JEZABEL
JEZABEL EE. UU., 1938
Título original: Jezebel
Dirección: William Wyler
Guión: Clements Ripley, Abem Finkel y John Huston sobre una obra teatral de Owen Davis
Producción: William Wyler para Warner Brothers
Música: Max Steiner
Fotografía: Ernest Haller en B/N
Duración: 104 min.
IMDb:
Reparto: Bette Davis (Julie Marsden); Henry Fonda (Preston Dillard); George Brent (Buck Cantrell); Margaret Lindsay (Amy Bradford-Dillard); Donald Crisp (Dr. Livingstone); Fay Bainter (Tía Belle Massey); Richard Cronwell (Ted Dillard); Henry O´Neill (General Bogardus); Spring Byington (Mrs. Kendrick); John Litel (Jean La Cour); Gordon Oliver (Dick Allen); Janet Shaw (Molly Allen); Theresa Harris (Zette); Margaret Early (Stephanie Kendrick); Irving Pichel (Huger); Eddie Anderson (Gros Bat) Stymie Beard (Ti Bat); Lou Payton (Tío Cato); George Denevant (De Lautruc)

Sinopsis

Nueva Orleáns, 1852. Julie Marsden es una joven caprichosa que se complace en transgredir las normas sociales. Prometida con Preston Dillard, un joven banquero con un prometedor futuro profesional, su comportamiento provoca que el hombre la abandone, marchándose a Nueva York. Un año más tarde Preston regresa a Nueva Orleáns con su encantadora esposa norteña. Julie, que en su egoísmo imaginaba que Preston volvería por ella, intenta por todos los medios que él vuelva a quererla. Sus turbios manejos provocan la muerte en duelo de Buck Cantrell, uno de sus muchos pretendientes, lo que hace que todos la vean como realmente es. Pero una terrible epidemia de fiebre amarilla, que se propaga por Nueva Orleáns y de que cae víctima Preston, le ofrecerá la posibilidad de redimirse ante sí misma y ante los demás.

JEZABEL, primera de las tres películas que Bette Davis rodó a las órdenes de William Wyler —las otras dos fueron LA CARTA (THE LETTER, 1940) y LA LOBA (THE LITTLE FOXES, 1941) — significó su consagración definitiva como actriz. Aunque había obtenido buenas críticas con sus papeles en CAUTIVO DEL DESEO (A HUMAN BONDAGE, John Cromwell, 1934) y PELIGROSA (DANGEROUS, Alfred E. Green, 1935), que le valió su primer Oscar, fue JEZABEL la cinta que la encumbró definitivamente, convirtiéndola en una intérprete a tener en cuenta.

En 1936 Margaret Mitchell publicó LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ, una novela romántica y épica que muy pronto devino en un best seller. Los derechos cinematográficos del libro fueron adquiridos por el productor independiente David O. Selznick. Éste pronto comprendió que, si quería llevar a la pantalla una historia semejante, el trabajo de preproducción sería largo y costoso, un desafío que muchos consideraban una verdadera locura. Pero el joven productor no se amilanó, y se puso manos a la obra con entusiasmo. El papel estelar de la película era el de la heroína, Escarlata O´Hara, y Selznick vio en la búsqueda de la intérprete ideal una oportunidad para mantener vivo el interés del público, ya que, según sus asesores, sería imposible que el film estuviera listo para el estreno antes de 1939. Selznick invirtió una verdadera fortuna en publicitar el rodaje de LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ, así como en las pruebas para encontrar a la actriz que daría vida a su protagonista. Todas las actrices consagradas de Hollywood, y una auténtica legión de hermosas aspirantes, suspiraban por ser escogidas para encarnar a Escarlata, pero David no acababa de decidirse por ninguna de ellas. El éxito de la novela era tal, que todo el mundo presumía que la adaptación fílmica planeada por Selznick también sería un bombazo, y en consecuencia todo lo relacionado con LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ levantaba gran expectación, que era precisamente lo que el inteligente productor quería.

