Lo que el viento se llevó, 4
El aspecto real de la esclavitud
Margaret Mitchell
Margaret Mitchell

Margaret Mitchell, como otros muchos autores sudistas, ofrece una visión un tanto edulcorada de la esclavitud a través de personajes como Mammy, Pork o el tío Peter. Sin embargo, debe tenerse en cuenta que todos ellos eran lo que se denominaba en la época y lugar como esclavos domésticos, es decir, de casa, preparados desde niños para prestar servicio en las grandes mansiones sureñas. Estos esclavos eran unos privilegiados, si es que se puede decir así, porque no realizaban trabajos pesados, estaban bien alimentados y vestidos y llevaban una vida casi confortable, si se les compara con los que trabajaban en los cultivos. La proximidad a los amos blancos, el trato continuo con ellos, facilitaba el que surgieran ciertos lazos de afecto entre unos y otros, algo explicitado magníficamente en la relación existente entre Scarlett y Mammy. Indudablemente, en la realidad se establecieron vínculos de amistad y hasta de cariño entre amos y esclavos, lo que explicaría que, tras la guerra, muchos sirvientes negros siguieran al servicio de sus antiguos dueños, percibiendo sólo un salario simbólico. Pero el grueso de la población esclava del Sur, a pesar de todo lo que cuenta la señora Mit­chell, no sólo vivía en unas condiciones deplorables, sino que recibía muy mal trato. Es una verdad histórica que existieron plantaciones en las que sus propietarios prohibieron el empleo del látigo, y en las que incluso los esclavos destinados a las tareas más penosas estaban decentemente vestidos y alimentados. Pero esas haciendas siempre fueron una minoría, aunque Margaret Mitchell y otros hayan tratado de hacernos creer lo contrario.

De hecho, uno de los problemas más graves que hubo de afrontar la Confederación fue la huida masiva de esclavos. Siempre se había escapado alguno, sobre todo con la ayuda de las gentes del Norte comprometidas en la lucha contra la esclavitud. Pero el estallido de la guerra fue un revulsivo para los negros del Sur. La percepción de que aquella contienda se libraba para liberarlos les proporcionó el suficiente coraje para arrostrar todos los peligros e intentar huir hacia el Norte. Hubo una verdadera avalancha de fugas, y las autoridades confederadas tomaron cartas en el asunto. Los esclavos fugados capturados eran azotados y devueltos a sus amos, y si se descubría que habían sido ayudados por algún blanco, éste era ajusticiado sin contemplaciones. Pero estas medidas no sirvieron más que para avivar las ansias de libertad de las personas de color. Miles de ellas consiguieron escapar y llegar al Norte.

Cartel de la película GLORY
Cartel de la película GLORY

Convencido de que aquellos hombres deseaban regresar al Sur para liberar a sus familias, Abraham Lincoln autorizó la creación de regimientos de soldados negros, que habrían de estar dirigidos por oficiales blancos. Todas las previsiones del gobierno fueron ampliamente superadas, porque había más voluntarios que unidades para ellos, pues todos querían luchar contra la Confederación. Enterado de la creación de esas tropas negras, el Congreso confederado proclamó que cualquier negro que fuera capturado vistiendo el uniforme yanqui recibiría veinte latigazos y sería devuelto a su estado normal de esclavitud, y que los oficiales blancos al mando de tropas negras serían inmediatamente pasados por las armas. Lincoln ordenó que se informara a los soldados negros de esta declaración del Congreso confederado, y dispuso que todo aquel que deseara abandonar el ejército lo hiciera libremente. Ni uno solo de los voluntarios se echó atrás, y otro tanto hicieron sus oficiales blancos. Para conocer mejor la historia de esos hombres, recomiendo muy encarecidamente el visionado de la película TIEMPOS DE GLORIA (GLORY, Edward Zwick, 1989), uno de los mejores y más realistas films sobre la Guerra de Secesión, que narra la historia del 54º Regimiento de infantería, el primero integrado por tropas de color.

