubieran podido paliar algo la indescriptible penuria de todo por la que atravesaba el pueblo ruso.

Una de las mayores preocupaciones de Stalin durante la guerra fue controlar a las partidas partisanas. Los nazis habían ocupado extensísimas zonas de la URSS, algunas muy pobladas. En todas partes surgieron movimientos de resistencia frente al invasor teutón. Los al principio minúsculos grupos guerrilleros, formados por unas docenas de combatientes, fueron creciendo a medida que se les unían aquellos que huían de los alemanes, de forma que algunos de ellos llegaron a estar formados por varios miles de partisanos. Armados con los fusiles, metralletas, granadas y municiones que podían arrebatar al enemigo germano, sus desesperadas acciones causaban mucho daño al mismo, por lo que cuando algunos guerrilleros caían en manos de las tropas de la Wehmarcht eran ejecutados en al acto, a veces fusilados y otras, las más, ahorcados y dejados colgando durante varios días como aviso a la población.

Durante la II Guerra Mundial, el movimiento de resistencia sólo tuvo un peso específico en las operaciones militares en la URSS y Yugoslavia, donde las organizaciones guerrilleras contaban con miles de miembros y la ventaja de las características geográficas de las tierras en las que operaban. En otras naciones sus ámbitos de actuación fueron muy limitados. En Holanda, por ejemplo, la resistencia fue casi testimonial, pues la orografía del país no facilitaba en absoluto su actuación. En Francia existieron la resistencia propiamente dicha, netamente urbana, y el maquis o guerrilla rural. Pero como la influencia comunista en estas dos organizaciones era notable, no empezaron a actuar en serio hasta bien entrado el verano de 1941, después de que Alemania, violando el Pacto de No Agresión existente entre ambos países, invadiera la URSS. Con suministros proporcionados principalmente por los británicos, los resistentes franceses, entre los cuales hubo un gran número de republicanos españoles, realizaron algunas acciones notables, pero ninguna que contribuyera a cambiar el curso de la guerra. En realidad, se dedicaban más que nada a incordiar a los nazis, obligándoles a distraer una parte considerable de sus efectivos en su busca y captura. Sólo a partir de la primavera de 1944, con los preparativos de la Operación Overlord ya muy avanzados, jugó la resistencia francesa un papel verdaderamente relevante en la contienda, aunque el mismo sería muy exagerado por la historiografía gala y anglosajona de posguerra. Por el contrario en Yugoslavia, y en mucha mayor medida en la Unión Soviética, la actividad partisana influyó decisivamente en el resultado final de la conflagración.

Lo que más preocupaba en Moscú era que los grupos partisanos de la retaguardia germana operaban por libre, sin intervención de las autoridades soviéticas. Otro detalle que le quitaba el sueño a Stalin era que la mayoría de aquellos ejércitos irregulares estaba integrada principalmente por campesinos, que en las décadas anteriores se habían opuesto, en la medida de sus posibilidades, a la colectivización agraria impuesta por los bolcheviques. Sólo uno de cada diez líderes guerrilleros se declaraba comunista y los miembros del partido eran escasísimos entre los partisanos. En el caso de que la URSS ganase la guerra, aquellas formaciones guerrilleras, con la experiencia de años combatiendo contra los nazis y mandos bastante eficaces, podían llegar a convertirse en el embrión de un verdadero ejército contrarrevolucionario, que disputase al comunismo soviético la hegemonía en aquellas regiones. Decidido a conjurar ese peligro, el sátrapa rojo optó por tomar medidas drásticas.

Continuará...

© Antonio Quintana Carrandi, (7.917 palabras) Créditos