LOS DOS FILMS POLICIACOS DE JOHN WAYNE
por Antonio Quintana Carrandi
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John Wayne es una figura icónica, pues además de uno de los más populares actores cinematográficos de la historia, fue mientras vivió la personificación del americanismo, y todavía hoy, treinta y ocho años después de su muerte, sigue siendo el intérprete que mejor supo plasmar en pantalla la imagen del americano honesto, siempre dispuesto a luchar por aquello que creía justo. En lo personal, Wayne, Duke para los amigos, hacía honor a su imagen pública, comportándose en todo momento con sencillez y rectitud, respetando unos principios y valores atemporales que han definido desde siempre la esencia misma de la cultura estadounidense. Muy conservador en el plano político, muy crítico con las ideas y conceptos que hoy definiríamos como progres, sentía un enorme respeto por los profesionales del cine, por encima de cualquier cuestión ideológica, comportamiento también observado por ese otro monstruo sagrado de la interpretación que era Gary Cooper.

Dadas sus ideas y su imagen pública, Wayne se decantó por encarnar personajes de una pieza en cintas de corte épico, bélicas o del Oeste, aunque también reveló poseer una peculiar sensibilidad en títulos como HOMBRES DE PRESA (TYCOON, Richard Wallace, 1947) o EL HOMBRE TRANQUILO (THE QUIET MAN, John Ford, 1952). El cine negro, por sus connotaciones inequívocamente críticas, no fue transitado por Wayne, a quien no agradaban demasiado las tramas enrevesadas y los personajes ambiguos característicos de ese movimiento cinematográfico. No obstante, estuvo a punto de protagonizar la memorable EL POLÍTICO (ALL THE KING´S MEN, Robert Rossen, 1949), pero al final optó por no hacerlo, en parte porque no quería desvirtuar su imagen de cara al público, dando vida al corrompido Willie Stark, y en parte porque consideraba que en la película se ofrecía una panorámica demasiado gris a su juicio de la realidad de los Estados Unidos.

Pudo haber hecho cine policiaco convencional, o asumir el rol protagonista en algunas de aquellas cintas negras pertenecientes a la denominada corriente procedural, consagradas a exaltar las virtudes de las fuerzas del orden y de la administración de justicia. Pero la dinámica cinematográfica encarriló su carrera por los caminos de la acción y la aventura. Es universalmente recordado como el mejor actor especializado en Westerns, los más notables de los cuales fueron los que interpretó a las órdenes de su gran amigo, John Ford, que le dirigió en catorce ocasiones.

También alcanzó gran renombre por sus encarnaciones de héroes militares, siendo las más memorables de ellas la del sargento Striker en ARENAS SANGRIENTAS (SANDS OF IWO JIMA, Allan Dwan, 1949), cinta mítica que desde hace décadas se proyecta a los cadetes de la Academia de los Marines, y la del teniente Rusty Ryan en NO ERAN IMPRESCINDIBLES (THEY WERE EXPENDABLE, John Ford, 1945). Sin embargo, Duke confesaría no sentirse muy cómodo en el papel de militar, a pesar de su profunda admiración y gran respeto por las Fuerzas Armadas estadounidenses. La razón era que, tal vez, se sintiera un poco culpable por no haberse enrolado cuando Estados Unidos entró en la Segunda Guerra Mundial. Wayne no se escaqueó del servicio militar, sino que no fue llamado por tener 34 años y ser padre de familia. Con todo, Duke pudo haberse alistado, pues gozaba de buena salud y estaba en perfecta forma física. Pero había trabajado muy duro para labrarse un futuro como actor, y aunque LA DILIGENCIA (STAGECOACH, John Ford, 1939) le había permitido subir de categoría y postularse como un intérprete de primera en ciernes, lo cierto es que cuando los japoneses atacaron Pearl Harbor, metiendo de lleno a USA en la guerra, todavía no era un actor consolidado. Su carrera cinematográfica adolecía de cierta fragilidad, y Wayne pensó que existía la posibilidad de que, si lo dejaba todo para enrolarse en el ejército, no pudiera retomar su trabajo con las mismas expectativas al regresar a la vida civil. Fue una decisión afortunada, porque durante los años de la guerra, y gracias a sus interpretaciones en cintas bélicas de propaganda, Wayne fue consolidándose como actor y puliendo su técnica actoral, hasta convertirse en una de las estrellas más refulgentes del celuloide. Hubo, claro está, simpáticos que le acusaron de escaquearse del ejército, pero lo cierto es que casi nadie les hizo caso, pues los que le conocían bien sabían que, de haber sido llamado a filas, no habría dudado ni un instante en enrolarse. De hecho, uno de sus grandes amigos, James Stewart, fue la primera persona de todo Hollywood en alistarse, y siempre defendió el comportamiento de Wayne en ese aspecto.