Como se ve en un pasaje de LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ, el gobierno confederado requisó a los esclavos de las plantaciones y los utilizó como mano de obra en la construcción de defensas y fortificaciones. Big Sam, el capataz negro de Tara, parece feliz de realizar esta labor, e incluso le dice a Scarlett que no se preocupe, que detendrán a los yanquis. La cruda verdad es que los esclavos no se oponían a ir al frente a cavar trincheras para los blancos, porque así tendrían más oportunidades de escapar y unirse a las fuerzas federales.

La situación de la Confederación llegó a ser tan angustiosa, hubo tal escasez de combatientes, que incluso se ofreció a los negros la posibilidad de obtener la manumisión a cambio de luchar por el Sur. Esto ya había sido considerado en los primeros meses de la guerra, pero Jefferson Davis y su administración se opusieron, porque les horrorizaba la idea de armar a los negros. Sin embargo, hacia finales de 1864 se puso otra vez sobre la mesa y se aprobó, lo que revela el grado de desesperación de los dirigentes sudistas. Como es obvio, la cantidad de esclavos que se alistaron en el ejército confederado fue irrisoria, y la mayoría de ellos desertaron hacia las filas nordistas a las primeras de cambio.

La guerra y su proyección internacional

Esclavos en los campos de algodón
Esclavos en los campos de algodón

Como he dejado claro anteriormente, el Norte era rico y el Sur era pobre, pero al iniciarse las hostilidades ni Jefferson Davis, recién elegido presidente de la Confederación, ni sus colaboradores, le dieron importancia a tal hecho. La economía del Sur se basaba en los monocultivos exportables, el principal de los cuales era el algodón, seguido por el tabaco y algunos cultivos menores, como la caña de azúcar, el cáñamo y el arroz. El algodón venía a ser, en la época, casi como el petróleo en la actualidad. Inglaterra, que estaba en la segunda fase de la revolución industrial y era la gran superpotencia de aquel tiempo, necesitaba ingentes cantidades de algodón para surtir a sus fábricas textiles. Davis y sus colaboradores eran conscientes de la debilidad de la Confederación, pero estaban convencidos de que la necesidad de algodón de la Gran Bretaña, del que los Estados Confederados eran el primer productor mundial, jugaría a su favor y obligaría a los ingleses a apoyarles, bien con armas y suministros, bien diplomáticamente, bien entrando directamente en el conflicto. También tenían sus esperanzas depositadas en la Francia regida por Luis Napoleón III, casado con la española Eugenia de Montijo, que había expresado públicamente su admiración por el modo de vida del Sur de los Estados Unidos. Sin embargo, la Unión procedió a bloquear los puertos del Sur, y aunque este bloqueo era burlado en numerosas ocasiones por audaces capitanes, como Rhett Butler, impidió que Inglaterra o Francia pudieran enviar ayuda a los confederados.

En un pasaje de la novela, Rhett, ante los comentarios de Scarlett, que espera como la mayoría que Inglaterra y Francia acudan en auxilio de la Confederación, replica que es una ilusión vana, porque esos dos países no tienen intención de inmiscuirse en la guerra. Esto es rigurosamente cierto. Los confederados esperaban que, ante la falta de algodón para sus fábricas, el gobierno británico interviniera en su favor. Pero aunque las fábricas textiles inglesas sufrieron alguna penuria de materia prima, sobre todo en los primeros meses de la guerra, se aumentó la importación de algodón desde la India y Egipto, que quizás era de calidad algo inferior al americano, pero no malo en absoluto. Además, las factorías británicas tenían sus almacenes rebosantes de algodón sureño, pues en 1860 los industriales textiles ingleses habían comprado al Sur más de 2.500.000 balas que, rotas las hostilidades, decidieron conservar algún tiempo como una especie de reserva estratégica para caso de necesidad.

