Entonces se alzó la figura de un hombre con una barbilla prominente y un cigarrillo ladeado en los labios. Franklin Delano Roosevelt estaba respaldado por toda la tradición americana favorable a la independencia individual respaldada, a su vez, por la Constitución. En cada discusión, toma de postura o discurso, Roosevelt acababa diciendo:
esta sociedad puede funcionar. Nuestro pueblo es un buen pueblo. Nuestros problemas pueden resolverse... a nuestra manera. Debemos preservar la Democracia. Superaremos todos los obstáculos. No hacía falta que lo dijera, porque él era la personificación de esos principios. Su presidencia fue la única etapa que yo haya vivido en la que nuestra nación estuvo unida, con esperanza en el futuro, alegría, audacia, inteligencia, energía e incluso cierto amor entre los ciudadanos.Elia Kazan, director de cine

Franklin Delano Roosevelt (30/1/1882-12/4/1945) fue el mejor presidente que tuvo Estados Unidos durante el siglo XX. Su llegada a la Casa Blanca en marzo de 1933, tras el crack económico provocado por las ambiciosas y suicidas prácticas de Wall Street y los capitanes de empresa americanos, seducidos por la mal llamada magia del mercado y apoyados por los irresponsables líderes conservadores, sería como un atisbo de esperanza en el desastroso panorama nacional causado por la Gran Depresión. Los retos a los que Roosevelt hubo de hacer frente eran enormes, pero el más importante de ellos era devolver la fe y la confianza a un pueblo sumido en la pobreza por la irresponsabilidad de unos pocos, que habían vendido como eterna una falsa prosperidad que acabó por conducir a la nación estadounidense a sus horas más bajas. La crisis de 1929 marcó profundamente, de un modo u otro, a la mayoría de los americanos, que dieron su confianza y sus votos a un hombre de ascendencia patricia, rico, pero que siempre había destacado por defender la causa de los más humildes. La historia de USA pudo haber sido muy distinta si Roosevelt no hubiese alcanzado la presidencia. Por suerte, el pueblo norteamericano hizo a un lado la pachorra ciudadana, característica del mandato de Herbert Hoover, y eligió a un hombre cuyos actos tendrían un peso considerable en el devenir de los acontecimientos históricos, además de ser, al menos en parte, el artífice de la recuperación de Estados Unidos tras la terrible Depresión.
Rooselvet y su New Deal, o política del Nuevo Trato, cambiaron la faz de USA, con una mayor intervención de la administración federal en los asuntos públicos y un ambicioso plan de obras públicas, financiado por el gobierno federal, y destinado tanto a mejorar las infraestructuras, como a facilitar trabajo a los millones de parados. Es cierto que algunos de los proyectos emprendidos por Roosevelt y su equipo fueron experimentos que no acabaron de funcionar; pero muchos dieron los resultados apetecidos, contribuyendo a mejorar notablemente la vida de los estadounidenses más necesitados. La situación general seguía siendo mala, pero, merced a los esfuerzos y desvelos del Presidente y sus colaboradores, las cosas tenían visos de mejorar. Roosevelt ofrecía serenidad en un tiempo en que lo más fácil era dejarse llevar por el desánimo y la desesperación. No debemos temer a nada excepto al mismo miedo
. Estas palabras suyas calaron muy hondo en el subconsciente colectivo de los americanos. Roosevelt insistió en el mismo mensaje a través de sus míticas charlas radiofónicas al amor del fuego de la chimenea, unos programas en los que, además de informar a los radioyentes de su labor para sacar al país del pozo de la Gran Depresión, trataba de devolver a los ciudadanos la esperanza y la fe en el futuro. Su arrolladora personalidad se dejó sentir en todos los ámbitos sociales, instando a sus conciudadanos a afrontar el porvenir con valentía y decisión; las mismas cualidades con las que él había hecho frente a la polio que le dejó en una silla de ruedas. Frente a los salvapatrias y sus soluciones milagrosas para los problemas que atenazaban el país, o a los pesimistas radicales que no veían salida a la crisis por ninguna parte, Roosevelt representaba el optimismo moderado de quienes sabían que la situación era muy difícil, pero albergaban el convencimiento de que con esfuerzo, trabajo y dedicación sería posible salir adelante. Algunos le tacharon de embaucador, comparándole con aquellos vendedores de licor de serpiente curalotodo que pululaban por el viejo Oeste, pero nunca se dedicó a vender soluciones mágicas, como hacían muchos de sus enemigos políticos. Suele aceptarse como axioma histórico que la entrada de USA en la Segunda Guerra Mundial fue lo que sacó al país de la profunda crisis en que estaba hundido, quitándole importancia al New Deal de Roosevelt, que algunos historiadores juzgan, erróneamente en mi opinión, casi como irrelevante. Pero aunque su incidencia económica no hubiese sido tan notable como los partidarios de FDR sostienen, no puede negarse que contribuyó muchísimo a la estabilización nacional. Al menos, Roosevelt trató de hacer algo, en vez de quedarse de brazos cruzados como hizo Herbert Hoover, esperando a verlas venir. El New Deal ayudó a que miles de familias, abocadas a la miseria, pudieran capear el temporal económico con algo más de dignidad. Aunque sólo sea por eso, la política del Nuevo Trato ya es digna de reconocimiento.
En cierto modo, Roosevelt era un revolucionario, pero la revolución que proponía no era un proceso violento y caótico, con tendencia a degenerar en un Estado totalitario y criminal, como ocurría invariablemente con las revoluciones de inspiración fascista o marxista. FDR postulaba una transformación profunda pero pacífica de Estados Unidos, respetando el imperio de la ley y las reglas del juego político, con el fin de crear una sociedad más justa. En realidad, más que de una revolución, se trataría de un gran paso adelante en la evolución social de USA. Estos anhelos chocaron frontalmente con la oposición de los detractores del Presidente, en especial los situados más a la derecha del espectro político, que calificaban de socialista la intervención del gobierno federal en ciertos temas, e incluso llegaron a tildarle a él de comunista, falacia que no pocos sostienen incluso hoy en día. Los grandes magnates no veían con buenos ojos su política, no porque fuera de inspiración comunista, que no lo era, sino porque sus medidas favorecían al pueblo llano en detrimento de las grandes fortunas. En realidad, el egoísmo de los poderosos, que no conocía límites, les impedía ver que Rooselvet pretendía salvar el sistema, a la vez que intentaba volverlo más humano. ¿Por qué me odiáis tanto? Sólo estoy tratando de salvar el capitalismo
, llegó a espetarles en cierta ocasión a los multimillonarios que conspiraban en su contra. Y era cierto. Nunca pretendió destruir el sistema capitalista americano, tan sólo transformarlo para que el mayor número posible de estadounidenses pudiese beneficiarse de él. Pero tales argumentos rebotaban en la coraza moral con la que se hallaban revestidos aquellos que sólo vivían para acumular dinero a costa del esfuerzo y la miseria de los demás. Para esa gentuza, Roosevelt era y siempre sería un comunista.