A principios de la década de los 70 le ofrecieron el papel protagonista en una cinta policial que iba a dirigir Don Siegel. Wayne lo rechazó, pues el tal inspector Calahan se asemejaba mucho al Columbo de Peter Falk, y no lo consideró un personaje adecuado para él. Por otro lado, tenía compromisos profesionales que le hubieran impedido hacer la película. El proyecto le fue ofrecido a Clint Eastwood, que alegó las mismas razones que Wayne para no hacerlo, aunque se mostró dispuesto a aceptar si al guión se le dotaba de más acción física, y si el personaje principal se adaptaba a la imagen de héroe de acción que tenía Eastwood desde que rompiera las taquillas de medio mundo con los tres soberbios Spaguetti Westerns que protagonizara a las órdenes de Sergio Leone. Los productores estuvieron de acuerdo, y HARRY EL SUCIO (DIRTY HARRY, Don Siegel, 1972) fue un clamoroso éxito mundial.

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En vista de ello, Wayne decidió probar suerte en el policiaco, un género que nunca había cultivado, y a través de su productora, la Batjac, produjo McQ (Ídem, John Sturges, 1974). La cinta llamó de inmediato la atención del público y la crítica, porque John Wayne interpretando a un rudo policía era algo nunca visto, y eran muchos los que pronosticaban que no funcionaría. Sin embargo, McQ tuvo una acogida favorable y funcionó bien en taquilla, aunque a niveles inferiores a los de HARRY EL SUCIO. Secundado por un lujoso reparto, en el que figuraban el veterano Eddie Albert, Al Lettieri, Clu Gulager y Diana Muldaur, Duke demostró que a pesar de sus años estaba en buena forma, y que aquello de perro viejo no aprende trucos nuevos no iba con él. McQ es un vibrante ejemplo del cine policial de los 70, con un buen ritmo y conseguidas escenas de acción, sobre todo la espectacular persecución automovilística por la playa, capaz de ponerle los pelos como escarpias a un espectador actual por su realismo.

Como el público había respondido bien, Wayne se embarcó en otro proyecto similar al año siguiente, estrenando BRANIGAN (Ídem, Douglas Hickox, 1975). En esta ocasión se potenciaron los aspectos cómicos de la trama, que presentaba a un policía de Chicago que llegaba a Londres en busca de un delincuente de altos vuelos. Sus expeditivos métodos chocaban con la forma de trabajar de Scotland Yard, lo que daba pie a un constante enfrentamiento verbal del rudo yanqui con el flemático comandante Sir Charles Swan, magníficamente interpretado por ese gran actor británico que fue Richard Attenborough. Con menos tiroteos que McQ pero idéntica dosis de suspense, BRANIGAN encantó a los fans irreductibles de Duke, y también gustó bastante al público en general. Estas dos películas vinieron a demostrar que, de habérselo propuesto, John Wayne podría haber destacado en el cine policiaco de la Edad de Oro de Hollywood.

Cuando protagonizó McQ y BRANIGAN Wayne ya estaba enfermo de cáncer, y poco después del estreno de la segunda cinta su salud empeoraría. Consciente de que su carrera estaba llegando a su final, decidió despedirse del cine y del público, que había hecho de él el actor más taquillero durante casi cuarenta años, con un Western crepuscular que vino a ser el colofón a toda una vida dedicada a entretener y hacer felices a los demás a través de las películas. EL ÚLTIMO PISTOLERO (THE SHOOTIST, Don Siegel, 1976) puso punto y final a su monumental filmografía. Sus grandes amigos James Stewart, Richard Boone y Lauren Bacall conformaron el elenco protagonista, en el que también figuraba un jovencísimo Ron Howard, que unos cuantos años más tarde destacaría en el campo de la dirección.

John Wayne nos dejó en 1979. Las dos cintas policiales que rodó no son grandes clásicos del género, y ni siquiera se las puede encuadrar entre las mejores cintas policiacas de los 70. Pero son tremendamente entretenidas y, sobre todo, están protagonizadas por John Wayne, Duke, el hombre feo, fuerte y formal cuya imagen siempre asociaremos al buen cine de Hollywood... y a lo mejor de los Estados Unidos.

© Antonio Quintana Carrandi, (1.856 palabras) Créditos