MY FAIR LADY
MY FAIR LADY EE. UU., 1964
Título original: My Fair Lady
Dirección: George Cukor
Guión: Alan Jay Lerner
Producción: Jack L. Warner para Warner Bros
Música: Frederick Loewe
Fotografía: Harry Stradling
Duración: 170 min.
IMDb:
Reparto: Audrey Hepburn (Eliza Doolittle); Rex Harrison (Profesor Henry Higgins); Stanley Holloway (Alfred Doolittle); Wilfrid Hyde-White (Coronel Pickering); Gladys Cooper (Mrs. Higgins); Jeremy Brett (Freddie Eynsford-Hill); Theodore Bikel (Zoltan Karpathy); Mona Washbourne (Mrs. Pearce); Isobel Elsom (Mrs. Eynsford-Hill); John Holland (Carnicero).

Sinopsis

Londres, 1912. El coronel Pickering llega a la ciudad procedente de la India, donde se ha dedicado al estudio de los dialectos coloniales, con la intención de conocer al profesor Higgins, eminente lingüista. Higgins, que acaba de conocer a una vendedora ambulante de violetas, Eliza Doolittle, una joven de harapiento aspecto que habla con un marcado acento cockney, le comenta a Pickering que, con la debida instrucción, incluso una muchacha barriobajera como Eliza podría transformarse en una elegante dama de la alta sociedad. Higgins y Pickering ponen manos a la obra tras convencer a la muchacha. El reto es sumamente difícil, pero Higgins consigue en parte su propósito, logrando transmutar a la joven de clase baja en una elegante dama. Sin embargo, aunque al principio causa sensación en las carreras de Ascott Park, en cuanto Eliza abre la boca se revela su procedencia cockney. Un joven apuesto y modesto, Freddie, se enamora de ella y comienza a cortejarla sin demasiado éxito. Mientras tanto, Higgins sigue instruyendo a la muchacha, puliendo su acento y convirtiéndola en una auténtica dama. Pero el cambio que se opera en Eliza es mucho más profundo. La joven siente algo por el profesor, pero al comprobar que éste la ve sólo como un proyecto científico le abandona. La marcha de Eliza obliga a Higgins a replantearse la situación, descubriendo que se ha enamorado de ella.

A modo de prólogo

Los cinéfilos, hora es de reconocerlo, tenemos filias y fobias. En mi caso, las películas que menos me gustan son las musicales. Supongo que es una faceta más de mi manera de ser, pero siempre me han resultado cargantes esas cintas en que, sin venir a cuento, los protagonistas se arrancan a cantar o bailar cada tres minutos o así. Ya sé que esto no parece casar muy bien con mi condición de cinéfilo, pero es superior a mis fuerzas. Incluso cuando era niño, y veíamos en el cine alguna peli de dibujos animados de la Disney, siempre comentaba al salir que la mayoría de las canciones sobraban. Más adelante comprendí por qué Walt Disney insistía en convertir sus films en musicales animados, pero aunque aceptaba que el mago de Burbank tenía gran parte de razón, seguían sin gustarme las películas con exceso de números musicales.

Sin embargo existen algunos films que, por su origen y peculiar estructura, aprecio especialmente. Y aunque el musical en sí es un género que no es muy de mi agrado, reconozco que ha dado al arte cinematográfico un puñado de obras maestras muy dignas de ser tenidas en cuenta. Y la mejor de ellas, en mi modesta opinión, es MY FAIR LADY.

La obra teatral de Shaw

George Bernard Shaw (1856-1950) fue sin duda uno de los más grandes literatos de la lengua inglesa. El futuro Premio Nobel obtuvo su primer gran éxito en 1914, con la obra teatral PYGMALION, estrenada en Londres. Inspirándose en el mito de Pygmalion y Galatea, Shaw escribió una comedia llamada a convertirse en un gran clásico de la escena. La historia del profesor de fonética inglesa que acaba enamorándose de su creación, la muchacha de clase baja a la que convierte en una auténtica dama por una apuesta con un amigo, proporcionó fama universal al escritor, que una década más tarde, en 1925, obtendría el Nobel de literatura.

Desde el primer momento se planteó la posibilidad de convertir PYGMALION en un musical, pero Shaw siempre se negó a ello, alegando que su obra tenía suficiente musicalidad. No hubo manera de convencerle de lo contrario, así que habría de pasar mucho tiempo antes de que su PYGMALION se convirtiera en un musical.

