BLANCANIEVES Y LOS SIETE ENANITOS
BLANCANIEVES Y LOS SIETE ENANITOS EE. UU., 1937
Título original: Snow White and the Seven Dwarfs
Dirección: Walter E. Disney
Guión: Hnos. Grimm, Ted Sears, Richard Creedon, Otto Englander
Producción: Walt Disney
Música: Frank Churchill, Leigh Harline
Fotografía: Ken Anderson, Tom Codrick, Hugh Hennesy
Duración: 83 min.
IMDb:
Reparto: Adriana Caselotti/Mar Bordallo (Blancanieves); Harry Stockwell/Armando Pita (Príncipe); Lucille La Verne/Lucía Esteban (Reina); Lucille La Verne/María Rubioluisa (Bruja); Moroni Olsen/Paco Hernández (Espejo Mágico); Roy Atwell/Joaquín Díaz (Sabio); Pinto Colvig/Julio Núñez (Gruñón); Otis Harlan/Eduardo Moreno (Feliz); Billy Gilbert/Juan Perucho (Mocoso); Pinto Colvig/Ramón Reparaz (Dormilón); Scotty Mattraw/Miguel Godóángel (Tímido); Stuart Buchanan/Carlos Kaniowski (Cazador); Walt Disney/Juan Antonio Gálvez (Walt Disney (Voz)); Desconocido/José Luis Gil (Narrador)

Sinopsis

Una malvada reina, que aspira a ser la mujer más bella de su reino, posee un espejo mágico al que pregunta si hay alguien más bella que ella. Cuando el espejo responde que la joven princesa Blanca Nieves es infinitamente más hermosa, la reina monta en cólera, y ordena a un cazador que lleve a la muchacha al bosque y que le dé muerte. El cazador, apiadándose de Blanca Nieves, la abandona en la espesura. Como la malvada reina le ha exigido que le lleve el corazón de la muchacha, para demostrar que ha cumplido su orden, el cazador mata un ciervo y le arranca el corazón, presentándoselo a la reina como si fuera el de Blanca Nieves.

Mientras tanto, Blanca Nieves se refugia en una casita, propiedad de siete simpáticos enanitos que la acogen cariñosamente. Pero la reina acaba por descubrir que sigue viva, y disfrazada como una anciana vendedora de manzanas, va en su busca y con subterfugios consigue que la muchacha coma de una manzana envenenada. Blanca Nieves pierde la consciencia, cayendo en un profundo trance del que sólo el beso de amor de un príncipe podrá despertarla.

El sueño de Walt Disney

Walt Disney
Walt Disney

En 1934 los Estudios Disney estaban en pleno apogeo. Sus cortos animados eran un clamoroso éxito y el complemento indispensable de las sesiones cinematográficas. Pero Walter Elias Disney ambicionaba mucho más. Quería dar otro paso adelante en la realización de películas de dibujos animados, un paso de gigante que obligara a la industria y a la crítica a tomarse en serio, de una vez por todas, el cine de animación. De forma que reunió a sus colaboradores y les dijo: Os voy a contar una historia. Y procedió a relatarles el cuento de Blanca Nieves y los siete enanitos, interpretando a cada uno de los personajes e imitando sus voces características. Un par de horas después, cuando concluyó el relato, preguntó: ¿Os ha gustado? Y ante el asentimiento general de sus perplejos empleados, declaró: Pues éste será el argumento de nuestro primer largometraje.

Los colaboradores de Disney se quedaron estupefactos, no dando crédito a lo que acababan de oír, y coligiendo que se trataba de un capricho pasajero del Gran Jefe, opinión compartida por Roy Disney, hermano de Walt y responsable de las finanzas del Estudio. Pero Walt hablaba muy en serio.

