HABLAR «EN FEMENINO»
por Antonio Quintana Carrandi

Últimamente los integrantes de eso que se ha dado en llamar clase política, y que otros llaman no sin parte de razón casta, han perdido completamente el Norte, y dedican su tiempo y sus esfuerzos a las cuestiones más peregrinas e irrelevantes, en vez prestar atención a los incontables problemas reales que acucian a la sociedad española. Una de las cuestiones más delirantes que parecen preocupar de unos años acá a ciertos politiquillos es esa chorrada del lenguaje no sexista. Y la defino como chorrada porque eso, y no otra cosa, es perder el tiempo en tonterías semejantes. Una verdadera legión, formada a partes iguales por analfabetos funcionales con mando en plaza, politicastros estultos y algunos supuestos conservadores acomplejados, que temen que los califiquen de retrógrados si no se apuntan a la última moda progre, han convertido casi en una Cruzada eso de hablar en femenino, y no pierden ocasión de reivindicar tan cutre ocurrencia. Como a pesar de tener bastante paciencia ya empiezo a estar más que harto de tanta imbecilidad, me atrevo a poner las cosas en claro, y revelar al lector que quiera acercarse al tema con seriedad y rigor, exentos de estúpidos planteamientos ideológicos, la magnitud que alcanza este problema.

Esto del lenguaje no sexista es más viejo que el lavar a mano. Siempre ha existido un grupito de progresistas de salón que reivindicaban cosas así, pero el asunto se magnificó cuando, durante las legislaturas presididas por José Luis Rodríguez Zapatero, entraron en el gobierno ciertas señoras o señoritas que, al menos con la boca grande, hacían gala de un supuesto feminismo radical que daba grima, porque en vez de en los verdaderos problemas que padecían y aún padecen las mujeres españolas, se centraba en cuestiones baladíes que a ninguna mujer sensata, por muy progresista o de izquierdas que fuera, interesaban.

Las señoras Leire Pajín y Bibiana Aído, en comandita con otras de similar preparación académica y no pocos señores que se calificaban a sí mismos de pro-feministas, impulsaron una campaña en defensa de las expresiones en femenino, promoviendo su empleo en todos los ámbitos de la sociedad, incluyendo —y esto es lo más grave— los centros docentes. Y así, mientras se degradaba imparablemente la calidad de la educación pública, y aumentaba de forma alarmante el porcentaje de fracaso escolar entre los estudiantes españoles, los Ministerios de Cultura y Educación se dedicaban a promover el uso de expresiones no sexistas para evitar, según los entonces responsables de estos organismos, que se invisibilizara a las mujeres. De acuerdo con esto, lo políticamente correcto sería utilizar el femenino profusamente y en todo momento, tanto por escrito como hablando, a fin de que las mujeres no se sintieran injustamente excluidas en el discurso. O sea, que habría que decir o escribir los niños y las niñas, los españoles y las españolas, los alumnos y las alumnas.... Y también presidenta, ministra, capitana, etcétera. Esto es, sencillamente, una barbaridad que atenta contra la pulcritud de un idioma, el español, que es una de las lenguas más antiguas, ricas y extendidas del mundo, y en la que se comunican casi cuatrocientos millones de personas en todo el planeta.

El problema se agravó porque muchas personas poco o nada cultas, acostumbradas a que los políticos tiñalpas les digan lo que tienen que hacer, decir y pensar, aceptaron como normal semejante burrada lingüística. De resultas de esto, muchos ciudadanos, entre ellos no pocos profesores, se apuntaron a la estúpida moda, empezando a utilizar asiduamente términos y expresiones no sexistas que, en la práctica, violan las reglas gramaticales más elementales de nuestro idioma. En consecuencia, la obsesión por el lenguaje feminista alcanzó cotas de ridículo absoluto, mucho más notorio cuando la señora Aido soltó aquello de los miembros y las miembras de esta comisión.

Como todo se pega menos la hermosura, semejante forma de expresarse se ha extendido como una pandemia, y hoy hasta gente supuestamente formada cae en el grosero error de recurrir a expresiones incorrectas, surgidas a la sombra de absurdos planteamientos ideológicos, que tan sólo buscaban adular a la parte más iletrada del electorado femenino para cosechar sus votos. Por lo tanto, conviene que recordemos aquí ciertos puntos que todo aquel que aspire a dominar y emplear correctamente la lengua española debe tener muy presentes.

1º- En español, el plural en masculino implica ambos géneros. Por tanto, no es ni necesario, ni mucho menos correcto, decir o escribir: los españoles y las españolas, los ciudadanos y las ciudadanas etcétera. Con todo, el uso del plural masculino no es una regla exclusiva, el plural femenino también se usa. Por ejemplo, se habla de personas cuando se hace referencia a un grupo nutrido.