La primera adaptación cinematográfica

La obra de Shaw fue llevada a la pantalla por primera vez en 1938, en PYGMALION (Ídem, Anthony Asquith & Leslie Howard), gracias a que Shaw se avino a venderle los derechos cinematográficos de su historia a Gabriel Pascal. Howard, además de asumir el rol de Higgins, se implicó al máximo en el proyecto, codirigiendo la película. El resultado fue uno de los mejores films británicos de los años 30, y en mi opinión la mejor versión fílmica de la mítica obra de Shaw. El propio autor se mostró muy satisfecho con esta cinta, que había sabido captar muy bien el espíritu del PYGMALION teatral, adecuándolo a las servidumbres del Séptimo Arte. Como dato curioso, cabe señalar que la maravillosa fotografía en B/N de este clásico es obra de Harry Stradling, que asumió idénticas funciones en la cinta de 1964.

MY FAIR LADY en Broadway

Por regla general, las grandes películas musicales se basan en obras que previamente han triunfado en Broadway. La excepción que confirma la regla es SIETE NOVIAS PARA SIETE HERMANOS (SEVEN BRIDES FOR SEVEN BROTHERS, Stanley Donen, 1954), que fue concebida como una cinta musical desde el principio, pasando después a los escenarios.

La conversión de PYGMALION en musical no fue nada fácil. Cuando Shaw murió, en 1950, Gabriel Pascal, que todavía era propietario de los derechos de la obra, se puso en contacto con varios compositores, decidido a transformarla en una comedia musical de éxito. Hombres de la talla profesional de Noel Coward y Cole Porter rechazaron el ofrecimiento de Pascal, pues pensaban que el texto de Shaw no funcionaría como musical, opinión compartida también por Richard Rodgers y Oscar Hammerstein. Leonard Bersntein estuvo a punto de acometer el proyecto, pero al final se echó atrás, afirmando que la obra era perfecta tal y como estaba. Fueron Alan Jay Lerner y Frederick Loewe los que aceptaron el desafío. No obstante, las dificultades que encontraron para convertir PYGMALION en un musical fueron tantas que estuvieron a punto de tirar la toalla, aunque por suerte no lo hicieron, gracias a lo cual la obra de Shaw acabaría convirtiéndose en uno de los éxitos más sonados de la historia de Broadway.

Representada por primera vez en New Haven (Connecticut) el 4 de febrero de 1956 bajo el nuevo título de MY FAIR LADY y con notable éxito de público y crítica, el 15 de ese mismo mes la obra llegó a Filadelfia, abarrotando el Erlanger Theatre. Exactamente un mes más tarde, el 15 de marzo, dio el salto a Broadway, Nueva York, estrenándose en la ciudad de los rascacielos en el Mark Hellinger´s Theatre y causando verdadera sensación. MY FAIR LADY arrasó esa temporada en la entrega de premios Tony de musical. Rex Harrison se alzó con el premio al mejor actor, y la producción obtuvo ocho galardones más: mejor obra, productor, puesta en escena, vestuario, diseño, música, dirección de orquesta y guión. Julie Andrews, Stanley Holloway y Robert Coote fueron nominados como intérpretes, y otro tanto ocurrió con la coreografía de Hanya Helm. Nueve premios sobre un total de trece nominaciones es un record difícil de superar.

Rex Harrison, aunque hoy pueda parecernos increíble, estuvo a punto de renunciar a interpretar a Higgins. Había tomado lecciones de canto con vistas a asumir el papel, pero al escuchar las grabaciones de su voz fue consciente de su limitado registro vocal, así que pidió que le apartaran del proyecto. Lerner y Loewe, impresionados por su talento como actor, se negaron a excluirle del reparto y reescribieron muchas de las canciones para que Harrison pudiera recitarlas más que cantarlas. Esta práctica era completamente inusual en aquel momento, pero dio excelentes resultados.

Es preciso señalar que la obra musical tomaba elementos del film de 1938 que no figuraban en el texto original. Así mismo, el final fue alterado en varias ocasiones, pues no acababa de encajar adecuadamente en el marco de la producción. A pesar de todo, se procuró respetar al máximo el espíritu y la inteligencia características del texto de Shaw, lográndolo en gran medida.

Curiosamente, Shaw dejó escrito a su muerte una especie de epílogo de PYGMALION, en el que Eliza acaba casándose con Freddie y montando con él... ¡una verdulería! Final que, obvio es decirlo, fue descartado sin contemplaciones.