Los del otro extremo político tampoco tenían buena opinión de FDR. Conscientes de que el presidente buscaba transformar el sistema y no derruirlo para establecer algo similar a los ominosos gobiernos frentepopulistas, tan del gusto de la extrema izquierda, los comunistas y sus adláteres, aunque fingieran cierto entusiasmo por Roosevelt y sus medidas, en realidad le aborrecían, sobre todo porque había condenado la falta de libertades y el régimen de terror impuesto en la URSS por Stalin. Para aquellos siniestros personajillos, Roosevelt era igual que los patéticos socialdemócratas que habían exterminado en Rusia, que aceptaban las reglas del juego democrático sin aspirar a cambiar por la fuerza los sistemas de gobierno. Por eso mismo debía ser combatido, aunque sibilinamente y a la callada, técnica empleada por el comunismo en las sociedades en que está en minoría. Y así, FRD se encontraba entre dos fuegos, tachado de rojo por unos y de fascista por otros. Pero la verdad era mucho más sencilla: Roosevelt sólo era un hombre sensato, que intentaba inculcar esa sensatez en sus conciudadanos. Y en honor a la verdad, al grueso de sus seguidores no podría aplicárseles ninguna estereotipada etiqueta ideológica, por más que desde la extrema derecha se intentase describirlos como criptocomunistas. Si se puede definir la Era Roosevelt con algún ismo
, ese es el del americanismo profundo de que siempre hizo gala el presidente, que marcó su administración, y que, en cierto modo, postulaba un regreso a los viejos principios que habían iluminado el camino de los Padres Fundadores, convenientemente adaptados a la realidad contemporánea.
Su mayor preocupación fue la de intentar que la sociedad estadounidense, profundamente aislacionista cuando llegó a la presidencia, fuera consciente de lo errado de tal postura. En el pasado, Estados Unidos había estado protegido por los océanos Atlántico y Pacífico, dos inmensas barreras acuáticas que le separaban de Europa y Asia, y también por Canadá y México, las dos naciones con las que tenía fronteras al norte y al sur, y que jamás significaron un peligro para el país. Pero los avances tecnológicos habían cambiado eso, era posible cruzar el Atlántico en apenas una semana, y Roosevelt comprendió que aquella barrera física ya no era tal. Por otra parte, el aislacionismo americano resultaba como poco contraproducente, sobre todo en una época caracterizada por el ascenso del nazismo en Alemania y por el agresivo militarismo de Japón. La visión de futuro de Roosevelt era sorprendentemente nítida, pues no sólo percibió el peligro que para su país podían llegar a representar la Alemania de Hitler y el imperio japonés, sino que fue capaz de anticipar un profundo cambio en la situación internacional, que estaría marcado por los grandes adelantos en los transportes y las comunicaciones. Dicho de otro modo: Roosevelt sabía que el mundo se encaminaba hacia una globalización, que todas las naciones acabarían por ser interdependientes unas de otras y, en consecuencia, que Estados Unidos no podía permanecer ajeno a esa realidad. En un escenario así, el aislacionismo americano, que había marcado la política estadounidense durante la mayor parte de su historia, tenía que desaparecer. Pero los americanos, convencidos de que su participación en la Gran Guerra sólo había beneficiado a los bancos y a los fabricantes de armas y municiones, aparte de significar una tragedia para muchos de sus conciudadanos, eran muy reacios a intervenir en cuestiones internacionales, y optaban por dedicarse exclusivamente a los asuntos internos de Estados Unidos. Creían firmemente que su país era autosuficiente y podía pasarse perfectamente sin el resto de las naciones del mundo, y no eran conscientes de los grandes cambios que se estaban produciendo a marchas forzadas. Por eso FDR se vio obligado a actuar de cara a la galería casi como un aislacionista, aunque no lo era, al tiempo que intentaba que sus compatriotas asumiesen, poco a poco, en pequeñas y muy medidas dosis, que el papel de USA en el mundo estaba cambiando.

