LA SANIDAD PÚBLICA EN USA
por Antonio Quintana Carrandi

Uno de los aspectos más criticados de la administración Trump es su postura contraria a la reforma sanitaria impulsada por Obama. En la desnortada Europa se ha aprovechado esto para recrudecer los ataques contra el actual inquilino de la Casa Blanca, olvidando que las ideas de Trump sobre ese tema son compartidas también por millones de estadounidenses. El desconocimiento europeo sobre EE. UU. deja mucho que desear, así que voy a tratar de explicar, con la mayor brevedad y concisión posibles, por qué en USA no existe una Seguridad Social como la nuestra, por ejemplo. Conozco mejor que bien la historia de los EE. UU. y la idiosincrasia estadounidense, de modo que creo poder explicarlo con claridad y bastante acierto. No obstante, puedo equivocarme en algún punto en concreto, así que ruego a los lectores que no cometan el error de tomar al pie de la letra cuanto aquí expongo. Es un tema tan complejo que no podemos dar por válida cualquier explicación, por elaborada que ésta sea. A pesar de todo, creo que lo que aquí planteo se aproxima mucho a la realidad.

Pienso que, en lo que a la Sanidad Pública se refiere, los americanos tienen un problema de mentalidad. Su sociedad se cimentó sobre dos pilares básicos: el respeto a la libertad de las personas y el individualismo, la convicción de que cada hombre es libre y, por tanto, responsable de su propio destino. Esta concepción humanista e ilustrada de la libertad forma parte de las esencias más puras del americanismo desde los tiempos de la Revolución de 1776. La Declaración de Independencia hacía hincapié en que el hombre es libre por naturaleza. Esa libertad, según los Padres Fundadores de los EE. UU., implicaba que cada hombre debía ser responsable de sí mismo y de los suyos, y que a él correspondía, por tanto, la obligación de proporcionar a su familia y a sí mismo lo necesario para llevar una vida digna. Hartos del férreo control ejercido sobre ellos por el gobierno de Su Majestad británica, cuando obtuvieron su independencia los americanos optaron por otorgar a su pueblo un grado de libertad que en Europa no se conocería hasta la segunda mitad del siglo XX. Esto dio origen, con el paso del tiempo, a una sociedad en la que cada persona debía ocuparse de sí misma y en la que primaban, por encima de cualesquiera otros, los valores del individualismo, el esfuerzo y el mérito personal. Hoy puede antojársenos una concepción egoísta de una nación, y en cierta medida lo es; pero en aquel momento resultó muy beneficiosa, porque imprimió un acusado dinamismo a la sociedad estadounidense, que prosperó a pasos agigantados durante todo el siglo XIX y la primera mitad del XX, si exceptuamos el paréntesis de la Gran Depresión de la década de 1930.