Rodar un largometraje de dibujos animados en plenos años 30 implicaba una serie de problemas impresionantes. Ya se habían producido largometrajes de animación, como el film argentino PELUDOPOLIS, dirigido por Quirino Cristiani en 1931, pero Disney pretendía además que su proyecto fuese la primera película animada totalmente en color y sonora. El peligro que entrañaba tal empresa tuvo en vilo a Roy Disney, que intentó hacer desistir a su hermano de tan descabellada idea. Le dijo que su pretensión se le antojaba una locura, pues la Gran Depresión asolaba Estados Unidos y no estaban las cosas como para lanzarse a una aventura semejante, que tenía, en su opinión, todas las papeletas para fracasar. Pero Walt estaba convencido de la viabilidad de su proyecto, y aunque sabía que los riesgos eran muy grandes, sostenía que, si había suerte, BLANCA NIEVES Y LOS SIETE ENANITOS podría significar un importantísimo punto de inflexión en el devenir del cine de dibujos animados.

Un proyecto extremadamente caro

Lo que más preocupaba a Roy era el coste de la idea de su hermano. Walt estimaba que para realizar una adaptación digna del cuento de Jacob y Wilhelm Grimm se requeriría una inversión mínima de 500.000 dólares. Pero muy pronto quedó claro que, si Walt pretendía llevar a cabo la película, habría que invertir en ella al menos dos veces más. Convencido de que nada haría cambiar de parecer a su hermano, Roy concentró sus esfuerzos en ayudarle, aunque todavía albergara no pocas dudas sobre el asunto. Necesitaban dinero con urgencia, así que Roy trató de convencer a los responsables de United Artists, que se ocupaba de la distribución de los films de la Disney, para que les adelantaran el capital necesario. Los jefazos de United Artists, informados sobre lo que calificaban como la locura de Walt Disney, se negaron en redondo. Roy acudió entonces a la RKO Radio Pictures, uno de los Estudios de cine más importantes de la época, logrando que sus responsables se avinieran a arriesgar el prestigio de su compañía en tan ambicioso proyecto. Como contrapartida, obtuvieron cierto grado de control sobre los beneficios que generaban los cortos de la Disney desde aquel momento, además de convertirse en la distribuidora oficial de las películas que produjera el Estudio.

Con el dinero proporcionado por la RKO Walt pudo seguir con la película, pero los problemas técnicos a los que debían hacer frente eran tantos que, a mediados de 1937, estando el rodaje del film a punto de concluir, la Disney volvió a tener problemas de liquidez. Era necesario realizar bastantes correcciones y Walt también consideraba imprescindible perfeccionar determinados aspectos de la película, y para ello hacía falta más dinero. A través de su buen amigo, el productor Walter Wanger, Walt Disney conoció a Joseph Rosemberg, presidente del Bank of America, que se mostró dispuesto a invertir en el film. El problema era que Rosemberg quería ver lo filmado hasta entonces, y aunque la película estaba casi terminada, Disney era reacio a mostrársela a nadie hasta que se pulieran las imperfecciones que a su juicio tenía. Pero cuando Roy le advirtió del gravísimo peligro de colapso financiero que corrían si no se producía una nueva inyección de dinero contante y sonante, Walt tuvo que hacer de tripas corazón y mostrarle la cinta a Rosemberg.

Disney le pasó la película a Rosemberg un domingo por la tarde. Se trataba de un montaje provisional, con muchas de las secuencias terminadas, pero con otras muchas simplemente esbozadas a grandes rasgos. Disney completó lo que faltaba ofreciéndole al banquero un memorable recital de imitaciones y pantomimas. Rosemberg permaneció en silencio durante toda la proyección, escuchando las explicaciones de Walt con expresión inescrutable. Disney estaba a un paso de sufrir un ataque de pánico. Trató de serenarse un poco, y mientras acompañaba al silencioso Rosemberg al coche, no dejó de hablar de temas intrascendentes, intentando aparentar una tranquilidad que no sentía. Si no conseguía el apoyo económico de Rosemberg, casi con toda seguridad que no podría dar a su film el acabado que juzgaba imprescindible para que fuera un gran éxito, y en consecuencia significaría el fin para él, porque con BLANCA NIEVES Y LOS SIETE ENANITOS Disney no sólo se jugaba su prestigio profesional, sino el futuro mismo de sus Estudios. Pero cuando Rosemberg subió a su automóvil, se produjo el milagro. Mientras ponía en marcha el coche, dijo: Esa cosa hará una montaña de dinero. Walt Disney suspiró aliviado. Pocos días después, Rosemberg aportó el dinero que Disney necesitaba, solucionando así sus quebraderos de cabeza financieros.