El sentimiento aislacionista fue un terrible escollo para Roosevelt, sobre todo cuando empezó a resultar evidente que Hitler, que había alcanzado el poder casi a la vez que él, era un psicópata peligroso. El presidente americano, que desde el primer momento previo las intenciones del líder germano, aborrecía a los nacionalsocialistas. Su intención fue ayudar a las naciones amenazadas por las ambiciones de la camarilla de criminales que gobernaba Alemania, pero no siempre pudo hacerlo, pues sus movimientos eran observados con lupa por los republicanos, decididamente partidarios del aislacionismo y contrarios a su New Deal. Los conservadores esperaban con ansiedad que Roosevelt, a quien empezaron a tachar de belicista por su firme actitud frente a los abusos nazis, diera un paso en falso para arremeter contra él aún con más dureza. Entre ellos figuraban tanto estadounidenses sinceros, que estaban convencidos de que los problemas de Europa eran cosa de los europeos, como siniestros individuos que ocultaban bajo su aparente patriotismo conservador su admiración por el régimen instaurado por Adolf Hitler. Entre ellos destacó Charles Lindberg, que ensució su aureola de héroe nacional no sólo con su actitud aislacionista, proyectada a través de la organización First America (América Primero), sino con su afirmación de que el futuro de Europa estaba en manos de Alemania, sus elogios al régimen nazi y su relación de amistad con Herman Göering. Henry Ford, por mencionar a otro americano ilustre, tampoco hacía gala de una gran sutileza. Antisemita convencido, publicó un panfleto de su autoría titulado EL JUDÍO INTERNACIONAL, un libelo cargado de odio que tuvo una gran acogida en Alemania. En su periodicucho, The Dearborn Independent (El Independiente de Dearborn) publicó, en la mejor tradición de la prensa basura al más puro estilo John Randolph Heart, una edición falseada de LOS PROTOCOLOS DE LOS SABIOS DE SIÓN, con la intención de alimentar el miedo americano a una conspiración judía. Por otra parte, la filial germana de su empresa dio apoyo económico a los nazis, lo que le valió ser condecorado por Hitler con la Gran Cruz del Águila Alemana. Ford llegó a maldecir públicamente a los banqueros judíos, pues según él eran los culpables del estallido de la guerra en Europa. Estos dos personajes, dignos de admiración por sus logros en los campos de la aeronáutica y la automoción respectivamente, pero de ideas políticas deleznables, fueron vigilados por el FBI de John Edgard Hoover hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, como miles de norteamericanos partidarios del Eje o sospechosos de serlo. De todas formas, los simpatizantes nazis estaban en franca minoría en la sociedad estadounidense. La Asociación Germanoamericana de Fritz Kuhn alcanzó en su momento de mayor auge los 23.000 afiliados, de los que unos 8.000 formaban sus particulares Tropas de Asalto. Los Camisas Plateadas de William Dudley Pelley eran aproximadamente 14.000 en los años 30, cifra que se redujo hasta menos de 5.000 cuando el país entró en guerra. Estos grupos neonazis nunca supusieron un verdadero peligro para Estados Unidos, pues estaban bajo la atenta vigilancia del FBI. En 1939, agentes federales del Departamento del Tesoro arrestaron a Kuhn por malversación de fondos, acusación gracias a la cual dio con sus huesos en la cárcel, lo que supuso un durísimo revés para su formación política. Por otra parte, los actos públicos de estas organizaciones, y los de otros grupúsculos de inspiración filonazi, eran sistemáticamente boicoteados por los hombres de Meyer Lansky, gángster judío que aborrecía a los nazis y los combatía con sus mismas armas, dándoles a probar un poco de su propia medicina. Cuando Estados Unidos entró en guerra, Roosevelt utilizó sus prerrogativas como comandante supremo de las fuerzas armadas para evitar que Lindberg combatiera en el frente europeo, pues no se fiaba de su lealtad, al tiempo que sometía a Ford y otros industriales sospechosos de admirar el régimen nazi a una vigilancia aún más estrecha por parte de los hombres de J. Edgard Hoover, que era muy conservador, pero que consideraba a los nacionalsocialistas tan perjudiciales para América como los comunistas.
En general, Roosevelt, además de responder a los ataques de los fanáticos aislacionistas, tuvo que maniobrar con cuidado para ayudar a las naciones amenazadas por Hitler, procurando que ello no fuese percibido por la opinión pública como una injerencia en los asuntos internacionales, que podía conducir a USA a una guerra. Todas las encuestas realizadas durante la década de los 30 demostraban que el grueso de la población estadounidense, ideologías aparte, seguía siendo aislacionista, y el presidente no podía ignorar tal hecho. Por eso se vio obligado a declarar que jamás involucraría a Estados Unidos en una guerra extranjera. Pero, consciente de que, tarde o temprano, las potencias totalitarias obligarían a USA a luchar, recalcó lo de extranjera, significando con ello su intención de no intervenir en un conflicto ajeno, pero dejando explícitamente claro que su país se defendería si su territorio o sus intereses eran amenazados. Previsoramente, FDR ya había puesto en marcha una serie de medidas encaminadas a fortalecer a USA frente al nazismo, tales como un programa de rearme, que incluía un sustancial aumento de los efectivos de las fuerzas armadas, y una decidida alineación con las potencias occidentales y democráticas.
Tras el estallido de la guerra en Europa, el 1 de septiembre de 1939, FDR intensificó sus esfuerzos para tratar de ayudar a los países democráticos, aunque no le quedó otro remedio que actuar con gran cautela para llevar a cabo sus proyectos, pues al mismo tiempo tuvo que hacer frente a las elecciones de 1940. FDR fue el primer y único presidente americano que se presentó para un tercer mandato, algo casi impensable en la política estadounidense. El general George Washington, primer presidente de los Estados Unidos, había rechazado presentarse a un tercer mandato, que sin ninguna duda habría obtenido, porque pensaba que cuando un hombre permanece demasiado tiempo en el poder tiende a considerarse imprescindible, y ello conduce al despotismo. Este precedente, respetado por todos los que accedieron a la presidencia casi como si fuera un artículo de la Constitución, fue obviado por Roosevelt, pero no por ansias de poder personal, como alegan sus detractores, sino porque era lo más sensato que se podía hacer en aquel momento. El estallido de la guerra había venido a confirmar sus tesis, y un cambio de gobierno en aquel momento, con un aislacionista como Wendell Wilkie en la Casa Blanca, por ejemplo, habría tenido consecuencias imprevisibles y posiblemente nefastas sobre el futuro de Estados Unidos y el mundo democrático. Posteriormente Wilkie cambiaría de parecer, cuando, poco después, enviado a Inglaterra por Roosevelt, el duro conservador tuviera ocasión de ver con sus propios ojos lo que significaban Hitler y el nazismo; pero en ese momento la llegada al poder de un aislacionista podría haber trastocado las cosas sin remedio. Así pues, Roosevelt se presentó para un tercer mandato y resultó elegido. No obstante, el Congreso, donde primaban las posturas aislacionistas, rechinaba los dientes ante cada nueva petición o propuesta suyas. Pero la situación de Inglaterra, que en la práctica se había quedado sola frente a Hitler, era desesperada, por lo que FDR maniobró para ayudarla, en ocasiones rozando la ilegalidad y a espaldas del Congreso y la ciudadanía. Semejantes actos demuestran tanto su convicción de que una victoria germana tendría graves consecuencias para Estados Unidos, como su creencia de que tenía que hacer algo al respecto, aunque eso significará arriesgarse incluso a ser sometido a un proceso de impugnación. Puede que el presidente no observara escrupulosamente la legalidad, pero su actuación estuvo motivada por el noble deseo de ayudar a una democracia en apuros, y no por razones egoístas y personales, por lo que no puede hablarse en este caso de abuso de poder. Tras su fallecimiento, sus enemigos, que se habían quedado literalmente a cuadros cuando fue elegido por tercera vez, maniobraron para limitar la duración del mandato presidencial a dos legislaturas. El 24 de marzo de 1947 se presentó la propuesta para enmendar la Constitución a ese respecto, y el 27 de febrero de 1951 fue ratificada la vigesimosegunda enmienda de la Constitución de los Estados Unidos, que limitaba la presidencia a dos mandatos de cuatro años cada uno. Es cierto que dicha medida, observada con imparcialidad, agilizaba la política estadounidense, a la vez que suponía un freno para las ansias de poder de algunos individuos. Pero muchos de los que la votaron no lo hicieron por razones altruistas, sino por puro rencor hacia un hombre excepcional, que había sabido ganarse la confianza de sus conciudadanos.