Los Estudios Warner, una de las más destacadas Majors hollywoodenses, poseían los derechos para el cine de JEZABEL, obra teatral de Owen Davis ambientada en los años precedentes a la Guerra de Secesión. Sin embargo, el Estudio no había mostrado mucho interés por llevarla a la pantalla, ya que en los escenarios había sido un fracaso monumental, que sólo había alcanzado las treinta y dos representaciones. Además, las películas ambientadas en la guerra civil o la época inmediatamente anterior, exceptuando EL NACIMIENTO DE UNA NACIÓN (THE BIRTH OF NATION, David W. Griffith, 1915), no habían funcionado bien en taquilla. Sin embargo, las circunstancias empujarían a Warner Brothers a recurrir a aquella historia. Veamos cómo.

El manuscrito de LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ había despertado el interés de Warner Brothers, cuyo máximo dirigente, Jack Warner, veía en la plasmación fílmica de la obra un posible vehículo para Bette Davis o, en su defecto, para Katharine Hepburn. Warner incluso había pensado ya en Errol Flynn como Rhett Butler. Sin embargo, fue Selznick quien logró llegar a un acuerdo con la autora, y Warner, enfadado, llegó a declarar públicamente que una película basada en semejante novela sería el mayor fracaso de todos los tiempos. Jack Warner decidió contraatacar, pensando que era el momento oportuno para desempolvar aquella historia que tenían medio olvidada, y, en una jugada maestra, adelantarse aunque sólo fuera unos meses al estreno de la cinta de Selznick. Al fin y al cabo, también la acción de JEZABEL transcurría en el Viejo Sur y su protagonista tenía muchos puntos en común con Escarlata O´Hara.

En su momento hubo críticos que consideraron JEZABEL como un pulso entre Warner Brothers, Selznick y la Metro Goldwin MayerMajor que se había asociado con Selznick International en vista de la magnitud financiera del proyecto—, pulso que la compañía de Jack Warner y sus hermanos perdió. Es evidente que JEZABEL fue una maniobra oportunista del responsable de los Estudios Warner, que en cierto modo pretendía pisarle el terreno a Selznick. Pero entre LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ y JEZABEL hay grandes diferencias, a pesar de que las similitudes entre ambas también sean notables. Se ha incidido mucho en las semejanzas de estilo entre estas películas, y en esas comparaciones siempre sale perdiendo la cinta de Wyler. A pesar de ello, afirmo que si LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ es un film mítico, JEZABEL también, pero a otro nivel. Y el responsable de las marcadas diferencias entre las dos cintas fue William Wyler.

Casi una película de autor

En efecto; la de Selznick, grandiosa, épica, espectacular en todos los aspectos, es realmente magnífica. Pero es una película básicamente de productor, donde la labor de Victor Fleming y los otros directores no acreditados, pero que trabajaron en ella (George Cukor, Sam Wood, Sidney Franklin y William Cameron Menzies), quedó un tanto eclipsada por la impronta de David O. Selznick, un megalómano que controló hasta el último detalle de la producción.

Por el contrario, en JEZABEL se capta enseguida el espíritu de su director, un hombre que dominaba como nadie los resortes del Séptimo Arte. Perfeccionista hasta sus últimas consecuencias, Wyler sabía forzar a los actores, llevarlos casi hasta el límite y lograr de ellos unas interpretaciones sublimes por su realismo. Su método de trabajo se basaba en el control absoluto de todos y cada uno de los procesos del rodaje. Supervisaba personalmente los guiones cambiando aquello que no le convencía, prestaba especial atención a la fotografía y cuidaba al máximo los detalles de la producción, pero sin llegar a la obsesión, como le ocurría a Selznick. Meticuloso por naturaleza, era conocido como Noventa tomas Wyler por su costumbre de repetir una escena las veces que fueran necesarias, hasta que consideraba que había salido bien. Los actores que trabajaron con él temían su meticulosidad, su deseo de alcanzar la mayor perfección fílmica posible, pero admiraban su enorme talento. Durante el rodaje de JEZABEL, por ejemplo, obligó a Henry Fonda a repetir cuarenta veces una escena. El actor, exhausto e irritado, le preguntó qué diablos era lo que quería de él. Que lo hagas bien, respondió Wyler. Con Bette Davis le pasó algo parecido. La actriz se armó de paciencia y repitió una toma una treintena de veces, hasta que Will se dio por satisfecho. Pero después exigió al director que le mostrase el copión (lo que se ha filmado en una jornada y todavía está sin montar y sin sonido), para ver cómo lo había hecho. Tras visionar lo filmado, a Bette no le quedó más remedio que admitir que Wyler había tenido razón al exigirle tanto, pues en la última toma estaba sencillamente perfecta.