El gobierno confederado pecó de ingenuidad en lo que se refiere a Inglaterra y Francia. Pensaba que, incluso en el peor de los casos, estas dos naciones, necesitadas del algodón sureño, obligarían al Norte a detener la guerra y a conceder la independencia a la Confederación, y éste fue el eje de su política exterior. El gobierno federal no estaba dispuesto a permitir la injerencia extranjera en una cuestión nacional, así que la política externa de Lincoln estuvo dirigida a un doble fin: impedir el reconocimiento internacional de la Confederación, y evitar que las potencias europeas, sobre todo Francia e Inglaterra, intervinieran directamente en el conflicto.

Gran Bretaña y Francia habían colaborado en la guerra de Crimea, y siguieron haciéndolo en otros puntos del mundo, si bien quedaba claro que, en lo que se refería a la situación en los Estados Unidos, Inglaterra llevaría la voz cantante. Las clases dirigentes de estos dos países simpatizaban con la Confederación, pues consideraban que les unía un sentimiento de parentesco cultural con los seudo-aristócratas que detentaban el poder en el Sur de Estados Unidos. El ideal de democracia y libertad que representaba la Unión no agradaba a las élites de Londres, París y otras capitales europeas. Por el contrario, los liberales de toda Europa, hartos de la prepotencia y el despotismo de dichas élites, apoyaron con entusiasmo la causa de los nordistas, pues consideraban que los Estados Unidos eran un ejemplo de triunfal democracia en un país populoso. Y en cuanto a la clase trabajadora, que conocía de primera mano las arbitrariedades y abusos de la alta burguesía, que tanto se asemejaba en sus prácticas a la seudo-aristocracia confederada, veía con buenos ojos la lucha del Norte por preservar la Unión y acabar con la esclavitud.

Lo que es falso es lo que cuenta Margaret Mitchell por boca de Rhett Butler, quien afirma que la falta de algodón provocó el paro permanente de las fábricas inglesas y una hambruna generalizada entre los obreros desempleados por tal motivo. Es cierto que las fábricas se cerraron durante un tiempo, y que los trabajadores pasaron por penurias sin cuento. Pero los obreros británicos, muy sensibilizados ante el asunto de la esclavitud, declararon en la prensa, a través de sus representantes, apoyar la causa de la Unión sin fisuras. Por otro lado, los magnates propietarios de las fábricas, muchos de ellos simpatizantes de la Confederación, actuaron muy pragmáticamente y pronto reabrieron sus instalaciones.

Los miembros del gobierno británico de la época apoyaban moralmente a los sureños, pero en ningún momento dieron pasos decisivos para concretar ese apoyo en hechos consumados. En cuanto a Francia, como muy bien apunta Mit­chell a través de Rhett, no mostró ningún interés por los problemas de la Confederación, porque, mientras los Estados Unidos estuvieran entretenidos con su guerra civil, el emperador francés podría maniobrar a su gusto en México, país en el que pretendía crear una especie de estado satélite bajo el gobierno de Maximiliano de Habsburgo. Estado satélite que la Confederación, ansiosa por congraciarse con Francia para intentar ganarse su apoyo, y en oposición a los principios de la Doctrina Monroe (América para los americanos), que el Sur había apoyado mayoritariamente, se apresuró a reconocer.

Sin embargo, y por desgracia para ella, la Confederación nunca obtuvo el apoyo pleno de ninguna potencia extranjera. Tan pronto comenzó la guerra, el gobierno británico hizo pública su declaración de neutralidad, que fue un durísimo golpe para el Sur. Pero como en dicha declaración se reconocía a la Confederación como a uno de los beligerantes, el gobierno de Washington protestó enérgicamente ante el de Londres, argumentando, con razón, que aquella no era una guerra entre dos naciones, sino la lucha de un gobierno legítimo para sofocar una insurrección armada. El gobierno federal acusó a Inglaterra de no ser estrictamente neutral, y durante el resto de la guerra se producirían no pocos incidentes diplomáticos entre los Estados Unidos y la Gran Bretaña.

