INDIGENCIA INTELECTUAL
por Antonio Quintana Carrandi

Hace un año o así, dediqué un artículo a esa patochada del lenguaje no sexista, con el que determinada gente está intentando hacernos comulgar desde hace tiempo. Cuando hace apenas unos meses tomó posesión el nuevo gobierno, salido no de las urnas sino de una estrafalaria moción de censura (¡viva la democracia!), me pregunté cuánto tardaría el flamante ejecutivo progresista en volver a dar la murga con la misma matraca. Confiaba en que los graves problemas que afectan a la nación disuadirían a los miembros del equipo del señor Sánchez­ de perder el tiempo en tales majaderías. Pero como al árbol se lo conoce por sus frutos, ahora se han sacado de la manga la tontería esa del lenguaje inclusivo, que pretenden aplicar al texto constitucional y presumiblemente a otros documentos legales. Desde la Real Academia de la Lengua Española ya han calificado la idea de disparate, pero, sabiendo de quién ha partido la ocurrencia, mucho me temo que seguirán adelante contra viento y marea, al menos mientras tengan la sartén por el mango.

No me explayaré sobre el lenguaje inclusivo, porque se trata de una estupidez tan grande que no merece la pena el esfuerzo. Pero sí quiero decir algo sobre la autora de la idea, más que nada porque al españolito de a pie le flojea mucho la memoria, y, en consecuencia, mucha gente no conoce el peculiar curriculum de la señora Carmen Calvo. La vicepresidente (que no vicepresidenta) del nuevo gobierno y Ministro (que no ministra) de Igualdad (o igual-da, que se ajusta mejor a las funciones de tal ministerio), ya formó parte del gobierno español durante la presidencia de José Luis Rodríguez Zapatero como titular del Ministerio de Cultura, alcanzando muy pronto notoriedad no por su gestión, que fue en general pésima, sino por sus declaraciones, que hicieron correr ríos de tinta en la prensa, aunque hoy parezcan olvidadas.

Su frase más famosa, que puede entenderse como una declaración personal de principios, fue: Estamos manejando dinero público, y el dinero público no es de nadie.

Sin comentarios.

Fue la perpetradora del expolio del Archivo de Salamanca, ya sabemos por qué. Y el que no se acuerde, que consulte las hemerotecas, que ahora con Internet está chupado.

Pretendió obligar a los exhibidores cinematográficos (los propietarios de salas comerciales de cine) a programar, semanalmente, cierto número de películas españolas o comunitarias para luchar contra la colonización fagocitadora de la cinematográfica yanqui. Como es obvio, tuvo que recular ante el rechazo frontal que provocó su idea. Pero como tenía que pagarles a los titiriteros su contribución a la causa, y por lo visto éstos no tenían bastante con las jugosas subvenciones que recibían y aún reciben, sugirió que los films extranjeros (léase estadounidenses) se proyectaran en versión original subtitulada, alegando que así los espectadores podrían aprender idiomas. Por suerte, tampoco logró salirse con la suya.

En una comparecencia ante la sede de la UNESCO, en París, declaró que este organismo debía legislar para todos los planetas.

Otra vez declaró la prensa, muy ufana ella, que debería existir una Unidad Móvil de Peluquería para las mujeres que estamos en política, porque salir en la tele con estos pelos....

Afirmó tajantemente que un concierto de rock hace más por el español que el Instituto Cervantes.

En cierta ocasión en que un diputado se refirió a algo dicho por ella, utilizando la expresión Calvo dixit, que para cualquier persona medianamente culta no necesita explicación, replicó: Su señoría debe saber que yo no soy ni Pixie, ni Dixie, ni nada por el estilo. Obviamente, confundió el latín con los dibujos animados, algo perfectamente disculpable, según algunos indocumentados, en una persona que ejerce de responsable de Cultura de un gobierno.

Este es el nivel de la ahora vicepresidente. Uno tiembla al imaginar las perlas cultivadas con las que nos bombardeará desde su nuevo y poderoso cargo. Pero, en fin: ¿qué puede esperarse de la que, según propia confesión, fue cocinera antes que fraila?

© Antonio Quintana Carrandi, (661 palabras) Créditos