Wyler es uno de los directores más grandes de la historia del cine, pero durante mucho tiempo fue cuestionado por la crítica, que sólo veía en él a un director de estudio, un artesano que dominaba bastante bien los trucos del oficio, pero nada más. Mientras se glorificaba (merecidamente por lo demás) a John Ford, Howard Hawks, Nicholas Ray, Alfred Hitchcock u Orson Welles, se ninguneaba a Wyler. Welles y su confesado desdén por el director de JEZABEL tuvieron mucha culpa de ese ninguneo. Sus estúpidas opiniones sobre Wyler fueron asumidas por una gran mayoría de los críticos, entre ellos Andrew Harris, que publicaba la edición en lengua inglesa de la revista francesa Carthiers du Cinema, y que en su libro American Cinema se despachó a gusto contra el realizador. Sin embargo, Wyler encontró un valedor en el crítico francés André Bazin, fundador precisamente de Carthier du Cinema, que reivindicó su figura en un texto memorable, señalando que su cine era tan personal como el de otros grandes maestros con mejor prensa, y haciendo hincapié en su perfectísima puesta en escena y en su dominio de la narración en imágenes. Bazin concluía su alegato afirmando que nadie había sabido contar una historia en el cine mejor que Wyler.

Como es obvio, los sectarios de siempre, que también pululan por desgracia en el mundillo de la crítica cinematográfica y la cinefilia, arremetieron contra Bazin y sus opiniones. Pero como no hay plazo que no se cumpla, ni deuda que no se pague, el concepto valorativo de André Bazin ha ido imponiéndose poco a poco, y hoy día el nombre de William Wyler brilla con el mismo fulgor que los de Ernst Lubitsch o Billy Wilder.

Un cuidado estudio de personajes

JEZABEL incide mucho más en el estudio de sus personajes que LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ. El de Julie Marsden es uno de los grandes roles negativos femeninos de la historia del cine. La bella y joven dama sureña, egoísta, caprichosa y manipuladora, encarnada por Davis en este lujoso melodrama clásico, no ha sido superada ni siquiera por Escarlata O´Hara, porque la protagonista de JEZABEL, si bien se asemeja a la de LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ en varios puntos, es mucho más pérfida que ella. Al fin y al cabo, Escarlata no provoca ningún duelo, mientras Julie, directa o indirectamente, lleva a los hombres a enfrentarse por ella, y, lo que es peor todavía, parece complacerse con ello. La personalidad de Julie es mucho más compleja que la de Escarlata desde el punto de vista psicológico, lo que hace de ella un personaje muy interesante y permite a Wyler ofrecernos escenas tan duras como la de la mañana del duelo entre Cantrell y Ted Dillard, que muestra la angustia que atenaza a las demás mujeres, mientras Julie aparece alegre y despreocupada. Bajo el férreo control del director, Bette Davis, en un alarde de contención actoral, interpreta la escena con una naturalidad admirable, lo que contribuye a dotar a la secuencia de un escalofriante realismo. En ningún otro momento de la película queda tan claro como en éste la clase de mujer que es Julie Marsden.