Uno de estos incidentes obligó a Inglaterra a adoptar una posición más acorde con la neutralidad. En 1863 la Confederación estaba ahogada por el bloqueo yanqui. La exigua pero valerosa marina de guerra confederada había conseguido diezmar la marina mercante federal con acciones corsarias. Esas acciones tenían un doble objetivo: destruir el comercio marítimo yanqui, y obligar a la marina federal a utilizar sus unidades para escoltar a los mercantes y dar caza a los corsarios confederados, debilitando así el bloqueo de los puertos sudistas. Pero los unionistas no cayeron en la trampa, y sacrificaron la seguridad de sus mercantes por la enorme ventaja táctica que significaba mantener bloqueados los puertos sureños. Desesperado, el gobierno confederado encargó a la compañía armadora británica Laird la construcción de dos poderosos buques acorazados equipados con espolones.

Charles Francis Adams
Charles Francis Adams

Enterado Lincoln a través de sus espías, y convencido de que la pérdida del comercio marítimo podía compensarse, pero que había que mantener el bloqueo a toda costa, puso el asunto en manos del Secretario de Estado, William H. Seward, el cual se comunicó con el embajador de Estados Unidos en Londres, Charles Francis Adams, hijo del presidente John Quincy Adams y nieto del segundo presidente de Estados Unidos, John Adams, y le dio instrucciones muy concretas. Adams procedió a informar al gobierno de Su Majestad de que, si permitía que salieran de sus puertos los acorazados, o cualquier otro navío con destino a la Confederación, los Estados Unidos lo asumirían como una violación de la neutralidad y actuarían en consecuencia. Esto equivalía a una amenaza de guerra. Pero aquel ultimátum no era necesario, porque el gobierno inglés había decidido suspender su ayuda naval a la Confederación. Los británicos, tan pragmáticos como siempre, habían concluido que, siendo la primera potencia marítima del mundo, no les convenía sentar peligrosos precedentes que podrían volverse en su contra en futuras contiendas, como coadyuvar a levantar un bloqueo naval.

Las potencias europeas, con Gran Bretaña al frente, acogieron con satisfacción el estallido de la Guerra de Secesión. Los grupos dominantes en las naciones europeas, las élites políticas y comerciales, habían asistido con reverente temor al creciente progreso de los Estados Unidos, y asumieron la creación de la Confederación como un freno a la joven potencia americana. Aunque públicamente elogiaran a los estados del Sur y su defensa de sus supuestos derechos, en privado se congratulaban porque una América dividida impediría la existencia de una sola nación poderosa en el continente. Pensaban que, si la Confederación salía vencedora, el proceso de división de USA continuaría, y al Sur independiente seguiría un Oeste independiente. La fragmentación de la gran nación americana en una serie de republiquitas obligaría a éstas a buscar el apoyo de alguna potencia europea, y Francia e Inglaterra eran las que tenían más posibilidades de ejercer su influencia sobre aquellas nuevas y débiles naciones. Por tal razón, algunas figuras políticas liberales británicas y francesas tendieron a favorecer la causa sudista, argumentando cínicamente, como excusa para intentar justificarse ante el grueso de los liberales europeos, que apoyaba al Norte, que los del Sur luchaban por el honroso principio liberal de la autodeterminación. Pero la marcha de los acontecimientos dio al traste con las esperanzas de las camarillas políticas europeas. El Norte se fue imponiendo lenta pero progresivamente, y por otro lado Gran Bretaña se vio obligada a recabar la ayuda de la Unión. En Inglaterra se habían malogrado varias cosechas de trigo, y el hambre estaba a la vuelta de la esquina. La única solución era importar cereal del extranjero, y el principal proveedor de Inglaterra era Estados Unidos. La administración Lincoln solicitó a los granjeros, que ya suministraban víveres al ejército y a la población civil, que aliviaran la escasez de trigo de Inglaterra. Este fue el momento en que en Europa se percataron del tremendo potencial de la joven nación de la otra orilla del océano Atlántico, porque, sin aparente esfuerzo, los granjeros estadounidenses pudieron satisfacer tanto la demanda interior como la exterior. En 1864 la producción de trigo para consumo interior fue de 191.000.000 de bushels, al tiempo que se cuadriplicaba la cantidad de grano exportado. En las cancillerías europeas empezaron a mirar con más respeto a los Estados Unidos, y la Confederación se vio mucho más aislada.

