Lo que el viento se llevó, 5
Consecuencias de la guerra

La Guerra de Secesión terminó el 9 de abril de 1865, domingo de Ramos, cuando Lee se rindió ante Grant en Apomattox, Virginia. Después de cuatro años de lucha fratricida, el Sur estaba completamente arruinado y devastado, las escasas fábricas habían resultado destruidas y el hambre se enseñoreaba de sus tierras.

En el Norte, por el contrario, aunque la guerra había supuesto una carnicería extraordinaria, también había estimulado el desarrollo industrial, acelerando el crecimiento económico. Los ferrocarriles incrementaron su tráfico, y las rutas fluviales del interior también registraron un aumento considerable del mismo. La producción de carbón y acero casi se duplicó respecto a los años anteriores a la contienda, y la fabril se triplicó gracias al novedoso sistema de las piezas de recambio. Esto fue decisivo sobre todo en la fabricación de armas. Antes de la guerra, los dos arsenales principales de la Unión fabricaban unas 22.000 armas de todo tipo anuales, y en 1863 uno sólo de ellos era capaz de producir 200.000 fusiles al año.

En éste campo específico se produjeron importantes avances. Nordistas y sureños empezaron la contienda con armamento sólo algo superior al utilizado en las guerras napoleónicas. El arma más común al iniciarse las hostilidades era el mosquete Enfield de ánima rayada calibre.57 de avancarga, es decir, que se cargaba por la boca. En el Sur, sobre todo, era habitual que los voluntarios llevaran sus propias armas, así que en el ejército confederado abundaban todo tipo de rifles, desde viejos fusiles de los tiempos coloniales, hasta algún primitivo Henry de palanca y cartucho metálico de ignición anular, pasando por obsoletas escopetas de caza y carabinas Colt de percusión y tambor, como los revólveres. No obstante, el mando confederado trató de estandarizar el armamento de su ejército, a fin de mejorar la logística y el rendimiento de sus fuerzas en combate. Como al principio ninguno de los contendientes poseía armas en abundancia, tanto el Norte como el Sur tuvieron que comprarlas en Europa, junto con otros pertrechos. Pero muy pronto la industria del Norte fue capaz de abastecer por sí sola a su ejército, y el gobierno federal dejó de comprar material en el extranjero. El Sur, por el contrario, no podía producir suficiente de nada, de modo que siguió dependiendo de las importaciones, lo que acabaría por precipitar su caída, pues el bloqueo yanqui de sus puertos le impidió recibir ayuda exterior.

Las innovaciones tecnológicas en el campo de las armas beneficiaron sobre todo a los norteños. La más importante fue el desarrollo del fusil Springfield, del que se fabricó también una versión de carabina, con cañón más corto, para dotar a las tropas de caballería. El Springfield era muy superior a los mosquetes Enfield en todos los aspectos. Aunque era de avancarga, con él los soldados, debidamente instruidos, podían efectuar muchos más disparos por minuto y con mayor precisión. Los viejos rifles matabúfalos Sharps de retrocarga, que utilizaban un cartucho de papel y fulminantes, arma empleada por ambos bandos, fueron modificados en el Norte para que aceptaran cartuchos metálicos. Esta nueva versión mejorada se suministró a las tropas federales en grandes cantidades.

Rifles Spencer
Rifles Spencer

Pero el fusil más revolucionario fue el Spencer de repetición, cuya munición estaba contenida en un tubo metálico que se introducía por la culata, aprovisionando al arma con siete disparos. El mismísimo Abraham Lincoln lo probó en los jardines de la Casa Blanca, comprobando su fiabilidad, alcance y precisión. Bautizado por los soldados como la torre de tiro vertical, incrementó hasta lo increíble la potencia de fuego de las fuerzas nordistas. No obstante esto, tan pronto como acabó la guerra el Estado Mayor decidió que el arma larga de ordenanza en el ejército a partir de entonces sería el Springfield, en sus versiones de fusil para la infantería y carabina para la caballería, pues la experiencia de la guerra demostraba, a juicio de los generales del Norte, que los soldados tendían a no respetar la disciplina de tiro y a consumir inútilmente munición, por lo que lo mejor era dotarlos con armas monotiro como los Springfield, de los que muy pronto hubo disponibles versiones de retrocarga y cartuchería metálica. Esta arma es una protagonista más de EL HONOR DEL CAPITAN LEX (SPRINGFIELD RIFLE, André De Toth, 1952), estupendo western de Gary Cooper, aunque debe hacerse notar que el rifle que aparece en la cinta es un modelo posterior a la guerra civil.