La relación de Roosevelt con Churchill estuvo marcada por la cordialidad y el mutuo entendimiento, pero no fue tan idílica como algunos pretenden. El Reino Unido era una antigua monarquía parlamentaria y Roosevelt simpatizaba con su concepción democrática de la política. Pero aborrecía el colonialismo, conocía bien las indignidades cometidas por los británicos en sus dominios y, en consecuencia, no estaba dispuesto a que los ingleses se valieran de la ayuda americana para perpetuar su execrable imperio. Frente a Churchill, un líder conservador que exaltaba las virtudes del Imperio Británico, Roosevelt se erigía como un sólido baluarte del anticolonialismo, lo que provocó diversos choques entre ellos. No obstante, como las circunstancias mandaban, el presidente americano se desvivió por ayudar a la Gran Bretaña en su lucha contra el nazismo, pero siempre enfatizando que tal ayuda no significaba la aceptación de su sistema imperial, que FDR consideraba infame. Roosevelt y Churchill, como Reagan y Gorbachov casi medio siglo después, conectaron en lo humano y en cierto grado de lo político, pero mantuvieron notables diferencias entre ellos, aunque algunos historiadores, sobre todo británicos, prefieran hacer hincapié en la buena sintonía que se estableció entre ambos.

Los críticos más feroces de Roosevelt le echan en cara su presunta blandura, cuando no una cómplice condescendencia, hacia Stalin y su régimen, olvidando que durante los años 30 el presidente estadounidense había condenado repetidas veces la dictadura comunista implantada en la URSS y los manejos del antiguo atracador de bancos reconvertido en dictador. Sin embargo, una cosa era lo que FDR pensara a nivel personal, y otra muy distinta lo que hiciera como mandatario de USA. Desde el triunfo de la revolución bolchevique, en 1917, los gobiernos de Estados Unidos se habían negado a reconocer a la URSS, horrorizados por su ideología dominante, profundamente abyecta y criminal. Pero Rusia, sin ser todavía una gran potencia, era una nación a tener en cuenta, a la que no se podía ignorar, so pena de encontrarse en el futuro con sorpresas desagradables. Tan pronto como llegó a la Casa Blanca, en 1933, Roosevelt estableció relaciones diplomáticas con la URSS por razones exclusivamente pragmáticas, aunque sus detractores vieran en ello una supuesta simpatía por el comunismo. Durante el resto de la década hubo un tira y afloja entre Estados Unidos y Rusia, a pesar de que aparentemente las relaciones entre ambos países fuesen normales. El Comité de Actividades Antiamericanas, pervertido por McCarthy algunos años después, fue creado durante la administración Roosevelt para prevenir y controlar la creciente influencia nazi y fascista en la sociedad americana; pero sus investigaciones, con el auxilio del FBI, demostraron que no sólo los seguidores de Hitler aspiraban a subvertir el orden establecido, sino que los comunistas perseguían el mismo fin con una red de agitadores y agentes que databa de casi veinte años atrás, con personal infiltrado en todos los ámbitos de la sociedad. Aunque la lucha contra los elementos fascistas fue muy importante durante la Era Roosevelt, tiende a olvidarse que también lo fue la que se libró durante ese periodo histórico contra la nefasta influencia marxista, una confrontación muy dura, pero que no llegaría a alcanzar las cotas de surrealismo y paranoia que tendría a partir de finales de los 40.
El cobarde ataque nipón contra la base aeronaval de Pearl Harbor en Hawaii, el domingo 7 de diciembre de 1941, significó la entrada en guerra de Estados Unidos. Las reticencias aislacionistas se diluyeron mucho tras el infame raid japonés, aunque no llegaron a desaparecer del todo. Roosevelt, que había criticado ferozmente la agresiva política de expansión japonesa, que había llevado a los nipones a invadir China y a abandonar la Sociedad de las Naciones, había suspendido las exportaciones americanas de chatarra y petróleo hacia Japón, tanto para castigar a su gobierno por su criminal proceder, como para intentar presionarlo obligándolo a respetar el derecho internacional, lo que ha sido utilizado torticeramente por algunos historiadores para tratar de justificar el ataque nipón. En realidad, aunque USA no hubiese cortado su comercio con Japón, el ataque se habría llevado a cabo igualmente, pues los militaristas japoneses aspiraban a extender su imperio por el Pacífico, y su mayor enemigo era Estados Unidos. El presidente obtuvo el unánime apoyo del Congreso y de la mayoría del pueblo americano para declararle la guerra al Imperio del Sol Naciente. Sin embargo, y a pesar de los ataques submarinos contra algunos buques estadounidenses, todavía había muchas reticencias sobre la guerra en Europa, por lo que el presidente no podía hacer extensiva su declaración a la Alemania nazi, aunque lo deseara. Curiosamente, fue Hitler quien vino a solucionarle el problema, al cometer el que muchos historiadores consideran su error más importante, que a la larga habría de tener nefastas consecuencias para su régimen: declaró la guerra a Estados Unidos. ¿Por qué hizo tal cosa el dictador alemán? Sin duda porque confiaba en que, si Alemania entraba en guerra con USA, los japoneses, en justa reciprocidad, entrarían en guerra con la URSS, aliviando de esta manera la presión de las fuerzas del Eje que habían invadido Rusia pocos meses antes. Por desgracia para el Führer, y por suerte para el mundo, los nipones, que habían sufrido una tremenda derrota frente a los rusos en los años 30, se mostraron muy precavidos y prefirieron mantenerse en paz con Stalin. Sus esfuerzos se concentraron en Asia y el pacífico, que pretendían dominar totalmente expulsando a europeos y americanos, a los que consideraban como exponentes de la decadencia occidental.
