TRUMP, LA OTAN Y ESPAÑA
por Antonio Quintana Carrandi

Una de las cuestiones que más parecen preocupar a los políticos europeos es la postura del presidente estadounidense, Donald Trump, sobre la OTAN. Como viene siendo habitual por el solar europeo, cualquier cosa que haga o diga Trump suscita comentarios adversos o chistes malos acerca del reaccionario e inculto mandatario norteamericano, y esto de la denominada Alianza Atlántica no es una excepción. Pero, si dejamos a un lado antipatías personales o ideológicas, y analizamos los hechos históricos con frialdad y seriedad, la actitud de Trump no parece tan irracional como algunos han intentado hacernos creer.

Donald Trump no ha hecho más que recoger una antigua reivindicación de muchos presidentes anteriores, aunque expresándola de un modo más contundente. Desde el final de la II Guerra Mundial, hace setenta y tres años, Estados Unidos ha protegido Europa con una suerte de paraguas atómico, gracias al cual la zona occidental del Viejo Continente quedó a salvo de las indudables ansias expansionistas del bloque soviético. La URSS ya no existe, pero Rusia, aunque sea una potencia de segundo orden si se la compara con USA, sigue siendo un gigante militar en comparación con la Unión Europea. Eso por no hablar del tremendo problema que representa la amenaza del terrorismo islamista. Por tanto, la OTAN sigue siendo muy necesaria. Pero el problema es que, desde su fundación, su sostenimiento ha dependido principalmente de Estados Unidos, que ha estado aportando, tanto en dinero como en efectivos militares de todo tipo y tecnología, más que el conjunto de las naciones europeas integradas en la Alianza.

Desde Kennedy para acá, todos los presidentes estadounidenses han intentado que Europa occidental aporte algo más a la OTAN, que fue creada por Estados Unidos para defender sus intereses geoestratégicos, cierto; pero que también le ha prestado y le presta un gran servicio a Europa. Sin embargo, a la renuencia europea a invertir más fondos y medios en la defensa común, debe sumársele la soberbia de las sociedades del Viejo Continente, en las que florece un antiamericanismo tan estulto como chocarrero y sin base histórica alguna, que ha terminado por hartar a la inmensa mayoría de los estadounidenses, que no comprende por qué tiene que seguir sosteniendo, con cargo a sus impuestos, la política defensiva de unas naciones cuyos habitantes, o una considerable proporción de los mismos, se jacta de despreciar a los Estados Unidos y todo lo americano.

Es indudable que Europa olvida convenientemente su historia reciente, y se niega a recordar que, en el siglo pasado, los estadounidenses regaron abundantemente estas tierras con la sangre de miles de sus jóvenes, que vinieron a salvar a este continente de las dos guerras atroces provocadas por la mezcla de ambiciones y disparates políticos de los cultísimos europeos. El ciudadano norteamericano medio, que nada tiene que ver con los buitres de Wall Street, los actorcillos de moda y los intelectualillos progres que parecen habitar el interior de una burbuja utópica, está hasta la coronilla de tener que sacarle las castañas del fuego a los patéticos europeítos, como ocurrió en los Balcanes, recibiendo como contrapartida sólo insultos y desprecios. Trump, que no es ninguna lumbrera, es sin embargo muy consciente de esta realidad, y ha hecho suyo ese sentir del estadounidense medio, de ahí su férrea actitud en este tema frente a la decadente Europa. Y empleo el adjetivo decadente porque, en aras de una concepción del progreso y del multiculturalismo pésimamente entendidos, no es que Europa haya renunciado a los principios consustanciales de la sociedad democrática occidental, sino que los ha pervertido, renunciando, de forma tan consciente como suicida, a los valores del humanismo cristiano que hasta no hace mucho eran señas de identidad comunes a las naciones europeas.

Por lo anteriormente expuesto, considero que Europa debe contribuir con más fondos y medios militares y tecnológicos al sostenimiento de la OTAN, organización que, pese a las críticas vertidas en su contra por algunos indocumentados, y a la animosidad de ciertas formaciones políticas de tufillo marxistoide, ha velado, vela y velará por la seguridad del continente.

Dicho todo lo anterior, conviene matizar que, en el caso de España, supuestamente miembro de pleno derecho de la Alianza Atlántica desde hace varias décadas, la OTAN observa un peculiar comportamiento. Así, por ejemplo, la organización cubre Gibraltar, pero no las ciudades españolas norteafricanas de Ceuta y Melilla, como si el Reino Unido fuera socio preferente de la Alianza y España miembro de segunda clase. No hay razón lógica para que se dé una situación semejante, pero el caso es que se da, y, lo más grave de todo, es que ningún gobierno español ha objetado nada al respecto. La situación todavía es más sangrante si consideramos que, digan lo que digan los británicos y los estultos progres ibéricos, que aplauden con las orejas todo lo que vaya contra España, Gibraltar es una parte del territorio español ocupada militarmente por una potencia extranjera. El tratado de Utrech, aún vigente, es muy claro al respecto: Gibraltar pertenece a España. Por lo tanto, y con arreglo a los estatutos de la Alianza, ¿no es ilegal la existencia de esta colonia en el centro del delicado eje defensivo español Baleares-Gibraltar-Canarias? A mi modo de ver, lo es. Por eso defiendo que las autoridades españolas deberían dejarse de milongas europeístas y obre en consecuencia. De todos modos, aunque existe una resolución de la ONU a nuestro favor, es dudoso que Inglaterra nos devuelva el peñón. Por lo tanto, el gobierno español debería exigir que, como mínimo, las fuerzas de la Alianza proporcionaran cobertura militar a Ceuta y Melilla, ciudades españolas desde hace quinientos años, hoy amenazadas por el expansionismo marroquí.

Insisto en que la OTAN sigue siendo muy necesaria para Europa, por lo que todos los estados miembros deberían esforzarse más en mantenerla. Pero también se deberían analizar cuidadosamente sus protocolos de actuación, para evitar casos de discriminación como el referido a nuestro país. Si pertenecemos a ella en calidad de iguales, como repiten machaconamente los políticos, también tenemos derecho a que se proteja la totalidad de nuestro territorio. De no ser así, habría que plantearse si nos conviene estar en dicha organización.

© Antonio Quintana Carrandi, (1.023 palabras) Créditos