A VUELTAS CON EL TURISMO
por Antonio Quintana Carrandi

Antes de entrar en materia, quiero dejar claro que no estoy de acuerdo en absoluto con esos energúmenos, en lo político situados a la izquierda de la extremísima izquierda, que están escenificando diversos ataques contra el sector turístico. En realidad, a estos personajillos les importan un pimiento los problemas que pueda generar la masificación turística. Lo único que pretenden es agitar la calle, para hacerles el caldo gordo y darles oportunidades de lucimiento a los que, tras las matanzas e infamias varias perpetradas por el heredero del Bobo Feroz, han visto mermar su popularidad a marchas forzadas, al revelarse la verdadera naturaleza del paraíso bolivariano que aspiraban a implantar en España.

Dicho esto, se debe reconocer que la masificación turística que padecen muchas poblaciones y aun regiones españolas es alarmante. El origen de este mal hay que buscarlo en el modo en que se ha planteado, desde décadas atrás, la industria del turismo. Como genera grandes ganancias en relativamente poco tiempo, ha pasado de ser uno de los sectores más pujantes económicamente a adquirir el carácter de monocultivo. El problema es que, como afirma el dicho castellano, no es conveniente poner todos los huevos en la misma cesta, y eso es lo que, por desgracia, se ha hecho en muchas partes de España, supeditándolo todo al turismo, a atraer el mayor número posible de visitantes. En aras de tan loable objetivo, se han alterado estructuras económicas tradicionales, la fisonomía de pueblos y ciudades y hasta la misma naturaleza. De motor económico de importancia, el turismo ha pasado a ser poco menos que el Becerro de Oro de muchas administraciones, y aunque contribuye a sanear las arcas nacionales y proporciona sustento a millones de españoles, también ha contribuido a degradar el medio ambiente y la calidad de vida de quienes habitan durante todo el año en las zonas de atracción turística.

El problema no es nuevo. Ya en los años 60, cuando el boom turístico impulsó el despegue de la economía española, algunas voces sensatas se alzaron no contra el turismo en sí, sino contra las formas que estaba adquiriendo. Como es obvio, a esas personas no se les hizo ningún caso. Se alegaba, en buena parte con razón, que gracias al turismo muchas poblaciones habían podido progresar tras décadas de estancamiento, y que esta actividad proporcionaba puestos de trabajo a la juventud, impidiendo así que muchos jóvenes tomaran el siempre difícil camino de la emigración.

Desde los 60 para acá hemos atravesado varias crisis económicas, y la turística fue la única industria que siempre generó beneficios. En consecuencia, la política empezó a prestarle una atención desmesurada a las cuestiones relacionadas con el turismo, y poco a poco, se ha ido llegando a la situación actual, en la que muchos políticos de oficio, que medran en administraciones autonómicas o locales, más parecen gestores de agencias turísticas que servidores públicos.

Por eso la pregunta que debemos plantearnos es: ¿el modelo turístico vigente en España es el más adecuado? La respuesta sólo puede ser no. Es evidente que dicho modelo produce muchísimo dinero, pero subordinarlo todo al mero interés crematístico no sólo es un error, sino también suicida. La presión turística ha cambiado nuestra forma de vivir y nuestro entorno a marchas forzadas, y hemos llegado a un punto en que la situación es prácticamente insostenible, al menos en algunas partes de España. El auge del turismo propició, como efecto colateral, un aumento descontrolado de la construcción y la especulación urbanística. Como consecuencia de esto, muchos espacios naturales han desparecido, cubiertos por urbanizaciones de baja calidad destinadas a segundas residencias, e incontables parajes de gran valor paisajístico están seriamente amenazados.

Lo explicado en el párrafo anterior describe la situación de muchísimos pueblos pequeños, como el mío. Pero la presión turística también se está volviendo insoportable en muchas grandes ciudades, cuya población se triplica y a veces hasta se cuadruplica en agosto. Sin salir de España, Barcelona es el paradigma de la gran ciudad colapsada por hordas de turistas. Pero otro tanto pasa en París, Roma o Venecia. La generalización del transporte aéreo, del viaje más o menos barato, ha propiciado que la gente pueda acudir en masa allí donde le apetezca, y también la afluencia a los destinos turísticos de toda clase de personas, lo que no ha hecho más que agravar el problema.