A pesar de que USA estaba en clara desventaja frente a Japón, al menos en el plano militar, Roosevelt, consciente del enorme poder industrial del país, estaba seguro que alcanzarían la victoria, pero también sabía que ésta habría de ser muy costosa, tanto en dinero como en vidas. Decidido a poner a Estados Unidos en las mejores condiciones posibles para afrontar el conflicto con posibilidades de vencer, Roosevelt potenció el rearme y el reclutamiento, a la vez que aumentaba los impuestos para hacer frente a los ingentes gastos de defensa. Hubo algunas protestas ante el aumento de la presión fiscal, pero la realidad de la situación las acalló enseguida. Por otra parte, las campañas de venta de Bonos de Guerra, que implicaron a todas las industrias del país, con una presencia muy significativa en el mundo del cine, contribuyeron a financiar el esfuerzo de guerra americano.
Los años de la Segunda Guerra Mundial fueron muy duros y difíciles para el presidente. Unos días después de Pearl Habor Churchill viajó a Estados Unidos, con la intención de hacer comprender a Roosevelt que el enemigo más peligroso era Hitler. El presidente estadounidense era consciente de ello, de modo que decidió concentrar sus esfuerzos en derrotar primero a las fuerzas nazis. Esta política, la única que, atendiendo a la sensatez, podía aplicarse en ese momento, tendría un coste enorme para USA en el frente del Pacífico, donde todo serían derrotas para los aliados en los meses siguientes a Pearl Habor. Las tornas empezarían a cambiar tras la decisiva batalla de Midway, pero incluso entonces sólo un diez por ciento de los efectivos y de la producción de guerra americana sería destinado al teatro de operaciones del Pacífico. La inmensa mayoría de los recursos estadounidenses se dirigían principalmente a Europa, pues aunque Japón era muy fuerte, no podía compararse ni de lejos con la amenaza que para el mundo democrático representaba la Alemania nazi.
Estados Unidos no sólo tenía que armar y pertrechar a sus propias fuerzas. Además debía enviar suministros y armas de todo tipo a sus aliados, especialmente a Inglaterra y la URSS. Uno de los argumentos esgrimidos por quienes acusan de procomunista a Roosevelt se refiere a la enorme cantidad de pertrechos que envío a Stalin, en convoyes marítimos que cruzaban las aguas árticas, infestadas de submarinos germanos, para llegar a los puertos soviéticos. Los detractores del presidente argumentan que tal ayuda fortaleció el régimen criminal de Stalin, pero lo cierto es que Roosevelt hizo lo único que se podía hacer entonces: elegir el menor de dos males. El comunismo era una ideología abyecta, pero en aquel momento la mayor amenaza era la Alemania nacionalsocialista y era preciso combatirla al precio que fuera.
En contra de lo que sostienen muchos historiadores poco rigurosos, Roosevelt no se fiaba de Stalin. Tenía pruebas de la paranoia del personaje, y, además, había acogido con mucha sorpresa y grandes reservas el pacto de no agresión germano-soviético de 1939, firmado por los ministros de exteriores alemán y ruso, Ribbentrop y Molotov. En 1941, alertado por su servicio de información, el presidente americano había avisado a Stalin de una posible invasión de la URSS por parte de Alemania. Churchill, por su lado, también advirtió a Stalin de las intenciones de Hitler. Pero el sátrapa soviético había despreciado tales avisos, convencido de que Roosevelt y Churchill pretendían enfrentarle con Hitler, con la esperanza de que ambos sistemas totalitarios se aniquilaran mutuamente, o, al menos, el vencedor quedara tan debilitado que no representara una amenaza para USA o la Gran Bretaña. Este hecho, rigurosamente verídico y avalado por documentos rusos desclasificados tras la caída del bloque soviético, demuestra lo paranoico que era Stalin. Seguramente había leído MEIN KAMP, libro donde Hitler exponía claramente su pensamiento político, en el que el mayor peso recaía en su furibundo antisemitismo y en la idea de que el espacio vital para los alemanes debía buscarse en el Este, y sabía muy bien lo que eso significaba. Pero su retorcida mentalidad, que le hacía ver enemigos y conspiraciones por todas partes, le impelía a desconfiar insensatamente de americanos e ingleses. Por otra parte, mientras estuvo en vigor el pacto germano-soviético, los Partidos Comunistas inglés y estadounidense, siguiendo las directrices de Moscú, evitaron cualquier crítica del nazismo. En Gran Bretaña, que estaba sometida al continuo bombardeo de la Luftwaffe, que cada noche provocaba cientos de muertos, los comunistas ingleses llegaron a abogar públicamente por el cese de las hostilidades y un pacto entre Alemania e Inglaterra, lo que da idea de la absoluta falta de moral de los seguidores de la doctrina marxista-leninista. Roosevelt observaba tales cosas con preocupación, pero, sabiendo que antes o después Hitler se lanzaría a la conquista de Rusia, abrigaba la convicción de que debería apoyar a ésta con todas sus fuerzas, pues el ejército rojo, con sus millones de hombres, era una fuerza a considerar con vistas a una victoria sobre el Eje. Así que la actitud de Roosevelt ante la Rusia soviética estuvo marcada por el pragmatismo político más frío y racional, y no por una hipotética simpatía por un sistema tan deleznable. El presidente americano, firme partidario de mantener una relación directa y lo más fluida posible con los líderes aliados, se entrevistó en diversas ocasiones con Churchill y Stalin. Su aparente cordialidad con éste último también ha alimentado la falacia histórica sobre su filocomunismo, pero lo cierto es que, obligado por las circunstancias, aparcó sus reticencias sobre el líder ruso y le trató como lo que era: un aliado muy valioso en la lucha contra el nazismo.
