OPUS HOMINI
por Alberto Moreno

Primera mitad del siglo XIII: hijo de una de las más antiguas familias de la ciudad, nace en la Serenísima República de Venecia Lorenzo Doménico Cornaro, quien con el tiempo habría de convertirse en el fundador del enigmático monasterio de Assen.

Sus tempranas inquietudes intelectuales le inspiran una pragmática vocación religiosa. Estudia en las mejores escuelas venecianas antes de continuar su educación en Francia, donde la controversia entre agustinianos y aristotélicos anuncia un cambio de paradigma en el pensamiento de la época. La riqueza del debate —autonomía de la razón frente a la fe— le ilumina. La obra y las enseñanzas de Tomás de Aquino, su nueva interpretación de las teorías de Aristóteles en la búsqueda de una filosofía cristiana que conjugue intelecto y fe, se convierten en la mayor de sus influencias. De tan ilustre contemporáneo, y de la ciudad en cuya escuela catedralicia se forma y comienza a forjar las bases de su pensamiento, adopta su nombre: Tomás de Chartres. Por la admiración que profesa al filósofo napolitano se traslada a París, donde se instruye en dialéctica y filosofía y consigue figurar como docente en la Universidad tras obtener el título de maestro en teología. Permaneciendo lejos de las continuas polémicas que acosan a Tomás de Aquino, procura no hacerse destacar y desarrolla sus ideas de una manera tranquila y anónima.

Como Santo Tomás, el veneciano considera que no hay conflicto entre intelecto y fe. Partiendo de la existencia de un orden natural que tiende hacia Dios —orden susceptible de ser estudiado—, va más allá que el de Aquino al postular que todas las verdades reveladas de la fe son accesibles por el camino de la razón. La fe para el veneciano es guía, inspiración, ayuda y atajo. Así, mientras Tomás de Aquino demuestra a través de la razón la existencia de Dios —las famosas cinco vías—, el de Chartres pretende unificar explícitamente Teología y Filosofía y alcanzar la comprensión intelectual del Creador.

¿Y dónde está Él, a nuestros ojos? ¿Dónde lo vemos con mayor claridad, fuera de la fe? Tomás de Chartres no lo duda. Dios, como todo creador, ha de verse reflejado en su obra. Su razonamiento es el siguiente: dada la existencia de un orden divino en el mundo natural, y dado que el orden se manifiesta en normas, ha de existir un conjunto de reglas que conforme el mundo según la voluntad y los principios de Dios. Tal colección de enunciados, de hallarse, hablaría por necesidad de la mismísima naturaleza del Creador. Qué mejor manera de conocerlo, pues, que mediante el estudio del mundo natural, desvelando a través de la observación los mecanismos que lo rigen.

Pero la magnitud del proyecto desarma al teólogo. ¿Es posible contener la totalidad de la creación en la enunciación de unas proposiciones racionales concretas? Y si realmente lograra hallar dichas leyes para su clasificación y estudio... ¿no se pondría al mismo nivel intelectual que Dios? La idea es soberbia y herética. No obstante extrae del proyecto las bases de su pensamiento: el universo es susceptible de ser descrito como un proceso dialéctico sólo abarcable por la mente de Dios, pero con la capacidad de ser entendido por la mente del hombre. En esos cimientos basará su obra, cuya realización se extenderá a lo largo de los siglos.

Establecida la posibilidad de conocer intelectualmente al Creador, Tomás de Chartres busca otros caminos para revelar los engranajes de los procesos divinos. El origen de su obra es lo que llama una ensoñación: al teólogo veneciano le gusta imaginar que posee la facultad de convertirse en un observador inmaterial, invisible e intangible. Piensa que con la capacidad de examinar el mundo terrenal desde todos los ángulos, hasta el más mínimo de los detalles, sin influir en las cosas con su escrutinio, las artes divinas deberían poder apreciarse a escala local. Sólo en esas condiciones fantasmales sería aceptable pretender discernir en el medio la mano rectora de Dios. De esta manera perfila el objetivo de su nueva búsqueda, que va a consistir en estudiar la injerencia del Creador en un entorno perfectamente mensurable, inteligible y autónomo; disponer de un folio donde Él firme con letra nítida y Su impronta quede clara y reconocible. Dicho escenario no se ha de encontrar en este mundo material. El de Chartres lo comprende fácilmente en sus primeras reflexiones. La solución pasa necesariamente por su construcción.

