VACACIONES EN ROMA
VACACIONES EN ROMA EE. UU., 1953
Título original: Roman Holiday
Dirección: William Wyler
Guión: Ian McLellan Hunter, John Digton sobre un argumento de Dalton Trumbo
Producción: William Wyler para Paramount
Música: Georges Auric
Fotografía: Frank F. Planer y Henri Alekan en B/N
Duración: 118 min.
IMDb:
Reparto: Gregory Peck (Joe Bradley); Audrey Hepburn (Princesa Ana); Eddie Albert (Irving Radovich); Hartley Powers (Hennessy); Margaret Rawlings (Condesa Verenberg); Alfredo Rizzo (Taxista); y con Tulio Carminati, Paolo Carlini, Claudio Ermelli y Paola Borboni.

Sinopsis

Ana, una joven y bella princesa, está realizando una gira oficial por Europa, recala en Roma y ofrece la recepción de rigor a las autoridades. Pero al llegar la noche, la regia muchacha, que se siente oprimida por la vida tan reglamentada y encorsetada que se ve obligada a llevar, estalla. Su mayor anhelo es vivir como cualquiera otra chica de su edad, lejos del frío y rígido protocolo, así que escapa del palacio y se sumerge en la noche romana, para ella llena de atractivos. Poco después, rendida, se duerme en un banco público, y ahí la encuentra Joe Bradley, periodista americano que, tomándola por una joven vagabunda, se compadece de ella y la lleva a su apartamento. Pero al día siguiente, al acudir al periódico para el que trabaja, Joe descubre que la chica que ha dejado durmiendo en su casa es, en realidad, la princesa Ana, a la que todo el mundo anda buscando. El avispado Bradley ve la ocasión de relanzar su carrera, y con la complicidad del fotógrafo Irving, planea un recorrido con ella por la ciudad, con el fin de obtener una gran exclusiva. Ignorante de las verdaderas intenciones de sus nuevos amigos, Ana disfruta del día más maravilloso de su vida. Mientras tanto, los agentes secretos de su país siguen buscándola sin descanso.

Esta inolvidable película ha pasado a la historia del cine por ser la que le abrió las puertas de Hollywood a una nueva estrella, la encantadora Audrey Hepburn. Ninguna otra podría haber encarnado con tanta naturalidad a la dulce princesa Ana en esta especie de inversión del cuento de La Cenicienta. Si en muchos cuentos de hadas la heroína es una muchacha de origen humilde, que acaba convertida en una princesa al conquistar el corazón del príncipe encantador, en VACACIONES EN ROMA Audrey es una princesita cuya máxima aspiración es vivir como una chica normal. Decidida a conseguirlo, se escapa del palacio, y durante una jornada memorable, vivirá mil y una divertidas peripecias en compañía de un atractivo americano y su amigo fotógrafo.

Un proyecto de Frank Capra

El romance entre la princesa británica Margarita y el apuesto coronel Towsend, un amor imposible, llenó miles de páginas en las revistas del corazón de la época. Frank Capra, que llevaba tiempo acariciando la posibilidad de llevar a la pantalla la historia que luego daría pie a VACACIONES EN ROMA, pensó que era el momento oportuno para realizar una película semejante. Capra veía el argumento como una variación de SUCEDIÓ UNA NOCHE (IT HAPPENED ONE NIGHT, 1935) y tenía muchas esperanzas puestas en el proyecto. Sin embargo, la Paramount, a la que ofreció la película, le dejó claro que tendría que trabajar con un presupuesto muy ajustado, algo que contrarió y mucho al cineasta. Como por aquel entonces debía hacer frente a los gravísimos problemas financieros de su productora, la Liberty Films, Capra estuvo a punto de claudicar ante la Paramount, pero se lo pensó mejor y rehusó hacer la película en aquellas para él inaceptables condiciones.

