EL FORASTERO
EL FORASTERO EE. UU., 1940
Título original: The Westerner
Dirección: William Wyler
Guión: Jo Swerling y Niven Busch, según una historia de Stuart N. Lake.
Producción: Samuel Goldwyn
Música: Dimitri Tiomkin
Fotografía: Gregg Tolan en B/N.
IMDb:
Reparto: Gary Cooper (Cole Harden); Walter Brennan (Roy Bean); Doris Davenport (Jane Ellen Matthews); Forrest Tucker (Wade Harper); Dana Andrews (Hod Johnson); Chill Wills (Southeast); Tom Tyler (King Evans); Fred Stone (Caliphet Matthews); Paul Hurst (Chickenfoot); Charles Halton (Mort Barrow); Trevor Bardette (Shad Willkins); Lucien Littelfield (Forastero que no quiere brindar por Lilly) Lilian Bond (Lilly Langtry)

Sinopsis

Roy Bean, antiguo oficial confederado, se ha erigido como juez del villorrio tejano de Vinegaroon, ejerciendo una justicia brutal. Un día sus alguaciles arrestan a un hombre, Cole Harden, acusado de robar un caballo. El forastero enseguida se percata del tipo de ley que impera en el lugar, y al ver la devoción que Bean siente por Lilly Langtry, y con el fin de intentar librarse de la soga, deja caer que conoce personalmente a la artista y que, además, posee un mechón de sus cabellos. El verdadero ladrón pronto es descubierto, pero Bean, obsesionado con obtener ese mechón de pelo, que Harden le ha ofrecido, trata de retener al forastero en Vinegaroon por todos los medios. Por otra parte, existe en la región un enfrentamiento entre los ganaderos, acaudillados por Bean, y los agricultores, del lado de los cuales se pondrá Cole debido a la atracción que siente por una hermosa muchacha de la comunidad de colonos.

En 1939 el Maestro John Ford cambió para siempre la concepción del western con su extraordinaria LA DILIGENCIA, película que elevó el cine del Oeste a la categoría de género cinematográfico por derecho propio. Se habían hecho películas del Oeste desde los inicios del cine, y de hecho gozaban de gran aceptación popular. Hubo westerns muy estimables, pero a pesar de ello la crítica se negaba a tenerlos en consideración, pues se pensaba que eran peliculitas intrascendentes, de aventuras simples y tópicas. Pero la cinta de Ford vino a demostrar que, cuidadosamente tratado, el western podía ofrecer notables historias. A partir de LA DILIGENCIA, producida por Walter Wanger, todos los Estudios de Hollywood se lanzaron a la producción de westerns de empaque, con buenos guiones, cuidadosos diseños de producción y actores de renombre.

William Wyler no es, ciertamente, un director que se asocie con el cine del Oeste. De hecho, una vez que se hubo asentado plenamente en Hollywood, tan sólo realizó dos westerns: EL FORASTERO en 1940 y HORIZONTES DE GRANDEZA en 1958. Sin embargo, dirigió un buen puñado de películas de esa temática a comienzos de su carrera, en general títulos muy menores, que apenas recuerdan algunos cinéfilos, y cuyo rodaje se completaba en cinco o seis días como mucho. Pero gracias a ellos, Wyler, que al principio ejerció el pluriempleo dentro de la industria por necesidades estrictamente económicas (llegó a trabajar como ayudante de dirección sin acreditar en el BEN-HUR mudo de Fred Niblo), adquirió soltura en la dirección, y dado su talante perfeccionista, no tardó en destacar como uno de los realizadores más competentes de su tiempo, perfilándose en la década de los 30 como uno de los puntales más sólidos de la industria cinematográfica. Considerado por la crítica como un artesano algo superior a la media de los directores corrientes, era en realidad un realizador más que notable, especialmente dotado para la adaptación a la pantalla de obras literarias o teatrales de enjundia. Sus películas gozaron siempre del favor del público, porque era capaz de mantener la esencia de las obras que adaptaba, por complejas o polémicas que fueran, logrando trasladarlas a la pantalla con rigor y amenidad al mismo tiempo. Situado siempre en un segundo plano por voluntad de la crítica miope, muy detrás de Ford, Mamoulian, La Cava o King Vidor, por ejemplo, lo cierto es que, a día de hoy, sus películas de los años 30 son más conocidas por el gran público que las de los directores citados, excepción hecha de las de Ford. El cine clásico americano no puede concebirse sin su nombre, y durante las décadas posteriores demostraría que, mientras otros colegas suyos parecían haberse quedado desfasados, él hacía gala de una extraordinaria habilidad para mantenerse al día, para adaptarse a los nuevos tiempos y reinventarse, por así decirlo.

