ABEL
por Adhemar Terkiel

Nuevamente se encontraban reunidos en aquel bar como lo estaban haciendo reiteradamente desde hacía varios años. En ese lugar, se juntaban a conversar entre otras cosas, sobre política, economía, fútbol, sus respectivas familias y sus problemas personales. Ernesto como siempre escupiendo sangre de continuo, Mauricio con su cada vez más fuerte y ronca tos, Ricardo muy flaquito y demacrado en contraste con su antiguo porte y Carlos con un aspecto exterior aún saludable pero lleno de enfermedades que lo venían consumiendo lentamente.

—Es así —dijo Ricardo en determinado momento—. La vejez es el castigo que todos recibimos por el pecado de haber sido jóvenes alguna vez —Nadie le respondió, no era necesario.

Hacía varios días que faltaba Renato; el pobre se encontraba postrado en el CTI de un sanatorio, cargado de tubos y esperando que llegara el inexorable final. Sus familiares, incluso, habían llegado a pedir inútilmente que le cortaran el pasaje de aire que le permitía la respiración, y acabaran con todo el sufrimiento de esa interminable agonía.

Rúben y Matías habían fallecido hacía algunos años por los males propios de la edad. Alexis había sido el primero cuando era aún relativamente joven al sufrir un infarto cardíaco fulminante.

También estaba Abel; pero de él nadie hablaba.

Ese día dialogaron sobre temas muy variados hasta que se detuvieron a conversar sobre la política económica del gobierno y sobre la nueva carga impositiva que los afectaba a todos en mayor o menor medida. Ricardo y Mauricio apoyaban la actuación del gobierno, el primero lo hacía en forma totalmente incondicional, luego de muchos años de militancia política en su juventud. Ernesto y Carlos en cambio, eran completamente opositores a la política llevada a cabo por el presidente y su gente, y hacían sentir su posición acaloradamente.

En esa situación se encontraban, discutiendo, cuando por la vereda de enfrente vieron pasar caminando a Abel. Como siempre, andaba lento; nunca tenía prisa por llegar a ningún sitio. Total, siempre le sobraba el tiempo. Al verlos, les saludó en la distancia sin detenerse. Ellos dejaron de conversar y lo observaron en silencio.

Abel tenía los cabellos negros revueltos al viento, su andar era cansino pero firme, su figura era delgada y enjuta y su vestimenta, juvenil. Quien lo viera sin conocerlo, no le diría más de veinticinco años de edad. Pero en realidad, tenía noventa y dos aunque era imposible imaginarlos; no tenía ni arrugas, ni canas, ni presbicia; su físico no mostraba en ningún lugar, el largo paso del tiempo.

Cruzó la avenida y penetró en el salón de la esquina que se encontraba en diagonal con el bar. Los cuatro ancianos permanecieron expectantes, mirándolo en silencio y esperando cuáles serían los acontecimientos siguientes. Varios minutos después, Abel salió del salón acompañado por la joven y hermosa empleada del local. Ambos se alejaron conversando muy próximos entre sí mientras caminaban a paso lento hacia el centro de la ciudad.

—Parece increíble —el que habló esta vez fue Ernesto. En otras épocas esa chica hubiera caído a mis pies y ni hubiera fijado sus ojos en ese inútil de Abel —Los demás lo miraron y lo aprobaron en silencio. Todos recordaban que Ernesto, además de haber sido el líder de la barra, también fue el mejor parecido y el más triunfador en lo que al sexo se refiere.

En su juventud habían formado un grupo muy unido que se dedicaba a jugar al fútbol durante el día y, de noche a bailar y conquistar muchachas. Abel, en ese entonces era un joven un tanto apático, introvertido y con muy poca capacidad para relacionarse con el medio. Era el que siempre acataba las decisiones del resto sin realizar ningún aporte de importancia. Fue por idea del propio Ernesto que cierto día empezaron a viajar juntos por lugares que en aquellas épocas parecían inaccesibles y exóticos. Además de Norteamérica y Europa, recorrieron distintos puntos de África y oriente. Llegaron a Katmandú muchos años antes que los Beatles hicieran lo propio, y cuando el movimiento hippie aún era un sueño lejano e impensable.

En Katmandú, precisamente, Abel desapareció misteriosamente, faltando durante una larga semana. Sus amigos, sumamente preocupados por su ausencia y la falta de comunicación con los lugareños por las diferencias idiomáticas, trataron con cuanta autoridad pudieron encontrar planteando una y otra vez el problema que les aquejaba y cuáles eran sus más oscuros temores. Todo parecía ser inútil, nadie sabía nada ni había forma alguna de ayudarlos.

Por fin, Abel apareció tranquilamente en una actitud de Aquí no pasó nada sin contar a nadie lo sucedido ni inmutarse por los miedos de sus compañeros de viaje. Nunca nadie supo lo que había ocurrido, pero hubo algo que cambió para siempre en ellos. O mejor dicho, cambió en todos excepto en Abel quien, a partir de ese momento dejó definitivamente de envejecer permaneciendo para siempre joven. Nadie podría decir con certeza si ese fue el momento y si las causas estuvieron en lo ocurrido durante su ausencia, pero frente a ese misterio, el resto del grupo concluyó que Abel había encontrado en aquel remoto lugar, en el otro extremo del mundo, la fuente de la eterna juventud. Se plantearon muchas teorías sobre lo que pudo haber sucedido pero Abel nunca dio ninguna pista con sus palabras.