La obra se mantuvo en cartel durante seis años, hasta septiembre de 1962. Fue representada en 2717 ocasiones, manteniendo el mismo éxito de público hasta el último momento. Evidentemente, un triunfo tan apoteósico tenía que llamar la atención de la industria del cine. Y fue el gran Jack L. Warner quien se propuso adaptar MY FAIR LADY a la pantalla.

La fabulosa cinta de la Warner

Warner asumió la preproducción de la versión fílmica de la obra casi como una operación militar planeada al detalle. Empezó por asignar al proyecto un gran presupuesto, pues era consciente de que la película resultante sólo podría superar a la fabulosa obra teatral con un buen diseño de producción. El viejo Jack, un poco megalómano como todos los grandes magnates del cine, pretendía que MY FAIR LADY fuera la película musical definitiva, equiparable a la mítica LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ Así pues, se involucró al máximo en ella, y aunque dio bastante libertad a sus colaboradores, supervisó hasta el último detalle de la filmación.

La cuestión del reparto suscitó los problemas más graves. Jack L. Warner consideraba a Rex Harrison como un gran actor, pero en su opinión el papel de Higgins era perfecto para Peter O´Toole. O´Toole estuvo a punto de hacerse con el rol de Higgins, pero exigía demasiado dinero y eso fue determinante para que se le apartara del proyecto. Warner pensó entonces en Cary Grant, por la sencilla razón de que siempre había dado más dividendos en pantalla que Harrison. Grant seguía siendo un actor muy taquillero, a pesar de tener ya más de cincuenta años. CON LA MUERTE EN LOS TALONES (NORTH BY NORTHWEST, Alfred Hitchcock, 1959), OPERACIÓN PACÍFICO (OPERATION PETICOAT, Blake Edwards, 1959), PÁGINA EN BLANCO (THE GRASS IS GREENER, Stanley Donen, 1960) y SUAVE COMO EL VISÓN (THAT TOUCH OF MINK, Delbert Mann, 1962), sus últimas películas, habían devenido en grandes éxitos, y Warner quería tener en su producción un valor seguro en taquilla, de modo que porfió para que Cary Grant asumiera el rol del profesor Higgins. Harrison lo tenía crudo, porque Warner no era hombre que cambiase fácilmente de idea. Por suerte, fue el propio Cary Grant el que zanjó la cuestión. Rehusó protagonizar el film aduciendo que su inglés era de pura raíz cockney, y que, aunque hablaba un perfecto inglés americano sin acento de ninguna clase, sería incapaz de expresarse convincentemente como Higgins, un académico que dominaba a la perfección el inglés británico característico de las clases altas. Pero Grant fue mucho más allá. Declaró públicamente que el único actor que podía dar vida a Higgins era Rex Harrison, advirtiendo que si éste era sustituido por otro intérprete, él no se molestaría en ir a ver la película. Las sensatas palabras de Grant calaron muy hondo en la opinión pública y entre los críticos, y obligaron a Jack L. Warner a dar marcha atrás, manteniendo a Harrison al frente del reparto.

Para el papel del señor Doolittle se pensó en James Cagney. Este actor, más conocido por sus geniales interpretaciones en el cine negro, especialmente en roles de gángster, era un consumado bailarín que precisamente había obtenido un Oscar por YANQUI DANDY (YANKEE DOODLEY DANDY, Michael Curtiz 1942). Pero Cagney había decidido retirarse tras protagonizar la hilarante pero fallida en su momento UNO, DOS, TRES (ONE, TWO, THREE, Billy Wilder, 1961). Gracias a ello, Stanley Holloway, que había interpretado el papel en los escenarios durante muchos años, pudo encarnar a Alfred Doolittle en la versión cinematográfica. El coronel Pickering, personaje que en el teatro interpretó Robert Coote, fue asumido por Wilfrid Hyde-White. Coote era un genuino gentleman británico y un gran característico, tanto en los escenarios como en la pantalla, que había trabajado en films tan notables como EL FANTASMA Y LA SEÑORA MUIR (THE GHOST AND Mrs. MUIR, Joseph Leo Mankiewicz, 1947) y EL PRISIONERO DE ZENDA (THE PRISONER OF ZENDA, Richard Thorpe, 1952). Hyde - White se convirtió en la comidilla de los Estudios Warner, pues no estaba dispuesto a aplazar su vida familiar mientras rodaba, así que se trajo de Londres a su esposa y a sus dos hijos. No contento con ello, ordenó que le enviasen desde Inglaterra su vetusto Rolls-Royce, y hasta un paraguas negro con empuñadura de marfil que tenía más de treinta años de antigüedad y que, por cierto, no tuvo ocasión de usar en la soleada Los Ángeles. En cuanto a Freddie, el joven galán soñador y romántico que corteja a Eliza, recayó en Jeremy Brett, que reemplazó a John Michael King.