En el momento del nacimiento de EE. UU., a finales del siglo XVIII, el resto del mundo, y sobre todo Europa, vivía bajo Monarquías absolutistas. Incluso la británica, que contaba con un órgano de representación —el Parlamento— restringía al máximo las libertades individuales. La Corona aplicó sus severas y restrictivas leyes en las colonias de Norteamérica con inusitada dureza. Los Yankees —término despectivo inventado por los ingleses para referirse a los colonos de América— se sentían agraviados porque, si bien pagaban sus impuestos religiosamente y contribuían al sostenimiento de la administración Real, Londres los trataba como si fueran súbditos de segunda clase. Aportaban a la Hacienda Real en concepto de impuestos, aranceles comerciales, tasas y otras contribuciones directas o indirectas, mucho más que Irlanda, el Canadá o cualquier otra posesión del Imperio. Estaban obligados a dar alojamiento y manutención a los soldados de la Corona, que además pretendía controlar y regular el comercio ultramarino de los americanos, que era la principal fuente de riqueza de éstos en aquellos tiempos. Los productos manufacturados que necesitaban tenían que adquirirlos a los ingleses, a los precios que éstos quisiesen cobrarles. Estaban obligados a abonar los salarios de los funcionarios de la Corona y mil cosas más por el estilo. En definitiva, se sentían maltratados porque, siendo los colonos más prósperos del Nuevo Mundo y contribuyendo extraordinariamente al enriquecimiento de las Arcas del Imperio, éste los trataba casi como a siervos. Para más inri, estaban gobernados por una especie de virrey y se les negaba el derecho a enviar sus propios representantes al Parlamento para que defendieran sus intereses. El recuerdo de tales agravios provocó que, una vez independizados, los yankees concedieran un valor especial al individualismo y llegaran a la conclusión de que el mejor gobierno es el que gobierna poco y bien. Por eso, durante los cincuenta años que siguieron a la obtención de su independencia, en los EE. UU. apenas se establecieron impuestos más que para cubrir las necesidades básicas del gobierno Federal. El americano medio opinaba que la función del gobierno era la de gestionar los asuntos de estado y los recursos nacionales, y no la de inmiscuirse en las vidas privadas y profesionales de los ciudadanos. El principio individualista caló muy hondo entre los habitantes de las trece colonias fundadoras de los EE. UU. y sus descendientes, siendo también aceptado y asimilado sin problemas por los inmigrantes que, décadas más tarde, comenzarían a llegar a América procedentes de la patética Europa monárquica. Esta mentalidad se ha perpetuado hasta nuestros días, en los que las clases medias y altas han hecho de ella casi una bandera de combate frente al intervencionismo federal, propuesto desde hace menos de un siglo, por la facción progresista del Partido Demócrata. Es precisamente el intrínseco individualismo de la sociedad estadounidense el que ha impedido, más que cualquier otra cosa, que arraigaran en USA el comunismo o el socialismo, ideologías que anteponen el concepto de Estado al del individuo, razón por la cual siempre han sido consideradas, por la inmensa mayoría del pueblo estadounidense, como antiamericanas.

Puede afirmarse que el individualismo de los colonos que se sublevaron contra Inglaterra sigue vivo hoy día en la mentalidad colectiva americana. Esto por una parte es admirable, porque simboliza, en cierta forma, el respeto que el estadounidense medio siente por los principios y valores que defendían los Padres Fundadores de los EE. UU. Pero por otra representa un lastre, ya que contribuye a mediatizar el criterio de la mayoría de los ciudadanos, provocando que sientan un temor casi irracional al cambio; un cambio que en algunos aspectos es, más que necesario, indispensable para que EE. UU. siga siendo la nación ejemplar que casi siempre ha sido, el Faro de la Libertad y la tierra de la Esperanza.

Los americanos, incluso muchos que se consideran progresistas al modo europeo, no ven con buenos ojos el intervencionismo gubernamental en su vida cotidiana, y eso incluye el tema de la salud. A pesar de la admiración que siento por USA, considero que es ésta una postura cerril que no los beneficia en absoluto como sociedad. Por eso siempre he creído que la única lacra de EE. UU. como nación es, precisamente, el que no tenga un sistema de salud público adecuado, como el español, que es, con todos los defectos que se le quieran atribuir, modélico. Nueve de cada diez norteamericanos piensan que cada cual debe pagarse lo suyo, sea esto una casa, un coche, el colegio de sus hijos o la atención médica. Tienen una parte de razón, pero no toda. Los Estados cuentan con una buena red de escuelas e institutos públicos, así que, ¿por qué no pueden contar, también, con una sanidad pública de calidad?

El individualismo americano es el culpable de esta situación, porque ha ido degenerando, con el paso de las generaciones, hacia un marcado egoísmo de inequívocos tintes capitalistas. Lo que ocurre, en realidad, es que EE. UU. sufre desde hace tiempo una crisis de valores, que amenaza con destruir las esencias más puras y nobles de lo que se ha dado en llamar americanismo. Los Padres Fundadores, George Washington, Thomas Jefferson, Benjamin Franklin, Patrick Henry y otros, se sentirían bastante decepcionados si pudiesen ver en lo que se están convirtiendo los EE. UU. de hoy. Ellos fueron defensores de la Democracia, del libre comercio, de la igualdad de oportunidades en función de la preparación, los méritos y el esfuerzo de cada uno. Veían como algo lícito e incluso admirable que un hombre se enriqueciera, como diría Ben Franklin, con su industria; es decir, con su trabajo. Pero dudo mucho que, de volver a la vida, aprobasen la deriva de EE. UU. hacia el capitalismo especulador, insensible, inhumano y carente de valores que impera hoy en USA. Les horrorizaría la espantosa merma de los principios morales y ciudadanos que fueron el fundamento básico de su proyecto de nación, y ellos, algunos de los cuales fueron hombres de negocios, renegarían de unos EE. UU. donde todo se supedita al dios dólar y cualquier cosa es admisible con tal de hacer negocio. Y estoy seguro de que reaccionarían como digo porque la mayoría de ellos eran, ante todo, hijos de la Ilustración, hombres que supieron asimilar lo mejor de las ideas provenientes de la vieja Europa y aplicarlas con éxito a la hora de fundar su propio país.