Cuando se estrenó LA DILIGENCIA, Wyler llevaba algún tiempo trabajando para el productor independiente Samuel Goldwyn. Éste, deseoso de emular el éxito obtenido por Wanger, deseaba producir un western de campanillas y le pasó el encargo al mejor director que tenía entonces en nómina. Había transcurrido más de una década desde que dirigiera su último western, pero aun así Wyler aceptó con entusiasmo el encargo. Al fin y al cabo, tenía mucha experiencia en el género, gracias a aquellas modestísimas pero eficaces vaqueradas que había dirigido en sus comienzos. Así pues, se puso manos a la obra con su habitual maestría.

EL FORASTERO es un western típico, incluso algo tópico, si me apuran. Su argumento es muy similar a los de innumerables títulos anteriores o posteriores a él, y en ese sentido podría parecer que se trata de una película del Oeste más. Después de todo, una de las señas de identidad más acusadas del western, tanto en sus variantes literaria, cinematográfica y televisiva, es la constante repetición de esquemas argumentales con mínimas variaciones. Sin embargo, como ocurría en parte con LA DILIGENCIA, se diferenciaba de los western del montón por la cuidadosa forma en que Wyler asumió su dirección. Si a nivel estrictamente argumental es un típico film del Oeste, su puesta en imágenes lo sitúa muy por encima de otros títulos del género. Porque en EL FORASTERO Wyler desplegó, por enésima vez, todo su brillante bagaje como director, y a pesar de que se trataba de una adaptación del modesto relato de Stuart N. Lake, básicamente una obra de consumo, le prestó tanta atención como a cualquiera de las prestigiosas e inmortales novelas y piezas teatrales que había llevado a la pantalla. El resultado es un western que a nivel estético está muy por encima de la media, con un magnífico empleo de la fotografía en blanco y negro por parte de Toland, colaborador habitual del realizador; una pequeña joya cinematográfica más por cómo está hecha que por la historia que cuenta. Porque aunque el argumento parece demasiado predecible, en las expertas manos de Wyler adquiere matices quizás no completamente originales, pero sí un tanto novedosos para la época en que se produjo la película. Mezcla perfecta de comedia y drama, engrandecida por la épica que rodea la conquista y colonización del Oeste, funciona también en parte como crónica de unos años turbulentos. La lucha entre ganaderos y granjeros fue una triste y cruda realidad en los Estados Unidos del siglo XIX y en las tierras del Oeste que, gracias a la Homestead Act de 1862, se abrieron a la colonización. Las diferencias entre los ganaderos, partidarios de la tierra libre, y los colonos, que cercaban sus granjas para evitar que sus cultivos fuesen destrozados por las reses que deambulaban libremente por el campo, provocó incontables episodios de violencia, auténticas guerras que forman parte del folklore estadounidense.

La dirección de Wyler se benefició del elevado presupuesto. Goldwyn quería hacer una buena película del Oeste, y por tanto no reparó en gastos, adjudicándole a la producción nada menos que dos millones de dólares, suma fabulosa por aquel entonces, y que equivalía más o menos al coste de cuatro films como LA DILIGENCIA, en cuyo rodaje Ford empleó tan sólo doscientos veintemil dólares. Con semejante provisión de fondos Wyler pudo trabajar a gusto, dotando al film de secuencias espectaculares, como la del incendio provocado por los hombres de Bean.