Gracias a los viajes baratos ha surgido una nueva clase de turismo, que está haciendo verdaderos estragos por el Levante español, mientras los politiquillos se dedican a cazar moscas. Me refiero al llamado turismo de borrachera. En el Reino Unido, por ejemplo, existen diversas agencias de viaje que han hecho de esta práctica la base de su negocio. Los clientes son jóvenes británicos, muchos de ellos adolescentes, que se apuntan en manada a los viajes organizados por dichas agencias, cuyo destino es alguna población de la costa mediterránea española, donde presumiblemente estos jovenzuelos van a participar en algún evento deportivo o cultural. La realidad es que sólo pretenden pasar unos días de desmadre total lejos de la vigilancia de sus padres, y también de las autoridades británicas, que no se andan con chiquitas a la hora de castigar ejemplarmente ciertos comportamientos. De hecho, muchos de estos viajes de estudios, por llamarlos de alguna manera, se publicitan sugiriendo que en España, si vas como turista, prácticamente puedes echar la pota y hacer lo que te venga en gana, porque la autoridad pertinente no reacciona. Y en buena parte es cierto. En muchos lugares de nuestra geografía las autoridades locales hacen la vista gorda ante la gamberra actitud de los cachorros británicos, o de los turistas en general. Otra prueba más de la degeneración absoluta del modelo turístico que se ha impuesto en nuestro país.

Siempre he estado a favor del turismo de calidad, pero cuando uno comenta esto, no falta quien se muestra ofendido, pensando que te estás refiriendo a la élite social. En una sociedad tan materialista como la nuestra, es normal que la mayoría de la gente piense así. Pero con el término turistas de calidad uno no se refiere a los de mayor poder adquisitivo, sino a los responsables, a aquellas personas que visitan un lugar atraídas por sus bellezas naturales, por su historia o gastronomía, son respetuosas con el medio ambiente, no pretenden imponer modos de comportamiento, y sobre todo no aspiran a que en sus lugares de veraneo lo modifiquen todo para adaptarse a ellas. Porque esa es otra. La obsesión por atraer al turista ha llegado a tal extremo, que demasiadas localidades van perdiendo su carácter en aras de la uniformidad que parece exigir, más que reclamar, la horda turística. Y así, por ejemplo, playas situadas en entornos paradisiacos se ven manchadas con la adición, en sus proximidades, de horrendos aparcamientos y/o antiestéticos chiringuitos, se modifica salvajemente el planteamiento urbanístico de algunos pueblos, y hasta se busca alterar las tradiciones locales para adaptarlas al dudoso gusto del turista chusquero. La lista de aberraciones semejantes sería interminable.

Es por todo lo expuesto, y por muchas otras razones cuya enumeración sería larga y tediosa, que el abajo firmante se declara a favor de reestructurar el sector turístico en profundidad, promoviendo un modelo sostenible del mismo, que nos permita aprovechar las ventajas que ofrece y minimicé al máximo posible sus inconvenientes. Ni un turismo elitista y minoritario, que tan sólo beneficie a los hoteles de lujo, ni hordas en calzón corto y body fosforito prensando arrobas de tocino, que generan más molestias que otra cosa. Lo ideal es el término medio. Además, se debe educar al turista mediante campañas publicitarias adecuadas, de forma que asuma su condición de visitante de nuestros pueblos y ciudades con sensatez, y comprenda que hay ciertos comportamientos que no son admisibles en una sociedad civilizada, que es él quien debe adaptarse y no los habitantes del lugar que elija para sus vacaciones, y que ante todo debe mostrar el máximo respeto por el entorno natural. Como es obvio, estas medidas deberían complementarse con otras tomadas por las administraciones políticas, de las que se debería desterrar la absurda idea de que, en cuestión turística, todo vale con tal de atraer visitantes. En vez de imitar modelos agotados, como el mediterráneo, que no han generado más que riqueza para cuatro y pan para hoy y hambre para mañana para cientos de miles de personas, además de arruinar la costa, se debería adoptar un modelo turístico adaptado a la realidad urbanística y geográfica de cada lugar, y velar por su aplicación a rajatabla. Así mismo, y aunque esto sea más difícil de aceptar y no digamos de asumir por determinada gente, resultaría muy conveniente, sobre todo allí donde la presión turística es mayor, no fomentar la masificación.

Creo que en estos párrafos ha quedado meridianamente clara mi postura al respecto. En todo caso, dado que la turística es la principal industria española a día de hoy, considero que debe prestársele la atención que merece, procurando mejorar la calidad de la oferta nacional, así como las condiciones de trabajo y los salarios de los que se ganan la vida con esta actividad. Y lo más importante sería conseguir que su impacto en nuestra forma de vida sea mínimo, para que nuestra existencia no se vea condicionada en exceso por la fiebre del turismo que afecta a tantos municipios españoles.

© Antonio Quintana Carrandi, (1.554 palabras) Créditos