Julie Andrews había logrado una caracterización sencillamente genial, pero fuera de los escenarios teatrales no era, por aquel entonces, una actriz muy conocida, así que Warner no tuvo problemas a la hora de reemplazarla por Audrey Hepburn. Al contrario que Andrews, Hepburn tenía a sus espaldas una destacadísima carrera cinematográfica. Tras intervenir en seis títulos no especialmente relevantes, Audrey había obtenido el Oscar a la mejor actriz por VACACIONES EN ROMA (ROMAN HOLYDAY, William Wyler, 1953), la primera cinta realmente importante en la que trabajó y la que la encumbraría definitivamente. Su frágil belleza (juventud de porcelana según algunos) brilló esplendorosamente en SABRINA (Ídem, Billy Wilder, 1954), y en la un tanto fallida aunque espectacular GUERRA Y PAZ (WAR AND PEACE, King Vidor, 1956). Su primer musical fue UNA CARA CON ÁNGEL (FUNNY FACE, Stanley Donen, 1957), donde supo estar a la altura de una estrella de la talla de Fred Astaire, incluso robándole a éste el protagonismo en no pocas ocasiones. Más tarde vendrían LOS QUE NO PERDONAN (THE UNFORGIVEN, John Huston, 1960), rudo western en el que compartió cartel con Burt Lancaster, y la que es, sin ninguna duda, su mejor película: DESAYUNO CON DIAMANTES (BREAKFAST IN TIFFANY´S, Blake Edwards, 1961), a la que seguirían títulos tan celebrados como CHARADA (CHARADE, Stanley Donen, 1963), en la que trabajó nada menos que con Cary Grant.

Puede afirmarse que la de los años 60 fue la década de Audrey Hepburn. Bajo los auspicios de gente tan sofisticada como Edith Head y Hubert de Givenchy, que supieron realzar su delicada y serena belleza con sus creaciones, alcanzando cotas insuperables, Audrey Hepburn pasó a convertirse en la genuina princesita del cine, y por extensión, en el modelo femenino más influyente de la época. Aquellos fueron los años en que eclosionó la característica chica Bond, curvilínea y sensual. Audrey se erigió en la antítesis de aquel tipo de mujer, contraponiendo a la rotundez física de las chicas Bond y otras féminas similares su estilo suave, casi etéreo, caracterizado por la ternura y la bondad. Poco importaba que la apariencia sexualmente delicada de Audrey Hepburn se debiera, al menos en parte, a las penurias que pasó durante la II Guerra Mundial; nadie logró personificar como ella el espíritu de toda una década, de toda una época. Audrey Hepburn alcanzó la condición de mito generacional, y mantuvo esa aureola durante toda su vida, gracias no sólo a su talento como actriz, sino a su indudable valía como persona. De naturaleza tímida, sensible y un tanto introvertida, jamás tuvo delirios de diva, y como su tocaya de apellido, Katharine, supo envejecer con dignidad, manteniéndose apartada del oropel del mundo del espectáculo. Quizás lo que mejor la defina como ser humano sea su desinteresada dedicación, especialmente durante la última etapa de su vida, a UNICEF y a los niños más desfavorecidos. Sin duda, Audrey tenía muy presente la ayuda que ella y otros niños europeos recibieron de las Naciones Unidas en la inmediata posguerra, y deseaba demostrar así su agradecimiento y su compromiso con los más débiles.

Audrey Hepburn no sabía cantar. O, para ser exactos, poseía una voz inferior a la de Julie Andrews, que era capaz de alcanzar cuatro octavas nada menos. Por ese motivo, y aunque a ella le habría gustado interpretar las canciones, fue doblada por la soprano Marni Nixon. Según parece, fue el propio Jack L. Warner quien, tras escuchar las pistas grabadas por Audrey, decidió que debía ser doblada. La actriz no fue consultada al respecto, y aunque es muy posible que tal decisión la contrariara, no hay constancia de que protestara. Marni Nixon ya tenía experiencia en doblar a actrices de prestigio, pues había prestado su voz a Deborah Kerr en EL REY Y YO (THE KING AND I, Walter Lang, 1956) y a Natalie Wood en WEST SIDE STORY (Ídem, Robert Wise, 1961).