Posteriormente, todos ellos culminaron sus estudios, se casaron, tuvieron hijos, luego nietos, algunos enviudaron. Todos triunfaron o fracasaron en sus respectivas profesiones. En cambio, Abel no se casó, alguien como él nunca podría hacerlo. Luego de recibirse de Profesor de Física, trabajó y viajó tantas veces como pudo. Con el paso del tiempo, siguió buscando chicas y conquistando a cuantas pudo mientras el resto de sus antiguos amigos fueron envejeciendo y, para entonces, muriendo uno a uno.

Ese día en el bar, repasando aquellas épocas lejanas, los cuatro hombres se quedaron pensativos sin dirigirse ninguna palabra por el resto de la jornada. En determinado momento, como si hubiera surgido una misteriosa armonía entre ellos, todos se iluminaron y comprendieron lo que deberían hacer. Nadie habló, pero la más clara de las comuniones se acababa de establecer entre ellos, más fuerte que cualquier intento de explicarlo. Hay situaciones en que las palabras sobran, ésa era una de ellas.

Finalmente, pagaron sus respectivas cuentas al mozo del bar y se retiraron en silencio. Iba a ser un día muy largo y tenían mucho que hacer. Debían estar descansados.

Al caer la noche, el clima refrescó considerablemente hasta llegar a hacer un frío que calaba los huesos. Abel retornó a su vivienda muy tarde, en la madrugada, luego de dejar en su casa a la chica del salón. Había sido una jornada muy agitada y estaba sumamente cansado por la trasnochada, pero no se apresuraba a llegar a su hogar porque tendría todo el tiempo del mundo para descansar al día siguiente. Ya casi estaba en la puerta del acceso cuando de entre las sombras surgieron cuatro figuras fantasmales que se detuvieron con gesto adusto y provocativo frente a él.

—Ricardo, Mauri, Carlos, Ernesto —se sorprendió al reconocerlos—. ¿Qué hacen levantados a estas horas de la noche? ¿No deberían estar todos en sus casas durmiendo? Hace mucho frío, les puede hacer mal.

Estas frases no hicieron más que enfurecer al resto mucho más de lo que ya se hallaban. Acaso, ¿quién era Abel, el taciturno, el tranquilo, para cuestionar la hora en que ellos permanecían en la calle?

Ricardo y Mauricio se pusieron a los costados del joven anciano y le tomaron por los brazos mientas, por detrás Carlos le puso el brazo alrededor del cuello.

—¿Qué es esto? —preguntó Abel asustado. Ernesto, entonces sacó de su bolsillo una larga sevillana que blandió con su mano derecha enguantada—. ¿Qué es lo que intentan hacer? —La voz de Abel temblaba por el miedo al no entender lo que estaba sucediendo.

—Somos Caín —fue la respuesta que amenazadoramente le dio Ernesto. Era difícil para ellos comprender la actitud de Abel, su miedo ante la muerte. Es que los viejos vivían con ella todo el tiempo, sabiendo que estaba allí, esperándolos, llevándoselos a ellos y a sus cónyuges, sus hermanos, primos, etc. En cambio para Abel, la muerte era algo distante, algo que estaba lejos en el tiempo, en su tiempo. Doscientos años, tal vez cuatrocientos, quien sabe. Al descubrir que existían muchas más diferencias de las que los ancianos creían, su enojo fue creciendo hasta agotar toda posible duda o remordimiento sobre lo que se habían propuesto hacer.

—Vos ya viviste demasiado —fue la nueva respuesta de Ernesto a la mirada suplicante de Abel.

Y tenía razón. Abel lo comprendió en seguida; había vivido en noventa y dos años mucho más de lo que se podía esperar. Se había mantenido joven, logrando así disfrutar y aprovechar sus días de manera que para el resto de los hombres hubiera sido por completo imposible. Muchos de su misma edad ya habían fallecido habiendo vivido bastante menos y el resto estaba terminando su vida en forma muy precaria. Abel aceptó con resignación su inmediato destino, miró con gesto de asentimiento a Ernesto y no se inmutó cuando vio el cuchillo que se le aproximaba rápidamente para clavarse una y otra vez en su pecho.

Abel cayó ensangrentado en el pavimento, su cuerpo sin vida y sus ojos abiertos en paz como había sido toda su existencia. Mauricio tuvo la prudencia de sacar la billetera del bolsillo del cadáver y retirar el dinero que en ella había. No era que le interesara pero sería la forma de simular un crimen por asalto.

Luego, los amigos se alejaron tranquilamente del lugar. No habían dejado ninguna huella ni nada que los pudiera delatar. Habían perpetrado el crimen perfecto.

Los cuatro hombres se reúnen todos los días religiosamente a conversar en el bar mientras esperan con paciencia que les llegue su hora. Les gusta hablar de su pasado y de las buenas épocas que vivieron juntos y no tienen ningún prejuicio de tratar cualquier tema. Sus vidas siempre fueron buenas, no les faltó nada de lo que quisieran lograr y poseer y será así hasta el final.

FIN.

© Adhemar Terkiel, (1.686 palabras) Créditos