El asedio de Atlanta

Uno de los pasajes más memorables de la novela, y más espectaculares de la película, es el asedio de Atlanta y la posterior huida de Scarlett rumbo a Tara. La descripción de estos hechos que hace la autora en el libro es modélica, y su plasmación en imágenes sobrecogedora. Atlanta era una de las ciudades más importantes de la Confederación, por encontrarse sobre un nudo de comunicaciones vitales para las fuerzas rebeldes. Estaba considerada, además, como el polvorín del Sur, pues, como se comenta en la novela y en la película, a su estación de ferrocarril llegaban incesantemente trenes de municiones, que eran distribuidas posteriormente por los diferentes frentes de batalla. Por tanto, la ciudad era un objetivo militar de primer orden, y hacia ella se dirigió, en su épica marcha hacia el mar, atravesando Georgia hasta Savannah, partiendo en dos a la Confederación, el general nordista William Tecumseh Sherman.

El general Sherman
El general Sherman

Sherman era uno de los generales del Norte más temidos por los sudistas por su dureza. Apodado por la prensa confederada El carnicero, llevó hasta los últimos extremos la estrategia de tierra quemada, arrasándolo todo a su paso y conminando a sus hombres a no tener ninguna consideración con las propiedades de los rebeldes. Era un firme defensor del concepto de guerra total, que tantos horrores desataría en el siglo XX. En una ocasión, ante un periodista que le preguntó si era necesario ser tan despiadado con los sureños, respondió: Ellos dispararon el primer cañonazo de esta contienda. Si la guerra les parece horrible, que no la hubieran iniciado. Mientras no capitulen, no tendré compasión con ellos.

Sherman intento tomar Atlanta, pero al principio no lo consiguió porque las defensas confederadas en aquel sector eran considerables, y los sudistas combatían con gran arrojo. En vista de ello, el general yanqui procedió a someter a la ciudad a un terrible sitio que acabaría agotando a las fuerzas rebeldes, obligándolas a replegarse y dejar la urbe a su suerte. En un pasaje de la película, durante el cerco, el doctor Meade dice que los yanquis no tomarán Atlanta porque nunca podrán arrollar al general Lee. En realidad, Robert E. Lee estaba muy lejos de allí, en Virginia. La defensa de Atlanta corrió a cargo del general Joseph E. Johnston (no confundir con el también general confederado Albert Sidney Johnston), posteriormente sustituido por el general John Bell Hood, como muy bien explica Margaret Mitchell en la novela. Por lo demás, cuando las tropas yanquis entraron en la ciudad, procedieron a arrasarlo todo, algo que incluso hoy está todavía muy presente en la memoria colectiva de los georgianos, al igual que la increíble devastación que provocaron los hombres de Sherman en su marcha hacia el mar. Pero debe tenerse en cuenta que, inmediatamente después de entrar en Atlanta, Sherman ordenó que la ciudad fuera evacuada, para no provocar víctimas innecesarias cuando sus hombres procedieran a incendiarla. Las autoridades de la metrópoli intentaron evitarlo, argumentando que la quema de Atlanta provocaría grandes penurias a las mujeres, los niños y los ancianos, que se quedarían sin hogar. Sherman respondió que la guerra era básicamente crueldad infinita, y que los que la habían iniciado merecían que cayera sobre ellos la desgracia que conlleva toda contienda. Añadió que, si los Estados Unidos permitían una división, si no actuaban con contundencia frente a la secesión que pretendía la Confederación, no habría manera de detener aquello, y el destino de la nación americana sería el mismo que el de México: una sucesión interminable de guerras y revoluciones. Concluyó afirmando que quería la paz, y que ésta sólo sería posible con el triunfo de la Unión.