Un enorme desafío técnico

Como ya he comentado, el proyecto de Disney era muy ambicioso. BLANCA NIEVES Y LOS SIETE ENANITOS iba a superar los 70 minutos de metraje, lo que obligaría a los exhibidores a programarla como la película estrella de cada sesión, con lo que eso significaba. Debería tener, por tanto, una calidad excepcional, nunca antes vista en una cinta de animación, y para lograr tal objetivo había que hacer frente a un cúmulo de dificultades que habrían desanimado a alguien con menos empuje e ilusión que Walt Disney. El film marcaría un antes y un después en la historia del cine de dibujos animados, pues en su filmación se emplearían numerosas técnicas nuevas. Y es que, si por algo ha pasado a los anales del séptimo arte esta cinta excepcional, al menos en el aspecto técnico, es porque obligó a la Disney a desarrollar un nuevo tipo de cámara, que resultaría imprescindible en cualquier película de animación hasta mediados de la década de los 80, cuando empezaron a utilizarse las infografías en las cintas de dibujos animados.

Al principio se trabajó siguiendo los hábitos técnicos de los cortometrajes que producía la casa. Los dibujos eran realizados en láminas de celuloide de 9, 5x12 pulgadas. Pronto, sin embargo, quedó claro que tal formato resultaba exiguo para las escenas con muchos personajes, por lo que hubo que trabajar con un nuevo tamaño de papel base, lo que también obligó a emplear otro tipo de cámara, dotada de una lente que permitiera abarcarlo en su totalidad. Buena parte del trabajo inicial tuvo que ser desechado y rodado de nuevo, ya que las nuevas cámaras exigían otro sistema para reducir los dibujos, a fin de obtener un convincente efecto de lejanía en unos conjuntos que tendían a la amplitud. El efecto de lejanía, así como los planos diversos que implicaban movimiento hacia el fondo, y no siempre en sentido horizontal, plantearon no pocas dificultades al equipo de filmación.

Disney pretendía realizar un film de animación distinto, cuyas imágenes ofreciesen un detallismo nunca visto en una película de animación. Era necesario, por tanto, recurrir a la profundidad de campo para obtener los realistas resultados esperados por Walt. Sólo había un problema: la profundidad de campo estaba vetada en los dibujos animados, porque los movimientos de las cámaras creaban falsas perspectivas sobre los fondos, deformándolos. Decidido a resolver la papeleta, Disney encargó al jefe del departamento técnico del Estudio, William Garity, que desarrollara una cámara capaz de vencer esa resistencia. No le importaba lo que costara, pero quería resultados cuanto antes.

Garity se puso de inmediato manos a la obra. En un tiempo record, considerando la magnitud del encargo de Disney, tuvo lista la Multiplane, una nueva clase de cámara con la que era posible filmar hasta cinco grados de profundidad de campo simultáneos, según el siguiente orden: Personajes, objetos, árboles o casas, paisajes o cielo y montaña en el último plano. Cada campo se dibujaba sobre una lámina transparente. Luego, las láminas con los dibujos se superponían sobre un eje paralelo, separadas por una distancia no superior a los 35 centímetros, y se procedía a filmarlo todo simultáneamente con una cámara situada en vertical, que se graduaba manualmente a fin de obtener los efectos de aproximación focal. Así era posible crear la necesaria ilusión de realidad, al lograr que cinco distancias distintas respecto al objetivo tuvieran una velocidad de desaparición, respecto al ojo humano, acorde con su separación del mismo.

La Multiplane costó la friolera de 70.000 dólares. No obstante, Disney, con el fin de testearla, ordenó el rodaje de un nuevo corto, El VIEJO MOLINO (THE OLD MILL, Wilfred Jackson, 1937), que sirvió para mostrar unos resultados prácticos de la aplicación de la nueva cámara. El corto, rodado en Technicolor para estudiar también este novedoso sistema de coloreado, con el fin de emplearlo adecuadamente en BLANCA NIEVES Y LOS SIETE ENANITOS, se estrenó el 5 de noviembre de 1937, obteniendo un éxito impresionante, que llevó a que la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood lo eligiera como el mejor corto de animación de 1937, galardonándolo con un Oscar. A pesar de ello, Walt Disney no se durmió en los laureles, ordenando a Garity y a su equipo que tratasen de perfeccionar aún más la Multiplane.