(Permítaseme hacer aquí un breve inciso para comentar algo que ilustra, a la perfección, las licencias que algunos supuestos amantes del cine se toman en Internet. Como mi intención es ofrecer en lo posible textos originales a mis lectores, huyendo como de la peste de los comentarios clónicos que pululan por la red, suelo preparar mis artículos con el máximo rigor posible. Si descubro que un dato es dudoso, si no puedo confirmar su veracidad, lo paso por alto, o bien lo menciono insistiendo en que se trata de un rumor. Por desgracia, he encontrado errores garrafales en muchísimos sitios web dedicados al cine, y en uno de ellos se afirma, con la rotundidad de un axioma, que Capra tenía veleidades fascistoides, y que al saber que el argumentista de VACACIONES EN ROMA iba a ser el blacklisted Dalton Trumbo, represaliado por el Comité de Actividades Antinorteamericanas por su supuesta simpatía por el comunismo, había declinado rodar la película porque no quería trabajar con ese rojo. Semejante afirmación revela la profunda ignorancia del autor del comentario. Frank Capra ha sido considerado un director conservador por el tipo de films que hacía, la mayoría de ellos verdaderos cantos a la concepción clásica de la sociedad estadounidense y a lo que se ha dado en llamar el estilo de vida americano. Pero Capra no fue un conservador en lo político, y menos en la acepción europea del término. Sus cintas son profundamente rooseveltianas, en el sentido de que eran una especie de fábulas morales donde siempre triunfaba el bien, la justicia y la idea de la verdadera democracia que defendía el presidente Franklin Delano Roosevelt. Capra no sólo era un entusiasta de Roosevelt y su política del New Deal o Nuevo Trato, que hacía rechinar los dientes de la derecha americana, sino que además fue una figura muy importante en la lucha sindical contra el poder omnímodo de los Grandes Estudios, siendo uno de los hombres que más lucharon para crear el Sindicato de Directores de Hollywood. Así que puede afirmarse que en su época era un hombre progresista, nada dado a extremismos de ningún tipo, y si no hizo VACACIONES EN ROMA no fue por culpa de la presencia de Trumbo como guionista, sino exclusivamente por las razones que he mencionado. De modo que calificarlo de fascista es sencillamente una idiotez)

Capra decidió venderle la idea a William Wyler, quien volvió a ofrecérsela a Paramount. Los Estudios aceptaron, pero pretendían que el rodaje se llevara a cabo en Hollywood, utilizando decorados, imágenes de archivo y trucos fotográficos para recrear la aventura romana de los protagonistas. Wyler se opuso firmemente, alegando que rodar en Hollywood restaría autenticidad a la película. Bregó con los responsables de los Estudios, logrando que se avinieran a filmar la cinta en la capital italiana. No obstante, insistieron en abaratar costes imponiendo el rodaje en blanco y negro, en vez del Technicolor inicialmente previsto. Will quería rodar en color, pero, tras pensarlo detenidamente, concluyó que el empleo de película de blanco y negro evitaría que la historia y los personajes fueran, en cierta forma, eclipsados por el encanto romántico de Roma, así que aceptó la condición de la Paramount.

Un fugaz alejamiento de Hollywood

La preproducción y posterior filmación de VACACIONES EN ROMA fueron unas auténticas vacaciones europeas para Wyler y su familia. Pero, además, había otro motivo para que el director quisiera alejarse un tiempo de Hollywood. El domingo 22 de octubre de 1950, el realizador había asistido a una importantísima reunión del Sindicato de Directores, celebrada en el Beverly Hills Hotel de Los Ángeles. Dicho sindicato, presidido por el liberal George Stevens, pretendía marcar una política a seguir por los realizadores hollywoodenses en el tema de la Caza de Brujas McCarthysta, emprendida tres años antes y que amenazaba a profesionales del cine de todos los ámbitos. Una parte de los miembros de la Screem Directors Guild, capitaneada por Sam Wood y Cecil B. DeMille, había mostrado su inquebrantable adhesión a los postulados defendidos por los senadores J. Parnell Thomas y Joseph McCarthy, impulsores del infame Comité de Actividades Antinorteamericanas. La indignación era la tónica dominante entre la mayoría de los integrantes del Guild, y Wyler, que había destacado como uno de los más indignados, fue el primero en exigir a Wood que se retractase de sus declaraciones públicas, en las que había advertido de una supuesta infiltración comunista en el Sindicato de Directores. Will contó con el apoyo de muchos de sus colegas, especialmente el de alguien tan poco sospechoso de izquierdismo como John Ford, pero su agrio enfrentamiento verbal con Wood y con DeMille acabó por cansarle de todo. El ambiente en Hollywood se había enrarecido, así que aprovechó la oportunidad de alejarse de aquello que le ofrecía el rodaje de VACACIONES EN ROMA.

