LA CIRCUNSTANCIA VIOLENTA EN LA PAZ DE LOS MUERTOS FLOTANTES
por Rafael Guerrero Ríos

I

Cuando decidí vengar su muerte, nunca sospeché que podría llegar tan lejos. No se puede envenenar a la juventud todos los días, y pensar que la sobredosis de mi hermano no les iba a traer efectos secundarios. Por eso la Portuguesa y sus dos hijos están ahora muertos.

Lo del incendio ha sido sin querer; unos tiros por aquí, una llama por allá, un bidón de gasolina imprudente, y ahora reina el crepitar enfadado de las chispas, que ascienden entre las colinas de fuego como una bandada de mosquitos chamuscados.

Desde el descampado miro el barrio de chabolas arder como una antorcha, y con mi vista excitada encuentro una sombra que se dibuja entre las llamas. Un hombre no puede caminar tranquilamente por el fuego; no puede salir andando al estilo de John Wayne en una película de vaqueros, y sacudirse la lumbre como si se limpiara el polvo.

Es mi hermano Manuel, el difunto. Admiro el contraste recortado de su figura. Él es rubio y yo soy moreno, él siempre ha sido robusto, y a mí me ha tocado arrastrar un cuerpo raquítico de mierda. Parece ser que ahora veo fantasmas.

—¡Ya se ha hecho justicia! —grito desde lejos.

La policía y los bomberos llegan desde la carretera con tanto ruido que asustan hasta a las ratas. Los coches se meten por las trochas de barro, brincando entre los baches y sus deliciosas aguas estancadas.

Mi hermano se acerca con un porro en la mano.

—Tú también estás muerto —dice.

—No entiendo.

—Es muy sencillo. Os habéis liado a tiros. Suele ocurrir.

—Y dónde está mi cuerpo —le digo un poco ofendido por la sonrisa que me regala—.

Mi hermano señala un ovillo de carne poco visible que hay en una montonera de escombros y fuego. Los bomberos y los policías siguen corriendo de un lado a otro pegando gritos.

—¿No hay posibilidades de que pueda revivir? No sé, me refiero a si realmente estoy muerto del todo; a lo mejor me queda un poquito de vida y puedo volver al cuerpo.

Mi hermano ya no me hace caso; está mirando el fuego que derrite Villa Miseria. Los chorros de las mangueras se evaporan en una frontera indefinida cubierta de humo blanco y negro. Manuel mira y fuma, y yo le veo de perfil para comprender que está delgado y pálido.

—Tienes mala cara.

—Normal. Estoy muerto.

Oigo un zumbido detrás; es un revoloteo parecido a las alas de una mosca mutante. Me giro y observo un pasillo brillante con una luz al fondo.

—Tu transporte para ir al más allá —dice mientras pisa la colilla del canuto.

La luz me llama desde el otro lado. Es un deseo ineludible. Hay algo que me obliga a ir hacia allá; y siento que he de llegar, pero el túnel se desvanece, y un fogonazo final, como un destello dorado, se burla de mi desesperación. Qué puedo decir; todo esto resulta bastante extravagante.

—Tú todo te lo tomas a broma, ¿no? —le increpo.

—Es verdad, soy un bromista, pero no se puede escapar de aquí.

Escapar es una palabra muy fea. No saber escapar de la muerte me parece escandaloso.

—Tú lo has dicho Juan, es una broma de mal gusto.

—¿Y?

—Que no es broma, que aquí en el inframundo todos estamos igual.

—Un momento, ¿inframundo?

—Así lo llaman los demás.

II

Paseamos por la ciudad. Al principio veo a los vivos, pero luego desaparecen. Se difuminan hasta que todo permanece vacío, y tan sólo recorremos las calles llenas de portales abandonados. De vez en cuando nos cruzamos con algún peatón polvoriento y de mirada perdida.

—Hay muy poca gente.

—Sí.

—¿Y eso por qué?

—Porque los fantasmas salimos poco de paseo. Lo único que realmente nos gusta es pelear. Vamos, que un fantasma malhumorado podría estar dándote ostias toda la eternidad.

—No te rías.

—No me río. Es la verdad. Siempre hay pelea. Yo en cuanto puedo, me apunto.