La obsesión de Disney por los personajes

Blancanieves y los siete enanitos
Blancanieves y los siete enanitos

Disney prestó una atención especial a los personajes de la película, pues quería que fuesen realistas (dentro de lo que puede entenderse por realismo en un cuento de hadas en dibujos animados), además de atractivos para el público. Los enanitos eran sus preferidos, aunque acabó deseando que sólo hubieran sido seis, pues tardó mucho tiempo en hallar el carácter y el nombre adecuado para el séptimo de ellos. Es curioso, pero este enanito, quizá por los enormes esfuerzos que requirió su creación, acabaría por ser el más famoso de todos: el Mudito.

Disney tenía la manía de hacerse acompañar a todas partes por una secretaria, que tomaba notas taquigráficamente de todas sus reuniones de trabajo, y esto, añadido a la conservación en los archivos del Estudio de los extensos y pormenorizados diarios de rodaje, ha permitido saber exactamente cómo se trabajó para filmar esta cinta mítica. Gracias a esa documentación, hoy sabemos que Disney se implicó al máximo en todos los procesos de la producción de la película, dictando con precisión las líneas maestras que deberían definir a los personajes. Estaba abierto a cualquier sugerencia, pero la decisión final sobre tal o cual asunto era exclusivamente suya.

Max Fleischer, el mayor rival de Disney en la producción de cortos de animación, utilizaba un procedimiento denominado Rotoscoping, que consistía en usar modelos reales en sus películas, sobre todo actores teatrales y bailarines, que eran filmados en distintas situaciones de acción, procediéndose luego a dibujar por encima de ellos al personaje correspondiente. Disney decidió usar la técnica del Rotoscoping, pero perfeccionando aún más el sistema, lo que se tradujo en otra importante inversión. Uno de los apartados más costosos de la producción fue la construcción de decorados a tamaño real, tales como la casa de los enanitos, para que los actores se sintieran cómodos durante las largas sesiones de trabajo. El mejorado Rotoscoping permitió que los dibujantes recrearan los personajes y los distintos entornos en los que evolucionaban con gran detalle y realismo.

El personaje principal, Blanca Nieves, debería tener unos quince años y estar inspirado en la actriz Janet Gaynor, a la que Disney admiraba. Blanca Nieves fue encarnada por una bailarina, Margery Belcher, que poco después cambió su apellido por el de Champion al contraer matrimonio con Gower Champion. El éxito de la película animaría a Margery a emprender la carrera de actriz, que fue necesariamente modesta debido a su limitadísimo talento interpretativo. Disney volvería a recurrir a ella para diseñar el personaje del hada Azul en PINOCHO. El Príncipe, que debía aparentar entre dieciocho y veinte años, fue concebido como un tipo a lo Douglas Fairbanks pero sin bigote. El actor real sobre el que debería dibujarse fue Louis Hightower.

Pero el personaje más cuidado de todos fue el de la malvada Reina. Su descripción sería, con mucho, la más detallada de todas, y su dibujo fue uno de los más meticulosos y precisos de la historia de los Estudios Disney. Walt la describió como un cruce entre Lady Macbeth y el Lobo Feroz. Fría, estática y caracterizada por súbitos arranques de ira, que sorprendieran a los espectadores, debía ser también un personaje un tanto melodramático, rozando en ocasiones el ridículo. Disney recomendó a sus dibujantes que se inspiraran en el estudio del carácter de Charles Laughton en el film LAS VÍRGENES DE WIMPOLE STREET (THE BARRETTS OF WIMPOLE STREET, Sidney Franklin, 1934). Lucille LaVerne prestaría su cuerpo para este inolvidable personaje.

