LA ÚLTIMA ENCARNACIÓN DE VISHNÚ
por Salvador Dueñas García

Una nueva versión de un viejo cuento, sobre un viejo tema, hoy de moda.

Este cuento es en homenaje a Arthur C. Clarke por su cuento LOS NUEVE MIL MILLONES DE NOMBRES DE DIOS que tanto me gustó, y a L. Pauwel y J. Bergier que lo incluyeron en su memorable EL RETORNO DE LOS BRUJOS.

El fin del mundo había llegado, hoy era el día.

Y sin embargo, por alguna razón, el doctor Ernest G. Rodríguez se sentía terriblemente aburrido.

En estos momentos era cuando se preguntaba si había hecho bien en renunciar a su prometedora carrera como investigador en la universidad, para trabajar en aquel canal de televisión internacional.

Su sueño era contribuir a la difusión de la ciencia en todas partes del mundo y, por aquel entonces, la mejora de salario era sustancial. Por ello aceptó trabajar para uno de los canales de difusión científica más importantes a nivel mundial.

El siempre procuraba que le asignaran proyectos de producción que estuvieran de acuerdo con sus ideas científicas, pero hoy no había vuelta de hoja.

Desde años atrás se venía hablando que muchas culturas, diferentes profetas de diferentes tiempos, habían pronosticado el fin del mundo justo para aquel día.

Se habían escrito muchos libros, verdaderos best sellers mundiales, sobre el tema y se habían realizado decenas de programas televisivos con alto raiting, mientras se publicaban cientos de artículos en revistas y periódicos. Hasta la industria fílmica había aprovechado el asunto para realizar alguna que otra película.

Para el canal de televisión no transmitir un programa especial sobre el tema, era como para un canal deportivo, no transmitir el superbowl, la final de la Copa Mundial de la FIFA, o las Olimpiadas de Verano.

Por ello no se escatimaron recursos, y hasta el doctor Rodríguez tuvo que hacer un viaje relámpago hasta aquella apartada región de la India, tan sólo para ayudar a producir un breve reportaje de quince minutos, que se insertaría en un programa final de tres horas. El objetivo era mostrar cómo una secta hinduísta se preparaba para el fin del mundo.

La principal nota periodística era el hecho de que uno de sus miembros se decía la última encarnación del Dios Vishnú en esta Tierra, (si mal no recordaba Rodríguez, la número 22), un avatar de Dios, como el mismísimo Buda, o como lo que sería Jesús para los cristianos. Ni más ni menos.

No era la primera vez que una secta hinduísta declaraba alegremente tener un nuevo Buda entre sus filas, pero este hombre ya llevaba casi cuarenta días preparándose para la hecatombe mundial en completo ayuno, es decir, sin comer ni beber absolutamente nada.

Ciertamente, desde hacía dos días, cuando el doctor y su grupo de trabajo llegaron, ninguno lo había visto comer ni beber, y la mayor parte del tiempo se lo había pasado sentado en flor de loto delante de aquel enorme árbol. Sólo se movió a solicitud de su equipo de producción, para efectuar algunos estudios médicos con resultados que, en el reportaje televisivo, aparecerían como sorprendentes. Aunque Rodríguez sabía bien que no diferían de otros resultados que antes se habían obtenido al estudiar gurús en trance y ayuno.

A decir verdad, este avatar de Vishnú no era el gurú de la secta, sino uno de sus discípulos. El verdadero gurú de aquella secta hinduísta había sido de valiosa ayuda para Rodríguez y su equipo, y sin su consentimiento y colaboración, no hubiera sido posible terminar a tiempo el programa. En su juventud, había estudiado en prestigiosas universidades de Europa, pero al retornar a la India, decidió seguir la vida religiosa. De alguna misteriosa manera, había descubierto que la última encarnación de Dios que visitaría nuestro planeta, nacería en una aldea cercana, y desde entonces lo había educado y enseñado su doctrina.