Tomás ha reflexionado intensamente sobre el concepto del tiempo, en sus iniciales intentos de parcelar el saber en campos diferenciados. Ha observado que la naturaleza se rige por una sucesión de ciclos: estaciones, días y noches; que en cada individuo transcurre la existencia según el pálpito vital de la respiración, y a una escala más corta, o más precisa, según los golpeteos rítmicos del corazón. Imagina, en base a ello, que quizás haya otras referencias menores, indistinguibles para el ser humano. Un metrónomo común del cuál se extraiga el ritmo básico de los hombres, del resto de los seres vivos, incluso del mismo universo.

Inspirado por esa idea crea el concepto de Normas y Lapsos, un conjunto de procedimientos lógicos que uno o varios ejecutores desarrollan al unísono a partir de unas bases de partida —las Dogmata — y unas reglas precisas —la Mecánica—. El conjunto de procedimientos se repite una y otra vez de tal manera que los resultados obtenidos en un ciclo (ex cavitas) alimentan los cálculos del ciclo siguiente (in cavitas). Esos resultados se van escribiendo en un registro temporal —el Codex Communis — para su posterior tratamiento. Así, cada cierto número de ciclos se hace una interpretación del conjunto de datos; éstos se borran del registro temporal mientras que su interpretación o resumen se redacta en el más importante de los documentos, la Explanatio. Las Dogmata y la Mechanica hacen el servicio de manuales para el desarrollo de los cálculos, describiéndose en ellos tanto el conjunto de procedimientos como las relaciones entre los mismos.

Mediante esas herramientas decide Tomás de Chartres construir un universo particular regido por leyes mecanicistas y principios absolutos. Un mundo que desarrollará entre su mente y sus pergaminos. Un jardín, un observatorio para estudiar las pautas del comportamiento de Dios; pautas que necesariamente emanarán del mismo Tomás, contenida la esencia Divina en sus propias manos... ya que para el veneciano la obra del hombre, en grado de implicación indirecto, ha de ser asimismo obra de Dios.

Pero nada más empezar constata, como temía, que la labor le vuelve a superar. No puede él solo con ella. Precisa colaboración aún para desarrollar sus mismas bases. ¿A quién puede encontrar que entienda y llegue a compartir sus propósitos? En su entorno únicamente se atreve a confiar sus intenciones a unos pocos de sus alumnos más destacados, en los que encuentra, no sin cierta sorpresa, entusiasmo y apoyo. Se forma rápidamente el secreto Cabildo de los Forjadores, un grupo de mentes inquietas que va reclutando el veneciano de entre los grupos averroístas más discretos y juiciosos. Se reúnen con periodicidad y departen sobre la morfología de la Obra y la forma de organizarse en los trabajos, orientados y comandados por Tomás de Chartres. Tomás propone la creación de un entorno rudimentario, reduciendo al máximo sus características. La visualización del mismo la describe así:

Un páramo de superficie limitada más allá del cual no habrá nada, cubierto de forma irregular por alimento para su único habitante. Éste comerá cuando tenga hambre, se moverá buscando comida y reposará al estar saciado; dispondrá de los sentidos de la vista y el tacto y reconocerá los límites de su hábitat

Aunque a sus pupilos les parece de una simplicidad excesiva, no tardan en asombrarse de la increíble cantidad de trabajo que implica la descripción detallada del ser, de su entorno y de las interminables interacciones entre todos los elementos. El control del cuerpo del ente, el Nephilim, ha de ser pormenorizado hasta escalas ínfimas. Con toda la tosquedad de sus planteamientos, Tomás de Chartres y sus colaboradores crean una fisiología imaginaria, única y compleja para el ser —y para su alimento—, así como unas leyes físicas rigurosamente mecanicistas.

