QUÉ ES EL VETO PRESIDENCIAL
por Antonio Quintana Carrandi

El pasado viernes, 30 de septiembre, se publicó la noticia de que el veto de Obama a cierta ley, ideada para facilitar que los familiares de las víctimas del 11-S puedan demandar judicialmente a Arabia Saudí, fue anulado por el Congreso. Que los Servicios Secretos saudíes, o una parte de ellos, jugaron un papel relevante en la perpetración del mayor atentado terrorista de la historia, es algo de lo que muchísimos norteamericanos están seguros, y un tema muy peliagudo sobre el que quizás me decida a escribir más adelante. Pero como la mayoría de la gente no sabe exactamente cómo funciona esto de los vetos presidenciales en USA, paso a explicarlo en términos fácilmente entendibles por cualquiera.

En los Estados Unidos las leyes emanan del Congreso, que se divide en dos cámaras: el Senado y la Cámara de Representantes. El primer paso para crear una nueva ley es poner la idea de ésta por escrito. Como es natural, la redacción de un proyecto de ley es muy compleja, por lo que lo normal es confiársela a alguno de los integrantes de un grupo de abogados empleados por el Congreso. Una vez redactado y pulido el proyecto, se presenta al secretario de la Cámara de Representantes o al del Senado, quien procede a numerarlo y darle entrada en la lista correspondiente, siendo a su debido tiempo remitido a la comisión que corresponda. El siguiente paso es que la persona interesada en promover esa nueva ley se entreviste con el presidente de la comisión adecuada (de la que es posible que forme parte también), para tratar de conseguir que el proyecto sea debatido por la comisión en pleno. Esta es una fase muy laboriosa y delicada, que requiere mucha mano izquierda y don de gentes, pues a los miembros de una comisión no se les convence arengándoles en una sesión pública, sino hablando directamente con ellos para hacerles ver los méritos del proyecto en cuestión.

La comisión puede hacer dos cosas: si el proyecto es rutinario y sin demasiada relevancia, lo considera en privado, hace algunas enmiendas y pasa a informarlo. La mayoría de los proyectos de ley presentados al Congreso son así. Pero si el tema es mucho más complejo y delicado, los miembros de la comisión que sea recaban más información sobre el asunto, e incluso pueden celebrarse audiencias públicas para discutirlo, excepto en los casos en que se trate de asuntos considerados vitales para la seguridad nacional. El Congreso puede citar a cualquier persona a estas audiencias para aportar sus conocimientos sobre el tema, y si alguien se niega a prestar su colaboración sin la justificación debida, comete delito de desacato al Congreso y puede ser enjuiciado por ello.

Una vez que la comisión informa favorablemente del proyecto, éste se somete a votación, y si ésta es favorable en la Cámara de Representantes (donde vamos a suponer que se ha presentado el proyecto), pasa al Senado, donde se repite la votación. Si la mayoría vota a favor, el proyecto es enviado al Presidente. Si está conforme con él, lo firma, y automáticamente se convierte en ley federal; es decir, está por encima de cualquier ley estatal.

Pero el Presidente no está obligado a firmarlo, y aquí aparece la figura del veto. Si el primer mandatario no está conforme, devuelve el proyecto al Senado o la Cámara de Representantes con una nota en la que expone sus objeciones. Se repiten las votaciones, y si dos tercios de la cámara que sea vuelven a votar a favor, se envía a la otra y se procede igual. Si en ésta cámara también votan a favor dos tercios de sus integrantes, el proyecto se convierte en ley federal sin necesidad de la firma del Presidente. Esto es lo que en el argot político de Washington se llama pasar por alto el veto, y es lo que le han hecho a Obama.

Claro que el Presidente puede optar por no firmarlo, sin devolverlo al Congreso. Si lo retiene durante más de diez días, el proyecto también se convierte en ley. Pero hay una excepción: si el Congreso levanta sus sesiones antes de que transcurran esos diez días, el proyecto no se convierte en ley. Esto es así para prevenir que el Congreso pueda tenderle una trampa al Presidente, enviándole proyectos de ley que los congresistas saben no aprueba, levantando las sesiones sin darle tiempo a vetarlos. En ocasiones, como le ocurre a Obama, el Congreso le es adverso al Presidente al estar dominadas sus cámaras por el otro partido. En tal caso, puede ocurrir que los congresistas aprueben un proyecto de ley muy cerca del fin de las sesiones del Congreso. El Presidente se encontrará entonces ante la disyuntiva de firmarlo, lo que provocaría los reproches de algunos, o vetarlo, ganándose así la animadversión de otros. Si el Presidente sabe que el Congreso levantará sus sesiones en cuatro o cinco días, por ejemplo, puede optar por no hacer ni una cosa ni la otra, guardándose el proyecto de ley en el bolsillo hasta que el Congreso entre en receso. A esta práctica, perfectamente legal, se la llama veto de bolsillo y significa la muerte efectiva del proyecto en cuestión.

En fin, la cosa es bastante más larga y compleja, pero ésta es, a grandes rasgos, la explicación de lo que le ha ocurrido a Obama en esta ocasión en sus relaciones con el Congreso.

© Antonio Quintana Carrandi, (901 palabras) Créditos