En el exterior llovía con fuerza. Los autobuses paraban uno tras otro bajo una gigantesca marquesina arruinada y oxidada.
Los rayos estallaban en el cielo. A través de la cortina de agua, se desdibujaba el rótulo del bar que parpadeaba en neón con tonos pasados de moda.
La puerta se abrió y entró un hombre de unos cincuenta años vestido con una gabardina larga y sucia. Escrutó entre la neblina que conformaban el sudor, la humedad y el humo. Se dirigió hacia otro hombre sentado a la barra; éste, de unos treinta años, de aire aburrido, y vestido con traje y corbata, observaba su café vacío y el humo del cigarro que tenía en la mano.
—Viajante, ¿verdad? —Preguntó, con aire de ansiedad, el primer hombre.
—¿Cómo lo sabe?
—Yo lo era... lo era —El rostro del primer hombre estaba surcado de arrugas y extrañas luces bailoteaban en sus ojos—. Todos somos iguales en el fondo. Representaba calzoncillos Werthy, ¿los recuerda? —El segundo hombre movió la cabeza negativamente y el primero pareció desilusionado—. No importa, fue hace mucho tiempo.
—Vendo artículos de oficina. Marca Antani.
El camarero se acercó.
—Increíble, dos viajantes juntos —dijo con ironía— ¿Os husmeáis como si fuerais perros en celo?
—Ignórelo —dijo Werthy, espantando al camarero con una mueca alocada—. He venido a avisarle. No debe subir a ese autobús —señaló una mole gris y siniestra que esperaba a que fuera la hora de salida—. Les he visto.
—¿A quienes?
—A los viejos; están esperándolo... A usted o a otro viajante.
—Oiga amigo —dijo el segundo hombre, Antani—, ¿Ha tenido meningitis?
—No. ¿Por qué?
—Entonces su gilipollez es natural. He viajado en ese autobús más de cinco horas y no he visto a ningún viejo. Y tampoco ha subido nadie.
—Los asientos detrás del conductor...
—Estaban vacíos.
—Ya no. Siempre se sientan detrás del conductor, para manejarle en caso necesario. Son capaces de matar a veinte para llevarse a uno. ¿Ha oído hablar de la convención de viajantes de 1954?
Antani hizo memoria.
—Sí, El autobús derrapó y se estrelló contra un muro. Murieron todos. Más de cincuenta viajantes.
—En aquella ocasión fueron avariciosos. Pero, generalmente, suelen conformarse con uno o dos.
—No entiendo nada. Sé que es viajante... Porque uno de nosotros reconoce a otro, aunque ya no lo sea... Y usted, amigo, debió ser la hostia, aun tiene cierto brillo.
Werthy sonrió con cierto orgullo.
—Me recuerda a mí, ¿Sabe? Viajaba mucho y por eso fui uno de los primeros en encontrarles. Aparecieron poco después de la Segunda Guerra Mundial; yo era muy ambicioso por aquel entonces. Competía con todos los calzoncillos que había en el mercado y nadie podía ganarme.
Antani aplastó el cigarro contra el cenicero.
—Le invito a una copa.
—No bebo, pídame un café y quédese sentado. Les encontré muchas veces, pero sólo viaje con ellos en dos ocasiones. Mac, McMurphy, ya les conocía. Era un hijo de puta, pero muy listo. Le encontré en un cambio de autobuses. McMurphy les vio antes y me invitó a cambiar mi itinerario, era bueno convenciendo. Yo pensaba que lo hacía para enseñarme nuevas rutas de ventas, pero lo que quería era que los viejos se me llevasen en su lugar. Lo había hecho antes y siempre le funcionó el truco.
—¿A quién representaba McMurphy?
—¡¿Qué demonios importa eso ahora?! —El camarero dejó el café sobre la barra. Werthy rodeó la taza humeante con sus manos; sus ojos se perdieron en el oscuro liquido y la luz de su mirada se tornó opaca según los recuerdos afloraban—. Subimos al autobús y me dejó sentarme en el pasillo, donde ellos pudieran verme. Viajábamos de noche, una noche como esta, y me dormí. De pronto tuve un sueño extraño y terrible. McMurphy estaba entre dos viejos, cada uno le agarraba de un brazo y tiraban de él hacia la oscuridad.
—¿Dónde te vas, Mac? —le pregunté. Él movió la cabeza con tristeza—. No tuve que coger el autobús, Werthy, pero tenía prisa. Pensé que se te llevarían en mi lugar por ser más joven y lleno de vitalidad... No les dejes llevarnos a todos, Perth. —Así solía llamarme, Werth.