Es ese egoísmo real, aunque nunca admitido, de la sociedad americana, lo que ha impedido que en ese país se estableciera una sanidad pública en condiciones. Los principios y valores de antaño cotizan hoy a la baja en USA, como en muchas otras partes del mundo. Han sido sustituidos por el materialismo más devastador, que sólo entiende de negocios y beneficios, que relega al hombre al rol de simple pieza de un engranaje comercial. En USA todo es un negocio, incluido el ejercicio de la Medicina. La mayoría de los hospitales funcionan como empresas comerciales cuyo principal objetivo es hacer caja. El juramento hipocrático es, para la mayor parte de los médicos americanos, un simple trámite para acceder a la profesión. En USA un médico es un profesional, cuyos servicios has de pagar religiosamente o no te atiende. Las medicinas son caras, y aunque existe un seguro especial para los ancianos, su precio es demasiado alto, incluso para esos mayores que tienen derecho a cierto descuento. Esa aterradora comercialización de la salud ha tenido efectos catastróficos sobre los sectores más desfavorecidos de la población, tales como las clases bajas, los inmigrantes, los negros y, muy especialmente, sobre los millones de personas que se quedaron sin empleo durante la última crisis.

EE. UU. podría haber creado una Sanidad Pública decente hace mucho tiempo, si hubiera seguido unas pautas similares a las españolas; esto es, implantando un sistema de cotizaciones de particulares y empresas adecuado. En los años 30, el presidente Roosevelt consiguió que el Congreso promulgara la primera ley efectiva de la Seguridad Social de la historia de los EE. UU. Por desgracia, las administraciones siguientes no continuaron en la misma línea y el tema no se recuperó en serio hasta la Era Kennedy. JFK tenía en cartera muchos proyectos de corte social. Consiguió realizar algunos, y otros los hizo realidad la administración Johnson. Pero lo de la Sanidad Pública quedó estancado y así sigue. El partido Demócrata ha sido siempre el gran valedor de la reforma sanitaria. Cada vez que llega a la Casa Blanca intenta ponerla en marcha, pero nunca consigue nada concreto. Sospecho que, a pesar de su supuesto progresismo, incluso en el partido Demócrata están en contra de la idea, porque ni Carter, ni Clinton, ni Obama, han logrado impulsar tan necesaria reforma, y eso, a mi juicio, se debe no sólo a la oposición de los Republicanos y a la curiosa forma de pensar del ciudadano medio, sino también a la hostilidad, encubierta pero real, de un amplio sector Demócrata.

Ya para concluir, añadiré que, dada mi admiración por los EE. UU. y su historia, me apena ver que una nación con un potencial humano, industrial y político tan considerable no es capaz de implementar un servicio público de salud como Dios manda, que garantice la cobertura médica a la mayoría de los ciudadanos. Ésta y no otra es la verdadera asignatura pendiente de los EE. UU. Tiene recursos de todo tipo para hacerlo, pero falta voluntad política y social para ello. Si Obama hubiese conseguido sacar adelante la reforma sanitaria, pasaría a la historia como un gran presidente y habría hecho un enorme servicio a su país. Lamentablemente, sólo ha logrado pasar algunas cosillas, a todas luces insuficientes. A pesar de todo, confío en vivir para ver cómo los EE. UU. consiguen, por fin, ofrecer asistencia médica pública y de calidad al conjunto de sus ciudadanos.

© Antonio Quintana Carrandi, (2.101 palabras) Créditos