El séptimo enanito fue bautizado por Disney como Dopey, equivalente en lengua inglesa de Dopado, Drogado o Alucinado. Muchas de las personas cercanas a Walt pensaban que un nombre tan licencioso no era adecuado para un personaje de cuento. Disney comentó que, si no le fallaba la memoria, existía un personaje con tal nombre en alguna obra de Shakespeare, y que por tanto él también podía llamar así a uno de sus enanitos. Los dibujantes no acababan de encontrar el estilo para él. A sugerencia de uno de sus colaboradores, Disney fue a ver actuar al actor de vaudeville Eddie Collins, y acabó por concluir que era perfecto para basar en él el personaje. No obstante, no trató con Collins hasta examinar varias filmaciones de prueba, e incluso cuando el actor fue contratado por fin, Disney tardó en darse por satisfecho. El artista Freddie Moore estudió a Collins en la moviola durante interminables jornadas, presentando a Disney un sinfín de correcciones, sin que el Gran Jefe mostrara el menor entusiasmo. Dopey, el Mudito, fue un reto personal para Disney, que al final se saldaría a su favor, porque ese enanito está considerado hoy como el personaje más convincente y entrañable de la película.

La elección de las voces

Otro aspecto capital en el ambicioso film de Disney fue el de las voces de los personajes. Con la Reina no hubo problema, pues Lucille LaVerne tenía una voz muy adecuada, poderosa y rica en matices a un tiempo. Margery Belcher confiaba en dotar de voz a Blanca Nieves, pero a Disney no le gustaba cómo hablaba, así que se puso a buscar una mujer que tuviese exactamente el timbre que deseaba para la Princesita. Costó muchísimo dar con ella. Disney ordenó instalar en su despacho un sistema de audio, que le permitía escuchar en cualquier momento a las candidatas. Por el Estudio pasó un tropel de muchachas, entre ellas la joven actriz Deanna Durbin, de trece años por aquel entonces, que fue rechazada por demasiado inmadura. Cuando Walt Disney ya desesperaba de encontrar una muchacha con una voz que resaltase por su impostación y dulzura, y que además supiese cantar, apareció Adriana Caselotti, de dieciocho años y educada en una tradicional familia italiana relacionada con el mundo de la ópera. La jovencita colmó las expectativas de Disney y se convirtió de inmediato en la perfecta encarnación sonora de Blanca Nieves.

Las geniales aportaciones personales de Walt Disney

Disney, como he comentado anteriormente, se implicó al máximo en todos y cada uno de los apartados de la producción. En 1935 tuvo que tomarse unas largas vacaciones a instancias de su médico, pues había sufrido una recaída de la grave enfermedad de la tiroides que había sufrido en 1931. Realizó un largo viaje por Europa en compañía de su esposa, Lilly, y de su hermano Roy y la mujer de éste, Edna. Pero aunque procuró descansar, también aprovechó para ver cómo funcionaban sus cortometrajes en los países de habla no inglesa. Concluyó que cuanto más musical fuera un film, con menos dialogo y por tanto menores problemas de doblaje, más asequible resultaría para los niños. Cuando regresó a Hollywood convocó una reunión de urgencia del equipo de producción, indicando a los presentes la nueva línea de actuación, haciendo hincapié en que las escenas de la película debían explicarse al máximo por sí mismas, mediante el humor implícito o la música, o una combinación de ambos, sin que los personajes tuvieran que hablar demasiado. Esta premisa sería determinante para acabar de perfilar el personaje del Mudito.

Mucho más adelante, con la película bastante avanzada, Disney decidió suprimir un par de escenas que, a su juicio, resultaban innecesarias y deslucían el conjunto. En la primera de ellas los enanitos se tomaban una sopa, y en la segunda le hacían la cama a Blanca Nieves. Y ya cuando la cinta estaba casi terminada, un inspirado Walt Disney incluyó la simpática escena del baile de Blanca Nieves y los enanitos al son del órgano, y también la posterior del sueño. La idea de ésta última escena se le ocurrió al recordar algo que le había ocurrido no mucho tiempo atrás. Él y su esposa habían sido invitados a la reunión anual que celebraba el Bohemian Club en un bosquecillo cercano a San Francisco. Tras una animada fiesta al aire libre, se habían retirado a dormir en tiendas de campaña, pero Walt no pudo pegar ojo en toda la noche debido a la sinfonía de ronquidos que le llegaba de las tiendas vecinas. Ya de vuelta a Hollywood, les hizo a sus colaboradores una entusiasta exhibición de la variedad de ronquidos que puede adoptar una persona, y les pidió que incluyeran en el film una escena con los ronquidos como protagonistas absolutos de un gag.