Ya he comentado que Jack L. Warner pretendía rodar el musical cinematográfico definitivo y que no pensaba escatimar ni un dólar para conseguirlo. Gran parte del fabuloso presupuesto se destinó al diseño de producción. Los fastuosos decorados, que se atenían escrupulosamente a la época en la que transcurría la acción del film, fueron cuidados al máximo. Como Warner no acababa de estar satisfecho con los primeros esbozos de la decoración, decidió que se recurriera a anticuarios y museos para que proporcionasen muebles y objetos auténticos de principios de siglo. La construcción de los decorados fue una de las tareas más arduas a las que hubo de hacer frente el equipo de producción. Piezas de mobiliario, libros antiguos, estanterías, incluso puertas y marcos de ventana de época llegaron a los Estudios Warner desde las más remotas procedencias. Un equipo de especialistas recorrió todo el país en busca de objetos genuinos del tiempo de la Belle Époque. Había que dar al film el genuino tono art nouveau. Todo lo que apareciera en pantalla debía ser, en la medida de lo posible, original. Un botón de muestra: la jaula de ave que se ve en determinado momento de la película, una valiosa antigüedad, fue alquilada a su propietario por 1.250 dólares, una suma considerable en 1964.

El apartado de vestuario se comió medio millón de dólares. Cecil Beaton y su equipo diseñaron 1086 modelos. Obviamente, los más impresionantes son los diseñados para Audrey Hepburn. La actriz confesaría que en ninguna otra película lució un vestuario tan variado y elegante. El vestido plateado que llevó en las secuencias de las carreras de Ascott fue, en palabras de la actriz, el más maravilloso de todos los que vistió en su dilatada carrera. No es de extrañar, porque Cecil Beaton fue uno de los diseñadores de vestuario más importantes de Hollywood, además de destacar como conferenciante, escritor, fotógrafo y diseñador escénico, facetas todas ellas en las que brilló a gran altura. Autor de EL ESPEJO DE LA MODA, libro aparecido en 1954 y considerado desde entonces como la Biblia del modisto, trabajó durante algún tiempo para la revista Vogue. Con MY FAIR LADY obtendría su segundo Oscar al mejor diseño de vestuario. Ya tenía otro por GIGI (Ídem, Vincente Minelli, 1958).

El coste final de la película superó ampliamente los 17 millones de dólares, aunque se ha de tener en cuenta que 5 millones correspondieron a la adquisición de los derechos cinematográficos de la obra teatral. El film se estrenó en Nueva York el jueves 23 de abril de 1964, y desde el primer momento fue un bombazo.

La gran triunfadora de los Oscars

MY FAIR LADY fue nominada en once categorías: Mejor película, actor, actor secundario, actriz secundaria, director, fotografía en color, decorados, sonido, guión adaptado, adaptación musical y vestuario. Obtuvo ocho de ellos: Mejor película (Jack L. Warner); mejor actor (Rex Harrison); mejor director (George Cukor); mejor fotografía en color (Harry Stradling); mejores decorados (Cecil Beaton, Gene Allen y George James Hopkins); mejor sonido (George R. Groves); mejor adaptación musical (André Previn) y mejor vestuario (Cecil Beaton). El Oscar al mejor actor secundario, al que estaba nominado Stanley Holloway, fue para Peter Ustinov por TOPKAPI (Ídem, Jules Dassin, 1964). Otro tanto ocurrió con Gladys Cooper, que perdió frente a Lila Kedrova por ZORBA EL GRIEGO (ZORBA THE GREEK, Mihalis Kakogiannis aka Michael Cacoyannis, 1964). El premio al mejor guión adaptado se lo llevó Edward Anhalt por BECKET (Ídem, Peter Glenville, 1964).