Es obligado mencionar en este punto algo sabido, pero que no siempre se le da la importancia que tiene: Rusia llevó buena parte del esfuerzo bélico contra Alemania, siendo en la práctica la responsable de romper la columna vertebral de la Wehrmacht. Ningún otro país pagaría un precio tan alto para derrotar al nazismo, pues se calcula que entre veinte y treinta millones de rusos perdieron la vida durante la guerra mundial, tanto combatiendo contra los alemanes en el ejército o en la resistencia, como en los bombardeos y masacres sin cuento llevados a cabo por los teutones a todo lo largo y ancho de la geografía rusa. No obstante, cabe puntualizar algunos detalles obviados por los historiadores simpatizantes de la URSS y su sistema. Ante todo, señalar que tal resistencia heroica se debió, más que nada, al pueblo llano, que ante la brutalidad de los germanos, que perseguían limpiar de eslavos aquellas tierras para repoblarlas con colonos llegados de Alemania, asumió la lucha como lo que era: una guerra de supervivencia. Stalin le dio un sesgo político, presentándola como un enfrentamiento entre nazismo y comunismo, entre el mal y el bien, pero lo cierto es que nazismo y comunismo eran dos ideologías muy similares, pues ambas, obviando el color político de cada una, recurrían a los mismos métodos criminales. Hay que admitir que Stalin tuvo cierto éxito en su intento de presentar la contienda como un combate ideológico, merced a la labor de un verdadero ejército de comisarios políticos; pero lo cierto es que el pueblo ruso—entendiendo como tal las diversas etnias y nacionalidades comprendidas en la URSS— luchó exclusivamente por su supervivencia física, y no por un comunismo que la mayoría detestaba, aunque no lo admitiera públicamente por temor a la siniestra NKVD. Si la invasión alemana no hubiese estado tan marcada por el racismo, si las SS no hubiesen actuado en Rusia como lo hicieron, la resistencia de los rusos habría sido muchísimo menor. Fue la brutalidad ejercida por los alemanes, imbuidos por la propaganda de Goebbels y que veían a los eslavos como subhumanos, lo que incentivo el afán de lucha de los rusos. Por otro lado, buena parte del ardor combativo que se les atribuye a los soviéticos era inducido por las prácticas de los comunistas, que situaban las ametralladoras no en primera línea de batalla, como sería lógico, sino en retaguardia, manejadas por hombres de la NKVD con órdenes estrictas de disparar contra cualquier soldado propio que se atreviera a dar un paso atrás. Cabe mencionar que este aliciente para combatir no fue ideado por los rusos, sino copiado de la Guerra Civil Española, en la que personajes como Indalecio Prieto, ante el tremendo índice de deserciones en las fuerzas republicanas, habían optado por usar las ametralladoras para animar a combatir a los soldados y milicianos y disuadirles de retroceder ante el ímpetu del enemigo.
El heroísmo y el sacrifico de los rusos en la lucha contra los nazis es notable, pero no habría servido de nada sin Roosevelt. A pesar de las absurdas protestas de Stalin, que se quejaba por la aparente reticencia de los aliados occidentales para abrir un segundo frente en Europa que aliviara la presión germana sobre el ejército rojo, las victorias de éste fueron posibles gracias al arrojo de sus soldados, pero también a los suministros de todo tipo procedentes de Estados Unidos. Si Roosevelt no hubiera enviado dichos suministros, es más que probable que Hitler hubiera conquistado Rusia. El presidente norteamericano, que valoraba la combatividad de los rusos, pero que conocía sus terribles carencias, que en la práctica les colocaban en situación de gran inferioridad frente a los alemanes, autorizó el envío a la URSS de toda clase de armamento, material ferroviario, combustible, alimentos y medicinas. Estos suministros fueron vitales para los soviéticos, pues sin ellos, y a pesar del crudo invierno ruso, la inmensidad del país y los errores de Hitler, difícilmente habrían podido sobrevivir a la invasión germana y mucho menos contraatacar. Stalin dio un enorme impulso a la industria soviética, que a partir de 1943 comenzó a fabricar ingentes cantidades de tanques y aviones, cuya producción llegó a superar la de Alemania. Pero ello fue posible sólo gracias al apoyo de los americanos, que pertrecharon a las fuerzas rusas hasta que éstas fueron capaces de producir sus propios equipos.
Con todo, Roosevelt, que no tenía nada de ingenuo, mandó a Rusia sólo modelos de tanques, aviones, barcos y vehículos terrestres ya conocidos por los nazis, pues no estaba dispuesto a dar a conocer los últimos adelantos de la industria americana ni a Hitler, ni mucho menos a Stalin. Así, hubo tipos de aviones que no habían dado el resultado apetecido por la USAAF (United States Army Air Force / Fuerza Aérea del Ejército de los Estados Unidos), por lo que el grueso de su producción fue enviado a la URSS. Eso ocurrió, por ejemplo, con el caza Bell P-39 Aira-Cobra, que ya salía de fábrica con los colores y la estrella de la aviación roja en el fuselaje y fue empleado con gran éxito por los soviéticos como avión de ataque al suelo, cometido en el que se revelaría tan eficaz como el Yliushin II-2 Shturmovik de fabricación rusa. El padrecito Stalin, que por una parte deseaba levantar la moral de los combatientes, y por otra quería minimizar en lo posible la importancia de la ayuda americana, ordenó que todas las marcas de fábrica de los suministros que recibían de USA fuesen borradas, a fin de que el pueblo ruso creyese que eran productos de la industria nacional. Por otra parte, si bien las armas, municiones y equipos americanos en general llegaban a las tropas, no sucedía lo mismo con las toneladas de alimentos y medicinas, de los que sólo se beneficiaron las élites del partido. Más claro el agua.
En general, Roosevelt se mostró bastante condescendiente con Stalin por razones pragmáticas. En los últimos momentos de su vida, cuando ya la guerra en Europa estaba prácticamente ganada, envió un telegrama a Churchill sugiriendo que debía minimizarse el problema soviético. Esto también ha sido interpretado de forma torticera, o políticamente correcta, por varios historiadores y por algunos cineastas metidos a historiadores, como el inefable Oliver Stone, los cuales hacen hincapié en el pacifismo sincero de Roosevelt, pero también en una supuesta admiración de éste por la progresista —en palabras de Stone — Unión Soviética. La realidad es más prosaica. Roosevelt sabía que, tras la guerra mundial, la URSS pasaría a ser una superpotencia, cambiando el equilibrio de poderes en el mundo. El presidente americano pensaba que era mejor llegar a un entendimiento con Stalin para asegurar la paz mundial, que enfrentarse frontalmente a Rusia, lo que conllevaría el peligro de llegar a un conflicto similar al presente y que, estaba seguro de ello, la humanidad no podría superar. Realista como pocos, FDR sabía que no estaba en sus manos cambiar el sistema imperante en Rusia. Por tanto, abogaba por tratar a dicha nación con respeto, no provocándola sin necesidad, confiando en que a la muerte del dictador se produciría un cambio en la mentalidad soviética.