Con la perspectiva ofrecida por el paso del tiempo, resulta evidente que el general nordista estaba en lo cierto. De todas formas, la destrucción provocada por el ejército yanqui en Georgia ha tenido una enorme proyección mundial gracias al éxito de la novela y la película, empañando bastante la figura histórica de Willian T. Sherman. Pero no debe olvidarse que Margaret Mitchell era natural de Georgia, y por lo tanto dedicó gran parte de su obra a describir las tropelías de los nordistas en su querido estado. Sin embargo, puede disculparse en parte la inquina contra los yanquis que se aprecia en el libro, porque Georgia fue uno de los estados sureños que más sufrió durante la guerra. La devastación producida por las tropas de Sherman, que destruían todo lo que no podían llevarse, arruinó a Georgia, y tras la contienda el mismísimo gobierno federal estimó en unos 100 millones de dólares de la época el valor de las propiedades destruidas por sus tropas. Además, Georgia tuvo más bajas mortales durante el conflicto que cualquier otro estado, exceptuando Virginia. Su economía quedó hecha pedazos, lo que provoco una enorme depresión, no sólo financiera sino también social, que fue bien aprovechada por los especuladores del Norte. Con todo, Virginia llegó a estar peor cuando concluyó la lucha. Pero la tierra en la que de verdad se cebaron los yanquis, el estado sureño más devastado durante la guerra, fue Carolina del Sur. Esto se explica porque, para los unionistas, Carolina del Sur era la abanderada de la Confederación, el primer estado en separarse de la Unión y un nido de rebeldes de la primera hora de la secesión.

La parte más siniestra del conflicto

En todas las guerras se cometen crímenes, surgen individuos que, amparándose en la causa que defiende cada bando, aprovechan para dar rienda suelta a sus más bajos instintos. La Guerra de Secesión no fue diferente de las demás en este aspecto, y mientras los ejércitos regulares se batían en inmensas y sangrientas batallas, las retaguardias norteña y sureña sufrieron incursiones de grupos guerrilleros. Hubo algunas de estas partidas que actuaron con cierta mesura, limitándose a hostigar las líneas de aprovisionamiento enemigas y a dar golpes de mano para entorpecer sus maniobras, pero fueron casi una rareza. La mayoría de estas guerrillas estaban formadas por individuos asociales, que no podían adaptarse a la disciplina militar, o que ni siquiera habían sido aceptados en las filas de los dos ejércitos contendientes. Estos hombres despiadados utilizaron la causa nordista o la sudista como meras excusas para dedicarse a la rapiña y el asesinato. La bandera confederada, o la federal, les proporcionaba la cobertura ideal para camuflar sus verdaderos intereses, y fingiendo luchar por una causa u otra, se dedicaron al saqueo sistemático de las poblaciones de la retaguardia contraria. Fueron tolerados por ambos bandos, aunque también se alzaron en su contra voces sensatas, como la del general sudista Robert E. Lee, que consideraba que tipos de la catadura de William Clarke Quantrill ensuciaban la bandera confederada con sus viles acciones. Quantrill fue el guerrillero más famoso de la contienda. Junto a él cabalgaban los hermanos Frank y Jesse James, los también hermanos Cole, Robert y James Younger, William Bloody Bill (Bill el sanguinario) Ander­son y otros muchos sujetos de similar catadura. El ejército irregular que dirigía Quantrill se hizo tristemente célebre por su ataque a la población de Lawrence, Kansas, en agosto de 1863. Asesinaron a unos 150 varones mayores de doce años, violaron a las mujeres, saquearon el lugar y le prendieron fuego.

