LA NUEVA IZQUIERDA OBRA MILAGROS
por Carlos Rey

Españoles, Franco ha muerto Escuchar esas palabras de boca de un tristón Arias Navarro llenó de alegría a muchos viejos luchadores por las libertades y de esperanza a los que nos iniciábamos en aquellas lides. Al poco empezó, con gran trabajo, la transformación de las estructuras de la dictadura, y unas décadas después España se ha modernizado y, aunque se sigue en la brega, arrinconado en lo fundamental aquellos años de caspa, bigotillos y gruesas gafas de sol, incluso se codea en Bruselas con el resto de la familia europea, aunque a día de hoy seguimos sin sacudirnos ese estúpido complejo de inferioridad cuando tratamos con los grandes del continente.

Pero hete aquí que constato asombrado que Franco ¡Ha resucitado!

Si, ahora mismo está más presente en diarios, tertulias y programas de actualidad política, que hace cuarenta años en la vida pública. Yo de Franco me había olvidado hacía mucho, de hecho, solo se acordaban de él los cuatro nostálgicos y tres ultras que mantenían su memoria ante la indiferencia del resto de la ciudadanía.

¿Franco? La mayoría de las personas de este país, nacidas tras su muerte, tenían la imagen de un anciano militar que salía a saludar rígido en la Plaza de Oriente, y eso si habían tenido la suerte de presenciar algún reportaje sobre la Guerra Civil y sus consecuencias, pero desde hace años que ni siquiera eso sucede con mas regularidad de la que recomienda la historiografía, ni los informativos se hacen eco ya del 20 de noviembre (fecha de su muerte) y cuando lo hacen, las imágenes captadas en el Valle de los Caídos muestran un grupito de frikis que igual podrían ir vestidos de stormtroopers de La Guerra de las Galaxias o disfrazados como el último youtuber de moda.

Pero ahora nos encontramos con Franco resucitado, redivivo y siendo responsable de todos los males que aquejan a este país. Algo así como el toro que mató a Manolete, pero con voz aflautada.

¿Cómo es ello posible? Pues gracias a una izquierda que ha perdido la ideología por el camino, que no se encuentra cómoda en una sociedad que ha colmado todas las expectativas de aquella originaria izquierda de finales del XIX y principios del XX, y que no ha sabido reinventarse dentro de las democracias y los estados de derecho.

La nueva izquierda, con el pie cambiado, se dedica a buscarse causas pobres, y extraños compañeros de cama, como las patronales de cierto transporte urbano, que solo pretenden impacto mediático porque su auténtica relevancia es, cuando menos, cuestionable. La inmigración clandestina, los colectivos LGTBQXYZ+, la violencia doméstica, el ecologismo de salón, la diversidad. A cientos de causas pequeñas magnificadas más allá de su incidencia real, ahora también hay que añadir un montón de huesos que nadie recuerda ni a nadie molestan.

Lo discutía mucho con un antiguo compañero. La izquierda debería seguir presionando, con efectividad, para que los derechos de los trabajadores no se vieran menoscabados, debería dirigir sus energías en perfeccionar y pulir las instituciones debería vigilar que el poder económico no dictara la agenda política, debería exigir una verdadera separación de poderes, debería luchar por una verdadera independencia de los medios de comunicación públicos (ya hemos visto para que los quiere la nueva izquierda, para lo mismo que la derechona rancia), debería presionar para que las cuentas públicas fueran claras y diáfanas (pero ya sabemos que pasa cuando ciertos camaradas pisan moqueta).

De siempre la izquierda ha abanderado la causa de la honestidad moral, pero esa causa se ha convertido en un esperpento, haciendo que las acusaciones de superioridad moral se signifiquen con sarcasmo y burla de algo que tendría que estar por delante de cualquier otra consideración.

Pues bien, dentro de esa confusión, ya el zapaterismo resucitó a Franco y sus desmanes como medio con el que atacar a una derecha que torpemente no se había deshecho de él, pero a la que, simplemente, destapando los múltiples casos de corrupción hubiera bastado para desacreditar. El problema era que denunciar las corruptelas hubiera supuesto igualmente el afloramiento de otros tantos casos de camaradas que una vez pisada moqueta, dejaron su moralidad en el perchero, y ya se sabe, entre bomberos no se pisan la manguera.

