Monstruos del siglo XX
ADOLF HITLER
por Antonio Quintana Carrandi

Adolf Hitler

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Adolf Hitler

Parece imposible decir algo nuevo u original sobre Adolf Hitler. Se han escrito tantas biografías del líder nazi, se han publicado tantos libros y reportajes sobre su régimen y su ideología criminal, que es como si todo se hubiera dicho ya. Para la inmensa mayoría de las personas, Hitler es la personificación del Mal con mayúscula, en estado puro. El Mal absoluto. Así definió el general Eisenhower el régimen nazi, cuando sus tropas descubrieron el horror de los campos de exterminio.

En muchos aspectos, Hitler continúa siendo un enigma. La fascinación que ejerció sobre la mayoría de los alemanes, y que se prolongó hasta casi el último segundo de existencia del Tercer Reich, sigue confundiendo a los historiadores. Adolf Hitler fue, sin ninguna duda, el líder político que disfrutó de mayor popularidad entre su pueblo en los años 30 y 40. Para comprender esto hay que conocer en profundidad tanto el carácter de los alemanes de aquel tiempo, como las peculiares circunstancias políticas. Porque a pesar de su hipnótico magnetismo, de sus innegables dotes para la oratoria y de su salvaje atractivo para las masas, Adolf Hitler jamás habría podido alcanzar el poder en otro lugar que no fuese la Alemania de entreguerras.

Alemania era en los años 20 una nación humillada pero no vencida. País eminentemente militarista, se convirtió en una república en 1918, pero desde el primer día, tras la firma del armisticio, se estuvo preparando para vengarse de lo que consideraba la ofensa de Versalles. Cuando Hitler comenzaba su carrera política, en un oscuro y minoritario partido de extrema derecha, el gobierno socialdemócrata alemán tenía ya a un contingente de militares en la Unión Soviética, preparando de diversas formas el rearme alemán. Los soviéticos accedieron a las pretensiones germanas en pago a la contribución de Alemania al triunfo de la revolución de 1917. En aquel tiempo, desangrada por la guerra en dos frentes, Alemania se encargó de facilitar la entrada en Rusia de Lenin. El acuerdo entre el ejército alemán y Lenin establecía que, una vez que éste lograra su objetivo, el triunfo de la revolución bolchevique, firmaría la paz de inmediato con Alemania, permitiendo a los germanos concentrar así todas sus fuerzas en el frente occidental. Las cosas no salieron exactamente como el Alto Estado Mayor alemán esperaba, pero los revolucionarios triunfaron y Lenin cumplió su palabra. Unos años después, y aunque los bolcheviques detestaban a los socialdemócratas, a los que consideraban traidores a la causa obrerista, se avinieron a prestar su ayuda a los teutones. Hubo muchas razones para ello, pero una de las principales era que tanto Alemania como la URSS eran percibidas por el resto del mundo como naciones muy peligrosas, y en consecuencia se las contemplaba con mucho recelo. Alemania era considerada la culpable de la espantosa guerra de 1914/1918. La sangrienta revolución y el régimen comunista de Rusia provocaban un considerable temor en las naciones occidentales. Así las cosas, y dado que, como afirma el dicho de la sabiduría popular, los extremos se tocan, parecía incluso normal que ambos países colaborasen en secreto en determinadas cuestiones. En este sentido, puede afirmarse que la II Guerra Mundial habría estallado aunque Hitler no hubiera alcanzado el poder, porque los militares alemanes ya se estaban preparando para un nuevo enfrentamiento bélico.

Es importante resaltar el carácter belicista del alemán medio de la época. La mayoría de los alemanes, incluidos muchos judíos, pensaban que lo acordado en Versalles era injusto, y veían con buenos ojos cualquier intento de derogar aquel criminal tratado. Los ánimos ciudadanos se exacerbaron a partir de 1929. La economía, que no era boyante ni mucho menos, parecía empezar a recuperarse lentamente cuando llegó la Gran Depresión. Todas las naciones del mundo resultaron afectadas por el crack bursátil de la bolsa de Nueva York, pero fue Alemania el país europeo que llevó la peor parte. La administración de Herbert Hoover, actuando precipitadamente, optó por repatriar los créditos concedidos a los bancos alemanes, con lo que la economía germana se vino abajo. El paro aumentó terriblemente y la miseria se extendió por doquier. Semejante estado de cosas favoreció a los partidos extremistas, que encontraron campo abonado entre la desesperada población para hacer proselitismo. La lucha se estableció entre los grupos de extrema derecha y el partido comunista. El todavía potente pero un tanto tambaleante partido socialdemócrata alemán permanecía como la fuerza política democrática más significativa.