En busca del mejor reparto

Una vez se hizo con las riendas de la producción, a Wyler se le planteó el dilema de escoger el reparto más adecuado. Para la princesa Ana pensó inicialmente en Jean Simmons, pero la Paramount apostaba por Elizabeth Taylor. A Will no le convencía la propuesta de los ejecutivos del Estudio. Elizabeth Taylor era una gran actriz además de poseer una belleza esplendorosa, pero precisamente por eso no le parecía adecuada para el personaje. A juicio de Wyler, si bien el rotundo físico de la Taylor atraería a muchos espectadores masculinos a las salas, no casaba bien con la imagen que de la protagonista femenina se había forjado. Aunque era de origen británico, lo cierto es que Beth Taylor tenía un aire demasiado americano, y en consecuencia no habría podido pasar por una princesa europea. La cuestión se zanjó cuando ambas actrices, ocupadas en otros proyectos profesionales, declinaron aparecer en la película. Entonces Wyler concluyó que sería mejor darle el papel a una actriz poco conocida, pero cuyo tipo y maneras se ajustasen mejor a la idea que el común de los mortales tenía de lo que debía ser una princesa. En Paramount estuvieron de acuerdo con el director, pues contratar a una semidesconocida saldría mucho más barato.

Wyler no tuvo que buscar mucho. Le habían hablado muy bien de cierta jovencita que había interpretado pequeños papeles en el cine, y que empezaba a destacar en el teatro. Se trataba de Audrey Hepburn, y cuando Wyler la vio por vez primera quedó fascinado, e inmediatamente le ofreció el papel de Ana y se realizaron las pertinentes pruebas cinematográficas. El director no podía realizarlas él mismo, así que delegó en otros, pero advirtiéndoles que debían seguir filmando cuando Audrey creyera que la prueba había finalizado. La intención de Will era comprobar cómo se comportaba aquella jovencita normalmente, cuando no estaba frente a una cámara. Al ver el resultado se maravilló ante la naturalidad y frescura de la muchacha. Audrey no parecía una princesa, era la plasmación fílmica de una princesa. Los impresionantes vestidos diseñados por Edith Head le sentaban divinamente, y su timidez y encanto naturales le conferían un aire casi irreal. Las pruebas resultaron espectaculares en sí mismas, tanto que la Paramount, dispuesta a promocionar a conciencia el film, se ocupó de que fuesen emitidas por televisión, algo insólito en aquel tiempo. Como consecuencia de esa inteligente política publicitaria, Audrey Hepburn se convirtió en una estrella incluso antes de que la película fuese terminada y estrenada.

El personaje de Joe Bradley había sido escrito para Cary Grant, pero cuando éste supo la edad de su partenaire femenina, se negó a hacerlo. Tenía cuarenta y nueve años y, aunque se conservaba muy bien, pensaba que al lado de una jovencita como Audrey Hepburn parecería, más que un galán, un viejo verde, idea que le repelía. Por otro lado, al leer el guión comprendió enseguida que el film se centraría en ella, y como no estaba dispuesto a ceder protagonismo a una perfecta desconocida, por muy adorable que pareciese, rehusó la oferta. Es curioso, pero una década más tarde ambos protagonizarían la estupenda CHARADA (CHARADE, Stanley Donen, 1963), y nadie repararía en la notable diferencia de edad entre ellos. Eso sí, a instancias de Grant, Donen varió el guión, haciendo que fuese ella la que se sentía atraída por el maduro actor.