La artillería de explosión, es decir, de lanzamiento de granadas, experimentó un avance considerable durante la Guerra de Secesión, siendo utilizada por los dos bandos. Richard Jordan Gatling inventó una ametralladora de cañones giratorios, un arma empleada en algunas acciones militares. Pero como Gatling era oriundo de Carolina del Norte, aunque se había establecido en la Unión, se recelaba de él tanto por su procedencia como por su tibieza a la hora de condenar a la Confederación. En consecuencia, no tuvo muchos apoyos gubernamentales, por lo que su invento tuvo un peso muy pequeño en la victoria unionista. A punto de acabar la guerra mejoró su ametralladora original, adecuándola para disparar cartuchos metálicos, que fue adoptada por el ejército de los Estados Unidos y fabricada en grandes cantidades por la Colt Patent Firearms Manufacturing Company.

Bala Minié
Bala Minié

Un avance técnico en la industria armamentista contribuyó a hacer la guerra aún más sangrienta. Me refiero a un nuevo tipo de munición, las balas minié, que fueron ampliamente utilizadas por ambos bandos, porque eran fáciles de fabricar y no se requerían ni instalaciones ni maquinaria demasiado compleja para producirlas. Cuando empezó la guerra se utilizaba la clásica bala esférica, típica de las armas de avancarga, pero ya existía un tipo de proyectil, también diseñado para fusiles que se cargaban por la boca, que había sido experimentado durante la guerra de Crimea, y era el proyectil tipo minié. En su tiempo fue una munición revolucionaria, que incrementó muchísimo tanto la potencia de fuego de las tropas como su precisión en el disparo. Se trataba de una bala cilíndrico-cónica de plomo blando, de un calibre ligeramente inferior al del fusil para el que había sido fabricada, con cuatro estrías exteriores llenas de grasa y una depresión cónica en la base. Podía extraerse con rapidez del cartucho de papel, y tras verter la pólvora en el cañón, se introducía la bala y se empujaba hasta el fondo con ayuda de una baqueta de base cóncava, de forma que, cuando todo el conjunto estuviera bien compactado, la pólvora llenara la cavidad posterior del proyectil. Luego no había más que sacar la baqueta, poner un pistón y disparar. Al inflamarse la pólvora que rellenaba la cavidad de la bala, ésta se deformaba por acción de la expansión de los gases, haciendo que encajara en las estrías del ánima (parte interna del cañón). Dichas estrías le imprimían un giro al proyectil, aumentando así su estabilidad en vuelo, su alcance y su precisión, y también contribuía a eliminar los residuos de anteriores disparos que pudiera haber en el cañón del arma. La bala minié fue sustituyendo progresivamente a la munición clásica esférica, pues se demostró que tenía más poder de penetración. Como toda munición de guerra, estaba diseñada más para incapacitar que para matar. Las heridas que producía eran terribles, y si impactaba en un hueso de un miembro, si se quería salvar la vida del herido no quedaba más remedio que recurrir a la amputación. El arma larga más usada en el conflicto fue el mosquete rayado Enfield modelo 1853, de origen británico y fabricado en América bajo licencia, arma que equipó a los dos bandos, y que sería modificada para aceptar balas minié. El Springfield modelo 1861 ya salió de fábrica preparado para emplear este tipo de munición.