—Es decir, que te pegan para robarte el cielo.

—O el infierno. Por qué piensas que al otro lado de la luz hay un cielo.

—Porque la buena gente como nosotros va al cielo.

—Me consta que eres buena gente.

—No estoy para bromas Manuel. Dame un respiro.

—Tienes un leve problema auditivo. Te estoy diciendo que nadie puede salir de aquí; que los túneles aparecen, pero cuando vas a alcanzarlos se difuminan en un fogonazo dorado, y desaparecen. Por eso todos andamos enfadados; no por maldad, sino por dolor de barriga y aburrimiento.

—¿Dolor de barriga?

—Si, dolor de barriga, o aburrimiento del dedo gordo del pie, o angustia existencial en la nalga.

—A lo mejor es que ya estamos en el infierno —le digo a mi hermano con cierto sentimiento de angustia.

—Muy original. Eso decíamos en la vida también. Parece ser que el infierno se multiplica. Yo creía que mi infierno de drogadicto respetable no se mezclaría con el infierno de los delincuentes comunes tuyo.

—De todas maneras, por qué habría de ser diferente la muerte de la vida. De hecho, estoy hablando contigo y veo que eres muy real.

Mi hermano vuelve a dejar de hacerme caso. Andamos a través de un callejón. A la derecha hay una puerta metálica con una marquesina oxidada donde pone: «Bar Pepe».

—No me habías dicho que existieran bares.

—Aquí no hay cerveza —dice mi hermano mientras empuja la puerta y pasamos al interior.

El sitio es una habitación pequeña con un mostrador. Hay cuatro personas. No hay nadie sirviendo, y en las estanterías no hay una sola botella. Al otro lado se reparten varias mesas. Hay un hombre de espaldas al que no logro ver la cara. Más allá están la Portuguesa y los gordos. Cuando decido que es hora de salir corriendo de allí, mi hermano me sujeta por el brazo y me lleva hasta el mostrador. Nos sentamos sobre unos taburetes altos. Los gordos parecen un par de mastines con hambre y sed.

—Me da muy mala espina —digo a Manuel por lo bajo—. ¿Y la bebida dónde está?

—Se la bebieron nuestros antepasados. Pero fíjate que buena pelea se nos está presentando.

El caso es que me apetece.

—No me habías dicho que hubiera tanto portugués maricón por aquí, Manuel —le digo a mi hermano Manuel en voz alta.

No sé porque lo he dicho, pero tengo ganas de continuar la pelea que comencé en vida. Es la rabia que todavía me culebrea en el ombligo. Pienso en mi madre, en mi hermano, y veo una silla metálica al alcance de mi mano. Los gordos y la Portuguesa sacan unas estacas de matar bueyes que tienen bajo la mesa. Yo agarro la silla. El hombre de las espaldas ni se inmuta, y por un momento pienso si estará de su lado. No me gustaría. Miro a mi hermano, y sólo alcanzo a ver como tira un cenicero del calibre 500 sobre la cabeza de la Portuguesa. El cráneo retumba como una pelota de rugby en un ensayo, pero a la fea y gorda mujer parece darle igual. No le sale sangre, pero los sesos le decoran la frente como una guirnalda guarra. Vamos a la pelea; a darnos una sarta de palos que dure hasta el infinito.

Pero no nos levantamos ninguno. Quiero hablar, pero la boca y los labios no logran articular palabra. Pienso luego existo, por lo que no estoy más muerto de lo que estaba antes. Nos hemos quedado todos paralizados como en una fotografía. Nos contemplamos sin poder movernos, justo instantes antes de confrontar violentamente con nuestras armas prehistóricas. Puedo ver por el rabillo del ojo como el hombre que estaba sentado de espaldas se levanta y se dirige hacia nosotros. Es moreno, y debe medir por lo menos un par de metros. Tiene cara de mala ostia. Cuando se acerca hasta donde me hallo, veo que me apunta con un extraño aparato no más grande que un dedo, y con forma de u. Parece medir algo; el cacharro refleja sobre su superficie negra unos símbolos luminosos muy parecidos a los números, pero ilegibles para mí. Hace lo mismo con los demás, y esto le lleva un rato largo, no sé cuánto tiempo, porque desde que ando por estos lugares parece que la memoria me va jugando malas pasadas, y se va consumiendo a medida que la almacenas. Es una sensación extraña en la que uno siente que pasan siglos en minutos, años lentos y largos que en un momento se esfuman por la percepción de la memoria almacenada. Y es que todos los recuerdos que tengo están ahí, pero no tengo la sensación de que sean míos, de que me pertenezcan; es más, parece que la persona que los ha vivido, que soy yo mismo, es un extraño desconocido, pero a la vez ese extraño desconocido soy yo; y se están yendo los minutos de manera eterna con ese pintoresco personaje midiendo no se qué, y nosotros con cara de circunstancias. (La circunstancia violenta en la paz de los muertos flotantes).