—¿Y qué pasó cuando despertó?
—Que McMurphy estaba muerto. Un ataque al corazón mientras dormía. Pero lo más horrible fue que los viejos habían desaparecido, sus asientos estaban vacíos... Yo les había visto, porque McMurphy me susurró al subir: Saluda a los ancianos, Perth
. El hijo puta me lo dijo para que ellos se fijaran en mí, pero aquella noche debían llevar el nombre de Mac en sus ojos, porque no me miraron cuando les saludé y, sin embargo, no apartaron la mirada de él cuando pasó a su lado.
—¿Se lo dijo a alguien? —Preguntó Antani, mientras un pequeño escalofrío reptaba por su espalda.
—No me di cuenta hasta que bajamos el cadáver de Mac en la primera gasolinera; necesitábamos hielo para mantenerlo hasta que llegara la policía. El autobús no había hecho ninguna parada y los jodidos viejos no pudieron bajarse. Se llevaron a Mac y se esfumaron.
—¿Y qué hizo usted?
—Después de la Segunda Guerra Mundial todo el mundo quería calzoncillos y mi agenda era muy apretada; viajé continuamente y me olvidé de aquel asunto. Cuando una cosa me parecía demasiado extraña la apartaba a un lado, no era bueno pensar mucho en aquella época. Pero comenzaron los rumores en las reuniones de los cafés, en los encuentros de viajantes. Se decía que tal o cual viajante murió durante el viaje y que alguien había oído comentar a la policía que esto era muy extraño. Lawasnky fue el primero que reconoció haberles visto, ¿conoció a Lawansky?
—Detergentes. Murió hace dos años, en un tren.
—Han aprendido a viajar en todas partes. Pero siempre estarán cerca del conductor, o del piloto de avión. Lawansky llevaba prisa aquel día que subió al tren, como McMurphy, y no revisó el primer vagón. De haberlo hecho aun seguiría vivo. Pero aquella tarde, en el café, Lawansky temblaba porque se habían llevado a dos viajantes en su mismo viaje.
—Son la muerte —dijo mientras tomaba un barril de tila que había pedido—. Están allí, esperándonos; Joder... Dios nos ha abandonado a nuestra suerte—. Estaba verdaderamente asustado, porqué jamás solía decir más de tres palabras seguidas y, generalmente, una de ellas eran palabrotas.
A través de la megafonía, una voz femenina y madura avisó que el autobús de las ocho treinta, con destino a La Isla Delfín, estaba a punto de salir.
Antani apuró su bebida.
—No sé por qué le estoy escuchando; seguro que me toma el pelo: ¿Una pareja de ancianos monta en tren, autobús o avión sólo para matar viajantes?
—Suena extraño, ¿verdad? Los viejos ya no nos dejamos cazar porque hablábamos a pesar de ser rivales; pero ustedes, los jóvenes, con sus libros de psicología comercial aplicada y sus técnicas agresivas, no hablan entre si. Ellos llevan allí desde hace mucho, tal vez desde siempre, pero nadie les había descubierto.
—¿Y por qué nos matan solo a nosotros?
—¿Quién sabe? Pallaldi, que era muy supersticioso, decía que eran fantasmas de la guerra mundial, que no querían dejar de llevarse muertos. Tal vez existan otros que se lleven a dentistas o a enfermeras. Pienso que Pallaldi fue listo: Se arruinó comprando un coche y jamás recogió a nadie en autostop, aunque dice que les vio a veces, al borde de la carretera.
—Murió hace poco, de cáncer —interrumpió Antani.
—Sí, pero murió en un hospital; no llegaron hasta él. Y me contó su mujer que sus ultimas palabras fueron No me han pillado esos cabrones
.
Antani sabía que más tarde se arrepentiría, pero hizo la pregunta que le rondaba por la cabeza.
—Dijo que les vio dos veces y sólo me ha contado una: ¿qué ocurrió la segunda vez?
—Siempre he sido un solitario, aunque he buscado y buscado alguien que me quiera...
—¿Y qué tiene que ver eso con...?