El Technicolor era un procedimiento todavía en fase de prueba. BLANCA NIEVES Y LOS SIETE ENANITOS sirvió para probar sus resultados en el cine de animación, como LA REINA DE NUEVA YORK (NOTHING SACRED, William A. Wellman, 1937) serviría para testearlo en el de imagen real. Para los interiores, sobre todo para la casa de los enanitos, se escogieron tonos sobrios, a fin de conferir a los objetos y decoraciones apariencia de vetustez. En los exteriores se empleó una paleta más dulce, que entroncaba con los usos de la acuarela a la hora de ilustrar cuentos infantiles. Los encargados del color experimentaron con tonalidades y matices obligados por las circunstancias, realizando nuevos hallazgos cromáticos que la Disney aplicaría también en películas posteriores.

El inteligente y novedoso empleo de las sombras también se debe al propio Walt Disney, quien sugirió un uso fuerte y decidido de las mismas, con la intención de que resultasen no sólo realistas, sino una fuente de sorpresas dramáticas. La feliz idea de Walt ofreció unos resultados asombrosos, pues se intercalaron algunas escenas en las que tan sólo las sombras indican la acción de los personajes, rompiendo la monotonía del hilo narrativo y creando un soberbio picado dramático sobre la situación. Estos momentos, de inequívoca raíz expresionista, contribuyen a realzar y enriquecer estéticamente el conjunto, y muchos de los largometrajes posteriores de Disney ostentarían pasajes visualmente inspirados por el expresionismo alemán.

Ni siquiera se dio por satisfecho Disney cuando la película estaba montada y lista para su estreno. En un último visionado advirtió que la escena culminante, aquella en la que el Príncipe besa a Blanca Nieves, no había quedado perfecta, porque el Príncipe semejaba vacilar antes de besar a la Princesita. Walt quería rodarla de nuevo, pero eso significaba reunir otra vez a todo el equipo, que ya se había dispersado, dedicándose cada uno de sus integrantes a sus quehaceres profesionales. Por otra parte, habría que gastar una considerable suma extra de dinero, y Roy Disney se negó en redondo a tal pretensión. Como la fecha del estreno estaba demasiado próxima, Walt tuvo que ceder. Pero en lo que no cedió fue en lo relativo al personaje de Blanca Nieves. En su opinión, la Princesita, a quien habían dotado de un cabello intensamente negro, resultaba un tanto pálida y enfermiza. Una de las maquilladoras del Estudio sugirió que estudiasen diversos tipos de retoques para sus mejillas, optándose al final por algo de colorete en la cara y por retocarle cejas y pestañas, hasta obtener la imagen de una Princesita no sólo más saludable, sino incluso más coqueta. En consecuencia, fue necesario repasar cada uno de los fotogramas del film, para adecuarlos al nuevo look de Blanca Nieves. Disney por fin dio su aprobación y la película quedó lista para estrenarse.

Un estreno apoteósico

Una mala muy mala
Una mala muy mala

El film iba a ser lanzado por la RKO. Los ejecutivos de tal Estudio, previendo que la cinta sería un bombazo, intentaron hacerse con el control de su carrera comercial. Presentaron a los hermanos Disney un memorándum en el que se les decía que los cuentos de hadas estaban en un mal momento de aceptación popular, y en consecuencia no eran rentables. En dicho documento se abogaba también por ocultar el origen de la historia, potenciando el romance entre el Príncipe y la Princesita para atraer a un público más adulto. Se recomendaba a los Disney que presentaran el film sólo como BLANCA NIEVES, eliminando cualquier referencia, incluso publicitaria, a los enanos. Pero Walt y Roy no cayeron en la trampa de los jefazos de la RKO. Hicieron valer sus derechos, rechazaron una tras otra todas las sugerencias de los directivos de RKO y tomaron el control absoluto del estreno.