Bette tiene ocasión de lucir su talento en muchas otras escenas, encarnando a esta mujer malcriada, acostumbrada a salirse siempre con la suya. La rebeldía y testarudez de Julie se consideran virtudes hoy día, sobre todo entre el sexo femenino. Pero en el Viejo Sur de los Estados Unidos, a mediados del siglo XIX, eran defectos que una señorita bien educada no podía permitirse, mucho menos en el marco de una sociedad tan tradicional como la sureña, donde las mujeres eran poco más que atractivos adornos. El comportamiento de Julie, su intencionada impuntualidad, su descaro, su tendencia a alterar las normas sociales establecidas (como cuando osa interrumpir la reunión de negocios de Pres al comienzo de la película) inspirarían simpatía, si respondieran a un deseo por su parte de reivindicar la marginación de las mujeres de su tiempo y su sumisión absoluta ante los hombres. Pero su actitud revela enseguida que sus preocupaciones van por otro lado. Julie Marsden está muy cómoda con la situación de las mujeres en el Viejo Sur, y su actitud responde sólo a su talante egocéntrico. Lo quiere todo y ya. No soporta que Pres pueda pensar en otra cosa que no sea ella, y reacciona muy mal cuando él trata de hacerle ver que otros asuntos reclaman su atención. En cierto modo, podría decirse que es un tanto narcisista, pues quiere ser siempre el centro de la atención de todos, y de ahí, al menos en parte, su forma de conducirse.

En JEZABEL Bette Davis emplea todo su amplio repertorio de miradas llameantes y rictus faciales, que se convertirían en sus señas de identidad como actriz y le permitirían interpretar convincentemente algunos de los mejores papeles femeninos de la historia del cine. Sin embargo, en esta cinta se muestra un poco más contenida que de costumbre, sin duda por exigencias del director, que buscaba ante todo naturalidad.

A título de curiosidad, cabe mencionar que Jack Warner quería que el film lo protagonizara Tallulah Bankhead. Wyler no estaba de acuerdo, pues según él nadie podría encarnar a Julie Marsden mejor que Davis. Jack Warner, como todos los magnates de la industria del cine, era un autócrata que gustaba de hacer su santa voluntad, así que Will no tuvo más remedio que plegarse a los deseos del jefazo del Estudio. Tallulah Bankhead empezó con los ensayos para el personaje, pero de pronto cayó gravemente enferma, y como la preproducción ya estaba en marcha, Wyler aprovechó para reemplazarla por Bette Davis. Warner no estuvo muy conforme, pero según avanzaba el rodaje, se fue convenciendo de que Davis era la actriz adecuada para interpretar a Julie. De este modo, gracias a una casualidad, Bette Davis consiguió el papel de su vida, el que la lanzaría definitivamente al estrellato.

El Preston Dillard interpretado por Henry Fonda ha sido tachado por algunos críticos más que de pusilánime, de lo que hoy llamaríamos un calzonazos. Nada menos cierto. Su supuesta pusilanimidad obedece tan sólo a que ama profundamente a Julie y trata de complacerla en lo posible, conteniéndose a menudo ante los constantes desaires y desafíos de la muchacha. No obstante, reacciona con hombría pero sin absurdos alardes machistas ante los desplantes de ella. Pero la situación se hace insostenible para él tras el baile en el Olimpus, al que Julie se ha empeñado en ir ataviada con un provocativo vestido rojo, cuando la tradición y las buenas costumbres establecen que todas las muchachas solteras han de ir vestidas de blanco. Es otra forma de provocar, de llamar la atención, de dinamitar las formas sociales del Nueva Orleáns de entonces que Pres no puede soportar, y que le empuja a romper su compromiso con Julie y a marcharse al Norte.

George Brent da vida a Buck Cantrell, típico caballero sudista que no ve con buenos ojos las opiniones de Preston respecto a las diferencias entre el Norte y el Sur. Buen amigo y pretendiente de Julie, la conoce muy bien y en ocasiones no se presta a las maniobras de la mujer, como cuando declina acompañarla al baile del Olimpus porque piensa presentarse allí vestida de rojo. A pesar de todo tiene cierta debilidad por la muchacha, e inducido por ella concierta un duelo con el hermano de Preston, en el que pierde la vida, no sin antes reconocer que actúo empujado por Julie.