Antigüa máquina de coser
Antigüa máquina de coser

Todas las ramas de la industria se beneficiaron de algún modo por la guerra. La conflagración obligó a recurrir al empleo de maquinaria ya existente, pero que estaba infrautilizada. Como era necesario dotar al ejército de cientos de miles de uniformes, la máquina de coser, inventada en 1851 por Isaac Merrit Singer, alcanzó una importancia casi estratégica. Miles de mujeres fueron instruidas en el manejo de tal artilugio, con objeto de satisfacer las demandas militares. Cuando llegó la paz se produjo una reconversión de esta rama de la industria textil, dando origen a un nuevo y lucrativo negocio: la confección de trajes masculinos a bajo coste. La industria del calzado se encontró ante el desafío de tener que fabricar cientos de miles de pares de botas en poco tiempo, algo que difícilmente podría haber hecho de no mediar la reciente invención de una máquina que cosía la suela a la piel, y que fue, durante medio siglo, el mayor avance técnico en la fabricación de zapatos.

La Guerra de Secesión impulsó también el empleo del barco de vapor sobre el de vela, demostrando la superioridad del primero en todos los órdenes. Además, significó el nacimiento de los buques acorazados, el primero de los cuales fue el monitor confederado Merrimack, construido a partir de una fragata de vela dotada de propulsión auxiliar a vapor y una hélice. Esta unidad resultó muy eficaz en el combate contra los barcos yanquis del bloqueo, muchos de ellos de vela o propulsión mixta vela/vapor. Los nordistas respondieron con el Monitor, un buque similar al Merrimack. Ambos barcos se enfrentaron el domingo 9 de marzo de 1862, durante la batalla de Hampton Roads. El combate quedó en tablas, al tener que retirarse el Merrimack por haber agotado sus municiones. Sin embargo, el enfrentamiento de estos dos colosos significó un punto de inflexión en el desarrollo de las marinas de guerra, que a partir de entonces concentraron sus esfuerzos en la construcción de buques de vapor acorazados.

En el campo de la medicina la sangrienta contienda provocó avances significativos, tales como el empleo de éter o cloroformo, cuando se disponía de ellos, como anestesia para las intervenciones quirúrgicas. Al empezar la lucha los medios sanitarios militares eran muy elementales, y prácticamente no habían avanzado casi nada desde las guerras napoleónicas. Pero conforme avanzaba el conflicto, los médicos castrenses trataron de mejorar en lo posible la atención a los heridos, si bien debe admitirse que al principio contaban con pocos recursos.

Clara Barton
Clara Barton

En esta guerra la contribución femenina a las tareas médicas fue muy importante, gracias a mujeres como Clara Barton y Elizabeth Blackwell. Clara Barton, natural de Oxford, Massachusesetts, pertenecía a una destacada familia abolicionista moderada. Su interés por la enfermería le venía de una experiencia que había vivido a los once años, cuando su hermano David sufrió un accidente y tuvo que cuidarle durante varios meses. Tuvo una formación autodidacta, pero al empezar la Guerra de Secesión, y tras atender como enfermera voluntaria a los heridos de la primera batalla de Bull Run (Manassas según la terminología confederada), decidió que tenía que hacer algo más, de modo que fundó una agencia dedicada al acopio de víveres y ropas de abrigo para los heridos. Fue seguramente la primera mujer en prestar servicio en el frente, pues obtuvo del general William Hammond un salvoconducto para viajar en las ambulancias militares y procurar cuidados y consuelo a los soldados malheridos. Hubo de vérselas con la burocracia militar, pero al contar con el apoyo del general Hammond, que la admiraba profundamente, consiguió permiso de las autoridades para llevar al campo de batalla sus propios suministros médicos, que obtenía gracias a generosas donaciones de ciudadanos pudientes. Estuvo en algunos de los asedios más sangrientos de la guerra, como los de Petersburg y Richmond, Virginia. El general Benjamin Butler la nombró, en 1864, Dama Comandante de todos los hospitales federales en el frente del río James. Al terminar la contienda, el presidente Lincoln le encargó la búsqueda de los desaparecidos del ejército unionista. Estuvo en Andersonville y se ocupó de la identificación de los prisioneros fallecidos, y también de darles adecuada sepultura. Compaginó esta labor humanitaria con las conferencias sobre su experiencia en la guerra, y a raíz de sus primeros contactos con Susan B. Anthony, líder del Movimiento Sufragista, y Frederick Douglas, empezó a luchar por el derecho al voto para las mujeres y por los Derechos Civiles de los negros. Semejante actividad hizo mella en su salud, por lo que, siguiendo instrucciones de su médico, decidió tomarse un largo descanso y emprender viaje por Europa. En el Viejo Continente estableció relaciones con el Comité Internacional de la Cruz Roja, y a su regreso a Estados Unidos creó un movimiento cívico, cuyo fin era conseguir que el gobierno apoyara la creación de la Cruz Roja estadounidense, meta que alcanzó el sábado 21 de mayo de 1881. Como es obvio, fue elegida presidente de la nueva organización, cuya oficina central de Washington fue construida gracias a la generosidad del magnate John D. Rockefeller.