Cuando ha terminado recoge una silla, la pone entre nosotros, y se sienta sobre ella. Estamos todos muy cerquita; como en una reunión de amigotes.

—Mi nombre es San Pedro. Supongo que ya habréis oído hablar de mí. Todos los que estáis aquí presentes tenéis un amplio historial de pecados cometidos, por lo que os corresponde consumiros en el infierno.

Ya sabía yo que éramos de los malos; pero no parece ser muy justo. Es verdad que ninguno de los presentes somos de misa diaria, ni nos parecemos al párroco del barrio; pero de todas maneras, siendo como soy en el inframundo, bastante parecido a mí mismo, no veo porque me tenga que achicar con nadie, ni siquiera con San Pedro. La verdad es que debe de ser una sensación estúpida, porque no creo que haya nada más terrorífico para un ser humano que morirse, y que te venga un tío raro y te diga que tienes billete de ida para el infierno. ¡Jóder!

—Estoy aquí para ofreceros una nueva oportunidad. Aunque sólo dos de vosotros tendréis la posibilidad de salvación. Simplemente tenéis que ir al túnel de luz que va a aparecer cuando yo deje el local. Que gane el mejor.

Ya no me cabe ninguna duda de que la muerte es muy parecida a la vida; es decir, que los buenos no son tan buenos, y los malos somos todos unos desgraciados.

No entiendo nada. Hace un momento estaba vivo en una pelea con los gordos, y ahora estoy muerto y paralizado, pero sigo a golpes con los gordos, entre la vida y la muerte, entre cielo y el infierno, y todo sazonado con maravillosos torbellinos de luz.

El gigantón sale por la puerta, y todos recuperamos el movimiento. Los gordos se abalanzan sobre nosotros, y lo siguiente que recuerdo es un palo acercándose a mi nariz, y un golpe fuerte acompañado de mucha luz y estrellas. Aunque me duele a rabiar, no tengo tiempo para desmayarme, y mientras mastico mis dientes veo que la Portuguesa me muerde la pantorrilla con fuerza. Levanto la silla metálica y me dedico a decorar su coronilla con sesos. Cuando veo la efectividad de mis golpes sobre su cráneo, me doy cuenta de que los huesos y la carne están más blandos de lo normal. Ella sigue mordiéndome, hasta que me arranca la pierna con las mandíbulas. De momento me recuerda a mi perro Luky cuando jugaba con un hueso. Como me he quedado cojo de sopetón, me caigo de medio lado al suelo, justo a tiempo para ver que mi hermano está peleando con los dos gordos. La Portuguesa me agarra por el único pié que me queda, mientras me arrastro por el suelo y me entretengo acicalándole el morro con la suela del zapato. Ella no se corta, y me da golpetazos con la pierna amputada. Los gordos se han recuperado y tiran a mi hermano al suelo. Se lían a patadas y palos con él, pero logro agarrar a uno de ellos por el pantalón desde abajo. Se da la vuelta y me arrea unos cuantos estacazos en el hombro. Me estoy quedando como para un desfile de moda. Me pregunto si esto no será un suicidio involuntario. Agarro de los huevos al gordo grande, y aprieto con fuerza hasta que noto como crujen dentro de la bragueta. Pone cara de estreñido y cae de rodillas. Aprovecho para quitarle la estaca, y le arreo un mamporro de primera calidad en la cabeza. Ésta sale rodando hacia la luz del torbellino. Me pregunto si una cabeza sola podría hallar la salvación, y por si acaso le doy un manotazo con fuerza para que se dé un par de vueltas por el barrio, y así evitar que me quite el puesto que tengo reservado en el cielo. El gordo descabezado sale corriendo detrás del envoltorio de sus pensamientos. Ahora o nunca. Me levanto a la pata coja hacia la puerta, con la única pierna que me queda. Espero que haya dentistas y ortopedias en el cielo. Los demás me siguen. Afuera ya está el torbellino. Mi hermano ha logrado zafarse de los gordos y corre detrás de mí. La Portuguesa y sus hijos no se quedan a la zaga. Me tiro de cabeza hacia la luz, pero no logro alcanzarla; uno de los gordos me sujeta por un pié, y veo como me lo retuerce y me lo arranca sin compasión. Me doy la vuelta mientras caigo al suelo, ya que no tengo ninguna sujeción para el cuerpo. El gordo lleva colocada la cabeza rodante debajo del sobaco. Aprovecho para pegarle un puñetazo en la axila, y le pongo un ojo morado. Se derrumba contraído por el dolor. La Portuguesa me cae encima, pero yo sigo arrastrándome hacia el túnel con decisión, con ella a los hombros, como si llevara el caparazón de una tortuga, un caparazón hostil que me sacude zurriagazos con la pierna que me ha amputado. Mi hermano logra desembarazarse del gordo chico y empieza a correr justo detrás de mí. Me ayuda a sacudirme a la Portuguesa de encima, a base de delicados puñetazos en la nariz.