Anderson, lugarteniente de Quantrill, llegó a mandar su propio grupo guerrillero. Rivalizó en crueldad con su jefe y fue muerto por una unidad de caballería federal casi al final de la guerra. Este personaje aparece brevemente al inició de EL FUERA DE LA LEY (THE OUTLAW JOSEY WALES, Clint Eastwood, 1976). Quantrill corrió la misma suerte, como se detalla con bastante rigor histórico en el film SÓLO UNA BANDERA (RED MOUNTAIN, William Dieterle, 1951). La incursión de Quantrill en Lawrence también fue llevada al cine, con no pocas licencias históricas, en MANDO SINIESTRO (DARK COMMAND, Raoul Walsh, 1940), donde Walter Pidgeon interpreta a un trasunto del siniestro guerrillero, al que hace frente el honesto sheriff encarnado por John Wayne. Como he dicho, esta película no narra los hechos reales tal como sucedieron, pero lo que sí es cierto es que Quantrill, el psicópata terrorista sureño, que sembró la muerte por donde pasó, era... ¡maestro de escuela!

Tras la guerra, los hermanos James y los Younger formaron una de las bandas criminales más legendarias del Oeste. Aunque sobre todo los primeros fueran idealizados, especialmente en Missouri, nunca fueron los individuos heroicos y románticos que aparecen en incontables películas, sino unos forajidos sin conciencia. Jesse no era una especie de Robin Hood, como todavía creen hoy muchos del Sur, pues no hay constancia de que repartiera nada de lo que robaba entre los pobres. No obstante, en su época fue un enigma, porque, aun dedicándose al robo de trenes y bancos como medio de vida, se casó y parece ser que aspiraba a llevar una existencia más o menos normal. Las circunstancias de su muerte acrecentaron su leyenda. Jesse llevaba una doble vida, y entre atraco y atraco, pasaba largos periodos en Saint Joseph, Missouri, donde habitaba en una bonita casa con su esposa, bajo el falso apellido de Howard. El lunes 3 de abril de 1882, Bob Ford, uno de los miembros de su banda, le asesinó por la espalda mientras colgaba un cuadro. Su muerte impresionó tanto a su hermano, que le impulsó a replantearse la situación y abandonar la senda del delito. Frank James se las arregló para obtener el perdón del gobierno federal y no pisar la cárcel, viviendo hasta 1915.

La guerra civil norteamericana ha sido calificada como la primera contienda moderna, porque en su desenlace tuvieron una importancia decisiva los avances propiciados por la revolución industrial. Fue también precursora del horror más abyecto, de la deshumanización más completa, pues hubo al menos dos campos de prisioneros que pueden considerarse como antecesores de los gulags soviéticos y los campos de exterminio nazis de la II Guerra Mundial: Rock Island en el Norte y Andersonville en el Sur. Ambos son mencionados por la señora Mit­chell en su novela, aunque sólo de pasada y sin pararse en detalles escabrosos.

