Los tres grandes monstruos del siglo XX
STALIN, PRIMERA PARTE
por Antonio Quintana Carrandi
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Stalin

Si hubo alguien que rivalizó en maldad con Adolf Hitler, llegando incluso a superarle, ese fue Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, más conocido por la historia como Stalin. El cómputo total de sus víctimas jamás podrá ser conocido, pero fue directamente responsable de las muertes de no menos de cuarenta millones de personas. Y eso dejando aparte los habitantes de la antigua URSS que perecieron en combate contra los nazis entre 1941 y 1945, cifra que se estima en no menos de otros veinte millones.

De orígenes humildes, Stalin destacó desde muy joven por su extrema frialdad. Era inteligente y, gracias a los desvelos de su madre, que deseaba que se ordenara sacerdote, tuvo una buena educación. Podría haberse abierto camino en la vida, pues no parecía que le faltaran cualidades para ello. Incluso hacía gala de cierta vena poética, lo que le equipara a Hitler, que también tuvo sus veleidades artísticas, en este caso relacionadas con la pintura. Pero la política, que atrae tanto a los mejores hombres como a los de alma más oscura, le sedujo muy pronto, y siendo todavía un adolescente, ya estaba metido en pequeñas intrigas políticas, de las que tanto abundaban en la Rusia zarista. Según parece, su primer contacto político lo tuvo mientras estudiaba en un seminario. Atraído por las ideas socialistas, muy pronto se convirtió en uno de los más fervientes propagandistas del marxismo en su Georgia natal, llegando a ejercer como líder sindical. Estas actividades subversivas provocaron que fuera expulsado del seminario justo antes de los exámenes finales, aunque en las hagiografías suyas, publicadas en la URSS y por los partidos comunistas occidentales, se contara la falacia de que había abandonado el centro voluntariamente, por compromiso con la causa revolucionaria y desengañado de la religión. Plenamente integrado en la subversión marxista, hizo prácticamente de todo, desde organizar manifestaciones obreristas (que no obreras) hasta asaltar bancos para financiar al ilegal partido comunista, pasando por ejercer de pistolero cuando de eliminar físicamente a alguien molesto para sus jefes se trataba, labor en la que destacó sobremanera, labrándose una reputación temible. Estas actividades le llevaron a la clandestinidad, de la que ya no saldría hasta la revolución de 1917.

La Rusia de finales del siglo XIX y principios del XX era un país atrasado en todos los aspectos, un imperio decrépito caracterizado por las enormes desigualdades sociales, que prácticamente no tenían parangón en otras partes del mundo. Aunque se habían realizado algunos intentos por modernizar el país, habían fracasado por culpa de una clase dirigente obsesionada por conservar sus privilegios de siglos. El imperio ruso era una potencia en su tiempo, pero dentro de sus fronteras predominaba la pobreza más absoluta, sobre todo en el campo. En las ciudades comenzaban a proliferar las fábricas, en las que millones de hombres y mujeres eran explotados en jornadas de doce y catorce horas por sueldos de miseria. Algunas voces sensatas se alzaron, incluso entre las clases altas, denunciando aquel estado de cosas, que era el perfecto caldo de cultivo para una revolución, pero pronto fueron acalladas.

El descontento de la población era evidente. Con la I Guerra Mundial o Gran Guerra las cosas llegaron a un estado de ebullición, alimentado por las desastrosas pérdidas rusas en la contienda, provocadas, en gran medida, por la ineptitud de los mandos del ejército zarista, que ascendían no por méritos profesionales, sino por puro nepotismo. La situación fue sabiamente aprovechada por el servicio de inteligencia germano, que utilizó a sus agentes en territorio ruso para avivar la llama de la revolución e incluso empleó grandes sumas de dinero en financiar a los revolucionarios. Éstos, contrarios a aquella guerra imperialista que sólo a las clases burguesas podía beneficiar según decían, habían prometido que, de alcanzar el poder, sacarían a Rusia del conflicto. Los germanos, deseosos de cerrar el frente oriental para concentrar el grueso de sus fuerzas en el occidental, se frotaban las manos ante tal perspectiva. Decididos a aprovechar en su propio beneficio la explosiva situación rusa, los teutones se ocuparon de ganarse la colaboración de Lenin, que estaba exiliado en Suiza y al que convencieron para que trabajara con ellos. Los alemanes introdujeron a Lenin en Rusia para que se pusiera al frente de los bolcheviques, una facción minoritaria pero muy combativa de las fuerzas revolucionarias.