Descartado Grant, se hizo con el papel Gregory Peck. La historia de VACACIONES EN ROMA le fascinó, y como además pretendía dar un giro a su carrera, rechazó varios papeles de importancia para trabajar en la película de Wyler, pues estaba ansioso por demostrar su talento para la comedia. No obstante, se mostró bastante desconfiado cuando el director le dijo que había contratado a una desconocida para interpretar a la princesa. Pero cuando Wyler le presentó a Audrey Hepburn, el impacto emocional que causó en Peck fue fulminante. Tiempo después, el actor confesaría que en ese mismo instante supo que la película trataría sobre ella, y que los eclipsaría a todos con su frescura juvenil y su increíble naturalidad ante la cámara.

Durante la filmación Gregory y Audrey forjaron una sólida amistad que duraría el resto de sus vidas. Aunque Peck siempre dijo que ella no necesitaba ayuda de ninguna clase, pues era una actriz portentosa a pesar de la limitada experiencia profesional que tenía en aquella época, Audrey no se cansó de repetir que él la había ayudado muchísimo y que le estaría eternamente agradecida por ello, pues no es demasiado frecuente que un actor consagrado se preocupe por una principiante tanto como Gregory se preocupó por ella. La buena sintonía personal entre los protagonistas y el tercero en discordia, Eddie Albert, facilitó muchísimo el trabajo de Wyler.

Al finalizar el rodaje, y mientras el film estaba en proceso de postproducción, Peck, impresionado por el talento y la profesionalidad de Audrey, insistió, por medio de su agente, en que el nombre de la muchacha debía ir en los créditos iniciales inmediatamente después del suyo y antes del título del film. Tanto el agente del actor como la Paramount se mostraron reticentes, pero Gregory no dio su brazo a torcer porque, como dijo, estaba seguro de que aquella chica iba a ganar el Oscar por su interpretación. Inicialmente, el nombre de la actriz iba a figurar en los créditos después del título, pero la Paramount se avino a ponerlo tras el de Peck, con la leyenda: and introducing... Nunca en la historia del cine una premonición resultó tan acertada.

Para encarnar al fotógrafo Irving Radovich se seleccionó a Eddie Albert, sin duda uno de los mejores actores de reparto que han existido. Su elección para el papel estuvo determinada en parte por su gran popularidad, pues aunque nunca fue lo que se dice una estrella, era muy querido por el gran público estadounidense por su participación en incontables películas. En VACACIONES EN ROMA Albert compuso el papel de su vida, un personaje entrañable que ya forma parte de la historia del cine. Además, por indicación de Wyler, Albert modifico un tanto su look personal, dejándose crecer el pelo, bigote y barba, lo que confiere a su personaje un aire entre bohemio y pícaro que le sienta francamente bien. Su caracterización le valió una nominación al Oscar como mejor secundario.

Roma, otra protagonista más

VACACIONES EN ROMA se considera, con razón, la mejor película americana que tiene como escenario la Ciudad Eterna. La testarudez de Wyler, que se opuso con firmeza a rodar el film en los Estudios Paramount de Los Ángeles, posibilitó que el rodaje se llevara a cabo en los lugares reales en que transcurría la acción, lo que contribuyó no poco al éxito de la cinta. Además de contar una historia maravillosa, la película ofrece un completísimo recorrido por los lugares más emblemáticos de Roma, y puede afirmarse que fue la primera que dio a conocer al mundo entero las bellezas de la capital italiana. La posterior consideración de Roma como uno de los destinos turísticos imprescindibles en la vieja Europa fue consecuencia, más que de su densa e interesantísima significación histórica, de la tremenda popularidad que alcanzó en su tiempo, y todavía tiene, el film de Wyler. El director redujo al máximo el rodaje en platós, optando por filmar directamente en la calle, en localizaciones tan impresionantes como la Plaza de España o La Fontana de Trevi. En la secuencia filmada en ésta última localización aparecen, en pequeños papeles de soporte, sus dos hijas.