Cartel de la película ANDERSONVILLE
Cartel de la película ANDERSONVILLE

Andersonville, oficialmente conocido como Campo Sumter por los confederados, en alusión al condado de Sumter, estaba situado cerca de la población del mismo nombre, y fue con mucho el peor de los dos. Hoy es uno de los Sitios Históricos Nacionales de los Estados Unidos que más visitantes recibe. En 1864 era un infierno al que iban a parar los yanquis que tenían la desgracia de ser hechos prisioneros en Georgia. Por allí pasaron unos 45.000 prisioneros unionistas, casi 13.000 de los cuales perecerían de inanición y enfermedades infecciosas varias. Al mando del campo estaba el capitán Henry Wirz, oficial confederado de origen suizo, que no sentía ninguna preocupación por el estado de los reclusos. La guarnición la formaba la hez del ejército del Sur, y en ella figuraban muchos adolescentes, delincuentes juveniles de los suburbios de las ciudades confederadas, enrolados a la fuerza en las filas grises. Estos jovenzuelos demostraron con creces su maldad, y en ocasiones practicaban el tiro al blanco con los internos, sin que ningún oficial objetara nada. El hacinamiento en el campo era tal, que aunque dispararan sin apuntar siempre mataban a alguien. En Andersonville apenas había media docena de barracas, a todas luces insuficientes para cobijar a los prisioneros. La inmensa mayoría de éstos estaba a la intemperie, expuesta a los rigores del clima, helándose en invierno y achicharrándose al sol en verano. No había servicios sanitarios de ninguna clase. Más o menos en el centro del campo había una especie de infecta laguna, que hacía las veces tanto de fuente de agua como de inmunda letrina. Mientras los guardias comían bastante bien, a los reclusos se les negaba hasta el humilde pan de maíz. El hambre se llevó por delante a muchísimos prisioneros. Por otra parte, los sureños se limitaban a vigilar el perímetro del campo, pero no se preocuparon de imponer la más elemental disciplina carcelaria dentro del mismo. En consecuencia, el interior del extenso recinto era una jungla, en la que imperaba la ley del más fuerte. Los recién llegados eran asaltados por bandas que les robaban hasta las ropas que llevaban puestas. La degradación de las más rudimentarias normas de convivencia humanas era absoluta. Tanto, que hasta el desinteresado Wirz tuvo que acceder a que los mismos reclusos juzgaran a aquellos que, entre ellos, se dedicaban a la rapiña, la extorsión y el asesinato. Cuando Andersonville fue liberado por las tropas de Sherman, éstas se encontraron con un horror muy parecido al que, ochenta años más tarde, descubrirían los estadounidenses, británicos y rusos que liberaron los campos de la muerte nazis. El Alto Mando Unionista recabó la presencia de periodistas y fotógrafos, para que documentaran aquella monstruosidad. En el informe que se envió al presidente Lincoln figuraban fotografías de supervivientes de Andersonville, verdaderos esqueletos vivientes que causaron una honda impresión en quienes los vieron, imágenes que hoy están al alcance de todos en Internet. Acabada la guerra, Henry Wirz fue juzgado por sus crímenes y condenado a la horca, sentencia que se cumplió, a pesar de que el siniestro oficial sudista suplicara, en última instancia, la clemencia de Andrew Johnson, que había sustituido al asesinado Lincoln en la presidencia de los Estados Unidos. El horror de Andersonville fue llevado a la televisión en 1996, en una miniserie dirigida por John Frankenheimer, que obtuvo un gran éxito y numerosos premios.

Los federales también tuvieron su Andersonville, la prisión de Rock Island, Illinois, donde Margaret Mitchell hizo pasar una temporada a Ashley Wilkes. La mortandad en este campo llegó a niveles similares a los del presidio confederado. Wirz había tratado de exonerarse en el juicio, alegando que las fuerzas confederadas no tenían suministros para alimentar a los prisioneros yanquis. En el Norte no había ese problema, pero era lo mismo. Los mandos responsables de Rock Island trataron de forma inhumana a los reclusos, y aunque el gobierno federal destinaba generosas partidas de alimentos y mantas para los prisioneros sudistas, muy poco llegaba a ellos, porque era vendido bajo cuerda en el mercado negro por los corruptos oficiales yanquis. Y con la comida y la ropa que las mujeres del Norte recogieron para los reclusos sureños hicieron lo mismo. Éstos, para mitigar el hambre atroz que padecían, comían ratas, cucarachas y cuanto cayera en sus manos, lo que no hizo sino agravar su estado de salud y precipitar los fallecimientos. La situación fue denunciada en la prensa, e incluso el embajador británico en Washington se hizo eco de la misma, tratando de mediar por aquellos desgraciados ante el gobierno federal. Después de la guerra hubo algunas investigaciones y dos o tres juicios, pero no hay constancia documental de que nadie fuera condenado por las atrocidades de Rock Island. De estar Lincoln vivo entonces, posiblemente se habría llevado a cabo una investigación exhaustiva, que sin duda hubiera hecho rodar cabezas. Pero su sucesor no consideró conveniente empañar la reciente victoria militar obtenida, y según parece dio carpetazo al asunto.

© Antonio Quintana Carrandi, (5.113 palabras) Créditos