ANTIFRANQUISTAS DE ANDAR POR CASA
por Antonio Quintana Carrandi

Una de las cosas que más goce parece proporcionar últimamente a los izquierdistas radicales, y también a algunos que van de moderados, es definirse a sí mismos como antifranquistas, aunque la mayoría de ellos o bien eran unos críos o ni siquiera habían nacido cuando murió el dictador, hace cuarenta y dos años nada menos, y por tanto es imposible que pudieran hacer nada para luchar contra la dictadura. Que se autodenomine antifranquista alguien de cierta edad, que haya vivido aquellos tiempos y que, presumiblemente, hiciera algo concreto para oponerse a la dictadura me parece de justicia. Pero que se autodenominen antifranquistas, un puñado de jovenzuelos, sin oficio conocido ni beneficio aprovechable, invita a la carcajada.

Lo que llama la atención es que, tras varios años de obsesión con el franquismo, retirando placas y estatuas y cambiándole el nombre a muchísimas calles sin venir a cuento, entre los antifranquistas de pro todavía no se halla alzado ninguna voz exigiendo la supresión radical de dos de los símbolos más franquistas que existen, a saber: el cine subvencionado y la financiación de los sindicatos con dinero público. Durante el franquismo la industria (por llamarla de alguna manera) cinematográfica dependía y mucho, como ahora, del dinero del Estado, y la inmensa mayoría de los films incluían en los títulos de crédito iniciales aquello de Película acogida al crédito sindical; o sea, subvencionada por la oprobiosa. El sindicato del régimen, de inspiración falangista, tenía una estructura vertical y estaba financiado íntegramente por el gobierno. Con la llegada de la democracia se fueron modificando muchas cosas, pero se mantuvo la subvención al cine y la línea de financiación, directa o indirecta, de los sindicatos, vía planes de empleo o programas de formación, a costa del erario público.

La cosa no tendría mayor importancia si ciertos cineastas y sindicalistas mostraran un poco de moderación en sus opiniones. Pero, como son como son, les falta tiempo para apuntarse a cualquier cosa que tenga aunque sólo sea un ligero tufo antifranquista, o lo que ciertos individuos definen como tal, y jalean entusiásticamente a los munícipes que deciden eliminar algún símbolo del anterior régimen que aún pueda haber en las poblaciones que gobiernan. Nada habría que decir al respecto, si no fuera porque ellos se están beneficiando, y no poco, de un sistema de financiación pública que tuvo sus orígenes en el franquismo más recalcitrante. Si fueran realmente consecuentes con la ideología que dicen profesar, hace tiempo que deberían haber renunciado a tales prebendas, optando por la democrática vía de financiarse por medio de las cuotas de sus afiliados, en el caso de eso que llaman centrales sindicales, y mediante la aportación privada en el caso del cine. Pero como esto implicaría ciertos riesgos que ni los de los sindicatos y los del cine están dispuestos a asumir, han optado por la postura más cómoda: seguir como hasta ahora, beneficiándose de unas medidas de innegable origen franquista, mientras alaban a grito pelado a aquellos que tumban estatuas o cambian nombres de calles en aras de un antifranquismo tan casposo como el régimen que dice combatir.

Pero no caerá esa breva. Lo del antifranquismo no es más que un cómodo muñeco del pim-pam-pum al que atizar sabiendo que no va a responder, una moda propagandística, que queda muy bien cuando se trata de salir en los papeles o en la caja tonta. Pero como con la cuchara no se juega, cineastas y sindicalistas seguirán despotricando contra el franquismo a las primeras de cambio... mientras se benefician de algo ideado por aquel régimen. Vivir para ver.

© Antonio Quintana Carrandi, (597 palabras) Créditos