Elizabeth Blackwell
Elizabeth Blackwell

La segunda, nacida en Bristol, Inglaterra, había emigrado a los Estados Unidos en 1831, y su sueño era estudiar medicina. A pesar de sus extraordinarias calificaciones, fue rechazada por diez universidades por su condición de mujer, hasta que, por fin, la universidad de Ginebra (estado de Nueva York) la admitió. El jueves 11 de enero de 1849 Elizabeth Blackwell se convirtió, al recibir su título universitario, en la primera mujer médico de los Estados Unidos. Al principio tuvo que ejercer de comadrona, que era la única práctica que se permitía a las mujeres con conocimientos médicos. Quiso ser cirujana, pero un accidente la dejó ciega del ojo izquierdo, truncando sus ambiciones en ese aspecto. En un viaje a su Gran Bretaña natal conoció a Florence Nightingale, y a su regreso a los Estados Unidos fundó, con el apoyo económico de su hermana Emily, una escuela de enfermería cuyos alumnos serían exclusivamente mujeres. El estallido de la guerra civil le permitiría demostrar, una vez superadas las suspicacias iniciales de los mandos militares, su gran formación profesional. Sus primeras discípulas alcanzaron una notoriedad legendaria en el Norte, formando a otras muchachas que prestarían valiosos servicios en los hospitales unionistas. En 1868 fundó la primera Universidad de Medicina para mujeres de la historia.

La enorme mortandad provocada por las grandes batallas impresionó a la población civil, por lo que miles de mujeres del Norte, entre los quince y los cincuenta años de edad, se alistaron como enfermeras en los hospitales de retaguardia. Entre ellas estaba Louisa May Alcott, que luego escribiría la novela MUJERCITAS, y que durante todo su servicio escribió una carta diaria a su padre, poniéndole al tanto de sus terribles experiencias con los heridos y mutilados. Estas misivas, posteriormente recopiladas en el volumen titulado CARTAS DESDE EL HOSPITAL, son uno de los documentos más estremecedoramente emotivos de la Guerra de Secesión.

En el campo internacional la Guerra de Secesión fue un conflicto al que la vieja Europa prestó mucha atención. Inglaterra, Francia, Rusia, Austria y otras naciones enviaron observadores militares, que luego pasarían extensos informes a sus respectivos estados mayores. Aunque al terminar la conflagración Estados Unidos aún no era una superpotencia, su victoria en la guerra contra la secesión, sumada a su increíble desarrollo industrial y a su inmediata expansión hacia el Oeste, causó gran impresión en los gobiernos europeos. Aunque la mayor parte de las élites del Viejo Continente seguían considerando a los estadounidenses como unos brutos atrasados, las mentes europeas más preclaras y libres de prejuicios comprendieron que estaban asistiendo al nacimiento de una potencia que, en las décadas siguientes, tendría un enorme peso en el contexto mundial. En 1800 Thomas Jefferson había calculado que, en su expansión hacia occidente, USA no alcanzaría la costa del Pacífico hasta por lo menos el año 2050. En 1865, recién acabada la guerra y cuando todavía se escuchaba el eco de los cañonazos, no sólo la orilla del Pacífico estaba controlada por los Estados Unidos, sino que, merced a la Homestead Act de Lincoln, las inmensas tierras intermedias empezaban a ser colonizadas. A decir verdad, la marcha hacia el Oeste ni siquiera se detuvo durante la guerra, aunque sí que se ralentizó un tanto. Pero la importancia de aquellas tierras era tal, que tanto yanquis como sudistas enviaron expediciones militares a ellas y se enfrentaron en no pocas ocasiones por su control.