Es importante recordar que, en contra de la creencia popular, hábilmente manipulada por la propaganda comunista desde hace un siglo, Lenin no derrocó al Zar, porque éste ya había abdicado antes de que el líder bolchevique regresara del exilio. A su regreso, Lenin se encontró con que la revolución había triunfado, pero los bolcheviques estaban marginados, porque la gran masa revolucionaria era más bien de tendencia socialdemócrata. Sin embargo, se percató enseguida de la debilidad del nuevo gobierno provisional. Decidido a hacerse con el poder como fuera, puso en marcha diversas intrigas para lograrlo, provocando con ello una espantosa guerra civil que se cobraría millones de víctimas y que concluyó con la victoria de los bolcheviques. A partir de aquel momento, y puesto que Lenin era consciente del escaso entusiasmo que levantaba entre la población la ideología comunista, el cabecilla de los soviets comenzó a organizar el nuevo estado bajo la égida del terror. Teniéndolo casi todo en contra, había conseguido hacerse con el poder absoluto y estaba dispuesto a lo que fuera para mantenerlo. El instrumento que Lenin y los comunistas utilizaron para extender el terror y afianzar su poder político fue la CHEKA, acrónimo de Comisión Extraordinaria, dirigida por Félix Dzerzhinski, uno de los mayores criminales de la historia, capaz de superar en infamia y perversidad al mismísimo Heinrich Himmler. La CHEKA creció exponencialmente en unos pocos años, y de ser una suerte de policía política, dedicada a reprimir a los llamados contrarrevolucionarios (o sea, todo aquel que se atreviera a oponerse a los comunistas de palabra u obra) se transformó en un estado dentro del estado, hasta el punto de que incluso los bolcheviques de la primera hora de la revolución comentaban, con amargura, que de gritar ¡Todo el poder para los Soviets!, se había pasado a gritar ¡Todo el poder para la CHEKA!. Este organismo era omnipotente, pues sus miembros podían asesinar impunemente a quien fuera en cualquier lugar de la URSS. Dzerzhinski consiguió en Rusia lo que Ernst Röhm no pudo lograr en Alemania. Mientras las SA de Röhm fueron eliminadas por Hitler para contentar y atraerse a las fuerzas armadas germanas, la CHEKA llegó a tener más divisiones y equipo que el mismísimo Ejército Rojo, al que de hecho controlaba, lo que no agradaba a su creador, León Trotsky. La CHEKA se creó, en principio, para un fin determinado: desbaratar una huelga de funcionarios que amenazaba con paralizar la administración y que, según los cabecillas bolcheviques, había sido instigada por la burguesía. Este siniestro organismo, que consolidó el tambaleante poder bolchevique mediante arrestos ilegales, las torturas más crueles y cientos de miles de ejecuciones sumarias sin formación de causa, era continuamente elogiado por Lenin, quien se refería al psicópata de Dzerzhinski como el mejor defensor de la revolución.

El papel de Stalin en la revolución de octubre fue muy menor, casi anecdótico. Sin embargo, estuvo metido de un modo u otro en todos los fregados políticos, medrando discreta e inteligentemente entre las filas comunistas y logrando, en relativamente poco tiempo, convertirse en uno de los colaboradores más apreciados de Lenin. Comisario político del Ejército Rojo durante la guerra civil y el conflicto contra Polonia, pronto fue nombrado Comisario del Pueblo de Asuntos Nacionales, cargo que ocuparía entre 1917 y 1923, además de ostentar otros puestos de variada importancia dentro del organigrama bolchevique. Lenta pero inconteniblemente, el siniestro georgiano fue acumulando cada vez más poder, y, para 1922, era ya Secretario General del Partido Comunista Pan-ruso.

Los hagiógrafos de Lenin han tratado de lavar algo su imagen histórica aduciendo que, al percatarse de cómo Stalin iba controlando los resortes del partido bolchevique, Vladimir hizo un llamamiento para que el XII Congreso del Partido apartara al georgiano. Existe constancia documental de que Lenin consideraba a Stalin demasiado brusco y caprichoso, y que pretendía relegarle a un puesto con menos poder decisorio. Pero tal cosa no exime a Lenin de sus crímenes, que los documentos históricos han probado más allá de cualquier duda. Resulta irónico que alguien como él, responsable directo de las muertes de millones de personas y que había dado carta blanca a la CHEKA para hacer lo que quisiese, considerara que la brusquedad de Stalin era un defecto. Es más lógico pensar que Lenin reaccionó como lo hizo porque sus preferencias para sucederle se dirigían a otra persona y, en consecuencia, deseara marginar al georgiano. Pero sea como fuere, el caso fue que el XII Congreso del partido no tuvo conocimiento de los deseos de Lenin, porque Stalin se las arregló para ocultarlos con ayuda de la CHEKA.

Con la muerte de Lenin, en enero de 1924, Stalin, Kámenev y Zinóviev tomaron las riendas del partido. Cada uno de los miembros de este triunvirato de criminales trató de eliminar a los otros dos y hacerse con el poder absoluto. Stalin fue el más despiadado y por tanto el más eficaz en semejante labor. Cualquiera que, como el autor de este ensayo, se haya preocupado por estudiar a fondo la ideología comunista y los principios en los que se fundamenta, se habrá sorprendido al comprobar que el comunismo tiene mucho de religión laica, por describirlo de alguna manera. El partido lo es todo y nada tiene sentido fuera del mismo. Sus líderes son tan infalibles para los comunistas como el Papa para los católicos. Lenin era venerado casi como un dios, por lo que sólo podría erigirse como su sucesor alguien que le hubiera demostrado lealtad absoluta. Y ese alguien era Stalin, al que hasta entonces las supuestas eminencias grises del bolchevismo habían menospreciado, considerándole un funcionario eficaz del partido pero poco avispado.

Con astucia y frialdad infinitas, Stalin fue maniobrando para hacerse con las parcelas de poder que aún le esquivaban. Había sido el organizador del funeral de Lenin, en el que pronunció un discurso glosando la figura del finado y prometiendo eterna lealtad a su ideario. En dicho discurso mencionó, como de pasada y en términos poco favorables, a León Trotski, al que consideraba en ese momento su mayor obstáculo para alcanzar el poder absoluto. Otras figuras del partido, contrarias a sus puntos de vista, quedaron también enfiladas en el punto de mira del retorcido georgiano. Pero primero tenía que apartar a Trotski, y para lograrlo empezó por desprestigiar al creador del Ejército Rojo, dejando caer que se había unido a los bolcheviques cuando el triunfo revolucionario estaba prácticamente cantado. Además, hizo públicos los supuestos desacuerdos que León había tenido con Lenin en la etapa previa a los sucesos revolucionarios.