Gary Cooper ofrece una de sus mejores interpretaciones como Cole Harden, el hombre que, de camino a California, se encuentra en medio de un avispero y trata de poner paz entre las facciones en liza. Pero el que se lleva el gato al agua, revelándose como la figura más destacable de la cinta, es Walter Brennan y su encarnación de Roy Bean, un personaje real de la historia estadounidense que fue retratado varias veces por el cine, pero nunca con la fuerza que le imprimió Brennan. Mucho de lo que cuenta la película sobre Bean es real. Es cierto que se erigió en juez de la pequeña población de Vinegaroon, aunque nunca había estudiado derecho, y que ejerció un control despótico sobre la comarca, favoreciendo a los ganaderos frente a los colonos. Secundado por una camarilla de pistoleros, a cada cual más pintoresco, impuso su concepción particular de la ley, pero parece que, en líneas generales, no lo hizo mal del todo, porque consiguió pacificar bastante la región. Se le conocía como el juez de la horca (sobrenombre también aplicado al juez Isaac Parker, de Territorio indio, que mandó al patíbulo a más de ciento cincuenta hombres) por el número de penas capitales que dictaba, y también por la ley al oeste del Pecos, como él mismo gustaba definirse. Sus veredictos eran inapelables y estaban teñidos de humor. Así, por ejemplo, se sabe que condenó a un tipo a limpiar los establos de los vecinos de Vinegaroon durante un año por deudas de juego, así como que sentenció a un individuo, por escándalo público, a vestirse sólo con ropa interior, botas y sombrero durante un mes. Su adoración por la actriz británica Lilly Langtry también fue real, y de hecho, como se ve en el film, cambió el nombre al pueblo por el de Langtry.

Como muchas de las figuras históricas relacionadas con el Oeste, su biografía es algo confusa. Parece ser que vagó por Nuevo México, California y otros lugares, y que durante la Guerra de Secesión se dedicó al contrabando de armas. Existe constancia de su matrimonio con una mejicana, que al parecer le dio varios hijos, a la que abandonó para irse a Tejas y establecerse en Vinegaroon. No se sabe exactamente cuándo oyó hablar por primera vez de Lilly Langtry, pero lo cierto es que se enamoró platónicamente de ella en cuanto la vio en un cartel, que acabó siendo la principal pieza de decoración de su cantina, que utilizaba al mismo tiempo como juzgado. Se dice que pagaba espléndidamente a quien le traía un cartel de la señorita Langtry, de los que llegó a tener una colección impresionante, y que, como se ve en la cinta de Wyler, siempre que bebía brindaba por ella, y si alguien no le secundaba hervía en cólera y reaccionaba violentamente. La interpretación de Brennan es tan rica, tan llena de matices, que acaba erigiéndose en el verdadero protagonista de la película. El de Roy Bean, un personaje caracterizado en principio por su brutalidad, acaba por caerle bien al espectador gracias a la pasión romántica que siente por Lilly Langtry, que le permite al actor humanizarlo un tanto y evitar que sólo veamos en él a un demente sanguinario. El de Bean fue, posiblemente, el mejor papel de Walter Brennan, aunque muchos críticos opinan que su mejor interpretación es la del alguacil Stumpy en RÍO BRAVO (RIO BRAVO, Howard Hawks, 1959).