Así pues en vez de limpiar las estructuras del estado, se prefirió no poner en marcha el ventilador, con lo que eso supondría para todos, y se orientó el gobierno hacia las causas pobres, que siendo indudablemente justas, analizadas con detenimiento no dan de comer a nadie. Perdón, miento, dan de comer, y muy bien, a una serie de advenedizos que se han subido a esas olas para medrar en instituciones y cargos huecos y sin contenido, pero muy bien remunerados, al abrigo de, como decía cierta humorista, la mamandurria.

Corto también es el argumentario de esta nueva izquierda que solo sabe acusar de franquista, lo de facha ya no se lleva, a todo aquel que no comulgue con estas nuevas causas. Si nos ponemos insultones también vale machista y racista, la cabeza ya no me da para digerir cisheteropatriarcal.

La pobre preparación intelectual de sus jóvenes dirigentes, que además de tener una retórica muy deficiente, (solo saben repetir frases hechas y citar a sesudos, pero ya rancios, pensadores marxistas), les lleva a resucitar fantasmas del pasado como único medio de reivindicarse.

En los años posteriores a la dictadura, cuando la cosa estaba caldeada de verdad, se burlaban de nosotros con el aforismo contra Franco vivíais mejor. En cierto modo era cierto porque era un referente claro de contra quien se luchaba y para que se luchaba. Acabada aquella época, muchos hicimos un notable esfuerzo de conciliación ideológica para casar las ideas progresistas con la democracia (y economía) avanzada en la que queríamos convertir España, pero además teníamos que luchar en nuestra propia casa con quienes todavía veían como modelo a seguir el agotado, y evidentemente fracasado, sistema soviético.

Los que comprendimos a tiempo que la caspa se distribuye con el mismo entusiasmo a ambos extremos, también concluimos que había que enterrar, ya figurada y definitivamente, al dictador y sus mezquindades, y encarar el futuro con objetivos más amplios y modernos que el de la lucha de clases por la lucha de clases. Sin descuidar la justicia social no podíamos dejar de admitir que la colectivización era una muy mala idea, que si estábamos librándonos de un estado paternalista no era para crear otro igual de protector, en definitiva, que habíamos aprendido algunas cosas de la historia y no queríamos repetir ninguna de las malas.

Y ahora van estos lumbreras y vuelven a resucitar a Franco. Déjenlo en paz, y trabajen en cosas serias. Luego vendrán las lamentaciones porque la extrema derecha está calando en las clases populares. Ese fenómeno está también más que estudiado, cuando la izquierda olvida las cosas realmente importantes y se centra en causas en las que no hay un enemigo concreto al que combatir, creando enemigos filosóficos que es complicado, por no decir imposible, relacionar con nada tangible, deja un hueco muy grande que es rápidamente ocupado por otras fuerzas que tienen un concepto claro de quien es su enemigo, ahora ya sin comillas, y le ponen cara, color y nombre. A la gente, las grandes causas, le parecen muy bien y muy bonitas, pero cuando cree amenazadas las cosas de comer se olvidan rápidamente de ellas, y escucha a quien les da soluciones. Y cuidado con las soluciones sencillas a problemas complejos. A la larga causas más dolor del que alivian.

Pero da la impresión de que los jóvenes dirigentes de la nueva izquierda no lo han comprendido. Perdón, ya he señalado su pobre preparación intelectual.

PD: Me entero a última hora que por lo visto también quieren resucitar a los ¡¡¡abuelos de Franco!!! Parece ser que al ayuntamiento de Ferrol, más bien a su alcalde, otro más de estos de la nueva izquierda, le da reparo tenerlos enterrados en el cementerio municipal, así que, agarrándose a varias legalidades y ordenanzas pretende expropiar la tumba familiar y depositar los restos en la fosa común.

© Carlos Rey, (1.583 palabras) Créditos