2º- En español sólo es correcto emplear ambos géneros cuando el masculino y el femenino son palabras diferentes, como por ejemplo: toros y vacas, hombres y mujeres, damas y caballeros, etcétera.

3º- En español existen los participios activos, que cumplen funciones de derivados verbales. Así, por ejemplo, el participio activo del verbo atacar es atacante; el de sufrir, sufriente; el de cantar, cantante; el de existir, existente, y así sucesivamente. Más claro aún: el participio activo del verbo ser es ente, porque el que es, es el ente; es decir, que tiene entidad. Por esta razón, cuando queremos nombrar a la persona que denota capacidad de ejercer la acción que expresa el verbo, se le agrega la terminación ente. Por lo tanto, la forma correcta de referirnos a una persona que preside algo, tanto por escrito como oralmente, será la de presidente, sin importar cuál sea su sexo. El presidente o la presidente, pero jamás la presidenta. Esta norma es de obligada y necesaria aplicación en muchos otros términos en castellano.

Mucho más claro todavía: se dice, por ejemplo, capilla ardiente, no capilla ardienta, ¿de acuerdo? Si los papanatas del lenguaje no sexista tuviesen razón —que no es el caso—, diríamos cosas como los estudiantes y las estudiantas, los adolescentes y las adolescentas, los pacientes y las pacientas, los representantes y las representantas; o, si me apuran, las personas y los personos. ¡No digo ya nada de los miembros y las miembras! Vamos, que si esa gente estuviera en lo cierto al defender semejante majadería, para insultar a alguien deberíamos llamarle gilipollos, y no gilipollas, vocablo éste que tendría que reservarse para aplicárselo a las féminas idiotas, o sea, a las tontas del culo. ¿O será de la cula? ¿Se dan cuenta de por dónde voy? Por no hablar de las terminaciones femeninas , que se usan más habitualmente de lo que se quiere reconocer para referirse a hombres y mujeres por igual. Su colega ... ¿es hombre o mujer? ¿Es usted capaz de determinar por ciencia infusa el sexo de su dentista? ¿Le importa mucho el de su psiquiatra? ¿Y el de su florista? De hecho, usted es una persona, ¿cierto?

En nuestro idioma existen muchos términos femeninos que se emplean mal. Por ejemplo, alcaldesa. Antiguamente la alcaldesa era la mujer del alcalde. Menos mal que, por aquel entonces, las mujeres no podían ser alcaldes, porque si no... ¿Qué voz habrían utilizado para referirse al marido de la mujer alcalde? ¿Alcaldeso?

Bromas aparte, éste es un tema muy serio que requiere una especial atención, si no queremos convertirnos en un país de iletrados . Lo que quiero decir es que todos debemos velar por la preservación de nuestro idioma común, así como por el respeto a las normas de uso del mismo. Se tiende a pensar que ésta es sólo labor de la gente de letras, pero eso es un error. Dominar los resortes de nuestra lengua es vital, porque es el medio que tenemos para relacionarnos con los demás. Está demostrado que un buen conocimiento de la lengua española, en sus vertientes oral y escrita, no sólo es imprescindible en profesiones como la de periodista o escritor, si no en muchas otras. Un abogado puede conocer su oficio a la perfección, pero si no domina bien el idioma, si no es capaz de exponer oralmente o por escrito sus argumentos, de forma clara e inteligible, tendrá menos futuro en la abogacía que Donald Trump en un concurso de simpatía. Y lo mismo puede aplicarse a muchas otras profesiones. Una persona que se expresa con corrección, ya sea hablando o escribiendo, tendrá muchas más posibilidades de prosperar en su carrera que otra que, teniendo la titulación y los conocimientos, no consigue transmitir fielmente sus ideas a los demás, porque en su momento no prestó la debida atención al estudio de la asignatura de Lengua española.

Por todo lo expuesto en los párrafos anteriores, considero que debe atajarse cuanto antes el problema, y dado que los políticos no parecen estar por la labor, deben ser los padres y los docentes sensatos los que procuren evitar caer en esa absurda trampa del lenguaje no sexista, que no puede definirse más que como una soberana estupidez. Las mujeres no van a estar mejor representadas en la sociedad porque se generalice el uso de estúpidos vocablos en femenino, la mayoría de ellos inventados por inútiles que mentalmente todavía están en preescolar.

Antonio Quintana.


Notas
© Antonio Quintana Carrandi, (1.883 palabras) Créditos