La cosecha de Oscars de MY FAIR LADY fue impresionante, pero, para no variar, la Academia perpetró otra de sus memorables meteduras de pata, pues Audrey Hepburn ni siquiera fue nominada, a pesar de su fabulosa interpretación. El Oscar a la mejor actriz se lo llevó, curiosamente, Julie Andrews por MARY POPPINS (Ídem, Robert Stevenson, 1964). Sin que ello signifique menosprecio de la excelente labor interpretativa de Andrews en la cinta de la Disney, considero que Audrey Hepburn merecía mucho más ese premio, porque el de Eliza Doolittle es un papel mucho más complejo de interpretar que el de la simpática niñera de cuento de hadas. Más adelante se trató de excusar la no nominación de Audrey Hepburn alegando que había sido doblada en las canciones, un patético intento por justificar lo injustificable.

El musical clásico que venció a las modas

UNA CARA CON ÁNGEL, film concebido como un homenaje al fotógrafo Richard Avedon, y en el que se ironizaba inteligentemente sobre el existencialismo francés, fue un perfecto musical en el que Audrey Hepburn se batió el cobre con una estrella del espectáculo de la magnitud de Fred Astaire. Funcionó muy bien en taquilla, pero, para muchos críticos, esta cinta venía a ser como el canto del cisne del musical cinematográfico, pues parecía que el tema ya no podía dar más de sí. No obstante, en la década siguiente se producirían algunas de las mejores películas musicales de la historia, empezando por la mítica WEST SIDE STORY, que aportó sabía nueva al género y marcó las vidas de toda una generación de jóvenes aficionados. Pero a pesar del éxito que cosechaban, por ejemplo, las sencillas cintas protagonizadas por Elvis Presley, las películas musicales no pasaban por su mejor momento. En los años 60 alcanzó gran influencia cierta visión intelectual del hecho cinematográfico, según la cual las películas de corte clásico, como los musicales, estaban abocadas a desaparecer frente a las nuevas formas de hacer cine, representadas por la nouvelle vague francesa, el free cinema británico y otros movimientos semejantes, que condicionaron, al menos en parte, los gustos del público joven que acudía a los cines. Estos jóvenes contestatarios exigían que el cine asumiera nuevas formas de expresión, en las que primaran los contenidos más que los continentes. Los realizadores apreciados por esa nueva hornada de espectadores eran gente como Jean-Luc Godard, Michelangelo Antonioni y Glauber Rocha, cuyas películas pretendían ser realistas y decir algo, pero tan sólo eran pretenciosas y aburridas.

La industria cinematográfica anglosajona tenía claro que aquello del nuevo cine no era más que una moda, y en consecuencia la combatió eficazmente con la monumentalidad de producciones como LA CONQUISTA DEL OESTE (HOW THE WEST WAS WON, Henry Hathaway, George Marshall, John Ford, Richard Thorpe, 1962), LAWRENCE DE ARABIA (LAWRENCE OF ARABIA, David Lean, 1962) o CLEOPATRA (Ídem, Joseph Leo Mankiewicz, 1963). Los musicales de aquellos años también fueron monumentales, con títulos tan emblemáticos como el citado WEST SIDE STORY, SONRISAS Y LÁGRIMAS (THE SOUND OF MUSIC, Robert Wise, 1965), OLIVER (OLIVER! Carol Reed, 1968), CAMELOT (Ídem, 1967) o LA LEYENDA DE LA CIUDAD SIN NOMBRE (PAINT YOUR WAGGON, 1969), estas dos últimas dirigidas por Joshua Logan. Todas estas películas obtuvieron un notable éxito de público y crítica, pero MY FAIR LADY las superó con creces, demostrando de paso que, pese a los humos que se daban algunos snobs adoradores del nuevo cine, el grueso del público seguía prefiriendo mayoritariamente las historias de siempre.

Un film sencillamente genial

Innovadora en su estética, la cinta de Cukor poseía no obstante unas raíces clásicas muy arraigadas, y de ellas extraía su esencia. Aunque en su creación confluyeron estilos diversos, y a veces incluso opuestos, MY FAIR LADY ostenta una asombrosa unidad estilística, fruto sin duda de la perfecta conjunción de sus equipos técnico y artístico, y de la férrea determinación de Jack L. Warner, que estuvo siempre al pie del cañón y muy pendiente de los detalles.