Fay Bainter encarna a la tía Belle, mujer que vive angustiada por la forma de ser de Julie. Cree sinceramente que la muchacha puede cambiar, e incluso la anima a no dejar escapar a Preston, pero la caprichosa joven no le hace caso, segura de que él volverá.

Henry O´Neill interpreta al general Bogardus, tutor de Julie. Representa en la película la sabiduría que otorga la madurez y el genuino espíritu caballeresco inherente a las clases altas del Sur decimonónico. El general, al igual que la tía Belle, conoce muy bien a Julie, y por eso no cree que la egoísta jovencita pueda cambiar, aunque su exquisita educación le impida decirlo claramente. Pero el duelo entre Ted Dillard y Buck Cantrell, provocado por la perfidia de Julie, le decide a apartarse de ella, pasando su tutoría legal al banco.

Richard Cronwell es Ted Dillard. Adora a su hermano mayor, al que ve como un ejemplo a seguir, y por defender el honor de Pres y el de su cuñada se bate en duelo con Cantrell, que hasta poco antes era su amigo, algo que complace sobremanera a Julie.

Donald Crips da vida al doctor Livingstone, buen amigo de Pres, como lo fue del padre del joven. Consciente del problema sanitario que representan las insalubres marismas de la zona, aboga por sanearlas, para evitar que pueda producirse otro brote de fiebre amarilla como el de veinte años antes. El único que le apoya es Pres, mientras que los encopetados caballeros de Nueva Orleáns desprecian sus sensatas advertencias y sólo se preocupan por la marcha de sus negocios. El tiempo dará la razón al doctor Livingstone, cuando una terrible epidemia se propague por la ciudad causando una espantosa mortandad.

Margaret Lindsay es Amy, la dulce y abnegada esposa norteña de Pres, y la antítesis de Julie. Al principio los usos y costumbres del Sur parecen fascinarla, pero pronto cambia de opinión al comprobar cómo los sureños se baten en duelo a muerte a las primeras de cambio, llevados por su arcaico sentido del honor. Aunque es el personaje femenino menos destacado de entre los principales, conmueve al espectador por el profundo y sincero amor que profesa a Pres.

El resto de los personajes, incluso los que sólo aparecen brevemente, también captan nuestra atención gracias al buen hacer de Wyler, que logra dotar a todos ellos de una personalidad interesante, aunque sólo estén unos minutos en pantalla. Destaca, sobre todo, la forma de describir a los criados negros, mucho más respetuosa que en películas similares, y que ofrece un retrato bastante acertado de cómo era la vida de los esclavos domésticos del Sur; es decir, de aquellos que ejercían de sirvientes en las casas. A pesar de su perversidad, Julie trata correctamente a los negros. En ese aspecto, la protagonista sí que observa cuidadosamente las reglas establecidas. En los estados del Sur la esclavitud estaba considerada como una institución, y aunque muchos propietarios de esclavos eran propensos a emplear el látigo, sobre todo con los que trabajaban en el campo, a los que prestaban sus servicios en las ciudades en general se les ofrecía un trato más bien paternalista. En JEZABEL no aparece el estereotipo del negro bobalicón, tan común en otros films. Wyler ofrece una imagen muy digna de Zette, la doncella de Julie, de Gros Bat, el cochero, y sobre todo del mayordomo, tío Cato. Como casi todos los negros de aquella época y lugar, Cato es algo ignorante, pero posee mucho sentido común. Pres le aprecia sinceramente, y la breve conversación entre ellos, cuando Dillard regresa del Norte, no deja lugar a dudas en este sentido.

Es preciso mencionar también que el actor que interpreta a Huer no es otro que Irving Pichel, que posteriormente desarrollaría una interesante carrera como director de producciones de serie B.