Trotski era otro de los iluminados producidos por la ideología marxista. Si bien en un principio simpatizó con los mencheviques (los revolucionarios más moderados), llegando a tener importantes diferencias de opinión con Lenin, pronto varió de postura, abrazando la causa bolchevique y organizando la revolución de octubre de 1917, gracias a la cual los radicales más extremistas, una minoría, tomaron el poder. Los mencheviques, claro está, se resistieron, lo que dio origen a una cruenta guerra civil, aprovechada por los nostálgicos de la monarquía zarista para intentar restablecerla, y durante la cual Trotski desempeñó el cargo de Comisario de Asuntos Militares. Soñaba con exportar a todas las naciones del mundo la revolución bolchevique. Stalin, más pragmático, quería consolidar el poder comunista en Rusia (en esencia, su propio poder), y como Trotski era, de hecho, el único líder revolucionario que podía hacerle sombra, arremetió contra él. Obligado a exiliarse, León siguió defendiendo la idea de la revolución permanente y compitió con Stalin por el control de los partidos comunistas occidentales. Aunque estaba en el otro extremo del mundo, el largo brazo del georgiano le alcanzó. Murió en México en 1940, asesinado con un piolet por Ramón Mercader, sicario español al servicio del NKVD.

Lo del socialismo en un solo país argüido por Stalin, y que parecía chocar con el internacionalismo defendido por Trotski, puede inducir a pensar que al primero no le interesaba la exportación del comunismo, al menos por el momento. Este es un error de apreciación que ha sido asumido por no pocos historiadores. La cruda realidad es que Stalin era tan internacionalista como Trotski o más, pero su objetivo prioritario era conseguir el poder absoluto en Rusia. Por supuesto que también aspiraba a que todos los comunistas del mundo se sometieran a las directrices emanadas de Moscú; es decir, a las órdenes que él en persona diera. De hecho, una de sus principales obsesiones fue controlar todos los partidos comunistas de occidente, tarea para la que no escatimó recursos ni dinero. Las huelgas y disturbios obreristas que azotaron varios países occidentales durante los años 30 fueron instigados por los partidos comunistas locales, siguiendo instrucciones de Moscú. Al mismo tiempo, se desarrollaba una lucha soterrada pero muy violenta entre los comunistas partidarios de la línea estalinista y los seguidores de Trotski, que siempre estuvieron en minoría. Uno de los episodios más terribles de esta pugna, sobradamente conocido, se produjo en mayo de 1937 durante la guerra civil que devastaba España: el exterminio, a manos del PCE, de los miembros del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista) y, en menor medida, de los anarquistas de la CNT, hostiles a la disciplina revolucionaria que pretendían imponer los comunistas en el Frente Popular español. Al POUM se le acusaba de trotskista, pero la evidencia histórica es irrefutable: Trotski se opuso férreamente a la fusión de Izquierda Comunista de España con el Bloque Campesino y Obrero, origen del POUM, así que en esta organización no había nada de trotskismo. De lo que se trataba era de asegurar el dominio absoluto del PCE, apéndice de la Comintern soviética, sobre todas las fuerzas que integraban el Frente Popular. Además, Stalin se la tenía jurada a Andrés Nin, líder del POUM, porque éste, que había viajado a la URSS y había sido secretario de Trotski y de Bujarin, era el único izquierdista español que se había atrevido a denunciar públicamente los juicios farsa organizados por el NKVD para eliminar a los que se oponían al georgiano. Tras la eliminación física de los militantes del POUM, Andrés Nin, capturado por agentes soviéticos, pasó por diversas cárceles comunistas clandestinas, acabando en el chalé de Constancia de la Mora, esposa de Ignacio Hidalgo de Cisneros, comandante de las FARE (Fuerzas Aéreas de la República Española) y estalinista hasta el tuétano. Fue sometido a las torturas más espeluznantes, llegando a ser desollado vivo para que confesara que tanto él como los miembros del POUM eran quintacolumnistas al servicio de Franco. Todo indica que no cedió al tormento y murió sin confesar nada. El PCE acusó públicamente a Nin y sus colaboradores de conspirar en favor de los fascistas, y hasta hicieron correr el bulo de que su desaparición se explicaba porque había sido puesto a salvo por la mismísima Gestapo alemana, una falacia que no se tragó nadie. Uno de los torturadores de Nin fue el asesor soviético Alexander Orlov, que unos meses antes había organizado la evacuación (léase expolio, latrocinio o robo) de las reservas de oro del Banco de España, las cuartas más importantes del mundo.

