LA GENEROSIDAD DE AMANCIO ORTEGA Y LA RUINDAD DE ALGUNOS
por Antonio Quintana Carrandi

Ya nada de lo que ocurra en España me sorprende. Es evidente que en nuestro país tenemos superávit de tontainas. Unos lo son porque así es su naturaleza, y como afirma el dicho castellano, de donde no hay no se puede sacar; otros, por razones exclusivamente ideológicas, y a éste último grupo pertenecen los que se han permitido rechazar la generosa donación de Amancio Ortega. La estulticia de estos individuos no es de origen natural, por así decirlo; está generada por los absurdos y delirantes dogmas políticos que emponzoñan sus cerebros. Para esta gente, los empresarios en general son poco menos que monstruos que viven por y para explotar al obrero, y todo lo que proceda de ellos, o tenga relación con ellos, es malo per se. Y si el empresario es alguien de la relevancia del señor Ortega, uno de los hombres más ricos del mundo, la inquina de semejante panda se magnifica, pues le ven como uno de los grandes líderes mundiales del odiado capitalismo. Semejante sectarismo me produce náuseas, sobre todo cuando algunos de estos personajes, que ocupan cargos públicos o forman parte de ignotas oenegés o asociaciones por el estilo, se permiten rechazar, en nombre del pueblo, la cuantiosa ayuda económica ofrecida por Ortega, tratando de razonar su irrazonable proceder sobre la base de no se sabe muy bien qué oscuros principios.

Al carro de los sectarios se han subido otros, de los que en principio se esperaba una reacción más sensata, que si bien no rechazan categóricamente la donación de Ortega, aducen que no es ése el modelo de Sanidad que ellos defienden. Unos y otros se han retratado ante la sociedad, y cabe esperar que ésta les pase factura a su debido tiempo. Tanto los que han rechazado sin tapujos la oferta del señor Ortega, como los que la aceptan a regañadientes, poniéndole peros, le han hecho un flaquísimo favor a la sociedad española.

Los argumentos esgrimidos por unos y otros para tratar de justificarse carecen de base sólida, y sólo demuestran el bajísimo nivel al que han descendido esos que viven de la cosa pública. Amancio Ortega no ha ofrecido una limosna a la Sanidad española, sino una sustanciosa ayuda económica que permitirá dotarla de una avanzadísima tecnología para el diagnóstico precoz del cáncer. Y no estamos hablando de 320 euros, ni de 3.200,32.000 o 320.000, sino de... ¡320 millones! Una verdadera fortuna con la que se pueden hacer muchas cosas. El que alguien esté dispuesto a desprenderse de una cantidad semejante no es en absoluto habitual, y en vez de mostrar agradecimiento ante un gesto tan noble, determinados personajes se permiten hacer demagogia política con algo tan serio como la salud de los españoles.

Tenemos una de las mejores sanidades públicas del mundo. No obstante, mantener un sistema de salud como el nuestro resulta caro, por lo que cualquier ayuda en este sentido debería ser bienvenida. Amancio Ortega dirige una gran empresa, que da trabajo a miles de personas y obtiene unos considerables beneficios, buena parte de ellos en España. Y este hombre, en vez de utilizar esos 320 millones para otras cosas, u ocultarlos en paraísos fiscales, como supuestamente han hecho algunos que hasta hace poco eran considerados poco menos que como padres de la patria, ha optado por ofrecérselos a la Sanidad Púbica de su país. En cualquier otra parte del mundo, el gesto de este hombre sería unánimemente elogiado. Pero esto es España, y, como dije unos párrafos antes, de donde no hay no se puede sacar.

Las críticas vertidas contra Ortega y su donación por determinada gente son sencillamente estúpidas, e, insistamos en ello, tienen un origen ideológico. La mezquindad de tales elementos les retrata a la perfección. Un sistema sanitario público y universal no es en absoluto incompatible con las donaciones desinteresadas. Ortega, en la mejor tradición de los capitanes de empresa estadounidenses, que donaron ingentes sumas a colegios, universidades, hospitales, etcétera, ha querido contribuir a la mejora de nuestro sistema de salud. Sólo por eso merece todo el respeto del mundo. Los otros lo único que merecen, si acaso, es lástima por su estupidez y sectarismo.

© Antonio Quintana Carrandi, (818 palabras) Créditos