Para los imprescindibles interiores Wyler recurrió a los sets de los estudios Cinecittá, que, tras el paréntesis de la guerra mundial, conocían una nueva edad dorada gracias a su empleo en la filmación de superproducciones hollywoodenses. Allí se había rodado, entre otras, ¿QVO VADIS? (QVO VADIS? Mervyn LeRoy, 1950). Apenas unos años más tarde, Wyler volvería a trabajar en ellos para su grandiosa BEN-HUR (Ídem, 1959).

Uno de los lugares más conocidos de Roma es la llamada Boca de la Verdad. Aquí se produjo uno de los momentos más divertidos del rodaje. Peck, decidido a gastarle una broma a Audrey, consultó el asunto con Wyler. Según la leyenda popular, si metes la mano en esa boca y mientes, la pierdes. El actor pretendía introducir su mano allí, e imitando un conocido gag popularizado por Red Skelton, sacarla enseguida escondida en la manga de su chaqueta, como si la boca se la hubiera amputado. Wyler estuvo de acuerdo, pero insistió en que Gregory no le dijera a la actriz lo que iba a hacer. Como aquello fue una improvisación del actor y no figuraba en el guión, Audrey no se lo esperaba, y el susto que se llevó fue real. El momento ha quedado como uno de los más espontáneos de la historia del cine, y Wyler felicitó a Peck por su ocurrencia.

El rodaje, a pesar de la tendencia de Wyler a repetir incansablemente cada toma, fue una fiesta. Tenía que mantener informado al representante de Paramount en Italia, pero, al trabajar tan lejos de Hollywood, la presión de los ejecutivos del Estudio se atenuó notablemente, lo que permitió a Wyler trabajar con cierto desahogo. Pero seguía siendo el mismo director exigente de siempre, y aunque le dispensó a Audrey Hepburn un trato muchísimo más suave que a otras actrices, su paciencia se agotó cuando estaban rodando la secuencia de la despedida en el coche de los dos enamorados. La princesa Ana, destrozada, tenía que deshacerse en llanto, pero a Audrey no acababan de salirle las lágrimas. Wyler realizó docenas de tomas, pero no había manera, de modo que se encaró con la actriz y le espetó: ¡Ya está bien! Por todos los demonios, ¿vas a llorar o no? ¡No vamos a estar así toda la noche! Dolida, la muchacha se echó a llorar y el director aprovechó para filmarla. Poco después, Audrey comprendería la estrategia de Wyler, que durante todo el rodaje se había comportado muy amablemente con ella. Consciente de la extraordinaria sensibilidad de la joven actriz, él había concluido que sólo lograría que llorase si creía que se había enfadado con ella, de ahí que silabeara aquellas palabras en un tono tan duro. A lo largo de su carrera Audrey tendría que llorar en muchas escenas, pero en ninguna está tan natural como en esta de VACACIONES EN ROMA, porque las lágrimas eran auténticas.

Los romanos participaron de manera entusiasta en el rodaje a pie de calle. Hubo, no obstante, algunos problemas causados por la aglomeración de curiosos, que obligó a suspender la filmación en varias ocasiones. Pero en líneas generales, tanto los integrantes del equipo cinematográfico como los habitantes de la Roma de la época disfrutaron de una experiencia única.

Wyler quería gran realismo, de modo que en la secuencia de la recepción en la embajada participaron miembros reales de la nobleza italiana, lo que da mayor realce y verosimilitud a este tramo de la película. Los aristócratas que hicieron de figurantes donaron su salario a la caridad. Es preciso mencionar también que en la escena, ya al final, en que la princesa Ana saluda a los representantes de la prensa, todos ellos menos Peck y Albert eran auténticos periodistas, destacando los españoles Cortés Cavanillas, de ABC, y Moriones, de La Vanguardia de Barcelona, corresponsales de sus respectivos medios en la Ciudad Eterna.

Un éxito apoteósico

Tras su memorable estreno, el jueves 27 de agosto de 1953, VACACIONES EN ROMA se convirtió en uno de los títulos más exitosos del momento, catapultando a la fama a aquella muchachita que había sido capaz de representar en la pantalla, con una naturalidad admirable, tanto la inocencia de la juventud como el sentido de la responsabilidad de una mujer marcada por su alta cuna y los deberes de su estirpe. Peck demostró a los incrédulos del público y la crítica que tenía tablas para interpretar papeles de comedia, Albert aumentó hasta el paroxismo su popularidad y Wyler se apuntó otro tanto en su impresionante palmarés fílmico.