Ese determinismo tan marcado preocupa al veneciano. Las proporciones de la Obra son ridículas en comparación con las del mundo real. Entre eso y su casi inexistente flexibilidad, Tomás de Chartres se pregunta si habrá espacio en ella para la intervención divina. El tema es ampliamente debatido por el Cabildo, pero ya en los primeros experimentos que hacen con modelos simplificados ven cómo los desarrollos de cada borrador, partiendo de distintas situaciones iniciales —número y posición de plantas, estado del ente o pequeñas variaciones en los mecanismos que los gobiernan—, se complican intrincadamente a cada ciclo. Tanto, que resulta absolutamente imposible siquiera atisbar cuáles van a ser los resultados futuros y especular sobre el sentido en que avanza el pequeño jardín. Eso complace y tranquiliza a Tomás y al Cabildo, por una parte. Por la otra, los cálculos se vuelven demasiado arduos, y hacen que el proceso de funcionamiento del borrador sea tan lento como para hacerles temer que un trabajo al que habían pensado dedicar años pueda alargarse durante décadas... o más. Porque aparte de la propia manipulación del aparato lógico y matemático que constituye el fundamento de la Obra, los integrantes del Cabildo deben realizar análisis exhaustivos tanto del conjunto de resultados — Explanatio — como de cada dato individual — Codex Communis — como de la visión global del transcurrir de los ciclos. Es decir, el rastreo de la influencia Divina en ese mundo intangible que es la Obra representa tanto o más esfuerzo que el funcionamiento de la Obra en sí. Principalmente porque ni siquiera Tomás de Chartres sabe exactamente qué deben buscar, cómo se manifestará Dios en su jardín privado.

Lo que sí tiene claro es que la estructura del Cabildo se les ha quedado pequeña. La Obra precisa dedicación plena y medios materiales, y la Universidad de París no es el mejor sitio para llevar en secreto una empresa así. Corre el año 1275: la reciente muerte de Tomás de Aquino hace que desaparezca la posibilidad de un aristotelismo cristiano, y las condenas oficiales a todo lo que se aparte de la ortodoxia arrecian. El grupo consta ya de una quincena de miembros, con lo que el veneciano empieza a temer por su hermetismo. Es entonces cuando toma la decisión de abandonar su trabajo de docente y viaja a Roma, rogando a sus pupilos discreción hasta su vuelta. De lo que acaece durante esa visita a la ciudad santa se conocen pocos detalles. Es evidente que no elige el momento al azar, ya que poco antes de partir se inicia el breve papado de Inocencio V, antiguo superior de la orden de los dominicos, teólogo eminente y viejo amigo de Tomás de Aquino. El veneciano aprovecha bien esta combinación de circunstancias: en una estancia de pocas semanas, empleando influencias familiares, fortuna, simpatías personales o convicciones compartidas, consigue superar las barreras funcionariales de la curia romana para acabar entrevistándose con el mismo Pontífice, obteniendo ayuda y patrocinio para la Obra. Doble mérito si se tiene en cuenta lo cercano a la herejía del proyecto. Posiblemente en la combinación de prudencia y perseverancia resida el secreto de los compromisos papales conseguidos por Tomás de Chartres. Prudencia a la hora de presentar sus propuestas, haciendo parecer la Obra como un capricho intelectual tan atractivo como inconsistente, pretendido por el empecinamiento de un erudito rico... lo suficientemente extraño o dado a la confusión como para preferir mantenerlo si no en secreto, tampoco al descubierto, y a tener en cuenta a pesar de todo por sus posibilidades de hallazgo teológico.

Las intenciones de Tomás son concretas y sencillas: pretende fundar un monasterio en una localidad aislada y tranquila donde dedicarse en exclusiva al desarrollo de la Obra durante los años que sean necesarios. Precisa que la Iglesia lo subvencione y ampare manteniendo un estatus al margen de las obligaciones requeridas a otros establecimientos religiosos. El veneciano previene así la posibilidad de que los trabajos deban continuar más allá de su muerte, es decir, fuera del control del fundador y primer responsable de la empresa. Sólo una cosa es exigida por el Pontificado: dotar de carácter sacro al establecimiento, lo que implica ajustarlo al modelo cisterciense. Tomás de Chartres no puede negar el buen criterio de la elección —austeridad, autonomía, dedicación al trabajo manual, asentamiento fuera de las ciudades y grandes rutas de comercio— y acepta tomar los hábitos.