Stalin cimento su ascenso al poder absoluto mediante el control de los aparatos administrativos del Estado y el Partido Comunista, creando una auténtica legión de funcionarios serviles que cumplían sus instrucciones sin rechistar, por lo que eran premiados con privilegios y prebendas de todo tipo. A sus adversarios, reales o imaginarios, procuraba encontrar el modo de enfrentarlos entre sí para debilitarlos, en un tan siniestro como magistral ejemplo del divide y vencerás maquiavélico. Al mismo tiempo, intensificó de tal forma la represión, que hasta el Terror Rojo auspiciado por Lenin y Dzerzhinski parecía una broma. El presidente de la CHEKA había tenido algunos encontronazos con el georgiano. No obstante, en su último acto público le defendió contra sus críticos, encabezados por Kámenev y Zinóviev. Tras el encendido discurso en favor de Stalin, Dzerzhinski sufrió un infarto y falleció. Era el 20 de julio de 1926. La salud de Dzerzhinski no era buena, pero tampoco estaba tan mal y todo indica que fue envenenado casi con toda seguridad por Yagoda, uno de los altos oficiales de la CHEKA más ambiciosos. La muerte del fundador de la policía secreta bolchevique fue aprovechada por Stalin para deshacerse de ciertos individuos que le estorbaban. Acusó a los trotskistas del asesinato, entre ellos Zinoviev y Kámenev, que eludieron la pena capital por los pelos, siendo condenados a cinco años de trabajos forzados. A Dzerzhinski le sucedió en el cargo Viacheslav Menzhinski, abogado, experto en física y química, con cierto talento diplomático y políglota, pero también otro asesino sin conciencia. Pero Menzhinski tenía muy mala salud. Murió en 1934 y esta vez no hubo rumores de asesinato. La CHEKA pasó a ser presidida por Guénrij Yagoda, un hombre considerado corrupto y brutal por muchos líderes del partido, lo que da una idea de la catadura moral del personaje.

Yagoda, dispuesto a ganarse como fuera el favor del Zar Rojo en que estaba convirtiéndose Stalin, orquestó el asesinato de Sergei Kirov para complacer al georgiano. En 1934 iba a celebrarse el XVII congreso del Partido Bolchevique, donde se elegiría al líder del mismo mediante votación secreta. Kirov contaba con el apoyo masivo de los obreros y obtuvo la mayoría. Pero muchos funcionarios del partido eran tremendamente corruptos, y otros temían, con razón, las represalias de Stalin, cuya fama de asesino despiadado no hacía más que aumentar. Así que con la colaboración de esos funcionarios venales y el auxilio de la CHEKA, el georgiano consiguió que se falsificara el resultado. No menos de 289 delegados votaron en contra de Stalin y sólo 4 a su favor, pero se redactaron actas falsas según las cuales Kirov sólo había obtenido 3 votos, siendo la mayoría para el georgiano. Una vez derrotado de manera tan fraudulenta, Kirov pasaba a ser un estorbo para Stalin, que ordenó su asesinato, llevado a cabo por la sección del NKVD de Leningrado el 1 de diciembre de 1934, y en el que al parecer tuvo una intervención destacada Nikolái Yezhov. Este crimen fue el pistoletazo de salida para la denominada Gran Purga, con la que Stalin acabó de asegurarse el dominio absoluto de la URSS hasta su muerte. Yagoda la puso en marcha, ordenando a las unidades de la CHEKA el arresto de decenas de miles de personas, consideradas desafectas a la revolución. Los primeros bolcheviques de renombre en caer fueron, obviamente, Grigori Zinóviev y Lev Kámenev, a los que se acusó de complicidad moral en un supuesto intento de asesinato contra Stalin. Ambos fueron fusilados. Pero el tirano rojo no se conformó con eso, sino que extendió el terror a sus familiares. Yuri Kámenev, segundo hijo de Lev, fue ejecutado sin formación de causa alguna el 30 de enero de 1938. Su hermano mayor, Alexander, creyó que su fidelidad al régimen bolchevique como oficial de aviación le protegería, pero fue detenido e igualmente ejecutado el 15 de julio de 1939. A la primera esposa de Lev Kámenev, Olga Kameneva, madre de Alexander y Yuri y emparentada con la familia Trotski, se la fusilaría en un bosque el 11 de septiembre de 1941, junto a cerca de doscientas personas más acusadas de contrarrevolucionarias. Tatiana Glevoba, segunda esposa de Kámenev, fue deportada a Siberia, muriendo de agotamiento en un campo de trabajo. Su hijo, Vladimir Glébov, también deportado siendo aún un niño, logró sobrevivir a los horrores del gulag. No existen datos documentales concluyentes sobre la familia de Zinóviev, aunque todo indica que varios de ellos murieron asesinados por orden de Stalin. Actualmente todavía existen familiares de Zinóviev, la mayoría de los cuales vive en los Estados Unidos. Además de Zinóviev y Kámenev, en este primer juicio de la purga, celebrado en agosto de 1936, fueron acusadas otras catorce personas. Declaradas culpables, se las condenó a muerte. Algo más de medio siglo después, durante la época de la perestroika de Gorbachov, Kámenev, Zinóviev y los demás fueron absueltos de todos los cargos. Obviamente, los comunistas más recalcitrantes protestaron enérgicamente en todo el mundo.

El segundo juicio de la purga tuvo lugar en enero de 1937. Diecisiete jefes del Partido Comunista, de rango inferior a los juzgados en agosto del 36, comparecieron ante un tribunal-títere. Trece de ellos fueron condenados a muerte, y los cuatro restantes a penas de trabajos forzados en el gulag. Ninguno de esos cuatro desdichados sobrevivió durante mucho tiempo, tales eran las condiciones de los campos de concentración siberianos.