La Guerra de Secesión puede considerarse como la última batalla de la Revolución americana de 1776, y el tiempo transcurrido entre las dos conflagraciones, como un larguísimo paréntesis durante el cual se avivaron las cuestiones que dividían a los habitantes de las antiguas colonias británicas. Fue el conflicto que puso punto y final a las diferencias más importantes entre americanos, y el que, definitivamente, sentó las bases de la actual nación estadounidense. A partir de 1865, absolutamente nadie, ni siquiera en el Viejo Sur, cuestionó la legitimidad de los Estados Unidos y su gobierno. Hasta 1861, USA, a pesar de su nombre, funcionó más como una Confederación que como una Unión. La guerra propició el cambio de estructura política, convirtiéndola en una auténtica unión de estados, que gozaban de bastante autonomía pero que, en las grandes cuestiones de interés nacional, estaban supeditados a un gobierno centralizado y fuerte. La posterior proyección política internacional de los Estados Unidos se debe a esta circunstancia. En cuanto a la Confederación, en el supuesto de que hubiera ganado la guerra y mantenido su independencia, es muy dudoso que hubiera sobrevivido más allá de unos cuantos años. Su misma estructura política determinaba su debilidad, y si durante la contienda, cuando tanto estaba en juego para el Sur, los estados confederados apenas fueron capaces de ponerse de acuerdo en nada, es casi seguro que tras la guerra, caso de haberla ganado, la Confederación habría terminado disolviéndose en una serie de estados independientes y muy débiles, que, o bien habrían sido presas fáciles para las potencias europeas, o bien habrían terminado por regresar al redil de la Unión.

Es, también, la experiencia histórica más importante del pueblo norteamericano, pues marcó a toda una generación y a varias de las que la sucedieron. Fue una guerra monstruosa, pues se resolvió principalmente en grandes batallas, que explican la enorme mortandad que produjo. La suma de los muertos americanos en la Guerra de Secesión es muy superior a los de la guerra Hispano-norteamericana de 1898, los de la Gran Guerra de 1914/1918, los de la II Guerra Mundial de 1939/1945, los de la de Corea de 1950/1953 o los provocados por la de Vietnam de 1964/1973.

La Reconstrucción

Margaret Mitchell describe el periodo de la Reconstrucción del Sur como una época de penurias para los estados que formaron la Confederación y para los sureños en general, y la película lo plasma magistralmente en imágenes. Pero ¿qué fue la Reconstrucción?

En esencia, la Reconstrucción fue el nombre que recibió el periodo comprendido entre 1865 y 1877, durante el cual se procedió a reintegrar a los antiguos estados confederados en la Unión, al tiempo que se trataba de solucionar las cuestiones que quedaban pendientes tras la guerra civil, tales como el tratamiento que debería darse a los miembros del gobierno confederado y a sus jefes militares, y la situación jurídica de los esclavos liberados por el Acta de Emancipación de Lincoln de enero de 1863.

La intención de Lincoln era ayudar a la recuperación de la economía del Sur, como un medio de acelerar su reintegración a los Estados Unidos. El viejo Abe no guardaba ninguna animosidad hacia el Sur, y siempre había sostenido que, una vez finalizadas las hostilidades, trataría a los estados sureños como si nunca se hubieran separado. Es muy posible que con Lincoln al frente la Reconstrucción hubiera tenido tintes menos dramáticos, porque era un hombre eminentemente bueno, que no pretendía exacerbar los odios generados por la contienda, sino minimizarlos e intentar hacerlos desparecer dando a los sudistas un trato considerado. Pero Lincoln murió asesinado el viernes 15 de abril de 1865, sólo cinco días después de la rendición de Lee. John Wilkes Booth, el tarado simpatizante de la Confederación que le disparó, y que posteriormente moriría en un enfrentamiento con tropas federales, no le hizo ningún favor al Sur. Al contrario; al matar a Lincoln provocó la exaltación de la opinión pública norteña, que dirigió sus ansias de venganza hacia aquellos estados que se habían separado de la Unión, provocando así la guerra más terrible que conocería la joven república. El saber que la criminal acción de Booth había sido muy aplaudida por la opinión pública sureña irritó aún más si cabe a los del Norte, que se declararon a favor de la mano dura con los rebeldes. De poco sirvió que la respetada voz del general Lee se alzara para condenar a Booth, calificándole de loco que había asesinado al único amigo verdadero que tenía el Sur en el Norte. Para la mayoría de los sureños, el magnicida era un héroe. Pagarían muy cara su falta de visión.