Tras una rápida e irregular ordenación, cargado de documentos con el sello Papal, parte el veneciano hacia Utrech donde es recibido por el Arzobispo. Los motivos por los que elige o acuerda dirigirse a esta zona del mapa europeo no están claros. Sabemos que en los Países Bajos de la época se da una gran proliferación de agrupaciones monásticas, tanto laicas como seculares, con todo tipo de orientación dentro de los preceptos de la ortodoxia cristiana. Los trabajos de Tomás de Chartres pasarán allí, por tanto, estupendamente desapercibidos. Y quizás influya en el veneciano el hecho de que los Obispos de Utrech, príncipes seculares bajo feudo imperial, hayan apoyado tradicionalmente al emperador en sus enfrentamientos con Roma... cabría encontrar entonces una independencia extra respecto a las conservadoras jerarquías pontificias; máxime teniendo en cuenta que los nuevos intereses del Imperio tras el largo interregno se centran por vez primera en sus propios territorios, lejos por fin su atención de los asuntos italianos.

En la archidiócesis se reciben las peticiones del visitante con más extrañeza que recelo. En virtud de sus explicaciones y de la documentación que porta, encomiendan su asistencia al Obispo de Deventer, ciudad a la que se dirige y donde permanece varias semanas estudiando las distintas posibilidades para ubicar su monasterio. Atraído por la información que va recabando decide desplazarse más al norte con el fin de examinar la región de Drenthe, pobre y despoblada: arenales cubiertos de brezales, cañízares y retamas; turberas en las zonas húmedas y esporádicos bosques de robles y pinos. Allí, junto al Asserbos, Tomás de Chartres descubre su emplazamiento ideal.

Es el propio Tomás quien se hace cargo casi en su totalidad de la financiación de las obras, pese a la bula papal de protección del futuro cenobio. Las dificultades de ubicación del monasterio y su dispuesta autonomía complican, hasta prácticamente evitarla, la participación activa del arzobispado.

Cuando cinco meses después de su partida vuelve a París, el catedrático veneciano encuentra a la mayoría de los integrantes del Cabildo listos para acompañarle a Drenthe. Con el resto mantendrá el contacto al menos durante la etapa fundacional del monasterio, por diligencias diversas y para mantenerse informado de lo que acaece en el centro de la intelectualidad cristiana. Es gracias a esa correspondencia que se conocen algunos detalles del funcionamiento y la organización de la Casa de la Obra.

Al contrario de lo habitual, el monasterio comienza siendo un recinto rectangular con una pequeña capilla adosada. El dormitorio es común y el refectorio y la cocina están unidos. La mayor parte del espacio la ocupa el área de trabajo, en un principio una única sala — scriptorium, biblioteca y taller— con grandes ventanas altas. Con los años la distribución del edificio se hará más compleja, pero no menos sobria, aunque seguirá distinguiéndose de los monasterios usuales por la ausencia de claustro y el reducido tamaño de su iglesia.

Hasta que Tomás y sus monjes regularizan el trabajo de una forma efectiva pasa algún tiempo. La inesperada muerte de Inocencio V le sorprende todavía en París, y mientras sus discípulos se desplazan a Drenthe, él prefiere regresar a Roma para asegurarse de la viabilidad del proyecto ante la nueva jerarquía eclesiástica. El nuevo Papa, Adriano V, tiene también un breve paso por la silla de San Pedro, y es finalmente con Juan XXI con quien termina de fijar sus mutuas obligaciones: Tomás deberá tratar los asuntos terrenos con el Obispado, mientras que los resultados de sus trabajos, cuando los haya, habrá de presentarlos en la Santa Sede, donde se almacenarán en los archivos que a tal fin serán creados.