Una obra ejemplar de un maestro del cine

Wyler despliega con eficacia todos los recursos de su inmenso acervo cinematográfico, ofreciéndonos una película de una factura impecable. Con un presupuesto de un millón de dólares, luego aumentado en un cuarto de millón más por decisión de Jack Warner, el director trabajó codo con codo con Robert Haas para desplegar un diseño artístico meticuloso y detallista al máximo. Los decorados de la Nueva Orleáns del siglo XIX, utilizada aquí por primera vez en el cine como epicentro de los contrastes entre el espíritu caballeresco del Sur y el pragmático del Norte, son perfectos, y se aprecian sobre todo en el magnífico travelling inicial, que nos muestra una populosa calle de la urbe (¿Bourbon Street?) en todo su esplendor. Aunque la acción se traslada en cierto momento a la plantación de Halcyon, Wyler evita en lo posible el mito de las plantaciones sudistas, tan prominente en LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ. Director intimista, Will utiliza Halcyon no para mostrar la opulencia de la familia de Julie, sino como marco en el que desarrollar más profundamente a los personajes. Hay una escena hermosa y tensa a la vez, en la que los esclavos de Halcyon cantan alegremente, acompañados por una Julie despechada por el desprecio que los demás muestran hacia ella. Pero, aparte de esta secuencia, en JEZABEL los negritos cantarines brillan por su ausencia, y, en general, tanto Nueva Orleáns como Halcyon se nos antojan lugares un tanto decadentes.

El director despliega toda su sabiduría fílmica, ofreciéndonos incontables muestras de su inmenso talento a la hora de planificar escenas. Para mí, donde mejor se nota el exquisito cuidado que ponía el detallista Wyler cuando rodaba, es en la secuencia del baile en el Olimpus. Desde el punto de vista del encuadre, todas y cada una de las escenas que componen este tramo de la película son sencillamente perfectas. El director recurrió al empleo de espejos para ampliar el fondo, y a las tomas a ras de suelo para mostrarnos el vuelo de las amplias faldas femeninas. La atención que dedicaba a la profundidad de campo también está presente en las escenas del salón de baile, donde logró una nitidez asombrosa que nos permite captar perfectamente los gestos de desaprobación de las parejas que se hallan en segundo o tercer término, respecto a los dos protagonistas. Wyler, un virtuoso del violín, hizo un memorable cameo en las escenas del baile, interpretando a uno de los violinistas de la orquesta.

También hizo un uso admirable de la profundidad de campo en las tomas del interior del Hotel Saint Louis. Otra toma espectacular es esa, no cenital pero casi, que muestra a Julie arrodillada ante Preston para pedirle perdón, con los pliegues de su precioso vestido blanco extendiéndose por el suelo a su alrededor. Otra más, muy efectiva, es la del duelo entre Ted Dillard y Buck Cantrell, rodado por Wyler con los actores fuera de plano y protagonismo de las detonaciones y las nubes de humo, con la evidente intención de mantener hasta el final el misterio sobre quién ha vencido.

Cada cineasta clásico tenía algo así como un objeto fetiche, una parte del decorado que solía utilizar de forma alegórica para sugerir algo. En los films del maestro de maestros Ernst Lubitsch son las puertas, no olvidemos que Billy Wilder solía decir: Lubitsch sugería más con una puerta cerrada que los directores de hoy día con una bragueta abierta. En las películas de Wyler adquieren capital relevancia las escaleras, y es precisamente en ellas donde, en el último tramo de JEZABEL, Julie Marsden sufre una transformación radical, y llevada por el profundo amor que pese a todo le profesa a Pres, suplica a la esposa de éste con firmeza, exponiendo con claridad y concisión sus razonamientos, pero también con una resignación totalmente opuesta al carácter egoísta, despechado y casi infantil del que ha hecho gala durante toda la película. La toma final, la de las llamas del bidón de alquitrán, simboliza magníficamente la purificadora redención de Julie, que a pesar de su conducta anterior se sacrifica por el hombre que siempre ha amado, acompañándole a la siniestra isla de Lazarette para cuidar de él e intentar salvarle la vida, para que así regrese con Amy, la mujer a la que realmente ama. Este final no fue del gusto de todos los críticos, algunos de los cuales consideraban un tanto forzado el repentino cambio de actitud de Julie. Pero es coherente con el estilo de la historia que Wyler pretendía contar, y se ajusta como un guante a los cánones del melodrama clásico hollywoodense de aquel tiempo.

