PLAN DIABÓLICO
PLAN DIABÓLICO EE. UU., 1966
Título original: Seconds
Dirección: John Frankenheimer
Guión: Lewis John Carlino sobre una novela de David Ely
Producción: Edward Lewis, Joel Productions, Gibraltar Productions.
Música: Jerry Goldsmith
Fotografía: James Wong Howe
Duración: 106 min.
IMDb:
Reparto: Rock Hudson (Antiochus Tony Wilson); Salome Jens (Nora Marcus); John Randolph (Arthur Hamilton); Will Geer (anciano); Jeff Corey (señor Ruby); Murray Hamilton (Charlie); Wesley Addy (John); Richard Anderson (doctor Innes); Karl Swenson (doctor Morris); Khigh Diegh (Davalo)

Sinopsis

Arthur Hamilton es un hombre hastiado de la vida que lleva, con un trabajo monótono en un banco y un matrimonio que hace aguas por todas partes. Un día recibe una llamada telefónica de un viejo amigo, al que creía muerto. Este le habla del fabuloso cambio que se ha producido en su vida, tras haber entrado en contacto con una enigmática organización, que ofrece a sus clientes la posibilidad de comenzar una nueva existencia, más plena y feliz, convertidos en otras personas. Seducido por tan estimulante propuesta, Hamilton requiere los servicios de dicha organización, sin sospechar que está a punto de sumergirse en la más horripilante de las pesadillas.

La filmografía de John Frankenheimer está plagada de películas malditas, films arriesgados, incómodos para buena parte de la crítica y difíciles de asimilar por el gran público. PLAN DIABÓLICO es, tal vez, el más destacable de todos ellos, una atípica cinta fantástica concebida en parte como un experimento cinematográfico formal, en parte como un desasosegante drama kafkiano. La parte experimental se explicita en el recurso a los entonces insólitos travellings en primer plano, en las numerosas escenas rodadas cámara en mano (práctica poco habitual en aquellos años), en ese montaje sincopado que produce desasosiego en el espectador, y en el generoso y a mi juicio no siempre acertado empleo de la lente distorsionante popularmente conocida como objetivo de ojo de pez. En cuanto al hálito kafkiano, viene determinado tanto por la base literaria en que se inspira el guión (la extraña y absorbente novela de David Ely), como por el interés de Frankenheimer por rodar un film fantástico a contracorriente, muy distinto de todo lo que se hacía en Hollywood por aquel entonces. El resultado fue una película interesante por lo perturbadora, irregular a ratos y no carente de defectos, que, sin embargo, se revela como una de las obras más personales y estimables de su director.

El argumento del film gira en torno a dos temas principales: el miedo a envejecer y la insatisfacción que produce una vida vacía y sin alicientes. El protagonista es un hombre agobiado por una existencia gris y anodina, y también por la sensación de que ésta va aproximándose a su ocaso. Es ese temor el que empuja a Hamilton a entrar en contacto con La Compañía por intermediación de su viejo amigo Charlie, y a ponerse en manos de sus cirujanos. La intervención se salda con éxito, y Hamilton, renacido como el joven, vital y apuesto pintor Antiochus Tony Wilson, inicia una nueva existencia, tutelada en la sombra por La Compañía, que estará sembrada de inesperadas dificultades y no será ni tan plena ni tan esperanzadora como él esperaba.

Planos arriesgados e impactantes
Planos arriesgados e impactantes

PLAN DIABÓLICO combina el efectismo visual característico del cine de Frankenheimer, magníficamente explicitado en la soberbia fotografía en B/N del maestro James Wong Howe, con un exhaustivo análisis psicológico del personaje de Hamilton / Wilson, deviniendo en un atípico, intenso y en ocasiones casi desquiciante thriller de suspense. Frankenheimer afronta su puesta en escena con una frialdad casi clínica, muy coherente con el desapasionado planteamiento del relato, huyendo de cualquier concesión a la espectacularidad, de lo que resulta una cinta de una asombrosa sobriedad, no exenta de un extraño atractivo estético.

Muchas son las virtudes de este complejo film fantástico, no apto para todos los paladares cinéfilos. Notable es la descripción de la vida cotidiana de Arthur Hamilton, y especialmente de su relación con Emily, su mujer, así como de la vergüenza que siente el protagonista al ser incapaz de satisfacerla sexualmente. Porque el sexo y su determinante influencia en la existencia humana están muy presentes en la cinta. De hecho, la adaptación de Hamilton a su nueva identidad como Wilson pasa por la vía de la liberación sexual, patentizada en una secuencia crucial que, como era de temer, fue cercenada por la execrable censura cuando el film llegó a España. En dicha secuencia, bastante larga y puede que demasiado explícita, Hamilton / Wilson y su nuevo amor, Nora (en realidad, una agente al servicio de La Compañía), acuden a una fiesta rural que degenera en orgía, donde él, desnudo y chapoteando en una gran barrica repleta de uva prensada, se despoja de todas sus inhibiciones y acaba dando rienda suelta a sus más libidinosos deseos.