La premiére del film fue el 21 de diciembre de 1937 en el Carthay Circle Theatre de Hollywood. Fue una noche memorable, en la que se dieron cita prácticamente todas las celebridades del mundo del celuloide de aquella época, pues todos querían asistir a la espectacular puesta de largo del cine de dibujos animados. El éxito que obtuvo la película fue inenarrable. Los críticos se deshicieron en elogios hacia la obra de Disney, que devino en un fenómeno sociológico sin parangón. El rotativo neoyorquino The New York Times, que cada año publicaba una relación de los 10 mejores films de la temporada, situó BLANCA NIEVES Y LOS SIETE ENANITOS encabezando la lista de 1938.

Una de las poquísimas personas que habían creído en el proyecto de Walt Disney desde el principio era W. G. Van Schmus, gerente del Radio City Music Hall de Nueva York. Disney premió su amistad y lealtad incondicionales concediéndole el estreno oficial de la cinta. Van Schmus mantuvo en cartel la película durante tres semanas, un récord sin precedentes en aquel tiempo. Posteriormente la película recaudaría en su primera explotación en el mercado americano 8 millones de dólares, en una época en la que una entrada de cine costaba 25 centavos por adulto y sólo 10 por niño menor de quince años. A mediados de los años 80, había generado unos beneficios netos, sólo en USA, dejando aparte los mercados internacionales, de 61.750.000 dólares. No está nada mal para una cinta que costó nada menos que 1.500.000 de dólares... de los años 30.

Un Óscar muy especial

La décima edición de los Oscars se celebró el 10 de marzo de 1938 en el Baltimore Hotel de Los Ángeles. BLANCA NIEVES Y LOS SIETE ENANITOS optaba al premio a la mejor banda sonora, que recaería en LOCA POR LA MÚSICA (100 MEN AND A GIRL, Henry Koster, 1937). La injusticia cometida con la revolucionaria cinta de Disney, que inexplicablemente sólo había sido nominada en una categoría y había perdido, suscitó numerosas quejas en la prensa de todo el país. Esto provocó que la Academia, en la undécima edición de los premios, celebrada el 23 de marzo de 1939, le otorgase a Disney un premio especial como reconocimiento a la innovación demostrada en su producción, y por la apertura de un nuevo camino en la industria de la animación y del cine. Para la ocasión la Academia seleccionó a la actriz Shirley Temple, de diez años, todo un símbolo nacional de reconocimiento y gratitud, pues hasta entonces nadie se había preocupado por satisfacer las necesidades de ese gran público que representan los menores de edad. Shirley entregó a Walt Disney un Oscar de tamaño normal y otros siete más pequeños, que representaban a los enanitos de su película. Disney, un niño grande al fin y al cabo, estaba visiblemente emocionado. Tanto, que Shirley Temple comentó: El señor Disney tiembla como un flan. No se ponga nervioso, señor Disney.

BLANCA NIEVES Y LOS SIETE ENANITOS en la culta Europa

La maravillosa película de Disney fue un éxito sin precedentes en todo el mundo, pero en la cultísima Europa levantó algunas suspicacias. La Junta de Censura británica llegó a prohibirla para menores de dieciséis años, justificando tal estupidez en que tenía que proteger a la infancia de los previsibles terrores nocturnos que secuencias como la huida de Blanca Nieves por el bosque, o las apariciones de la Reina caracterizada como la siniestra vieja de las manzanas, podían provocar. Desde BLANCA NIEVES Y LOS SIETE ENANITOS, algunas naciones europeas, en especial los países nórdicos, han examinado con lupa las producciones de la Disney y todo el cine de dibujos animados, llegando a prohibirse en algunas partes las películas de Tom y Jerry, por contener sadismo y violencia congénitos. En realidad, lo único congénito es la idiocia de los funcionarios de los organismos censores, que, como puede apreciarse, también hacían de las suyas en los países supuestamente avanzados y democráticos.