Hubo un tercer juicio, celebrado en marzo de 1938, contra un grupo de supuestos derechistas y trotskistas. Uno de los acusados era el propio Yagoda, que había caído en desgracia, siendo destituido de su cargo de presidente de la CHEKA, por orden de Stalin, en septiembre de 1936. El nuevo cabecilla de la siniestra organización sería Nikolái Yezhov. Yagoda, que había iniciado la Gran Purga con el asesinato de Kirov, las detenciones de Zinóviev, Kámenev y otros, y las ejecuciones masivas de miles de detenidos anónimos, fue una víctima más de la paranoia del georgiano, que ordenó su arresto en marzo de 1937, acusándole de traición y conspiración contra el gobierno bolchevique. Nikolái Bujarin, antiguo dirigente de la Comintern, estaba entre las veintiuna personas juzgadas. Amigo personal de Stalin, escribió a éste diciéndole que estaba dispuesto a morir por el bien del partido, como un buen bolchevique, pero que al menos le gustaría saber por qué él, Stalin, necesitaba que muriera. Por supuesto, Iósif no se molestó en responder. Su familia y la de Bujarin estaban muy unidas y hasta veraneaban juntas, pero al georgiano no le tembló la mano cuando decidió quitarle de en medio, lo cual demuestra el nulo valor que el sátrapa rojo concedía a la amistad. Todos los encausados serían condenados a la pena capital y ejecutados en el acto. Durante el proceso, Yagoda dio un patético espectáculo proclamando su fidelidad a Stalin y suplicándole clemencia.

La frialdad y determinación con las que eliminaba físicamente a sus colaboradores dicen mucho del carácter inhumano de Stalin. Incluso Hitler tuvo algún amigo, como por ejemplo Albert Speer, el único dirigente nazi con arrestos para decirle al Führer las cosas claras. Hitler era un exaltado, que con frecuencia sorprendía a su círculo con ataques de ira mal contenida. Por el contrario, Stalin era frío como un témpano y nunca dejaba traslucir su estado de ánimo. El dictador nazi, siendo como era un criminal, valoraba la lealtad y la recompensaba generosamente. El tirano rojo disfrutaba viendo cómo sus subordinados competían entre ellos por ganarse sus favores, complaciendo hasta sus más ínfimos caprichos. Convencido de que todo el mundo conspiraba contra él, su paranoia no conocía límites y hasta es posible que padeciera manía persecutoria, pues desconfiaba en extremo de los que más lealtad le mostraban. Yagoda es un ejemplo claro. Servil ante Stalin hasta el vómito, secundó los proyectos más infames del tirano. Así, por ejemplo, proporcionó los prisioneros necesarios para construir el canal que debía unir el mar Blanco con el Báltico, una de las infraestructuras faraónicas con las que Stalin pretendía mostrar al mundo el poder de la potencia soviética. Millones de presos del gulag lo excavaron sólo con picos, palas y carretillas, en jornadas de diez y doce horas, siete días a la semana, mal alimentados y vestidos, soportando los rigores de un clima infernal. Stalin quería que la obra estuviese terminada cuanto antes, así que los trabajos en condiciones de esclavitud se aceleraron todo lo posible para cumplir con el plazo dictado por el Kremlin.

El canal se abrió a la navegación el 2 de agosto de 1933 y el mismísimo Stalin lo inauguró, navegando por él. Las cámaras de cine filmaron con todo lujo de detalles la travesía. La película sirvió a los intereses propagandísticos del comunismo, pues se exhibió en todo el mundo como ejemplo de la grandeza de la patria de los trabajadores. Los partidos comunistas y socialistas de occidente alabaron aquella grandiosa realización soviética. El partido más poderoso de la izquierda española, el PSOE, entonces marxista y pro-bolchevique, fue uno de los que con más entusiasmo glosaron la obra. Lo que no dijeron, obviamente, es que millares de prisioneros habían muerto de agotamiento trabajando en su construcción, entre ellos unos centenares que intentaron huir y fueron acribillados a balazos por los hombres de la CHEKA. El escritor y disidente ruso Alexander Solzhenitsyn estimaba que habían perecido no menos de mil personas diarias durante las obras, supervisadas por el NKVD, por lo que la cifra final de muertos sería de varias decenas de miles.

Los propagandistas occidentales de las bondades del comunismo silenciaron el hecho de que, por culpa de las prisas del tirano rojo, el canal fue un desastre. Como había que terminar las obras dentro del plazo establecido para no contrariar a Stalin, el canal se cavó con una profundidad máxima de cuatro metros, e incluso menos en algunos sectores de sus 227 kilómetros de longitud, así que nunca pudo ser cruzado por barcos de gran calado y mucho menos por navíos de guerra. Uno de sus objetivos principales, conectar el puerto de Arhangelsk, en la costa del mar Blanco, con el mar Báltico, tampoco se alcanzó. Al estar situado en una latitud extrema, no podía ser utilizado entre los meses de octubre y mayo, porque sus aguas se congelaban. Pero como no era cosa de buscarle pegas a algo ordenado por Stalin, se silenciaron sus defectos en el extranjero, y en casa el georgiano, como era su costumbre, culpó a otros de sus fracasos personales. En consecuencia, los ingenieros que diseñaron el canal, muchos de ellos deportados, fueron acusados de haber saboteado el proyecto y castigados en consecuencia, algunos incluso con la muerte. El canal todavía existe, como uno de los símbolos de la ineptitud comunista. Su utilidad económica es prácticamente irrelevante.

Cuando Yagoda fue destituido de su cargo en septiembre de 1936, su vacante fue ocupada por Nikolái Yezhov, llamado el enano por su baja estatura, pues apenas medía un metro y medio. Yezhov había medrado en las filas bolcheviques, ganándose el favor de Stalin e inmiscuyéndose paulatinamente en los asuntos de la seguridad del estado, para disgusto de Yagoda, que se consideraba imprescindible para el georgiano. Yezhov, analfabeto funcional que no fue ni un año a la escuela, antiguo aprendiz de sastre y obrero metalúrgico, bisexual sádico y de naturaleza frágil y enfermiza, encontró su camino en la vida como agitador revolucionario. Se le consideraba un tipo modesto, callado y algo tímido, que adoraba a Stalin y al comunismo por este orden, y estaba dispuesto a hacer lo que fuera para servirles. Continuó con la Gran Purga iniciada por Yagoda, ganándose un puesto de honor entre los criminales más abyectos de la historia.

