LA SUBLEVACIÓN DE VARSOVIA Y «LA CORRECCIÓN POLÍTICA»
por Antonio Quintana Carrandi
Rebeldes polacos en Varsovia
Rebeldes polacos en Varsovia

El pasado viernes 1 de agosto se cumplieron setenta años de uno de los episodios más heroicos y terribles de la Segunda Guerra Mundial: el alzamiento en armas de la ciudad de Varsovia contra el invasor nazi, que habría de durar hasta el 2 de octubre de 1944 y se saldaría con el aplastamiento de los rebeldes. Tal acontecimiento puso de relevancia la valentía del pueblo polaco, la crueldad germana y la retorcida mentalidad del siniestro Josef Stalin, a la sazón dictador de la URSS. Por desgracia, la corrección política imperante desde hace varias décadas obliga a mostrar la maldad de los alemanes en toda su crudeza, mientras se minimiza la de los comunistas, tratando de disculparla con excusas tan vacías como absurdas. Como era de esperar, en este aniversario se ha puesto mucho énfasis en la espantosa lucha entre alemanes y polacos, dejando a los rusos en un segundo plano y mencionándolos sólo de pasada. Semejante actitud, además de intolerable, es vergonzosa, pues con ella se pretende escamotear al público una parte importante de la historia, que debería ser conocida por todo el mundo para una mejor comprensión de lo que pasó. Así pues, desvelaré los hechos puros y duros, para ofrecer a los lectores una visión más realista de tan triste suceso y acabar, de una vez por todas, con las leyendas urbanas sobre lo que ocurrió a partir de aquel primero de agosto de 1944.

En primer lugar, hemos de tener muy claro que la ofensiva del ejército Rojo estaba en pleno apogeo. Las fuerzas soviéticas se precipitaban sobre los nazis como un rodillo que lo aplastaba todo a su paso, y aunque los alemanes seguían siendo fuertes, era evidente que habían perdido la inicitativa y se estaban retirando paulatinamente. Los teutones, obligados a retroceder hasta Polonia, donde había comenzado la guerra en Europa en septiembre de 1939, sentían un resquemor especial por este hecho, que sumado al desprecio que sentían por los pueblos eslavos, provocó que tratarán a los polacos incluso con más brutalidad que cuatro años atrás. Creyendo que los nazis habían perdido mucho de su empuje, y alentados tanto por el deseo de poner fin a sus crímenes como de expulsarlos de su ciudad, los habitantes de Varsovia, dirigidos por la resistencia, decidieron hacer frente al invasor. Pero en esta lucha épica no tomaron parte los comunistas polacos, que habían recibido órdenes muy claras de Moscú de permanecer al margen de la revuelta. Al mismo tiempo, las impresionantes fuerzas soviéticas detuvieron su avance a tan sólo unos km de la ciudad, permaneciendo los rusos como meros espectadores de una carnicería a la que podrían haber puesto fin rápidamente. De este modo, los rebeldes de Varsovia fueron aniquilados por los nazis en una lucha horrible, en la que los habitantes de la capital polaca llegaron a veces al cuerpo a cuerpo con el enemigo, llevados por su desesperación. Casi tres cuartos de siglo después todavía trata de obviarse el papel de los rusos y del PC polaco en este capítulo del conflicto bélico. ¿Por qué los comunistas de Varsovia no tomaron parte en la sublevación? ¿Cómo se explica la no intervención del ejército soviético? Los adalides del comunismo, en un vano intento de lavar la imagen rusa, han tratado de excusar su comportamiento de las formas más peregrinas. Pero la verdad histórica es tozuda y no admite tergiversaciones, de modo que veamos lo que sucedió realmente.

Ante todo, dejemos claro que Stalin, un dictador tan cruel y asesino como Hitler, deseaba apoderarse de Polonia. Tal deseo obedecía tanto a la necesidad geoestratégica de crear un estado-tapón entre Rusia y Alemania, como a sus ansías de extender su poder a las naciones vecinas. Frío y calculador, cuando su servicio de inteligencia le avisó sobre la posibilidad de un levantamiento en Varsovia, ordenó a sus tropas que se detuvieran, a pesar de que ya estaban cerca de la capital de Polonia. Al mismo tiempo, ordenó a los comunistas de la ciudad, que como casi todos los del mundo, por aquel entonces, obedecían sus órdenes a rajatabla, que permanecieran ocultos y sin tomar parte en las hostilidades contra los germanos. Stalin era muy consciente de que en Polonia, una nación católica, los adeptos al comunismo eran pocos, y como ansiaba convertirla en un satélite de la URSS, calculó que aquella rebelión, que en privado tachaba de insensata, facilitaría sus planes. El Zar Rojo sabía que el ejército alemán, si bien muy debilitado, continuaba siendo una formidable fuerza de combate, para la que unos civiles en armas no serían rival. Así pués, optó por esperar tranquilamente a que los alemanes aniquilaran a los sublevados, que eran antinazis, o antifascistas, como se dice ahora, pero también profundamente anticomunistas. De este modo, los nazis, llevados por su ardor guerrero y por su furia vengativa, le hicieron el trabajo sucio a Stalin, limpiando de elementos subversivos la capital polaca y allanando el camino para una dominación comunista del país que se concretaría poco después, cuando los germanos siguieran retirándose perseguidos por el Ejército Rojo.