Pero la película ofrece, también, una descarnada y demoledora crítica sobre el mito del sueño americano, una triste y lúcida reflexión sobre la pérdida de los valores más genuinos y auténticos de la sociedad humana, y de su sustitución por el hedonismo más abyecto. La mayor parte de la obra fílmica de Frankenheimer tiene un importante componente político, y PLAN DIABÓLICO no es una excepción, aunque en este caso el director apostó por matizar las referencias políticas, confiriéndole al relato un tono más bien existencialista. La siniestra organización es un trasunto de los poderes fácticos que, casi con total seguridad, dirigen nuestra desquiciada civilización; de todos esos poderosos entes políticos, financieros, comerciales, mediáticos, nacionales o supranacionales, que manejan ingentes cantidades de información y la utilizan para manipular a las masas a su antojo. Representa, por eso mismo, la cara más cruel del capitalismo salvaje postulado por el neoliberalismo, ya que, al igual que éste, no duda en sacrificar cuanto encuentra a su paso en aras del dios beneficio. Esto último queda patente en esa secuencia, ya en el tramo final de la cinta, donde se revela que La Compañía, que ya ha obtenido cuanto quería de Hamilton / Wilson, tan sólo aspira a que éste les proporcione otro cliente, como hizo Charlie con él, para seguir nutriendo sus arcas a costa de personas dispuestas a creer en lo imposible. Y así, el film funciona también como una trágica parábola sobre la infelicidad de la existencia humana y la imposibilidad de volver a empezar desde cero, por mucho que lo deseemos. A cada persona le corresponde una vida y es la que debe vivir, tratando de aprovecharla al máximo, de enmendar en lo posible los errores cometidos en el transcurso de la misma, de encontrar en ella una parcela de felicidad... como descubre amargamente Hamilton / Wilson cuando ya es demasiado tarde para volver atrás. Lo que La Compañía ofrece a sus clientes es un falso renacimiento, una existencia artificial perfectamente programada por la organización, hecha de opulencia y fiestas, pero vacía de contenido. La materialización de un sueño tan increíble como inalcanzable, que acaba deviniendo en trágica pesadilla de la que resulta imposible despertar.

La Compañía es una organización criminal, y como tal es presentada por Frankenheimer. Su carácter de empresa ilícita se nos revela magistralmente a través de los pasos que Arthur Hamilton debe seguir para contactar con ella, escenas en las que subyace una terrible ironía: el protagonista contacta primero con un agente de la organización en una lavandería, siendo conducido a continuación a la sede de La Compañía a bordo del camión de reparto de una carnicería. El modus operandi de la siniestra entidad se asemeja muchísimo al de la Mafia, pues actúa siempre bajo un denso manto de secretismo. Y al igual que esa asociación de criminales, exprime a sus víctimas/clientes al máximo, deshaciéndose de ellas cuando ya no le son útiles, o, como en el caso del desdichado Hamilton / Wilson, cuando tratan de incumplir el compromiso que han contraído con ella. En cierto modo, PLAN DIABÓLICO viene a ser como una versión libre de Fausto, pues, como éste, los clientes de La Compañía venden su alma a cambio de una nueva existencia. Pero aquí no hay nada, absolutamente nada detrás de ésta, ni siquiera una dulce y amante Margarita esperando al protagonista, por lo que esa nueva vida acaba revelándose tan inútil o incluso más que la primera.