Hitler, que había convertido un pequeño partido en una formación a tener en cuenta, percibió de inmediato las tremendas posibilidades que se abrían ante él. Tras el fallido intento de golpe de estado de 1923, que había fracasado y había dado con sus huesos en la cárcel, Adolf comprendió que tendría que llegar al poder legalmente, así que dedicó toda su atención a estudiar las debilidades de la República de Weimar, esperando pacientemente una ocasión para actuar. Y ésta se presentó con la depresión económica y el caos subsiguiente. Las debilidades del régimen democrático se acentuaron, y nazis y comunistas las aprovecharon en su propio beneficio. En la práctica, fue casi como una verdadera guerra civil. Los matones y pistoleros de ambos bandos ya se habían enfrentado numerosas veces en años anteriores, pero la pugna entre ellos se recrudeció a partir de 1929, llenando las calles de sangre.

Comunismo y Nacionalsocialismo, dos ideologías abyectas por igual, rivalizaban por controlar la sociedad alemana. Sin embargo, Hitler llevaba ventaja. Muchos industriales alemanes, temerosos ante la posibilidad de una revolución izquierdista que acabase con sus fortunas y privilegios, apoyaron decididamente a los nazis, convencidos de que podrían controlarlos sin problemas. Evidentemente, no conocían en profundidad ni la ideología nazi ni, lo que es más importante, la personalidad de sus dirigentes. Se convirtieron de ese modo en cómplices necesarios, o más bien imprescindibles, del ascenso a la cima de Hitler, y por lo tanto pueden ser considerados también como responsables de lo que ocurrió después.

Los magnates de la industria financiaron a los nazis, y sin ellos es dudoso que éstos hubiesen alcanzado el poder. No obstante, Hitler contaba con un creciente apoyo popular, que alcanzaría su cénit en 1940 y se mantendría casi hasta el final de la guerra. El principal apoyo de Hitler estaba en la clase media, formada por comerciantes, artesanos y funcionarios, que ansiaban estabilidad y temían las consecuencias de una revuelta roja. Por eso apoyaron sin reservas al partido nazi, que estaba llevando a cabo una eficaz labor de propaganda destinada a presentarse como la única opción política que podría sacar a Alemania de la crisis. Los campesinos también eran partidarios de los nazis. Hitler se había ganado su apoyo, pues parecía ser el único líder político que se preocupaba por sus problemas. Aunque entre los trabajadores organizados predominaba la ideología izquierdista, la legión de parados que había en Alemania se decantaba claramente por el partido nazi.

La República de Weimar agonizaba y Hitler decidió darle el golpe de gracia. Los socialdemócratas, pese a los muchos problemas que tenían, todavía eran una fuerza a considerar. Si en algo coincidían nazis y comunistas era en su absoluto desprecio por la democracia, así que establecieron una tregua y colaboraron entre ellos para aniquilar los últimos rescoldos democráticos, y para destruir al partido socialdemócrata alemán, que era entonces la única fuerza política que parecía tener posibilidades de derrotar a nazis y comunistas.

El ascenso de Hitler fue imparable. Sin renunciar a los métodos brutales, practicados por las levantiscas SA de Ernst Rroehm, Adolf emprendió una agresiva campaña propagandista, centrada en cuestiones que preocupaban mucho a los alemanes. Maestro indiscutible del populismo, en sus discursos denunciaba la infamia que representaba el tratado de Versalles, aseguraba que un gobierno dirigido por él no pagaría las onerosas compensaciones de guerra impuestas a Alemania por los vencedores y restablecería las fronteras del II Reich, recuperando así el honor patrio. Entre medias exaltaba la superioridad de la raza aria germánica y lanzaba poderosas diatribas contra los judíos, a los que consideraba enemigos naturales de Alemania.

El progresivo ascenso al poder de Hitler fue facilitado, aunque hoy no sea políticamente correcto decirlo, por la idiosincrasia del pueblo alemán. Salvo el corto paréntesis de la República de Weimar, los alemanes siempre habían estado gobernados de un modo u otro por militaristas. Los germanos mostraban una tendencia natural hacia el orden y la disciplina, que consideraban virtudes intrínsecamente germánicas. Por eso, aunque había indicios más que notorios de la verdadera catadura moral de los nazis, éstos cada vez gozaban de mayor apoyo popular. Sólo cuando algo le afectaba muy directamente era consciente el alemán medio de lo que ocurría. Dado el carácter disciplinado del pueblo alemán, parecía absurdo ir contra los que ofrecían un gobierno centralizado y ordenado al máximo.