En líneas generales, puede afirmarse que JEZABEL, a nivel estrictamente técnico, es casi un manual de dirección cinematográfica de William Wyler, un perfecto compendio de su manera de trabajar, en la que destacan la elegancia de su estilo fílmico y el cuidado y atención que dedicaba a los efectos visuales y/o dramáticos.

La fotografía de Ernest Haller realza cada detalle de la película. Haller realizó algunas pruebas fotográficas previas, destinadas a comprobar cómo quedaría el vestuario en blanco y negro. Descubrió que el vestido rojo que debía lucir Julie en el Olimpus no contrastaba lo suficiente con los de las otras mujeres, por lo que requirió la opinión de Wyler. Éste, tras verificar que Haller estaba en lo cierto, ordenó confeccionar otro vestido igual, pero mucho más oscuro, de tono cobrizo, que fue el que se empleó en el rodaje.

La música corrió a cargo de Max Steiner, a quien puede considerarse el inventor de las partituras cinematográficas. Steiner creó para KING KONG (Ídem, Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack, 1933) una partitura original y exclusiva, cambiando para siempre el arte de componer música para el cine, porque hasta entonces los films se habían musicalizado con temas procedentes de otros ámbitos. Apenas acabó su trabajo en JEZABEL, Steiner empezó con LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ, película en la que realizaría una de sus aportaciones más importantes: componer un tema exclusivo para cada uno de los personajes principales.

Acogida y premios de un clásico

JEZABEL se estrenó el jueves 10 de marzo de 1938, en el cine Radio City Music Hall de Nueva York. La cinta fue muy bien recibida por el público y la crítica, convirtiéndose en un gran éxito de taquilla. El viernes 15 de diciembre de 1939, un año y nueve meses después de la llegada a las salas comerciales de JEZABEL, se estrenaría LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ, el larguísimo y épico film producido por Selznick en rutilante Technicolor, que eclipsaría a muchísimas películas notables, entre ellas la de Wyler, que durante mucho tiempo ha sido considerada como muy inferior a la dirigida por Victor Fleming, siendo calificada por algunos indocumentados como una especie de LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ barata y en blanco y negro. Por fortuna, el transcurrir del tiempo y sus continuos pases televisivos han devuelto a JEZABEL a la lista de los mejores films americanos de los años 30, y hoy día, aunque su acción transcurra más o menos en la misma época histórica, y a las similitudes entre sus protagonistas femeninas, goza de tanto prestigio entre los cinéfilos como la mítica cinta de Selznick. A mi juicio, ninguna desmerece de la otra, pues se trata de dos visiones muy distintas, pero complementarias, del Viejo Sur de los Estados Unidos.

El jueves 23 de febrero de 1939 tuvo lugar la décimoprimera entrega de los premios de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood. La ceremonia se celebró en el Biltmore Hotel de Los Ángeles y fue conducida por Frank Capra, quien además fue premiado como mejor director por VIVE COMO QUIERAS (YOU CAN´T TAKE IT WITH YOU), que también ganó el Oscar a la mejor película.

JEZABEL fue nominada en cinco categorías: Película, actriz protagonista, actriz secundaria, banda sonora y fotografía. Obtuvo los premios a la mejor actriz principal para Bette Davis y actriz secundaria para Fay Bainter. Dos de cinco no estuvo nada mal, considerando que ese año competían cintas tan excelentes como, por ejemplo, ROBIN DE LOS BOSQUES (THE ADVENTURES OF ROBIN HOOD, Michael Curtiz y William Keighley) o FORJA DE HOMBRES (BOYS TOWN, Norman Taurog).

JEZABEL también fue premiada como mejor película extranjera en el Festival de Cine de Venecia, que le otorgó a William Wyler la Copa Mussolini.

En 2009, setenta y un años después de su estreno, JEZABEL entró a formar parte del fondo del Registro Nacional de Cine de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos, entidad dedicada a preservar las joyas cinematográficas como la que nos ocupa para las generaciones venideras.