Los estados del Sur quedaron bajo control directo de gobiernos militares, que impusieron la ley marcial sobre sus jurisdicciones. A los antiguos integrantes del gobierno y el ejército confederado, así como a cualquier persona que hubiera apoyado la secesión por activa o por pasiva, se les excluyó de los cargos públicos y se les negó el derecho al voto, que sí se les otorgó a los negros en virtud de lo dispuesto por la 15ª Enmienda a la Constitución de los Estados Unidos. Así mismo, se requisaron muchas propiedades para uso de las fuerzas federales y, en general, se ninguneó a la antaño altiva clase dirigente sureña, los grandes plantadores ahora empobrecidos.

Las medidas tomadas por las autoridades militares yanquis eran duras, pero empeoraron cuando una horda de aventureros norteños, atraídos por la posibilidad de rapiña que veían en el abatido Sur, cayeron sobre aquellas tierras como una auténtica plaga de langostas, expresión muy acertada utilizada por la señora Mit­chell. Estos individuos fueron bautizados despectivamente por los sureños como carpetbaggers, pues llevaban sus escasas pertenencias en toscas maletas hechas con tela de alfombra, el tipo de equipaje más humilde de la época. Aunque hubo algunos carpetbaggers de raza negra, en general eran nordistas blancos que no tenían nada que perder, y que confiaban en hacer fortuna especulando en tierras aprovechándose de la desgracia que se había abatido sobre los sureños. Margaret Mitchell no ahorra epítetos a la hora de describir a tales sujetos, e históricamente hay que darle la razón, porque los carpetbaggers se cebaron miserablemente con los sudistas, en muchas ocasiones con la complicidad de oficiales corruptos de la Unión y funcionarios federales venales, que les facilitaron el acceso a lucrativos cargos políticos. La mayoría de estos aventureros obtuvo pingües beneficios con sus sucias maniobras, y algunos de ellos llegaron a amasar cuantiosas fortunas.

El colaborador habitual del carpetbagger era el scalawag, o sea, el renegado, el sureño que se avenía a hacer un juramento de lealtad a la Unión para poder votar, desempeñar cargos públicos y así figurar en los gobiernos estatales impuestos por los vencedores. Los scalawags procedían, en su mayor parte, de las clases sureñas más humildes, los blancos pobres que, por su condición, siempre habían sido despreciados por la élite de plantadores. La llegada de los yanquis les dio la oportunidad de mejorar su situación, y como aborrecían a los ricos hacendados como los O´Hara o los Wilkes, no dudaron en aliarse con los carpetbaggers para llevar a cabo las tropelías más infames. Fueron ellos los que incitaron a las autoridades yanquis a subir desmesuradamente los impuestos, para de este modo despojar a muchos plantadores que no podían abonarlos y adueñarse de sus tierras. Pero es justo reconocer que, aunque pocos, hubo scalawags honestos, que sólo se avinieron a realizar el juramento de lealtad a la Unión para poder entrar en política y defender los intereses de su gente, salvando lo que se pudiera del Sur.