Los aliados occidentales poco podían hacer, salvo tratar de enviar algunos suministros a los rebeldes en paracaídas, que casi siempre caían en poder de las tropas germanas. Franklin Delano Roosevelt y Churchill sabían lo que pretendía Stalin, y aunque en privado criticaron duramente la actuación del dictador ruso, en público no pusieron ninguna objeción a la maniobra del siniestro georgiano, lo que representa una mancha indeleble en las brillantes carreras de esos estadistas. Sea como fuere, la criminal actitud rusa y el silencio de Inglaterra y USA, cuyos mandatarios ni siquiera se atrevieron a afear a Stalin su conducta, significaron la implantación en Polonia de un régimen títere controlado por Moscú, que sumiría al país en una dictadura atroz. Durante más de cuarenta años se mantendría la prohibición de hablar sobre la actuación rusa en los sucesos de agosto de 1944 y, de hecho, casi todas las conmemoraciones de episodios de la Segunda Guerra Mundial se centrarían en el glorioso Ejército Rojo, que había liberado Polonia, y en las heroicas acciones de la resistencia comunista frente al invasor. De traca, vamos.

El Ejército Rojo tuvo un papel destacadísimo en la Segunda Guerra Mundial, rompiendo la columna vertebral de las poderosas fuerzas armadas germanas y contribuyendo a la derrota del nazismo. También liberó muchos campos de exterminio, dando a conocer al mundo las atrocidades cometidas en nombre del Nacionalsocialismo. Pero los rusos jamás promovieron gobiernos democráticos en los países que liberaron. Allí donde llegaban, la ocupación nazi era sustituida por la ocupación comunista, y ésta es una verdad incuestionable. Crearon gobiernos títeres por toda Europa del Este, reprimiendo a sangre y fuego cualquier intento de apartarse de la ortodoxia comunista, o más bien soviética, como ocurrió en Hungría en 1956, o en Checoslovaquia en 1968. Pero como no hay plazo que no se cumpla, ni deuda que no se pague, Polonia sería el primer país del otro lado del Telón de Acero en abandonar el comunismo, incluso antes de la caída del Muro de Berlín. En este evento extraordinario tuvo mucho que ver la visita oficial que en 1979 realizó a Polonia el nuevo Papa polaco, Juan Pablo II­, que intentaron boicotear sin éxito los agentes del gobierno comunista, así como la eclosión de un movimiento popular surgido a la sombra del sindicato Solidaridad, liderado por un obrero firme y honesto llamado Lech Walesa. De este modo, la nación que había sido cruel y traicioneramente invadida por los nazis y por los comunistas en 1939, una de las que más terriblemente sufriera las consecuencias de la conflagración, lideraba la emancipación de los países de Europa del Este del yugo soviético.

Los polacos no olvidarán jamás el terror sufrido bajo la bota nazi, pero tampoco la dominación soviética y los crímenes perpetrados durante ella. Tampoco olvidarán la contemporizadora actitud de los aliados occidentales ante la infamia rusa, que si bien no podían hacer mucho sobre el terreno, sí que podrían haber sido fieles a sus principios protestando enérgicamente ante Stalin. Polonia ocupa hoy su lugar entre las naciones libres del mundo, pero su reciente pasado aún pesa mucho en su vida nacional. Como cada 1 de agosto, desde que alcanzará la libertad tras liberarse del control soviético, las sirenas de Polonia han dejado oír su estridente y triste lamento, y absolutamente todo el país se ha paralizado y ha permanecido en posición de firmes, en homenaje y recuerdo a los que encontraron la muerte luchando por la libertad. Vaya desde aquí mi respeto para ellos. La corrección política pro-soviética queda para otros.

© Antonio Quintana Carrandi, (1.435 palabras) Créditos