TERTULIANOS Y OTRAS HIERBAS
por Antonio Quintana Carrandi

De un tiempo a esta parte, las tertulias llamadas del corazón, estúpidas a más no poder y buque insignia de la telebasura, están siendo reemplazadas por las dedicadas a la política, y ya no sabe uno qué es peor: si ver a una colección de pedorros y pedorras discutiendo a grito pelado sobre tonterías que sólo pueden interesar a descerebrados, o asistir a bizantinas discusiones presuntamente serias sobre la penosa situación que atraviesa lo que se empeñan en llamar estepaís, y que otros, más clásicos, desfasados y políticamente incorrectos, llamamos España. Tras tragarme estoicamente un montón de eso que llaman ahora programas de debate, de una y otra cadena, he concluido que en ninguno de ellos se produce jamás un debate serio, ponderado y en el que se guarden mínimamente las formas. Basta que se mencione un caso de corrupción que afecte a determinada formación política, para que sus simpatizantes pongan el grito en el cielo, e interrumpan al que está hablando, echándole en cara la supuesta corrupción de los suyos. Es penoso y cansino al mismo tiempo oír cómo unos, otros y los de más allá, abominan del y tú más para, acto seguido, regodearse sacando a relucir las miserias de los otros. Todos dicen estar en contra de las corruptelas, pero todos tratan de minimizar las propias y magnificar las del de enfrente. Y a los tertulianos que medran por esas televisiones de Dios, a todos ellos, se les ve el plumero ideológico a las mínimas de cambio.

Salvo honrosas y muy puntuales excepciones, estos que han hecho de la tertulia televisiva una profesión demuestran, día sí y día también, que su verdadera vocación es la de comisarios políticos, pues nunca, jamás, ven nada malo en los de su cuerda, pero demonizan inmisericordemente al contrario. Tan sólo la ocasional presencia de personas formadas y sensatas, a las que, ideología aparte, los árboles no les impiden ver el bosque, anima algo el cotarro tertuliano. Pero como han de bregar en franca minoría con gente que ha hecho del dogma político un mantra, al que se aferran como a un clavo ardiendo y que les acoraza frente a razonamientos intachables, apenas pueden esbozar sus sólidos argumentos sin ser interrumpidos, una y mil veces, por algún tertuliano que no es que tenga nada interesante que decir, sino que, simplemente, pretende que el otro no hable. Esto ocurre incluso con los periodistas, que deberían ser los más escépticos e imparciales. Pero la cosa se vuelve mucho más difícil cuando de argumentar algo frente a un político se trata. Es una misión casi imposible, porque los servidores públicos están obsesionados con responder de inmediato a lo que se dice, sin dar tiempo al otro a terminar de exponer su argumento. Tan sólo en una ocasión recuerdo haber visto, a una de estas personas formadas y sensatas que mencionaba antes, pararle la lengua y los pies a un politiquillo (politiquilla en ese caso concreto), que no hacía más que interrumpirle con peregrinas puntualizaciones que no venían a cuento.

Semejante comportamiento revela, en mi opinión, no sólo un mal disimulado desprecio por el que piensa diferente, sino también por el espectador, que la mitad de las veces no se entera de qué va la cosa, porque lo que debería ser un cambio de ideas e impresiones, una conversación razonable y distendida, acaba adquiriendo visos de charleta de chigre, donde el que más despotrica cree tener razón.

Buena parte de la culpa la tienen los supuestos moderadores de estas tertulias, que en general moderan poco y amargoso, y en ocasiones más que moderar parece que le echan más leña al fuego. Ante semejante espectáculo, uno no puede sino añorar un espacio tan notable como La Clave, en el que se analizaban en profundidad diversos temas ilustrados por films memorables, en un dilatado coloquio sabiamente moderado por ese maestro de la televisión que es José Luis Balbín. Por La Clave pasaron personalidades de todos los ámbitos del saber humano, que expresaban opiniones encontradas y a veces hasta antagónicas, pero con gran educación y sin sacar nunca los pies del tiesto. ¿No sería posible que existiera una tertulia política similar a la de La Clave, donde se analizaran con rigor y seriedad los problemas actuales de España, dejando en segundo plano los dogmatismos políticos y las descalificaciones gratuitas? En teoría sí, pero para eso sería imprescindible que los tertulianos renunciaran a la pose ideológica, centrándose en lo que de verdad preocupa e interesa al conjunto de los españoles, haciendo a un lado los prejuicios ideológicos o de clase social, y analizando fríamente y en profundidad las cuestiones que se les planteen. Mas, por desgracia, todo indica que no están por la labor. Por eso sostengo que esos supuestos programas de debate apenas sirven para nada, sino es para que algunos practiquen el autobombo, hagan propaganda de la formación política de sus amores, y, lo más importante de todo para muchos de ellos, se embolsen los buenos cientos de euros que perciben por airear a través de la pequeña pantalla sus interesantes opiniones.

© Antonio Quintana Carrandi, (844 palabras) Créditos