Los negros liberados eran un problema aparte. Las autoridades federales trataron de integrarlos, de conseguir una cierta igualdad entre blancos y negros. No lo consiguieron porque, por una parte, los blancos del Sur se resistieron enconadamente a ello, y por otra, la gran mayoría de los negros, acostumbrada desde siempre a que sus vidas estuvieran reglamentadas, a que les dijeran lo que tenían que hacer, no sabía qué uso dar a su libertad, y en consecuencia cayó muy pronto en una dejadez y holgazanería inteligentemente aprovechada por los miserables carpetbaggers. En una escena de la película, cuando Scarlett y Mammy cruzan las calles de Atlanta tras la entrevista de la primera con el prisionero Rhett Butler, se ve a uno de estos carpetbaggers arengando a un grupo de negros para que voten lo que él quiere. El tipejo en cuestión les promete, y así se lee en el cartel que se ve, cuarenta acres y una mula si votan por sus amigos. Esto es rigurosamente cierto. El voto de los incultos negros sirvió para que medraran muchos aventureros sin escrúpulos, y lo de los cuarenta acres de tierra para cultivar, y una mula para bajar al pueblo los domingos, les debía sonar a gloria a los esclavos liberados. Obviamente, esta estúpida promesa, como otras muchas que se hicieron a la población negra, jamás se cumplió. Eso sí, hubo bastantes negros que ocuparon cargos públicos elecciones mediante; pero casi todos ellos eran hombres de paja de los carpetbaggers, que no tenían ningún poder real y sólo servían a los intereses de los especuladores, y también para contentar a la masa de libertos negros, que, al ver a algunos de sus congéneres en tales cargos, se hacía la ilusión de que habían alcanzado la igualdad. No debe olvidarse, por otra parte, que la cuestión de los derechos civiles de la gente de color empezó a dejarse un tanto de lado en el Norte tras la muerte de Lincoln, porque, salvo excepciones muy puntuales, ni siquiera los abolicionistas más combativos estaban por la igualdad entre blancos y negros. Por otro lado, la apatía de los incultos ex esclavos provocó un repentino desinterés en el Norte por su causa. Cuando los blancos recuperaron el poder político en el Sur, procedieron a desmontar o tergiversar la legislación aprobada por los yanquis para favorecer a los negros, e iniciaron un proceso de segregación racial que se extendería por toda la Unión, que sería el caldo de cultivo ideal para muchos problemas futuros, y cuyas secuelas llegan hasta el presente.

A fuerza de tesón y combatividad política, los sureños blancos fueron recuperando en parte el dominio de sus estados, y los aspectos más discutibles de la Reconstrucción se eliminaron progresivamente. El final de este periodo llegó por un acuerdo político. Tan pronto se permitió a los sureños votar y ocupar cargos públicos, éstos, agrupados en el partido Demócrata, derrotaron electoralmente a los republicanos. En las elecciones presidenciales de 1876 el republicano Rutherford B. Hayes venció por un estrecho margen al candidato demócrata, Samuel Jones Tilden, pero los demócratas podían impugnar el resultado, porque se habían producido varias irregularidades. Se acordó entonces que, a cambio de un reconocimiento de la victoria de Hayes por parte de todos los demócratas, del Norte y del Sur, éste procedería a ordenar la retirada de las tropas federales de los estados de la antigua Confederación, como así hizo.

Georgia fue el último estado confederado en ser readmitido en la Unión. Si bien obtuvo la readmisión en 1868, al año siguiente fue expulsada por negarse su legislatura a ratificar la 15ª Enmienda a la Constitución, que otorgaba el voto a cualquier persona sin distinción de raza, lo que obligaría a las autoridades estatales a reconocer el derecho de sufragio de los negros, algo que siempre habían tratado de combatir. Como por aquel entonces más de la mitad de la población de Georgia era de raza negra, los blancos sureños que habían recuperado el poder temían que semejante fuerza electoral se volcara en favor de sus adversarios republicanos. Pero la realidad se impuso, y en 1870 a Georgia no le quedó más remedio que ratificar la Enmienda Constitucional, siendo readmitida en la Unión el viernes 15 de julio de ese mismo año.