—¡Déjeme continuar! Conocí a una bibliotecaria, una solterona fea pero de hermosa alma; no nos queríamos pero, en el fondo, éramos el uno para el otro. Jamás hablamos de casarnos, pero yo compré un anillo y ella se lo puso. Eso fue hace unos diez años, sí, hará diez años el próximo treinta de marzo. Aurora, así se llamaba, murió atropellada mientras yo hacía uno de mis últimos viajes. Regresé y me encontré su tumba; los asesinos se dieron a la fuga. ¡Los muy cabrones! destrozaron dos vidas al atropellarla. El mundo se hundió bajo mis pies y dejé de trabajar y decidí que quería morir, ¿alguna vez ha vivido por inercia? —Antani asintió sin convicción—. Pues sabrá entonces lo terrible que es. No era tan valiente, o tan cobarde, que eso nunca se sabe, como para suicidarme. Les busqué entonces, quería que los viejos se me llevasen. Recorrí todas las estaciones desde un extremo a otro del país, cinco meses buscándoles y durmiendo en autobuses. Al final les encontré. Les vi en el autobús. Compré un billete y esperé a que el autobús arrancara y ya no hubiera marcha atrás. Me incliné sobre ellos y les dije.
—Llévenme con ustedes, por favor... —La mujer me miró y luego sonrió, una sonrisa que podría congelar el alma del mismísimo Satanás.
—¿Por qué deberíamos hacerlo, Werthy? Nos has estado evitando desde hace mucho.
—No quería morir entonces, las cosas han cambiado. Quiero que me lleven. —Comencé a llorar como un estúpido y mis lágrimas caían sobre la manga de la mujer.
—No podemos, Perth —dijo el viejo, sus ojos brillaban con fuego infernal y su sonrisa era terrible—. Ya no eres viajante, ¿recuerdas?.
—Llevamos tu nombre escrito durante muchos viajes —me dijo ella; ¡¡me reprochaba el haberles evitado!!
—Entonces la vida me parecía un regalo.
—¿Qué es ahora? —Preguntó ella.
—Nada. No la quiero. Es una carga.
—No podemos —Dijo él. ¿Y sabes lo que paso a continuación? que la mujer pareció sonreír y me agarró una mano.
—Siento lo de Aurora. —El tacto de su piel era helado, pero me reconfortó.
—Háganme un favor —les dije—. Si no pueden matarme, acaben con los que la mataron.
—¿Sabe con quién está hablando, Werth? —Me preguntó él; creo que se enfadó, porque asustaba de verdad su gesto.
—Lo haremos —intercedió ella—, todo sea por un viejo conocido.
Me hicieron descender del autobús en la primera parada. Algún viajante moriría en aquel viaje. Me sentía reconfortado. Nadie podría devolverme a Aurora, pero sabía que morirían los asesinos. A pesar de que me hicieron aquel favor, recorro las líneas de autobuses, buscándoles y avisando a los viajantes.
La megafonía volvió a encenderse y la voz femenina y aburrida avisó a los viajeros con rumbo a Torrecote que quedaban menos de diez minutos para la salida.
Antani se puso en pie.
—Ese es el mío.
—No se vaya, no viaje —Werthy agarró una de sus muñecas con fuerza—, le dije que están en su autobús y se lo llevarán si sube.
—Tengo prisa —Se liberó de la garra de Werthy.
—Como McMurphy y Lawansky. ¿Prefiere llegar a tiempo o vivir?
Antani movió la cabeza con resignación.
—Vivir a tiempo.
Werthy parecía a punto de llorar.
—No me cree, piensa que le he contado la historia para sablearle un café.
—Lo he pagado gustoso.
—Váyase entonces, reúnase con sus antepasados.
Antani cogió la maleta con ropa y la maleta con las representaciones. Comenzó a despedirse de Werthy, pero éste pareció no escucharle, mirando fijamente su imagen a través de un sucio espejo.
Llovía con fuerza en el exterior. Atravesó la calle encharcada y los bajos de sus pantalones se empaparon. Dio la vuelta al autobús para llegar al maletero.
Entonces les vio: ella con rostro ajado y cierta tirantez en el gesto; él, a su lado, como el típico marido que ha aguantado a su mujer durante tanto tiempo que la inercia no es solamente un concepto físico. Vestían de forma anticuada y no hablaban entre sí, sólo miraban al frente y esperaban la llegada del conductor.
Eran los únicos a bordo, acaso estaban allí antes de que las puertas se abrieran.
La mujer le miró y Antani sintió un escalofrío. Le pareció que el infierno se abría bajo él.
Apretó la maleta, mientras parte de él gritaba que corriese junto a Werthy y la otra parte le espetaba a demostrar que no había nada ilógico en aquello, que los ancianos sólo eran eso.
Sólo dos ancianos sentados detrás del conductor...