La fuerza electoral de Hitler fue aumentando. Si en 1926, tres años después del fallido golpe de estado de Munich, el NSDAP (Partido Nacionalsocialista de los Obreros Alemanes) tenía 49.000 afiliados, dos años más tarde, en 1928, contaba con 110.000, obteniendo más de 800.000 votos en las elecciones, lo que le reportaría 12 escaños en el Reichstag. El poder nazi crecía, y en las elecciones de septiembre de 1930 consiguieron casi 700.000 votos, que representaban 107 escaños en el Parlamento. Con semejante resultado, Hitler empezó a sentirse seguro del triunfo, y tras obtener la ciudadanía alemana, se presentó como candidato a la presidencia de la República, que entonces ostentaba el anciano mariscal Hindenburg. Éste ganó por 18.000.000 de votos, obteniendo Hitler más de 5.000.000. Dos años más tarde los nazis subieron a 13.000.000 de votos, con una representación en el Reichstag de 207 diputados de los 608 escaños. Adolf Hitler juró su cargo como Canciller de Alemania ante Hindenburg el 30 de enero de 1933. La suerte estaba echada, Alemania se encaminaba hacia una dictadura de doce años, y el mundo hacía la etapa más sangrienta de su historia.

Tras la muerte de Hindenburg, acaecida el 2 de agosto de 1934, Hitler pasó a ser Führer, Canciller del Reich y comandante supremo de las fuerzas armadas gracias a una triquiñuela legal. En vida del venerado mariscal ya había logrado obtener poderes para separar del Reichstag a los diputados socialdemócratas y comunistas, suprimiendo la libertad de prensa y expresión, y hasta el Habeas Corpus. El fallecimiento de Hindenburg marcaría el definitivo ascenso de Hitler a la cúspide del poder.

Se ha escrito mucho sobre la actitud de los militares alemanes ante Hitler. Si bien es cierto que la mayoría del generalato, formado casi exclusivamente por aristócratas prusianos, no sentía mucha simpatía por Hitler, salvo casos muy concretos no hizo nada para oponérsele. Los militares prusianos compartían con Hitler su ansía de revancha, aunque cuestionaban en privado sus decisiones y no estaban convencidos de que Alemania estuviera preparada para la guerra. Pero como el apoyo popular de que gozaba Hitler era sencillamente apabullante, la mayoría de los generales contemporizaron con el régimen. Sobre todo a partir de 1934, cuando Adolf, en una jugada maestra, cuyos objetivos eran neutralizar a aquella parte de su partido que seguía siendo revolucionaria y contentar al ejército, ordenó la eliminación física de Rohem, jefe de las SA. Las SA habían crecido muchísimo y Rohem aspiraba a que reemplazaran al ejército como fuerza armada de Alemania. El elitista generalato prusiano temía y despreciaba a Rohem aún más que a Hitler, de modo que maniobraron para que éste suprimiera las SA y le quitara de enmedio. Parece que Hitler dudó durante algún tiempo, pues Rohem era amigo suyo y había estado en el partido desde sus modestos inicios. Los militares insistieron, dejando bien claro a Hitler que, si quería ganarse el apoyo del ejército, debía suprimir a las SA. Heinrich Himmler, jefe de las SS, que entonces eran la guardia de corps de Hitler, ansioso por eliminar a Rohem, que se volvía más poderoso a cada momento, también influyó sobre el Führer. Por fin, en la llamada Noche de los cuchillos largos, entre el 30 de junio y el 1 de julio de 1934, las SA fueron descabezadas por la nueva fuerza paramilitar de Alemania: las SS de Himmler.

Algunos historiadores revisionistas alemanes intentan convencer a las generaciones actuales de que en la Alemania nazi hubo una heroica aunque nada efectiva resistencia civil, pero esto no es más que una falacia. El grueso de la población germana fue fiel a Hitler y al nazismo hasta el final. Las actitudes de resistencia ante el régimen fueron puramente testimoniales, y de hecho jamás hubo una organización de resistentes digna de tal nombre. El culto a la personalidad de Hitler, paciente obra de años de un entregado Josef Goebbles, tenía tal peso sobre la población, que Hitler estaba considerado muy por encima de la jerarquía nazi, casi como si fuera un semidios, ajeno por completo a las debilidades humanas. La población alemana estaba fanatizada de tal forma que, consciente o inconscientemente, colaboró en el boicot a los judíos, haciéndose cómplice de su posterior exterminio. En cierto modo, era como si Hitler catalizara los sentimientos negativos de los alemanes, ejerciendo al mismo tiempo una increíble fascinación sobre éstos.