Si con Churchill y Stalin mantuvo relaciones algo tensas pero fluidas, con Charles De Gaulle no sintonizó en absoluto. No le gustaban las maneras del general francés, que se las daba de demócrata, pero que actuaba con una prepotencia irritante para el presidente americano. Para Roosevelt, Francia estaba mejor representada por el general Giraud, un militar más preocupado por derrotar a los nazis que por las ambiciones políticas que parecían marcar la senda que seguía De Gaulle. Tan sólo la insistencia de Churchil l, valedor de De Gaulle, empujaba a Roosevelt a tratar con el soldado francés. El ninguneo a que se veía sometido por FDR enervaba a De Gaulle, que desarrolló una gran antipatía personal hacia el presidente estadounidense, el cual, por su parte, consideraba como ofensiva la arrogancia conservadora de quien pretendía erigirse en la voz de Francia, un país que había sucumbido vergonzosamente ante Hitler en apenas unas semanas. Los caracteres de ambos hombres chocaron frontalmente, enfriando mucho las relaciones entre Estados Unidos y las FFL (Fuerzas Francesas Libres), de las que De Gaulle era el máximo responsable.
Otro aspecto interesante de la Era Roosevelt se refiere al desarrollo del arma máxima: la bomba atómica. Un grupo de científicos, formado mayoritariamente por europeos exiliados en USA y encabezados por Albert Einstein, le escribió una carta en la que expresaba su preocupación por las investigaciones nucleares llevadas a cabo por el régimen nazi, que podrían proporcionarle un arma terrible y poderosa con la que sojuzgar al mundo. Roosevelt se asesoró sobre el tema, concluyendo que era preciso adelantarse a los científicos de Hitler. Así pues, aprobó el Proyecto Manhattan, uno de los más onerosos de la historia americana, que convertiría a USA en la primera nación con poder atómico. Roosevelt murió antes que el proyecto hubiera concluido con éxito, de modo que su hipotético proceder posterior entra en el campo de la especulación. ¿Qué habría hecho FDR de haber vivido y tenido en sus manos semejante poder destructor? Hay opiniones para todos los gustos. La más extendida, muy políticamente correcta y asumida por ciertos admiradores de Roosevelt que no han llegado a comprenderle del todo, sostiene que un hombre tan humanitario como él jamás habría ordenado los bombardeos atómicos de Hirosima y Nagasaki. Pero esta creencia choca con la realidad de los hechos históricos puros y duros. FDR era sobre todo un hombre práctico, cuyo objetivo era poner fin a la guerra lo antes posible. Era, además, un mandatario preocupado por el bienestar de su pueblo, que ansiaba ahorrarle sufrimientos y penalidades. Su preocupación por las vidas de los soldados americanos quedó patente cuando ordenó al general Patton, que prácticamente iba a lanzarse a la conquista de Berlín, que se detuviese dejando que los rusos fueran los primeros en llegar a la capital del Reich. Los detractores de Roosevelt insisten machaconamente en que tal orden favoreció a los soviéticos, y no cabe duda de que la entrada de éstos en Berlín marcó el posterior devenir histórico europeo. Pero la decisión de Roosevelt, que preocupó muchísimo a Churchill, estuvo inspirada por el deseo del presidente de salvar vidas americanas, y no por un supuesto favor a Stalin. El Estado Mayor americano había estimado que los nazis defenderían su capital con ardor numantino, lo que representaría, según sus cálculos, unas bajas americanas de no menos de cien mil hombres, entre muertos y heridos. Así las cosas, Roosevelt optó por dejar vía libre a los rusos, que por otra parte estaban ansiosos por vengar los espantosos crímenes cometidos por los germanos en su territorio.
El caso de Japón era todavía peor. El fanatismo de los nipones era bien conocido por los combatientes americanos, que habían librado cruentas batallas contra ellos en docenas de islas del Pacífico. Animados por una devoción irracional hacia su Emperador, los japoneses luchaban hasta el último hombre, provocando en los soldados americanos una mezcla de admiración, temor y odio. El revisionismo histórico, tan de moda hoy día pero muy fácil de desmontar, pretende ofrecer la visión de unos líderes japoneses, deseosos de poner fin a la guerra, enfrentados a unos intransigentes estadounidenses que perseguían la total destrucción del Japón. La verdad pura y dura es que nadie en el gobierno nipón discrepó demasiado de las líneas maestras del Emperador Hiro - Hito y del general Tojo. Tan sólo el príncipe Konoye sostenía que Japón ya no podía ganar la guerra, pero incluso él se proclamaba fiel a la institución imperial y contrario a la rendición incondicional exigida por los aliados. A pesar de los intentos de muchos historiadores oficiales nipones por escamotear la verdad, presentándole casi como una marioneta en manos de sus ministros y de los militares, Hiro - Hito fue el máximo responsable de la puesta en marcha de un plan que sólo puede calificarse de abominable, pues buscaba convertir a cada hombre, mujer y niño japonés en un kamikaze dispuesto a morir por el Emperador, y la verdad es que la mayoría de la población, formada por masas de analfabetos funcionales adoctrinados en la obediencia ciega a su Monarca-Dios, estaba dispuesta a inmolarse contra las tropas estadounidenses.
Conforme los americanos se iban acercando a las islas que forman Japón, la resistencia de los nipones era más encarnizada, más suicida. Esto llevó al Estado Mayor americano a colegir que la invasión del Japón metropolitano iba a ser una carnicería de proporciones épicas, calculando que las bajas propias podrían alcanzar el millón de hombres. Los soldados rasos estadounidenses eran de la misma opinión, y lo cierto es que ninguno de ellos esperaba sobrevivir a la invasión. Por suerte, Truman, sucesor de Roosevelt, ordenó lanzar la bomba sobre Hirosima, y ante la negativa japonesa a rendirse, sobre Nagasaki. El empleo de las dos bombas, sumado a la declaración de guerra de la URSS, obligó a Japón a rendirse. Examinando los hechos históricos con frío desapasionamiento, hemos de llegar a la conclusión de que Roosevelt también habría ordenado emplear las bombas atómicas. No obstante, es posible que los blancos hubiesen sido otros, en vez de dos ciudades densamente pobladas. Pero lo que no puede dudarse es que, obligado a elegir entre vidas americanas y japonesas, Roosevelt se habría decantado sin dudar por las primeras.