El veneciano, en efecto, ha escogido el mejor momento para presentar sus propuestas. Tras la muerte accidental de Juan XXI al año siguiente de su nombramiento, el Pontificado se muestra más vulnerable que nunca a las intrigas palaciegas de una Roma en estado de constante anarquía. En las revueltas aguas políticas de los años siguientes —con el traslado de la corte pontificia a Aviñón y el inicio del gran Cisma de Occidente— el origen y finalidad de la creación del Monasterio se diluye, olvidado por los que, fuera de la Obra, lo impulsaron. Por contra, los compromisos de su gestión permanecen, y lo seguirán haciendo durante un número insospechado de años.

No resulta fácil para la primera generación de monjes el establecimiento de sus tareas. El principal problema con el que se encuentran es disponer de las materias primas precisas para trabajar, básicamente papel o pergamino donde hacer cálculos, anotar y compilar la ingente cantidad de información que van a manipular. Buena parte del tiempo en el monasterio se dedica a su manufactura, evitando en lo posible los caros pedidos de pergamino (y papel, cuya fabricación es una incipiente industria en Europa). También desarrollan, para ahorrar espacio, una tipografía y una colección de símbolos y abreviaturas que constituirán una escritura particular. El uso de los grandes pliegos de papel o pergamino se reduce a lo imprescindible, tan sólo a la información que haya de perdurar o al menos servir de base a posteriores trabajos alejados en el tiempo. El material escrito no conservable se recicla en la confección de nuevo soporte virgen. Para los cálculos cotidianos emplean tablillas de madera de distintos tamaños recubiertas de cera, sobre las que escriben con finos punzones. Con estas medidas consiguen reducir el gasto y los problemas de almacenaje.

A pesar de tratarse de un monasterio de naturaleza peculiar, casi un falso monasterio, la distribución del trabajo diario concede gran importancia a los periodos de rezos, lectura, meditación y servicios en el templo. Sin embargo, las tareas propias son las que acaparan al día mayor número de horas, con diferencia. Además, la presencia de los monjes en la zona provoca el establecimiento en las cercanías de un pequeño núcleo habitado que no tardará en convertirse en el pueblo de Assen. El trato con los vecinos se hará inevitable, aunque mínimo. De hecho, los propios monjes blancos se encargarán más adelante de construir una iglesia en el mismo pueblo y de gestionar la presencia en ella de un sacerdote local. La leyenda del monasterio de Assen se forja entre la población cercana bajo la inspiración de su reserva y sus particularidades. Si no se hace claramente negativa es por el respeto que suscitan sus escasos contactos.

Los años pasan. La subsistencia cotidiana de la comunidad ralentiza el ritmo de trabajo y éste se alarga tanto como Tomás de Chartres había temido. Los resultados no son en absoluto significativos, y una rutina exenta de expectativas a corto plazo transforma el carácter innovador y audaz del Cabildo de los Forjadores. El monasterio se convierte en una factoría de legajos eficientemente gestionada. Con una periodicidad a prueba de imponderables, fajos de documentos, copias de los distintos Históricos de la Obra, son llevados a Roma donde se guardan en sus solitarios registros. La activa rutina del convento sostiene la fe del Cabildo en la Obra, que se transmite inconmovible de generación en generación. Tomás vive muchos años y es testigo de la muerte de algunos de sus pupilos, más jóvenes que él. Cuando es preciso, busca entre los estudiantes cercanos a los colaboradores que aún quedan fuera del monasterio sustitutos para las bajas que se van produciendo. A medida que éstos desaparecen, el Cabildo queda más y más aislado de las nuevas corrientes intelectuales que discurren en el mundo exterior, y el necesario aislamiento de la Casa de la Obra se convierte en un muro casi impenetrable a los avances de las épocas siguientes.

En la fecha en que Tomás muere la mayoría de los nuevos hermanos son reclutados sin formación y se les educa dentro de las paredes del monasterio. Muchos de los legajos que se mandan a Roma se extravían en las sedes arzobispales. De los que llegan, parte se pierde y el resto circula por dependencias remotas, junto con los archivos primitivos. En el exterior, el proyecto de la Obra se confunde y olvida, pero la labor de Tomás de Chartres se sostiene bien sobre los cimientos que ha sabido levantar. Tras las paredes del monasterio se trabaja. Tras las paredes del monasterio, emancipado del resto del mundo, se seguirá trabajando.