Después de la guerra, con el shock de la derrota, los alemanes trataron de negar su pasado, o de distanciarse de él, culpando a Hitler y los nazis de todo lo sucedido, e intentando exonerarse a sí mismos. Pero lo cierto es que el nazismo fue un movimiento que asumió casi toda Alemania. Salvo la intentona de acabar con el Führer protagonizada por Stauffenberg y otros en julio de 1944, no hubo un verdadero intento de apearlo del poder. Incluso el plan de Stauffenberg estuvo motivado más por la marcha de la guerra, desfavorable a Alemania, que por un genuino sentimiento anti nazi. Algo más de un mes antes los aliados occidentales habían desembarcado en Normandía, y con el Ejército Rojo presionando por el Este, las cosas pintaban francamente mal para la Wermach. Los conspiradores, entre los que había militares de alto rango, civiles e incluso miembros destacados del partido nazi, como el general de las SS Artur Nebe, ni eran demócratas ni pretendían poner fin a la guerra. Tan sólo buscaban hacer la paz con Estados Unidos y Gran Bretaña, para revolverse contra los rusos. Fracasaron y lo pagaron muy caro, pero incluso si hubiesen logrado su objetivo, esto es matar a Hitler, detener las matanzas de judíos y poner al mariscal Rommel al frente del Reich, es dudoso que americanos e ingleses se hubieran avenido a pactar con ellos. Por cierto, Erwin Rommel, considerado hoy día un héroe en Alemania, fue durante los primeros años del gobierno nazi un admirador de Hitler, con el que sintonizó muy bien, a pesar de que tenían opiniones distintas sobre varios asuntos. Rommel, no implicado directamente en la trama, pero al que los conspiradores eligieron como sucesor idóneo de Hitler por su enorme prestigio en el ejército y su aureola de héroe entre la población civil, se opuso a que Hitler fuese asesinado, abogando por arrestarlo. Viendo cómo acabó, cabe preguntarse qué habría hecho de sospechar lo que podía ocurrir.

Adolf Hitler, el hombre más aborrecido de la historia, pudo sumergir a su pueblo en el fanatismo gracias no sólo a su carisma personal y a las excepcionales circunstancias políticas y sociales que atravesaba Alemania, sino también a la peculiar forma de ser del pueblo alemán. En ningún otro país hubiese podido ascender al poder absoluto alguien así, y en tan poco tiempo. En los últimos tiempos Alemania está tratando de llevar a cabo una especie de ejercicio de autoestudio, dedicando una gran atención a los hechos acaecidos entre 1923 y 1945, a través de sesudos libros de historia, novelas y películas para cine y televisión. En todas estas obras hay una gran voluntad crítica, si bien los germanos tratan de distanciarse un tanto del nazismo, a la par que muestran al mundo que también ellos fueron víctimas de la guerra y de la locura de Hitler. La intención es muy loable, pero la realidad es muy tozuda. Millones de alemanes colaboraron con el régimen nazi no sólo de buen grado, sino entusiásticamente, secundando las acciones más viles. En los juicios de Nuremberg se trató de diferenciar entre los nazis y la Wermach, pero lo cierto es que está colaboró con las SS directamente o mediante el apoyo logístico. Los einsatzgruppen de las SS pudieron actuar con rapidez y siniestra eficacia gracias a la Wermach, que previamente había ocupado aquellas tierras y procedido a acotar las zonas donde iban a actuar y a concentrar en ellas a las personas destinadas a la eliminación. La maquinaria bélica germana estuvo al servicio de la ideología nazi hasta el final y fue cómplice necesaria de todos los crímenes.

La responsabilidad alemana será eterna, dijo hace algún tiempo Ángela Merkel, esa oscura funcionaria del Ministerio de Agitación y Propaganda de la estalinista RDA, hoy reconvertida en lideresa conservadora germana y demócrata de toda la vida. Y es cierto, porque Alemania jamás podrá borrar el sangriento estigma que imprimió sobre ella no sólo Adolf Hitler, sino un pueblo que abrazó conscientemente una ideología racista y extremista, llevado por el egoísmo más profundo y por un insano sentimiento de revancha. La insensatez de toda una nación, que apoyó prácticamente sin fisuras apreciables al nazismo, condujo al mundo a una gigantesca hecatombe en la que perecieron 60 millones de personas.

© Antonio Quintana Carrandi, (3.202 palabras) Créditos