Nombrado Comisario del Pueblo de Interior, cargo que llevaba aparejado el de jefe de la policía secreta o NKVD (Comisariado del Pueblo para Asuntos Interiores), antes CHEKA, GPU y OGPU, ejerció como representante de Stalin en los juicios de Moscú e, inmediatamente, aplicó su talento a la labor de purgar a los contrarrevolucionarios, reales o imaginarios, que el georgiano pensaba infestaban el partido y el país. Millones de personas fueron detenidas, cientos de miles ejecutadas sumariamente y otras tantas deportadas a Siberia. Las minorías étnicas y gran número de extranjeros también sufrieron la deportación y la muerte, por considerar Stalin negativa su supuesta influencia sobre la moral socialista. Decenas de miles de personas, que habían contribuido al triunfo de la revolución mucho más que el tirano rojo y sus sicarios, fueron detenidas, torturadas horriblemente y luego exterminadas, bien por fusilamiento o mediante el eficaz método soviético del tiro en la nuca. Con la excusa de que elementos contrarrevolucionarios y fascistoides se habían infiltrado en el Partido, Yezhov, nuevo brazo ejecutor de Stalin, condujo a la muerte a un número indeterminado de personas, que pudo oscilar entre las seiscientas mil y el millón, aproximadamente.

Durante la Gran Purga destacó la figura del infame Andrei Vyshinski, que ejerció de fiscal en los juicios-farsa. Como la de todos los líderes comunistas, su biografía es más bien rocambolesca. Hijo de un predicador católico, empezó en la política militando en el partido menchevique, en la época en que las diferencias entre éste y el partido bolchevique todavía no habían desembocado en un baño de sangre. Después de la revolución fue comisario de policía en un distrito moscovita, al servicio del gobierno provisional. Los mencheviques desconfiaban de los bolcheviques, y al tener conocimiento de las intrigas entre Lenin y el servicio de inteligencia alemán, las autoridades ordenaron que fuera detenido si era descubierto en Moscú, orden firmada por Vyshinski. No obstante, hacía tiempo que Andrei se dejaba cortejar por los bolcheviques y apreciaba a Stalin, con el que había sido encarcelado por la policía zarista en 1908, de modo que se ocupó de que aquella orden no se llevara a efecto. En 1920 se unió a los bolcheviques, iniciando una meteórica carrera en el organigrama del nuevo estado creado por Lenin. Su gestión en todos los cargos que ocupó fue nefasta. Fiscal del Tribunal supremo entre 1923 y 1925, envió a Siberia a miles de personas y sentenció a muerte a varios cientos de acusados. De 1925 a 1928 ejerció como rector de la Universidad Estatal de Moscú, reduciendo la autonomía de las facultades en materia educativa al mínimo y potenciando en las aulas el adoctrinamiento político. Como consecuencia de ello, el nivel académico en todas las disciplinas descendió a mínimos históricos, mientras, en contrapartida, la Universidad pasaba a ser una cantera de exaltados comunistas. Gozando de la confianza, siempre relativa, de Stalin, Vyshinski ocupó otros importantísimos puestos en el sistema educativo, con los negativos resultados que cabe imaginarse, y cuyas nefandas consecuencias arrastrarían varias generaciones de estudiantes rusos. El personaje no abandono, sin embargo, sus veleidades legalistas, siendo escogido por el mismísimo Stalin, que valoraba positivamente su celo comunista y su absoluta falta de escrúpulos morales, como acusador principal en los llamados procesos de Moscú, las farsas judiciales orquestadas por el georgiano para librarse de posibles competidores y asegurar su dominio sobre la Unión Soviética. En dichos procesos Vyshinski se comportó como más tarde se comportaría Roland Freisler, el juez nazi que envió a la muerte a miles de personas, entre ellas a Sophie Scholl y su hermano, y a muchos de los que participaron en la conspiración contra Hitler del 20 de julio de 1944. Como Freisler, Vyshinski profirió terribles insultos contra los acusados, tales como alimañas burguesas que no merecen vivir y otras lindezas por el estilo. Este doctor en ciencias jurídicas pervirtió éstas al dictaminar que la ley puede y debe ser utilizada como un instrumento de la lucha de clases, tan cara a la ideología marxista, siendo además defensor a ultranza del principio de culpabilidad. Más adelante volveremos sobre sujeto tan peculiar, por no decir abyecto.

Mientras España se desangraba en una cruenta guerra civil, y los partidos integrantes del Frente Popular español, salvo quizás los anarquistas, se convertían en voceros del comunismo soviético y pretendían presentar a Stalin como el defensor de la democracia, el georgiano la emprendía, a través del NKVD y Yezhov, no sólo contra la población civil, sino incluso contra el ejército. La purga en las Fuerzas Armadas fue impresionante. Al menos el treinta por ciento de sus generales y el cincuenta por ciento de sus oficiales, de teniente para arriba, fueron enviados a la muerte por capricho de Stalin, que veía complots en su contra por todas partes. Muchos de los asesores soviéticos enviados a España serían premiados con la ejecución a su regreso a la URSS. Cuando los alemanes invadieron Rusia, el Ejército Rojo estaba prácticamente descabezado, pues la mayor parte de sus mandos más valiosos había sido fusilada durante la purga. Esto explica, al menos en parte, por qué durante los primeros meses de la invasión los germanos encadenaron una victoria tras otra.