A un ritmo de existencia infinitamente lento, desarrollando sus rudimentarios procesos vitales sobre maderas empastadas con cera, el Nephilim sigue dando sus primeros pasos en un mundo idealizado: décadas de cálculo y escritura de procesos, cientos de miles de ciclos vividos en un tiempo de papel y tinta. El Nephilim siente hambre, olfatea y se mueve graciosamente avanzando hacia las plantas más cercanas, que crecen con pulsión matemática mientras lanzan efluvios por canales figurados. Un universo de complejidad latente, mayor sin duda que la intrínseca a su naturaleza numerada de principios y normas. En Assen muchos monjes pueden verla, inclinados sobre los densos volúmenes de históricos de la Explanatio; suspiran fascinados y con renovada fe vuelven a la labor de intentar sorprender a Dios entre los engranajes de su trampa inmaterial.

A través de los siglos Europa se hace y se deshace. Los países bajos pasan por manos españolas, francesas, alemanas. Con la reforma protestante, la independencia convierte en religión oficial el calvinismo venido de Francia. Guerras, prohibiciones, anexiones y segregaciones... el monasterio de Assen sobrevive a todo. Aunque la precariedad de medios hace que su actividad decaiga, ésta no llega a detenerse nunca. Sin embargo, fruto tanto de la escasez de producción como del paulatino distanciamiento de la comunidad de monjes respecto al mundo exterior, desde las postrimerías del siglo XVII ningún otro documento vuelve a marchar de Assen, coincidiendo con la disolución definitiva de los ocultos lazos financieros y administrativos que aún mantiene con la Iglesia. Las últimas remesas de copias de históricos salidos del monasterio se descubren, ya en la actualidad, en la abadía de Rolduc, en el sur católico.

El aislamiento del monasterio continúa hasta la edad contemporánea. Sólo los lugareños tienen presente la existencia del edificio junto al bosque. La Casa de la Obra y sus discretos habitantes son, pese a su leyenda de reclusión y misterio, parte de la historia del pueblo. No obstante, la impermeabilidad de los muros de Assen no se mantiene de manera uniforme a lo largo de las eras. Parece que, a principios del siglo XIX, las profundas transformaciones de la época consiguen atraer la atención de los monjes blancos, a cuyos oídos llegarían los avances técnicos prodigados por la primera Revolución Industrial. Durante el año 1835, en efecto, las gacetas parisinas de entretenimiento popularizan una historia sobre monasterios medievales, monjes eruditos y conocimientos prohibidos que tendría como base la visita que un cierto número de hermanos de Assen pudo haber realizado a la Universidad de Paris, interesándose por temas como la máquina analítica de Babbage y las tejedoras programables de Jacquard. Una tardía novela gótica, Les âmes dans la forêt, de Comte Mérin, recogería lejanamente el rumoreo en una olvidable lectura. Más allá de eso, no se vuelve a encontrar ninguna otra posible alusión al Cabildo de los Forjadores antes de nuestros días. Sin embargo se hará evidente que, quizás desde la época de la más que plausible escapada a París, los monjes determinan poner un ojo fuera del monasterio buscando en el constante desarrollo tecnológico del mundo exterior nuevo material de construcción para la Obra.

En abril de 1982 una extraña carta es recibida por la secretaría de presidencia de la Universidad de París-Sorbona. Remitida desde la localidad de Assen, en Holanda, viene a nombre del abad del monasterio ubicado en las cercanías de la ciudad, y en ella solicita, en virtud de la cátedra que en su día ocupó en la antigua facultad de teología el fundador del convento, ayuda para el desarrollo del proyecto que supuso el origen de su comunidad. Intuyendo una interesante fuente de información histórica, el helenista Crouzet hace llegar el contenido de la carta al departamento de historia medieval y mundo antiguo. Los responsables de la Escuela Doctoral muestran sólo un moderado interés por el asunto. Poco a poco, en un lento intercambio de correo con el superior del monasterio, toda la crónica de la Obra se va desplegando ante los ojos paulatinamente asombrados del personal docente. El resultado es la creación de una comisión investigadora que indaga —con éxito— en los archivos más antiguos de la Universidad y que se pone en contacto con el Vaticano para obtener, antes de su desvinculación con el programa, la confirmación histórica del relato. Cuando la comisión realiza su primera visita a Assen el asunto ya ha saltado a la luz. Un pequeño artículo en una de las publicaciones del departamento es el origen de una sorprendente profusión de reportajes que no tardan en aparecer en prensa ligera y revistas de seudo-divulgación científica. El monasterio adquiere una fama inofensiva y temporal que es ávidamente aprovechada por el Cabildo. De entre los mejor documentados reportajes de aquella primera oleada leemos:

Sin financiación externa y con los fondos de emergencia casi agotados —un pequeño acopio de oro extraído de la fortuna familiar por Tomás en el inicio de su aventura de siglos—, con la imposibilidad de captar personal que releve a los diez ancianos que aún habitan el monasterio, el tiempo de la Obra se agota. Y en la oscuridad creciente de su ocaso una luz: el florecimiento de la Era Informática. Con la promesa de una inimaginable capacidad de proceso para cálculos automatizados, el sueño de concluir la Obra antes del fin de la última generación del Cabildo de los Forjadores.

Así es: la ayuda que el Cabildo solicita con urgencia a sus lejanos primos de París resulta no ser otra que material informático y formación práctica en la disciplina. Desde que aparecen en el siglo anterior las bases de los primeros ingenios calculadores, los monjes blancos han visto en el cómputo mecanizado la asistencia perfecta que necesita la Obra. En los años ochenta la electrónica ha materializado esa posibilidad y la ha hecho asequible: los ordenadores comienzan a formar parte del paisaje tecnológico cotidiano. Con su inesperada popularidad no resulta difícil para el Cabildo conseguir el equipo y la preparación adecuada. Entre productoras de televisión, editoriales e instituciones como París-Sorbona, los monjes prostituyen su reserva casi milenaria a cambio de instrumental y conocimiento. Tampoco les representa un esfuerzo ímprobo aprehender los entresijos de la informática. Después de todo, el Cabildo lleva siglos trabajando de manera autodidacta en el campo de la algoritmia. En poco tiempo se encuentran provistos de base suficiente como para manejar diez novísimos PC/AT de IBM funcionando en red. Ellos mismos se encargarán de adaptar el proyecto a un lenguaje de programación, cueste lo que cueste, negándose en redondo a descubrir las entrañas últimas de la Obra. Una vez llegado a ese punto nada en el monasterio vuelve a ser como antes. Aunque la comunidad se repliega en su hermetismo inicial, quedan, inevitables, nuevos puntos de contacto abiertos con el mundo exterior: los compromisos que se han visto obligados a adquirir con sus patrocinadores y con los distintos intermediarios. En dos años escasos han debido crecer y madurar para enfrentarse con una sociedad prácticamente desconocida. Los monjes están cansados y se saben viejos. Como ellos, las ayudas obtenidas no durarán para siempre. El tiempo corre, más veloz que nunca.

Desde entonces ninguna noticia nueva ha surgido del monasterio de Assen. Rastreando sus relaciones con la compañía eléctrica, ayuntamiento, servicios técnicos de las empresas informáticas implicadas en su día, bancos, habitantes del pueblo (médicos, farmacéuticos, comerciantes) e incluso interpelando a una Iglesia Católica decidida a mantenerse al margen de todo lo que concierne al monasterio, poco se puede averiguar. Como mucho, que en más de quince años no se han registrado cambios significativos en la comunidad. Siguen allí, con sus ya obsoletas herramientas informáticas, rastreando la mano de Dios por caminos eléctricos.

Periódicamente algún medio de comunicación vuelve su mirada a la linde norte del bosque Asserbos. El silencio rotundo de los moradores del monasterio y la repulsa de la Iglesia estimula su imaginación alentando todo tipo de conjeturas. En Assen, una débil industria turística explota el misterio. Y, por supuesto, hay gente que espera.

© Alberto Moreno, (4.764 palabras) Créditos