En España no hubo ningún problema, y la bicha no se cebó con la inocente película de Disney. Se estrenó simultáneamente en Madrid y Barcelona, el 6 de octubre de 1941 y en las salas Palacio de la Música y Kursaal, respectivamente. Llegó un poco tarde, dos años después de la Guerra Civil, pero se anticipó a la mayoría de los largometrajes americanos de su tiempo, que no se estrenarían en España hasta bien avanzada la década de los 40. De hecho, las películas americanas solían llegar a nuestro país con un retraso de hasta diez años. Vino doblada de Sudamérica, y ese doblaje latino se convertiría casi en una seña de identidad de los films de la Disney estrenados por estos lares.

El gran triunfo de Walt Disney

BLANCA NIEVES Y LOS SIETE ENANITOS es la película más importante de la Disney por la repercusión que tuvo en el devenir del Estudio. En su día fue el film más taquillero de la historia del cine, desbancando a la hasta entonces imbatida EL GRAN DESFILE (THE BIG PARADE, King Vidor, 1925). Los increíbles beneficios que produjo permitió a los hermanos Disney devolver todos los préstamos, con sus intereses correspondientes, tan sólo seis meses después del estreno. Con dinero contante y abundante en sus arcas, los Disney invirtieron 100.000 dólares en la compra de 55 acres de terreno en Buena Vista Street, en Burbank, junto al emblemático parque Griffith. Los Estudios Buena Vista se convertirían, con el tiempo, en uno de los más legendarios emporios de Hollywood, una sólida máquina de hacer éxitos y dinero.

Un proyecto colosal

Todavía hoy asombra la magnitud del proyecto emprendido por Walt Disney. BLANCA NIEVES Y LOS SIETE ENANITOS fue la producción cinematográfica más compleja acometida por Hollywood en aquel tiempo, tan sólo superada por LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ (GONE WITH THE WIND, Victor Fleming, 1939). La para muchos absurda pretensión de Disney se saldó con uno de los triunfos más espectaculares y recordados de la historia del cine. ¿Quién pagará el dinero de una entrada para ver un cuento de hadas animado, si por el mismo precio puede ver las patochadas de la Crawford? llegó a declarar Louis B. Mayer, magnate de la M-G-M. Seguro que muchos como él se atragantaron con sus palabras despectivas, al ver que la película de Disney recaudaba muchísimo más que cualquiera de sus producciones.

La cinta requirió la realización de 2.000.000 de dibujos, de los que 400.000 se utilizaron en la película definitiva. La producción implicó a 20 directores, 22 animadores, 102 asistentes de animación, 600 dibujantes, 187 dibujantes para labores secundarias, 25 dibujantes de fondos, 85 técnicos de efectos especiales y 160 mujeres para la confección de los celos transparentes. La Disney tenía en nómina a 300 ilustradores, pero dada la complejidad del proyecto hubo que contratar a 300 más, tarea de la que se ocupó Don Graham. A algunos de ellos fue necesario darles clases especiales, para que se pusieran al día de los adelantos en la materia logrados por el Estudio. La Depresión económica, que entonces se abatía sobre USA, permitió que esa fase de la preproducción saliera más barata de lo previsto, pues había mucho paro y se pudo contratar a mucha gente por salarios relativamente bajos. Ese ingente equipo humano participó en futuras producciones de la casa, aunque posteriormente provocaría un auténtico drama económico, originando huelgas que causarían despidos y no pocos problemas sindicales.

Con BLANCA NIEVES Y LOS SIETE ENANITOS el cine de dibujos animados alcanzó su mayoría de edad, convirtiéndose en un género por derecho propio. Los Estudios Disney siguen siendo, a día de hoy, los que más premios de la Academia acumulan, gracias a sus maravillosas producciones animadas, que han hecho las delicias de varias generaciones. Walt Disney era un soñador, un niño grande, como ya he dicho, y su proyecto, en el que casi nadie creía, devino en uno de los largometrajes más emblemáticos y legendarios del Hollywood clásico. BLANCA NIEVES Y LOS SIETE ENANITOS sigue maravillando a las nuevas generaciones de espectadores, pues es una película sencillamente extraordinaria.

© Antonio Quintana Carrandi,
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