VACACIONES EN ROMA fue muy importante en la carrera de Wyler, pues le permitió ampliar su registro como director. A pesar de ser un auténtico todoterreno, no era muy dado a la comedia. De hecho, que este cinéfilo recuerde, el único título de esa temática que había dirigido hasta entonces era la estupenda UNA CHICA ANGELICAL (THE GOOD FAIRY, 1935), protagonizada por su primera esposa, Margaret Sullavan. Considerado como un realizador experto en dramas y adaptaciones de obras literarias de empaque, con la cinta que nos ocupa demostró que ningún género cinematográfico se le resistía. VACACIONES EN ROMA es uno de sus títulos más apreciados, y puede y debe considerarse como una obra maestra de la comedia romántica.

El jueves 25 de marzo de 1954 se celebró, en el RKO Pantages Theatre de Los Ángeles, la vigesimosexta gala de los Premios de la Academia, conducida por el actor Donald O´Connor. Tras DE AQUÍ A LA ETERNIDAD (FROM HERE TO ETERNITY, Fred Zinnemann, 1953), que logró trece nominaciones, VACACIONES EN ROMA fue la cinta que aspiraba a más premios, pues se postulaba para nada menos que diez galardones, los de mejor película, dirección, actriz protagonista, actor secundario, argumento, guión adaptado, fotografía en blanco y negro, dirección artística en blanco y negro, vestuario en blanco y negro y montaje. Obtuvo tres premios, los de mejor actriz protagonista, argumento y vestuario. La cinta antes citada la batió como mejor película, aunque habría mucho que decir al respecto, y otro tanto puede decirse del Oscar a la mejor dirección, que se le escapó a William Wyler, injustamente a mi parecer, en favor de Fred Zinnemann. Frank Sinatra se hizo con el premio al mejor secundario también por DE AQUÍ A LA ETERNIDAD, derrotando a un espléndido Eddie Albert que había logrado conmover a los espectadores de todo el mundo con su genial creación de Irving Radovich. Y por la misma película Daniel Taradash se impuso a Ian McLellan Hunter y John Dighton. Lo mismo ocurrió con Frank Planer y Henri Alekan, cuyo trabajo fotográfico se consideró inferior al de Burnett Guffey en la cinta de Zinnemann. El Oscar a la mejor dirección artística en blanco y negro se le concedió a Cedric Gibbons, Edward Carfagno, Edwin Willis y Hugh Hunt por su meritoria labor para JULIO CÉSAR (JULIUS CAESAR, Joseph L. Mankiewicz, 1953), aunque el trabajo de Hal Pereira y Walter Tyler en VACACIONES EN ROMA también era digno de haber sido premiado. En cuanto al galardón al mejor montaje se lo llevó, una vez más, la película de Zinnemann en la persona de William Lyon y en detrimento de Robert Swink, el montador de Wyler.

A pesar de todo, puede decirse que, pese a la fuerte competencia que representaba el excelente film de Zinnemann, VACACIONES EN ROMA salió muy bien del lance. De hecho, fue la que más premios obtuvo tras DE AQUÍ A LA ETERNIDAD, que se hizo nada menos que con ocho. De no haber tenido que competir con un título tan notable, es casi seguro que la deliciosa fábula romana de Wyler habría cosechado un buen número de estatuillas.

Por otra parte, VACACIONES EN ROMA le generó tales beneficios a la Paramount, que el Estudio le regaló a Audrey Hepburn, en un gesto poco común en el Hollywood de la época y menos con una actriz primeriza, todo el vestuario, sombreros, zapatos y bolsos que había utilizado en la película, así como las joyas que lucía en ella. Los responsables de Paramount querían demostrarle de este modo su agradecimiento, y como por aquel entonces ella mantenía una relación sentimental con un hombre de negocios, James Hanson, y estaba pensando en casarse, podían considerarse esos presentes como un principesco regalo de boda.