La Gran Purga trascendió las fronteras soviéticas. Los partidos comunistas occidentales purgaron a sus cuadros en busca no sólo de trotskistas y supuestos contrarrevolucionarios, sino incluso de militantes que fueran demasiado tibios en sus convicciones bolcheviques. Europa occidental, por ejemplo, conoció una ola de asesinatos sin resolver y extrañas desapariciones sin precedentes. El PC francés se había significado siempre por ser el más entusiasta seguidor de las doctrinas estalinistas, de forma que fue el más radical a la hora de aplicar la purga. Al menos el treinta por ciento de su militancia fue purgada, produciéndose miles de expulsiones de militantes de base. Cuando se trataba de elementos de cierto relieve, se recurría a la eliminación física del individuo. Una estratagema muy utilizada por los perros de presa bolcheviques consistía en invitar a los líderes comunistas occidentales a visitar Moscú. Cuando llegaban a la capital de la patria de los trabajadores, eran arrestados y desaparecían para siempre.

Siendo la URSS una nación atrasada y sometida a un rígido control por parte de los comunistas, los horrores de la Gran Purga no eran conocidos con detalle en occidente. No obstante, las cosas cambiaron cuando unos pocos prisioneros del gulag, el siniestro complejo de campos de concentración rusos, lograron escapar milagrosamente. En Francia, Inglaterra y otros países estos prisioneros contaron a la prensa libre sus odiseas personales, dando testimonio del terror desencadenado en Rusia por los bolcheviques. Los partidos comunistas de occidente, obedeciendo las directrices moscovitas, trataron de acallarlos por todos los medios, negando que hubieran estado presos jamás y acusándolos de ser agentes del capitalismo imperialista. En las filas de los partidos marxistas occidentales militaba una legión de intelectuales que, como el patético Jean Paul Sartre, llegó a negar la existencia de la Gran Purga. Especialmente vomitiva fue la actitud del diario estadounidense The New York Times, cuyos principales colaboradores no sólo negaban el Terror Rojo, sino que además glosaban en sus artículos el progreso de la Unión Soviética y lo comparaban con el estancamiento que, a su juicio, se vivía en los EE UU por la Gran Depresión. El periodista Walter Durand utilizó su inmerecido Premio Pulitzer para hacer apología del comunismo, y aunque la existencia de los campos de trabajos forzados en la URSS ya había sido demostrada más allá de cualquier duda, él seguía insistiendo en que era una falacia. Beatrice Webb, que iba por la vida de reformadora social, se sumó al coro de impresentables que negaban las purgas estalinistas. Tan sólo el diario británico The Manchester Guardian, curiosamente de tendencia izquierdista, se hizo eco de lo que estaba ocurriendo en la URSS y no ahorró críticas a la hora de referirse al tema de las purgas.

Yezhov llegó a afirmar que los mayores enemigos del bolchevismo estaban en la Comintern, lo que le sirvió de excusa para, una vez eliminada físicamente la supuesta oposición exterior, concentrarse en la depuración de dicha organización. Sin embargo, mientras el enano se dedicaba en cuerpo y alma a tal labor, Stalin empezaba a considerar que el jefe del NKVD estaba acumulando demasiado poder y convirtiéndose en un potencial peligro para su liderazgo. Se imponía por tanto librarse de él, así que el 8 de abril de 1938 fue nombrado Comisario de Transporte Fluvial y Marítimo. Se trataba de un terreno completamente desconocido por Yezhov, que trató de multiplicar su actividad para ocuparse de los dos comisariados de los que era responsable. No lo consiguió, como Stalin esperaba, y sus funciones en el NKVD fueron asumidas por su ayudante, Frinovski.

Sospechando que estaba perdiendo el favor de Stalin, cuando dos oficiales del NKVD desertaron a occidente Yezhov mantuvo silencio, sin informar al Kremlin. Pero Stalin se enteró de todos modos, lo que aumentó las sospechas que ya albergaba sobre el enano y le decidió a sustituirle al frente de la policía secreta por Lavrenti Beria, que fue designado Comisario de Interior en agosto de 1938. Yezhov, previendo lo que podía ocurrir, ordenó a sus subordinados que mataran a aquellos detenidos que, llegado el momento, podrían declarar en su contra, convenientemente aleccionados por Beria.

Aunque siguió al mando del Comisariado de Transporte Fluvial y Marítimo durante varios meses, Yezhov fue arrestado el 10 de abril de 1939 por orden de Beria, que llevaba años maniobrando en el seno de la policía secreta para ganarse el favor de Stalin. Yezhov, recluido en una prisión especial, reservada para los más peligrosos enemigos del pueblo, fue acusado de los excesos llevados a cabo durante la Gran Purga, de espionaje a favor de varias potencias extranjeras, de orquestar una confabulación derechista en el seno del NKVD con vistas a un golpe de estado, y de sodomita, o sea, de homosexual. Sometido a las más horrendas torturas, acabó por declararse culpable de todas las acusaciones. Juzgado el 1 de febrero de 1940, fue condenado a muerte. Solicitó clemencia, que se le denegó. Fue ejecutado esa misma noche y, tras la incineración de su cadáver, sus cenizas fueron arrojadas a una fosa común.