El fallecimiento de FDR, producido unas semanas antes de la rendición incondicional de Alemania, causó una honda conmoción tanto en USA como en el extranjero. Incluso los británicos, tan fríos y flemáticos ellos, se mostraron conmovidos por la pérdida del hombre que no sólo había dirigido la lucha contra los nazis y los japoneses, sino que había salvado a Inglaterra de sucumbir ante un enemigo que parecía invencible. Su funeral fue un auténtico duelo nacional en Estados Unidos, no sólo porque que era el presidente, sino por haber sido el artífice de la victoria, que ya se adivinaba cercana, y por haber devuelto a las maltrechas esencias de la sociedad americana la esperanza en el porvenir.
La Era Roosevelt fue, quizá, la etapa más agitada y a la vez más esperanzadora de la historia americana. Durante los doce años que median entre 1933 y 1945, Roosevelt cargó sobre sus hombros la tremenda responsabilidad de devolver la confianza a Estados Unidos, de levantar un país postrado de rodillas por las consecuencias de la Gran Depresión. Al mismo tiempo, se erigió en defensor de los derechos más esenciales de las personas, en un momento en que el totalitarismo campaba a sus anchas por el mundo. Aunque falleció antes de la conclusión de la guerra, él fue el auténtico debelador de los imperios nazi y nipón, fiel a un compromiso que había asumido apenas llegó a la Casa Blanca. Fue también un gran americano, que, lejos del patrioterismo cursi y ramplón cultivado por algunos de sus sucesores, persiguió colocar a Estados Unidos en una posición de primacía mundial, pero respetando siempre al resto de las naciones, sin pretender imponerles el sistema americano mediante presión o por la fuerza.
En su presidencia hubo errores, y también decisiones complicadas o incluso injustas. Así, ordenó el internamiento de los japoneses residentes en USA, hecho que tendría un coste económico y emocional enorme para los americanos de raza japonesa, y que sería muy criticado por generaciones posteriores. Pero lo cierto es que no tenía otra salida. A pesar de las duras condiciones de vida en los campos de internamiento—nada que ver, por otra parte, con los campos levantados por los japoneses, los gulags soviéticos o los campos de la muerte nazis—, al menos éstos sirvieron para proteger a los americanos-japoneses de la furia de un pueblo indignado por el vil y cobarde ataque de Pearl Harbor. Pero cuando los jóvenes de raza japonesa nacidos en Estados Unidos expresaron su deseo de alistarse, ansiosos por demostrar que quizá fueran enanos amarillos pero que eran norteamericanos de corazón, dispuestos a luchar por su país, Roosevelt, sin considerar siquiera las objeciones de algunos de sus asesores, autorizó la creación de un regimiento de voluntarios, el 442 de infantería, que bajo el mando de oficiales blancos combatiría en Italia. No es casual que dicha unidad sea la más condecorada de la historia de las fuerzas armadas americanas.
La muerte de FDR significó más que el fin de una Era. Su legado sería sádicamente atacado por aquellos que habían visto en el presidente fallecido una amenaza para sus oscuros intereses. Aún estaba caliente el cuerpo de Roosevelt, cuando ya sus enemigos estaban desmontando a marchas forzadas todo lo que él había levantado. Frente a su concepción profundamente humana del americanismo, magistralmente recreada por Frank Capra en títulos tan emblemáticos como CABALLERO SIN ESPADA (MR. SMITH GOES TO WASHINGTON, 1939) y JUAN NADIE (MEET JOHN DOE, 1944), comenzó a erigirse una idea excluyente, sectaria y por ello profundamente falsa de lo que significa ser americano. En ese abyecto proceso tuvieron mucho que ver personajes que, apenas unos años más tarde, contribuirían a sumir al país en un estado de histeria colectiva, aprovechando el lógico y legítimo temor de los estadounidenses al comunismo en su propio beneficio político, y desatando una auténtica caza de brujas que sumiría a Estados Unidos en sus horas más oscuras, con un impacto notable sobre el mundo del cine, y que por primera vez puso en peligro la democracia en Estados Unidos.
Pero aunque su legado fuera desaprovechado, su figura se ha ido engrandeciendo con el tiempo. Puede que su New Deal, que tanta esperanza e ilusión llevó a los estadounidenses más pobres, fuese desmantelado por una turba de mediocres con mando en plaza, pero su imagen histórica ha sobrevivido a los intentos de los ultraconservadores por denostarla. La historia se compone de hechos concretos, y si bien es cierto que a éstos puede dárseles la interpretación que uno quiera, sobre todo si se juega con ventaja, aprovechándose de la ignorancia ciudadana, también lo es que lo que pasó y cómo pasó ha quedado registrado. Por eso, aunque se intente tergiversar la realidad histórica, ésta brilla en todo su esplendor a poco que uno se preocupe por saber la verdad de lo acontecido, como descubrí yo cuando, hace ya muchos años y guiado por mi amor a la historia americana, me decidí a indagar sobre la vida y milagros de Franklin Delano Roosevelt. Me encontré no ante un vulgar político, sino ante un estadista que dedicó su vida a luchar contra la injusticia y tratar de mejorar las vidas de sus conciudadanos, de todos ellos. Los presidentes estadounidenses que han dejado una impronta más duradera, aquellos cuyos nombres siempre se recuerdan, son los que afrontaron grandes crisis y problemas sin cuento, reaccionando ante ellos con valentía y decisión. FDR fue, quizá, el más grande de ellos después de Abe Lincoln. Una cosa es cierta: si él no hubiese estado ahí, si no hubiera hecho lo que hizo, el mundo actual sería muy distinto, y sin duda mucho peor.
Lo que acaban de leer no es ni una biografía ni un estudio pormenorizado de su presidencia, sino un intento de explicar de forma sencilla cómo era Roosevelt, en qué creía y los motivos que le indujeron a actuar como lo hizo. Mi intención al escribir este ensayo sólo ha sido el de aclarar algunas cuestiones sobre los actos de FDR, explicándolos de forma lo más breve y a la vez completa posible, mostrando al personaje histórico en su verdadera dimensión política y humana, lejos de la idealización progre, que no progresista, que tanto a distorsionado su figura en los últimos tiempos. No obstante, aunque queda patente mi admiración por él, confío en no haberle dado al texto un tono demasiado hagiográfico, pues no era esa mi intención. Sea como fuere, vaya desde aquí todo mi respeto para Franklin Delano Roosevelt, el mejor presidente americano del siglo XX.