La cinta se beneficia de la sutil dirección de George Cukor, un hombre que, a pesar de contar en su palmarés profesional con títulos tan notabilísimos como HA NACIDO UNA ESTRELLA (A STAR IS BORN, 1954), LAS GIRLS (LES GIRLS, 1957) y EL MULTIMILLONARIO (LET´S MAKE LOVE, 1960), no se consideraba un experto en musicales. Si lo hubiera sido, ¿cómo habría resultado MY FAIR LADY? Parece ser que Warner barajó la posibilidad de darle la dirección a Vincente Minelli, aunque al final se decidió por Cukor. Es posible que Minelli hubiese dotado de más onirismo a los números musicales, pero dudo que hubiese podido igualar la maestría de Cukor en la dirección de actores. La principal protagonista del film es Audrey Hepburn, y no puede dudarse que la maravillosa actriz se benefició muchísimo del talento de un hombre como Cukor, considerado como un director de actrices, porque poseía un don especial para tratar con ellas y hacer que diesen lo mejor de sí mismas. Hoy día hay muchas directoras de cine, pero ninguna de ellas ha logrado aproximarse siquiera a los logros de Cukor, lo que confirma que éste poseía una sensibilidad muy especial, casi única, que era muy apreciada por todas las mujeres que trabajaron a sus órdenes.

MY FAIR LADY fue el resultado de una increíble combinación de talentos. El gran operador Harry Stradling y el director artístico Gene Allen supieron crear la iconografía y la ambientación necesarias para que Cecil Beaton diese rienda suelta a su creatividad. Cukor asumió las funciones de dirección con su eficacia habitual, y los intérpretes estuvieron a la altura de lo que de ellos se esperaba. Los más destacados son, obviamente, Rex Harrison y Audrey Hepburn, que debieron someterse a un estricto código lingüístico para hacer creíbles sus personajes. Pocas veces en la historia del cine se puede encontrar un reparto tan ajustado como competente en una película.

Un conjunto de melodías inolvidables

La gran baza de MY FAIR LADY, aparte de su magnífica ambientación y las insuperables interpretaciones del elenco protagonista, es obviamente la música. Alan Jay Lerner, letrista, y Frederick Loewe, compositor, formaron el dúo más eficaz de Broadway, creando maravillosos espectáculos que ellos mismos adaptaban más tarde a la gran pantalla. MY FAIR LADY fue, posiblemente, su mayor éxito, y su conversión en película no hizo sino acrecentar la fama del tándem de genios musicales. Las hermosas melodías que crearon para tan portentosa obra forman ya parte destacada del acervo musical, y nos han acompañado durante más de medio siglo. Why Can´t the English...? (¿Por qué no pueden los ingleses...?), Wouldn´t It Be Loverly? (¿No sería hermoso?), I´m Just an Ordinary Man (Sólo soy un hombre normal), Just You Walt (Ya verás), I Could Have Dance All Night (Podría haber bailado toda la noche), Ascott Gavotte (La gaviota de Ascott), On the Street Where You Live (La calle donde vives), You Dit It (Lo hiciste), Show Me (Enséñame), Get Me to the Church on Time (Llevadme a tiempo a la iglesia), A Hymn to Him (Un himno a él), Whitout You (Sin ti), y I´ve Grown Accustomed to Her Face (Me he ido acostumbrando a su cara) son melodías sencillamente maravillosas. Pero la más recordada en España, por razones obvias, es The Rain in Spain, traducida al castellano como La lluvia en Sevilla, simpático trabalenguas que ilustra uno de los momentos cumbre de la historia, cuando Eliza por fin pronuncia correctamente la frase. Es importante señalar que las canciones, al ocupar buena parte del metraje y ser imprescindibles para la perfecta comprensión del relato, fueron reescritas y dobladas en varios países, ya que el uso de subtítulos habría resultado muy molesto para los espectadores. La versión española fue sin duda una de las mejores, y la profesionalidad de los artistas que doblaron a los actores anglosajoneses proverbial. Idéntico proceso se siguió con MARY POPPINS, SONRISAS Y LÁGRIMAS y otras muchas películas musicales, obteniéndose siempre resultados muy notables. En general, para doblar las canciones se recurrió a figuras de la Zarzuela, nuestro género lírico autóctono, pues sus voces se ajustaban maravillosamente al estilo de esas películas.

Reflexión final y personal

MY FAIR LADY es un título mítico, que ocupa un puesto de honor en el Olimpo de los grandes clásicos intocables del Séptimo Arte. Película rodada al viejo estilo, cuando se aproximaba el ocaso de los Grandes Estudios hollywoodenses, permanece como uno de los últimos monumentos a una forma de entender y hacer cine que se ha perdido para siempre.

© Antonio Quintana Carrandi,
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