Me meto en el torbellino de un salto. Algo parece llamarme al otro lado del túnel, hacia la luz, y yo no puedo evitarlo. Observo un resplandor azulado y blanco que late y que me succiona. Las paredes del túnel parecen estar hechas de agua, y se mueven en el sentido contrario a las agujas del reloj; se enroscan las espirales sobre un círculo imaginario. A medida que avanzo voy notando más humedad en el cuerpo, hasta que veo que me hallo completamente mojado. Ya llega la luz, y lo que siento es un poquito de pánico descontrolado. Noto como alguien me sujeta por el brazo de nuevo. Me doy la vuelta dispuesto a rematar o morir otra vez, pero veo que es mi hermano con cara de estar buceando bajo el agua. Ahora descubro que mi cuerpo aborda el extremo deseado, entre el destello mágico que me fascina y aterroriza a la vez, que me engulle y aplasta con su presión. Me doy cuenta de que buceo en un líquido salado y viscoso. Hay mucho movimiento. Empiezo a oír ruidos desconocidos, y voces demasiado roncas al otro lado. Algo me empuja por detrás, pero el miedo hace que intente escapar del más allá desconocido, de esta luz cegadora que me descubre y me empuja hacia el abismo del misterio. Entonces noto la presión, unas tenazas heladas me extraen sin compasión hacia un mundo desconocido para mí. Estoy casi ciego, pero me da igual, mis ojos se entrecierran nublados, pero lo primero que observo es a un señor con batín blanco y una máscara de quirófano. Esto ya lo he vivido antes. No es la primera vez. El hombre me coge y me da la vuelta por los pies. Como soy muy pequeñito me puede manejar con facilidad. Observo que sobre una cama hay una mujer con la piernas abiertas, y con cara de haberse muerto ciento veinte veces. Me doy cuenta de que acaban de parirme, y que un sanitario me va a dar la palmada en el culete para que empiece a llorar como todos los recién nacidos. Intuyo que el azote me hará olvidar quien soy, simplemente volveré a ser un niño mamón e indefenso. Ya levanta la mano cuando oigo una monótona voz hospitalaria.

—Ya llega el otro.

Asoma la cabeza de otro bebé; descubro su silueta recortada entre los pliegues de la vulva extra dimensionada de la mujer. Él es rubio y yo soy moreno, él siempre ha sido robusto, y a mí me ha tocado arrastrar un cuerpo raquítico de mierda. Después sólo siento un azote seco sobre las nalgas.

© Rafael Guerrero Ríos, (3.108 palabras) Créditos