El recambio de Yezhov era un ingeniero de humildes orígenes, que había ido escalando posiciones en el partido a la sombra de Stalin. Tan pronto como ocupó el puesto de Yezhov, Beria se dedicó a amañar pruebas que vinculaban a éste con los excesos de la purga y dejaban aparte a Stalin, como si el georgiano no hubiera tenido nada que ver con el asunto. Para despejar algo las dudas del pueblo llano sobre la implicación de Stalin en aquellos crímenes, Beria consiguió convencer al tirano para que decretase la puesta en libertad de varios miles de detenidos por Yezhov. Al mismo tiempo, purgó al NKVD, eliminando físicamente a los oficiales nombrados por el enano y reemplazándolos por gente de su entera confianza.

Beria logró sobrevivir a Stalin a fuerza de hacerse imprescindible para el tirano rojo. Al mismo tiempo, y a imitación del Comisario de Exteriores, el servil Molotov, se esforzó en cultivar una imagen de subordinado satisfecho, que no aspiraba a más. Parecía que Stalin había encontrado a su verdugo perfecto, y durante las décadas siguientes las atrocidades cometidas por Beria, a mayor gloria de Stalin y el comunismo, empequeñecieron las de Dzerzhinski, Yagoda y Yezhov. Su estrategia para tener contento a Stalin y que confiara en él era consultárselo absolutamente todo. Bajo su control, la influencia del NKVD no dejó de aumentar, las actividades de espionaje y subversión en el extranjero se incrementaron muchísimo y cualquier atisbo de sociedad civil desapareció de la URSS. Después de la II Guerra Mundial, Beria se ocupó de organizar las policías de los países liberados por el Ejército Rojo, cuyos responsables tenían que demostrar una lealtad acrisolada hacia la Unión Soviética y el marxismo, aunque esto fuese en detrimento de los intereses de sus propias naciones. Sólo en Yugoslavia encontró resistencia, pues el mariscal Tito, a pesar de ser comunista, mantenía a su país un tanto apartado de la política estalinista.

Lavrenti Beria era un degenerado, en la acepción más amplia del término. Participaba personalmente en larguísimas sesiones de tortura, para dar ejemplo a mis hombres, según decía. Pero si por algo llegó a ser conocido en toda Rusia, sobre todo en Moscú, fue por sus aficiones sexuales, que le llevaron a crear una unidad especial de agentes del NKVD, cuyo cometido era recorrer las calles moscovitas en busca de carne joven para su cama, muchachas que eran detenidas, llevadas a su presencia para que las disfrutase y luego puestas en libertad, en la seguridad de que no se atreverían a denunciar nada. En ocasiones, a capricho de Beria, algunas de esas chicas y sus familias eran deportadas a Siberia. Muchas desaparecieron para siempre tras ser arrestadas por los hombres de Lavrenti. Muchos años más tarde, tras el derrumbe del Muro de Berlín y la caída del comunismo soviético, un grupo de mujeres que habían sido violadas por Beria dio testimonio oficial y público de los hechos, un secreto a voces en la época soviética. Una de ellas era Tatiana Okunievskaya, la actriz más famosa de la URSS. Tenía familiares en la cárcel, lo que facilitaba mucho las intenciones de Beria. Tatiana contó cómo fue conducida a una dacha aislada en las afueras de Moscú, donde fue violada repetidas veces por el Comisario de Interior. La actitud de la hermosa joven no fue todo lo sumisa que esperaba el cerdo rojo, por lo que, tras satisfacer sus sucios instintos animales, la envió al gulag, donde la muchacha cumpliría ocho años de trabajos forzados. El coronel Sarkisov, chófer de Beria, reconoció tras la muerte de éste que su jefe le había convertido en un chulo despreciable, añadiendo que le enfurecía que un personaje así, tan inmoral y disoluto, formara parte del gobierno de su país. Por lo que a Stalin se refiere, estaba al tanto del comportamiento de Beria, pero consideraba aquello asunto exclusivo de su subordinado. Mientras sirva bien al país y al Partido, que haga lo que quiera, llegó a comentar.

Tras la muerte de Stalin, Beria, consciente de que se avecinaban nuevos tiempos, intentó distanciarse de su pasado y él, que había participado de forma entusiasta en cientos de sesiones de tortura, liberó a varios centenares de presos políticos y prohibió la tortura en las prisiones. Se trataba, por supuesto, de actos destinados a lavar algo su imagen pública de cara a la posibilidad de suceder a Stalin, idea que acariciaba. Pero en junio de 1953 estallaron una serie de protestas populares contra el régimen comunista en Berlín oriental, que fueron hábilmente utilizadas por Nikita Kruschev para minar la confianza de los líderes soviéticos en Beria. Éste se había granjeado muchísimos enemigos y, sin la protección de Stalin, comprendió que estaba perdido. Bajo acusaciones sin fundamento, Lavrenti había enviado a la muerte a miles, tal vez millones de personas, bajo la regocijada mirada de Stalin. Ahora le tocaba a él. Acusado de recibir dinero de agencias de inteligencia extranjeras, y de intentar derrocar el comunismo para imponer en la URSS un sistema capitalista, fue sentenciado a muerte junto con un tropel de sus colaboradores. La acusación era absurda, porque Beria siempre había sido comunista hasta la médula. Pero ni Kruschev, ni Malenkov ni los demás podían acusarle de torturar y asesinar en masa, ya que ellos mismos formaban parte del ominoso aparato represor comunista y tenían responsabilidades en las atrocidades llevadas a cabo durante la era estalinista. Condenado a muerte, no se sabe cómo ni cuándo se cumplió la sentencia, pero es de suponer que millones de personas se sintieron aliviadas al conocer la noticia.

Continuará...

© Antonio Quintana Carrandi, (7.125 palabras) Créditos