Un encuentro inesperado
Un encuentro inesperado

La extraordinaria dureza de la mayor parte del film contrasta con el giro intimista que toma éste en la visita de Hamilton / Wilson a su antiguo hogar, secuencias que acaban por erigirse en lo más logrado de la función. Frankenheimer saca un gran partido de este pasaje de la cinta, logrando transmitirnos la sensación de soledad y extrañamiento que embarga al protagonista en los planos generales que muestran su retorno a casa. El encuentro de Hamilton / Wilson con su viuda es conmovedor, sobre todo en ese momento en que la mujer reconoce, sin ser plenamente consciente de ello, el gesto de nerviosismo que el desconocido visitante hace con las manos, mientras ella le habla de su vida en común con su fallecido esposo. Es en ese momento cuando Hamilton / Wilson descubre que Emily, la esposa que creía tan distante e ignorante, conocía su forma de ser mejor que él mismo, empezando a comprender también que su vida anterior no era ni tan vacía ni tan carente de sentido como había creído. Esta secuencia marca el punto de inflexión más importante en la estructura narrativa del film, magníficamente explicitado en la toma del rostro de Wilson reflejándose en el cristal de la foto de Hamilton, y en otras escenas de similar carga dramático/emotiva. Tras el perturbador reencuentro con su esposa, el protagonista regresa a La Compañía y exige que le devuelvan no sólo su aspecto, sino también su vida anterior, pues por fin ha comprendido la magnitud de su error. Aunque tenga un rostro nuevo y aparente veinte años menos, sigue siendo Arthur Hamilton, y jamás podrá ser otra persona. La vida del apuesto artista Antiochus Tony Wilson puede parecer atractiva, pero es una farsa, una elaborada pero en el fondo burda y patética representación. Mas es tarde ya para dar marcha atrás. La Compañía tiene unos protocolos de actuación inflexibles, y a las demandas de Arthur responde incluyéndole en una sospechosa lista de espera, cuya finalidad, revelada en los aterradores últimos minutos del film, acabará confirmando a los espectadores el carácter criminal de la organización. A pesar de ello, la película se cierra con una corta y hermosa escena onírica (que no cometeré el error de revelar aquí), que en su poética belleza condensa el sencillo mensaje humanístico que Frankenheimer deseaba transmitir al público.

En PLAN DIABÓLICO se perfila y concreta la visión pesimista que su director tenía del progreso, y de la peligrosa pérdida de valores y referencias morales que, al menos en ciertos aspectos, éste parece llevar asociada. En EL MENSAJERO DEL MIEDO (THE MANCHURIAN CANDIDATE, 1962) Frankenheimer ya había mostrado, si bien un tanto tangencialmente, la aberración que puede derivarse de un mal uso de los avances científicos, pero es en la cinta que nos ocupa donde el brillante realizador expuso el tema con mayor crudeza. Film frío e inquietante, rodado sin apenas concesiones a la comercialidad, no debe extrañar que en su momento resultara un rotundo fracaso de taquilla, aunque con el paso del tiempo esta sobrecogedora obra maestra ha ido ganando enteros en su valoración cinéfila, convirtiéndose en una de las principales cintas de referencia del cine fantástico de los años sesenta. A pesar de ello, es una película mal conocida en nuestro país, donde se estrenó con cierto retraso y sufrió, como ya he comentado, la amputación de una secuencia imprescindible para la perfecta comprensión del relato.

Desesperación
Desesperación

La cinta se beneficia de un reparto cuidadosamente seleccionado por el propio Frankenheimer, encabezado por un sorprendente y magnífico Rock Hudson, en un papel muy alejado de sus agradables aunque a veces un tanto empalagosas interpretaciones en comedias ligeras y melodramas de empaque. Hudson, que en los sesenta luchaba denodadamente por librarse del incómodo encasillamiento como sex-symbol masculino, acogió con entusiasmo el proyecto de PLAN DIABÓLICO y ofreció la que yo no dudo en calificar como la mejor actuación de toda su dilatada y brillante carrera. Frankenheimer, realizador políticamente comprometido, crítico y liberal donde los hubiera, rodeó a Hudson de un extraordinario plantel de secundarios, entre ellos algunos que, como Will Geer y Jeff Corey por ejemplo, habían sido perseguidos por el deleznable Comité de Actividades Antiamericanas durante la ominosa Caza de Brujas del senador Joe McCarthy. Todos ellos están fabulosos en sus respectivos roles, destacando Geer como el siniestro anciano que, respaldado por otros miembros de la organización, convence a Hamilton (fabuloso John Randolph) para que se someta a un brutal procedimiento quirúrgico de rejuvenecimiento.

A nivel técnico, PLAN DIABÓLICO contó con una espléndida banda sonora de Jerry Goldsmith, uno de los mejores compositores de la historia del cine, y, como apuntaba al comienzo de este trabajo, con una impresionante fotografía en B/N de James Wong Howe, reputado técnico que sería nominado al Oscar por su más que notable aportación a esta película. El empleo del B/N en plenos años sesenta, impuesto por el reducido presupuesto con el que contaba Frankenheimer para rodar la cinta, contribuyó paradójicamente a realzar el tono desesperanzador de la historia que ésta narraba.

Prácticamente desconocida para el gran público, estúpidamente denostada por amplios sectores de la crítica cinematográfica, PLAN DIABÓLICO fue una película que se adelantó a su tiempo, un film complejo en su arquitectura narrativa, en el que no se aprecia el menor atisbo de concesión a los manidos convencionalismos característicos del Hollywood de su tiempo. Por eso fracasó comercialmente, y quizás precisamente por eso ha acabado deviniendo en una obra maestra sin paliativos del cine fantástico. Disfrutémosla.

© Antonio Quintana Carrandi, (2.195 palabras) Créditos