Lilly Langtry es otro personaje real, que sólo aparece brevemente al final, pero cuya presencia es constante en la película a través de la obsesión de Bean. Nacida como Emilie Charlotte Le Breton en 1853, fue una de las actrices más famosas del mundo durante la segunda mitad del siglo XIX. Al principio actuó bajo el nombre artístico de Jersey Lilly, que eligió porque había nacido en Jersey, una de las islas británicas del Canal de la Mancha, y que cambió por el de Lilly Langtry al casarse con Edward Langtry. En su tiempo se la consideraba casi tan bella como la emperatriz Sissi, y alcanzó la fama interpretando obras de Shakespeare y sobre todo de Oscar Wilde. A la muerte de su esposo contrajo nuevas nupcias con el aristócrata Hugo de Bathe, con el que parece que no llegó a congeniar plenamente, pues se le atribuyeron amoríos con Lord Shrewsbury, Louis de Battenberg e incluso con el mismísimo Príncipe de Gales. Conocía la existencia de Bean, porque éste consiguió su dirección y le escribió, recibiendo respuesta de la actriz y una fotografía dedicada varios meses después. Pero, a pesar de que ella actuaba con frecuencia en los Estados Unidos, nunca se conocieron en persona, y tampoco visitó Langtry, como se cuenta en EL JUEZ DE LA HORCA (THE LIFE AND TIMES OF JUDGE ROY BEAN, John Huston, 1972), donde un magnífico Paul Newman encarnaba a Bean y Ava Gardner a Llly Langtry.

Mención especial merece la chica de la función. Doris Davenport, que interpreta a Jane Ellen Matthews, la muchacha que le roba el corazón a Harden y por la que éste está dispuesto a enfrentarse a Bean, destacó como una de las más hermosas modelos de los años 30, pero nunca logró desarrollar una carrera sólida como actriz. Había participado en algunas películas muy menores, e incluso postuló, con el nombre de Doris Jordan, para Escarlata O´Hara en LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ. Como es obvio, no obtuvo el papel, pero sí que logró llegar casi hasta el final, superando a muchas actrices consagradas. De todas formas, Samuel Goldwyn le dio la oportunidad de trabajar en un film de buena factura, y así fue como se hizo con su rol de EL FORASTERO. Sin embargo, por las razones que fuesen, su carrera cinematográfica no acabó de despegar, y aunque el western de Wyler tuvo una clamorosa acogida, en las críticas ni siquiera se mencionaba su nombre, y acabó abandonando el cine por falta de ofertas de trabajo. En opinión de este modesto cinéfilo, fue una gran pérdida, porque Doris Davenport no sólo asume con naturalidad y eficacia su rol en la película, sino que realiza una interpretación más que notable.

En el elenco del film figura un principiante Dana Andrews, que tan sólo cuatro años después, y gracias a su personaje en LAURA (Ídem, Otto Preminger, 1944), alcanzaría el estrellato, convirtiéndose en uno de los rostros más característicos del cine negro. También destacan Forrest Tucker y Chill Wills, que desarrollaron notables carreras como secundarios.

La película se rodó en apenas cuatro meses, entre noviembre de 1939 y febrero de 1940. Al ser estrenada cosechó de inmediato los favores del público y de la crítica, que si bien seguía considerando a Wyler tan sólo un artesano del celuloide, no podía permanecer ciega ante los indudables valores de la cinta.

En la decimotercera gala de los Oscars, que se celebró el jueves 27 de febrero en el Biltmore Hotel de Los Ángeles, y que estuvo conducida por Bob Hope, EL FORASTERO compitió en las categorías de mejor actor secundario (Brennan), mejor argumento original (Stuart N. Lake) y mejor dirección artística en blanco y negro (James Basevi). Sólo obtuvo el primero de ellos, y por primera vez en la historia un actor se hizo con una tercera estatuilla, porque Brennan ya había sido premiado en dos ocasiones anteriores, en concreto por sus trabajos en RIVALES (COME AND GET IT, Howard Hawks, 1936) y KENTUCKY (Ídem, David Butler, 1938). En esa misma edición Wyler estaba nominado como mejor director, pero no por EL FORASTERO, sino por LA CARTA (THE LETTER, 1940), su segundo trabajo con Bette Davis, pero su labor, con ser impresionante, no pudo superar la de John Ford, que resultó premiado por LAS UVAS DE LA IRA (THE GRAPES OF WRATH, 1940).

Setenta y siete años después de su estreno, EL FORASTERO conserva toda la fuerza épica de un gran western, erigiéndose como uno de los títulos básicos del género y una obra maestra del cine clásico. Sin duda, una película que no puede faltar en la filmoteca de un buen cinéfilo.

© Antonio Quintana Carrandi, (3.149 palabras) Créditos