Suele decirse que todo se pega menos la hermosura, y, por lo visto, con los países pasa lo mismo que con las personas. El año pasado se produjeron graves enfrentamientos entre supremacistas blancos e izquierdistas radicales en Charlottesville, Virginia. Estos tristes hechos fueron la consecuencia de la absurda y sectaria decisión de retirar una estatua erigida en recuerdo de los soldados confederados, y hubo quien abogó también por derribar todas las estatuas existentes de Robert Edward Lee, comandante supremo de las fuerzas confederadas durante la Guerra de Secesión (1861/1865). Imitando a ciertos munícipes españoles, que camuflan su ineptitud como gestores derribando estatuas y cambiando nombres de calles y plazas, los responsables del Ayuntamiento de Charlottesville escenificaron una astracanada en la mejor tradición pijoprogre
europea, para contentar no se sabe muy bien a quiénes. Los energúmenos de uno y otro extremo, los estultos racistas y los necios izquierdistas, utilizaron tan lamentable hecho como excusa para liarse a palos, creando un clima de inseguridad ciudadana que obligó a las autoridades estatales a tomar medidas drásticas.
No sé de quién sería la decisión última de retirar la estatua, pero como poco tendría que haber dimitido, no solo por tener un lamentable conocimiento de la historia de su propio país, sino porque haciéndolo provocó un problema donde no lo había, dándoles de paso cancha a los violentos de ambas facciones, personas que, a buen seguro, no representan a la mayoría de los estadounidenses. Pero, como suele ocurrir, se presta más atención a los que más chillan y berrean, por minoritarios que sean, que a los que están por la convivencia pacífica y en armonía.
Retirar las estatuas de Robert E. Lee es una majadería que sólo demuestra ignorancia. Porque el general Lee, a pesar de su condición de jefe de los ejércitos sudistas, era un hombre bueno, un caballero que no sólo liberó a sus esclavos, sino que intentó impedir la guerra, porque pensaba que, ganara quien ganase, sólo miseria podía traer al conjunto de la nación. Lincoln le ofreció el mando de las fuerzas federales, que Lee rehúso no porque fuera un fanático esclavista como muchos sureños, sino porque, en sus propias palabras, no puedo volver mi espada contra mi estado natal
. Durante la contienda se significó, además de por sus notables virtudes como estratega, por su humanidad. Al contrario que sus homólogos del ejército nordista, que toleraron e incluso alentaron los desmanes de sus tropas en el Sur, Lee dio instrucciones muy concretas a sus oficiales, conminándolos a respetar escrupulosamente las propiedades de los nordistas, y castigó severamente, en ocasiones con el pelotón de ejecución, a aquellos que incendiaban y saqueaban en nombre de la causa sudista. Mantuvo relaciones muy tensas con el ejecutivo presidido por Jefferson Davis, pues éste no se fiaba demasiado de él, ya que en varias ocasiones había afirmado que la esclavitud acabaría por desaparecer, tanto si la Confederación ganaba la guerra como si la perdía. Por otra parte, Lee había declarado que si Quantrill, considerado un héroe
por muchos sureños, caía en sus manos, le ejecutaría sumariamente, pues no es más que un criminal que enfanga nuestra bandera con sus viles acciones
. Quantrill fue un tristemente célebre guerrillero confederado, responsable de crímenes abominables, en cuyo grupo figuraban tipos tan poco recomendables como los hermanos Frank y Jesse James, los también hermanos Cole, Robert y James Younger, el siniestro Willian Bloody Bill
(Bill el sanguinario) Anderson y otros de idéntica catadura. Concluida la contienda, Lee alzó su voz para condenar el asesinato de Abraham Lincoln, del que tenía la mejor opinión como estadista y como persona, y a pesar de que muchos sureños consideraban a John Wilkes Booth un héroe y un mártir de la causa
, el viejo general se refería a él como un loco sanguinario que no le había hecho ningún favor a los sudistas, sino más bien al contrario. Así mismo, se opuso con todas sus fuerzas al ominoso Ku Klux Klan. Cuando un negro se atrevió a entrar en una iglesia de blancos y ocupar un asiento, todo el mundo se apartó de él, como si estuviera apestado. Robert E. Lee, que asistía al servicio, no sólo se sentó junto al anónimo hombre de color, sino que le estrechó la mano y compartió con él su libro de himnos, lo que fue la comidilla de la prensa sudista durante bastante tiempo.
Lee es el general más querido de la historia americana. Lo ocurrido el año pasado en Charlottesville habría sido comprensible, hasta cierto punto, si la estatua derribada hubiera sido la del también general confederado Nathan Bedford Forrest, que ese sí era un racista hasta la médula, investigado por el gobierno federal por sus conexiones con el Klan
, del que llegó a ser uno de sus máximos dirigentes. Incluso se jactaba públicamente de que, llegado el caso, la denominada Hermandad de la Camelia Blanca
, nombre por el que también se conocía al KKK, podía poner bajo sus órdenes a 30.000 miembros.
En su tiempo , Robert E. Lee fue la única personalidad admirada y respetada por igual en ambos bandos. La estúpida intentona de borrarle de las calles de las ciudades del Viejo Sur, además de ser contraproducente, tiene cierto tufillo que conocemos muy bien por esta vieja piel de toro, donde un puñado de cantamañanas con mando en plaza, en vez de ocuparse de los múltiples problemas que acucian a los ciudadanos, se dedica a escenificar astracanadas semejantes a esta.
No quiero concluir sin comentar un detalle importante. A los izquierdistas radicales que tomaron parte en los enfrentamientos se los calificó en algunos círculos de antifascistas
, término erróneamente asumido como sinónimo de demócratas
. En realidad, la gente de extrema izquierda, los comunistas si lo prefieren así, ciertamente están en contra del fascismo, pero desde luego sólo están a favor de la democracia cuando pueden manipularla en su propio beneficio. Si no es así, hacen lo posible por destruirla. Las facciones que convirtieron las calles de Charlottesville en un campo de batalla eran, en realidad, cara y cruz de la misma moneda. Por otra parte, si, como dijo alguien, lo que defienden los supremacistas blancos es contrario a los conceptos de democracia y libertad bajo los que se fundaron los Estados Unidos, lo esgrimido por esos que se autodenominan antifascistas
horrorizaría a los Padres Fundadores.