El genio en la sombra

Dalton Trumbo fue uno de los mejores guionistas de Hollywood. Antes de que se implantara la Caza de Brujas, era el mejor pagado en su categoría profesional, pues podía elegir entre cobrar 3.000 dólares por semana mientras durase su trabajo, o percibir 75.000 al contado y en un solo pago por guión entregado. Además, en un tiempo en que sus colegas estaban maniatados por las leoninas cláusulas de sus contratos, tenía completa libertad para escoger el material con el que quería trabajar, tomarse vacaciones cuando le apeteciera y pasar olímpicamente de la denominada cláusula de moralidad, que tanto coartó la libertad creativa de los que escribían para el cine. Su contrato estipulaba, incluso, que el Estudio no podía despedirle.

Pero todo se acabó con la irrupción en la escena política del detestable senador por Wisconsin Joseph McCarthy, que aprovechó el clima de histeria colectiva y terror al comunismo que se había apoderado de gran parte de la sociedad estadounidense, desatando una terrible purga contra todo sospechoso de simpatizar siquiera con ideas izquierdistas. Trumbo, que se negó a responder a las preguntas del siniestro Comité de Actividades Antinorteamericanas del Senado, fue condenado a un año de cárcel y, lo que es peor, al ostracismo profesional. El escritor, que había sido una verdadera estrella entre los guionistas, pudo seguir trabajando, pero de forma esporádica, ocultándose bajo seudónimos o permitiendo que otros firmasen sus guiones, y percibiendo cantidades irrisorias por su trabajo. La Paramount le había encargado el argumento de VACACIONES EN ROMA y estaba dispuesta a pagarle 20.000 dólares, pero el acuerdo estuvo a punto de no rubricarse cuando Frank Capra se desentendió del proyecto y se lo vendió a William Wyler. Pero éste solicitó, apenas hubo tomado las riendas de la producción, que fuera Trumbo el guionista, y no contento con eso exigió que se le pagaran 50.000 dólares por sus servicios, algo que sin duda hizo rechinar los dientes a más de uno en Paramount, pero que al final consiguió. Para Trumbo la decidida actitud de Wyler fue una bendición, porque aunque el fisco se quedaría con casi la mitad de aquel dinero en concepto de impuestos, la suma restante era muy considerable para la época y le permitiría capear la tremenda penuria económica por la que estaba pasando su familia mientras él cumplía la injusta condena. De hecho, escribió el guión de VACACIONES EN ROMA en prisión.

En los títulos de crédito figuraba Ian McLellan Hunter, amigo de Dalton, como autor de la historia y uno de los guionistas. En realidad, tanto McLellan Hunter como Dighton realizaron las labores de revisión final del guión, que era obra exclusiva de Trumbo. McLellan recibió la estatuilla del Oscar, y aunque en Hollywood era un secreto a voces que el guionista de VACACIONES EN ROMA había sido el blacklisted Dalton Trumbo, el grueso del público lo ignoró durante décadas. Cuarenta años tardó la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas en reparar tal injusticia. En 1993, cuando Trumbo llevaba diecisiete años muerto, su esposa Cleo recibió emocionada el Oscar que había ganado su difunto marido. Pero es necesario aclarar que se trataba de otra estatuilla, ya que el hijo de McLellan Hunter no quiso renunciar al que le habían dado a su padre, pues consideraba que el autor de sus días también había contribuido y mucho al éxito del film.

En 2002 Paramount lanzó al mercado una edición de la película restaurada digitalmente, y por fin pudo aparecer el nombre de Dalton Trumbo en los créditos como autor de la historia.

Los dos amores que encontró Audrey

VACACIONES EN ROMA marcó un hito en la vida profesional y personal de Audrey Hepburn. La película no sólo le abrió las puertas de Hollywood, sino que gracias a ella encontraría al gran amor de su vida. En efecto, poco antes del estreno Gregory Peck le presentó a su amigo Mel Ferrer, y entre ambos surgiría de inmediato una fuerte atracción. Audrey, que llevaba tiempo dudando en casarse con su pareja de entonces, el ya mencionado James Hanson, rompió con éste e inició una relación con Ferrer que pronto cristalizaría en matrimonio.