El Ku Klux Klan

En la película Scarlett es atacada por dos forajidos, uno blanco y otro negro, cuando se dirige en calesa a inspeccionar uno de sus aserraderos, siendo salvada de ser violada por la intervención de Big Sam, antiguo capataz negro de Tara. Esto da pie a que Frank Kennedy, marido de Scarlett, Ashley Wilkes y otros hombres den una batida por la zona para matar a los asaltantes de la mujer y limpiar los bosques de forajidos. En LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ, la película, no se menciona al Ku Klux Klan (en adelante y para simplificar el Klan), pero en la novela Margaret Mitchell habla de esta organización en términos elogiosos. Por supuesto, casi todo lo que dice la señora Mit­chell es falso de toda falsedad. Es cierto que el Klan lo fundaron un grupo de excombatientes confederados, que pretendían resistirse así a las injusticias que llevaba aparejada la Reconstrucción tal como la plantearon los yanquis. Pero también lo es que tuvo desde el principio un marcado componente racista, y que hizo de los negros liberados su principal objetivo. Sin duda los miembros del Klan vengaron a alguna dama ultrajada, como en el caso de Scarlett, pero en general se trataba de una organización criminal secreta, definida como terrorista muchísimos años después por J. Edgard Hoover, director del FBI.

El Klan era apoyado por gran parte de la población blanca sureña, que veía en el mismo la única defensa que tenía el sur contra las arbitrariedades yanquis, los abusos de los carpetbaggers y los scalawags, y los crímenes cometidos por los negros libres. Pero aunque había bastantes caballeros entre sus miembros, la organización estaba integrada principalmente por blancos de extracción humilde, que odiaban a los negros porque competían con ellos por los escasos puestos de trabajo, y muchas veces los conseguían al resultar más baratos de contratar. Esto, sumado al tradicional racismo de las gentes del Sur, hizo del Klan una organización en extremo violenta, que utilizaba cualquier tropelía cometida por un negro como excusa para arremeter contra toda la comunidad de color. Los apaleamientos y linchamientos de negros se sucedieron, obligando a las autoridades yanquis a tomar medidas. Pero el Klan gozaba de las simpatías de una parte considerable de la población, y cualquier actuación en su contra entrañaba grandes dificultades. Ni siquiera los sureños más sensatos, que veían al Klan como una excusa ideal para que los yanquis mantuvieran indefinidamente al Sur bajo un gobierno militar, se atrevían a denunciar públicamente a sus miembros.

De todas formas, este primer Klan, que sería el más activo, se pasó tanto de la raya que fue perdiendo poco a poco el apoyo popular. Con la llegada a la presidencia del antiguo general nordista, Ulysses S. Grant, se inició una eficaz campaña gubernamental contra el Klan, que llevaría a su desaparición a través del Acta de Derechos Civiles de 1871, más conocida como el Acta del Ku Klux Klan.

Cartel de EL NACIMIENTO DE UNA NACIÓN
Cartel de EL NACIMIENTO DE UNA NACIÓN

El Klan reapareció con fuerza en 1915, cuando fue refundado por William Joseph Simmons a rebufo del tremendo éxito del film EL NACIMIENTO DE UNA NACIÓN (THE BIRTH OF A NATION, David W. Griffith, 1915), basado en la novela EL HOMBRE DEL KLAN, en la que el reverendo Thomas Dixon narraba, desde un punto de vista históricamente falso, el nacimiento de tan deleznable organización. Hoy el Klan existe aún, pero escindido en una serie de grupúsculos enfrentados entre sí, y aunque represente todavía una amenaza para la seguridad ciudadana, los esfuerzos del FBI, que ha tenido al Klan en su punto de mira desde que Hoover lo definiera como objetivo prioritario a finales de los años 50 del pasado siglo, cuando el Viejo León puso en marcha el programa de contrainteligencia federal COINTELPRO, le han impedido prosperar.

Y hasta aquí, el repaso a los hechos históricos en los que se enmarca LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ. Mi única intención, al redactar este extenso ensayo, ha sido ofrecer una visión ponderada del tiempo y de los acontecimientos narrados por Margaret Mitchell en su celebérrima novela, convertida, gracias a la tenacidad y obstinación de David O. Selznick, en la película por antonomasia. Si he logrado entretener e instruir a un tiempo a los lectores, me doy por satisfecho.

© Antonio Quintana Carrandi, (5.371 palabras) Créditos