Bette Davis y Escarlata O´Hara

La búsqueda de la actriz que encarnaría a la heroína de LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ comenzó casi en el mismo momento en que Selznick decidió hacer la película, y Bette Davis ansiaba encarnar el papel del siglo. Si Jack Warner hubiera logrado hacerse con los derechos del libro de Mitchell, habría tenido bastantes posibilidades de interpretar a la protagonista de LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ, pues en tal caso tan sólo hubiera tenido que preocuparse de la posible competencia de Katharine Hepburn, la otra apuesta de Warner para Escarlata. Pero Bette Davis fue una de las primeras actrices conocidas a la que Selznick rechazó, pues según su criterio no daba la talla para el papel, aunque hoy tal cosa se nos antoje inconcebible. Otra estrella de Warner Bros. que postuló para Escarlata O´Hara, aunque con pocas esperanzas, fue Olivia De Havilland, y ésta tuvo más suerte. No consiguió el rol estelar, pero Warner llegó a un acuerdo con Selznick y digamos que le prestó a la actriz (por un precio, claro), que encarnaría a la dulce Melania Hamilton.

Sin embargo, el tremendo éxito de JEZABEL, que le valió a Bette un premio de la Academia, volvió a poner su nombre en la lista de aspirantes a Escarlata O´Hara, sobre todo gracias a que en una encuesta de radio fue elegida, por una abrumadora mayoría de oyentes, como la actriz más adecuada para el personaje. Pero Selznick mantuvo su postura, por lo que puede afirmarse que Bette Davis tuvo en realidad muy pocas oportunidades de intepretar a Escarlata. Tampoco importó, porque, como se ha dicho, JEZABEL catapultó su carrera a lo más alto, y de hecho está considerada hoy día como una de las grandes actrices de la época dorada de Hollywood, muy por encima de Vivien Leigh.

El romance entre el director y su estrella.

El gran amor imposible de William Wyler fue Bette Davis. Parece ser que sentían una fuerte atracción mutua, y durante la filmación de JEZABEL iniciaron una relación. Él acudía con frecuencia al camerino de la estrella en las pausas del trabajo, repasaban juntos el guión, tomaban una copa y quedaban para verse el fin de semana. Tiempo después, Bette declararía que el rodaje de JEZABEL había sido la época más feliz de su existencia, y que William Wyler había sido el amor de su vida.

¿Por qué no acabó de cuajar la relación sentimental entre el director y la estrella? Todo parece indicar que se debió al carácter de ella, que según las malas lenguas de Hollywood se asemejaba al de Julie Marsden. Ya en la época hubo comentarios sobre el tema, que fueron atajados en parte por Henry Fonda, que definió a Bette Davis como una mujer admirable, que nada tenía que ver con la imagen pública que se pretendía dar de ella. Sea como fuere, lo cierto es que corrió el rumor de que la segunda película que hicieron juntos Bette y Will, LA CARTA, había sido propiciada por una verdadera misiva de amor que Wyler le envió a Davis, en la que presumiblemente le pedía que se casará con él y que Bette, según parece, no se molestó en contestar. Sea cual sea la verdad, su relación no acabó de cristalizar del todo, y William, que había estado brevemente casado con la actriz Margaret Sullavan, comenzaría a dedicar su atención a Margaret Tallichet, con la que contrajo matrimonio el domingo 23 de octubre de 1938, que se convertiría en la compañera de su vida durante décadas y le daría cuatro hijos.

Conclusión

JEZABEL, melodrama sureño al gusto del público de su época, ha trascendido su inicial condición de cinta concebida para aprovechar el tirón de LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ, encontrando su lugar bajo el Sol. Un puesto de honor entre las grandes producciones del Hollywood clásico, ganado a pulso gracias a los inmensos talentos profesionales de su director y su actriz protagonista, dos auténticos monstruos sagrados del cine que siempre perdurarán.

© Antonio Quintana Carrandi,
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