El otro gran amor de Audrey sería la propia ciudad de Roma, con la que siempre sostuvo un fuerte vínculo emocional y en la que residiría durante dos décadas, convirtiéndose, de hecho, en una verdadera romana.

El nacimiento de un icono femenino

Dado su carácter introvertido y tímido, Audrey Hepburn nunca reconoció públicamente la notable influencia que su estilo y su manera de ser tuvieron en la sociedad de su tiempo, y especialmente entre las mujeres, pero su llegada fue toda una revelación. A principios de la década de los 50 se había impuesto en el cine una belleza femenina agreste, de provocativas redondeces, acentuadas curvas y generosa rotundidez. Y entonces, cuando parecía que el Olimpo de la femineidad cinematográfica era dominio exclusivo de diosas paganas desinhibidas y de marcada sensualidad, llegó VACACIONES EN ROMA y su increíble protagonista, una chica de formas casi imperceptibles, alta y muy delgada, poseedora de un atractivo suave como una caricia, con un rostro de princesa de cuento de hadas y un carácter en consonancia con su etérea, casi irreal belleza. Porque en VACACIONES EN ROMA Audrey interpretaba a la princesa Ana, pero la princesa Ana también tenía mucho de Audrey Hepburn. No es extraño, por tanto, que la joven y tímida actriz tuviese un impacto tan considerable en el público de todo el mundo, que se acrecentó cuando, en la ceremonia de entrega de los Oscars, quedaron de relieve la profunda humildad, sencillez y sensibilidad que eran sus señas de identidad.

Audrey Hepburn se dio a conocer mundialmente con VACACIONES EN ROMA, y a partir de ese momento se convirtió en una gran estrella, pero jamás se comportó como tal, o como el público espera que se comporte una gran estrella del celuloide. No impuso su estilo, porque carecía de la arrogancia imprescindible para imponer nada. Sin embargo, millones de mujeres vieron en ella no sólo un ejemplo estético, si no, lo que es más importante, ético, y comenzaron a imitarla. Representaba otro tipo de mujer, otra clase de belleza, en la que la femineidad se expresaba a través de la ternura que encerraban unas miradas claras y límpidas, unas sonrisas sanas y honestas, exentas de picardía, y unos gestos suaves y comedidos, sin ningún atisbo de provocación. Frente a las hembras fogosas que desfilaban por las pantallas de la época, se erigió con sencilla majestuosidad una mujer diferente, que no venía con la pretensión de desbancar a nadie, pero que con su extraordinaria forma de ser y estar reivindicaba el derecho a ocupar un lugar bajo el Sol de todas aquellas mujeres que no se ajustaban a los cánones de belleza y comportamiento impuestos por Hollywood. Y aunque a buen seguro ella nunca pretendió tal cosa, acabó por erigirse en un verdadero icono femenino, cuya influencia cambió el concepto de la mujer en la segunda mitad del siglo XX y tuvo una enorme repercusión en el mundo de la moda.

En VACACIONES EN ROMA, como en todas y cada una de sus películas, Audrey Hepburn fascina al espectador desde su primera aparición. El maestro Wyler, que se percató enseguida de la joya que tenía entre manos, ofrece unos increíbles primeros planos de la actriz para mostrarnos en todo su sencillo esplendor sus deliciosas expresiones, capaces de enternecer el más encallecido de los corazones. La actriz realizó muchas otras interpretaciones notables pero, a mi juicio, en ningún otro film está tan natural y hermosa como en esta memorable cinta de Wyler. Su sola presencia podría hacer que la película valiera la pena, pero, arropada por Peck y Albert, que le dan la adecuada réplica, y bajo la firme dirección de un peso pesado como Wyler, VACACIONES EN ROMA adquiere, gracias a ella, la categoría de sublime obra maestra de la comedia romántica y del cine clásico.

© Antonio Quintana Carrandi,
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