Ahora Rodríguez contemplaba la meditación de este avatar desde una posición privilegiada; a escasos 10 metros de su árbol. El gurú se había mostrado entusiasmado de que la televisión mundial difundiera la noticia, y a pesar de que varios cientos de sus seguidores querían estar cerca de la encarnación de su Dios, asignó un lugar de privilegio a Rodríguez y su equipo de filmación.

La filmación había concluido en pocas horas, y ahora seguramente el programa ya estaría transmitiéndose en diversos lugares del planeta, pero Rodríguez tuvo que permanecer otro día más, supervisando el regreso de todo el costoso equipo médico que la televisora subcontrató para realizar el programa. El viajaría el día siguiente, junto con el personal médico. Eso, claro está, si el mundo no se acababa hoy.

¿Pero había alguna posibilidad de que el mundo realmente se acabara hoy?

Rodríguez sabía que al final del esperado programa se haría una revisión de todas las posibles formas en que se acabaría el mundo para descartarlas una por una.

No se había detectado ningún asteroide o cometa que pudiera impactarnos, ni mucho menos algún planeta o estrella que hubieran estado agazapados, esperando destruir la Tierra con puntualidad. Ningún Némisis, Nibiru o Hercólubus brillaban en el cielo.

La actividad solar no mostraba ningún comportamiento extraordinario y ya nadie pensaba seriamente que los científicos del gran acelerador de hadrones, en Suiza, pudieran hacer estallar la Tierra con sus experimentos.

No había posibles pandemias que infestaran repentinamente al mundo. Guerras y conflictos en el mundo si que había, pero ninguno que supusiera el riesgo de que una de las potencias militares empezara a disparar su arsenal atómico, químico o biológico, para destruir el planeta.

El cambio climático continuaba claro está, pero lentamente. No se habían presentado ningún aviso de huracanes, tifones ni nada que anunciara el principio de una nueva era glacial repentina.

Es más, la actividad sísmica del planeta en los últimos meses había sido la de cualquier año promedio.

¿Cómo es entonces que esta secta hindú, al igual que tantos otros grupos de personas en el planeta, esperaba que fuera el fin del mundo?

Para Rodríguez, este asunto tenía interés científico tan sólo desde un punto de vista sociológico o de psicología de masas. Quizás por ello eligió precisamente venir a este apartado rincón del mundo para visitar a esta secta.

En otras partes del mundo, quienes esperaban el fin del mundo lo esperaban aterrados, construyendo refugios subterráneos y almacenando víveres para soportar largos meses encerrados. Otros parecían querer vivir a lo grande su último día en la Tierra, despilfarrando todos sus bienes irresponsablemente.

Por lo menos, las personas de la aldea esperaban el trágico evento tranquilos, orando alrededor de su Dios viviente. El gurú al ser entrevistado para el documental, recomendaba a todos esperar el evento sosegados, meditando, relajados y sin entrar en pánico. Lo importante era desapegarse de esta Tierra para alcanzar la paz interior, y poder trascender así hacia un nivel superior.

* * *

Rememoró la conversación que había tenido con el gurú aquella misma mañana, antes de que éste decidiera sentarse a la derecha del avatar, para acompañarlo en su meditación.

—Doctor Rodríguez —le dijo—, ha llegado el momento en el que tenemos que retirarnos para orar juntos sobre el importante momento que se avecina, No espero que ustedes lo hagan como yo, pero hágalo de acuerdo a su propia religión. Tal vez necesite un ministro de su culto, pero hágalo de acuerdo a sus posibilidades.

El Doctor Rodríguez, que en ese momento despedía a parte de su equipo de producción que volvía a occidente, trato de ser lo más amable posible.

—Yo no sé rezar, Maestro, pero podemos despedirnos ahora mismo para que usted se retire a meditar.

El gurú insistió.

—No es necesario que rece, sólo medite de acuerdo a sus creencias.

—En realidad no sigo ninguna religión —contestó Rodríguez—, mis padres si eran muy creyentes, pero yo, tal vez por mi educación científica, he mantenido una cierta distancia hacia esos temas.

El gurú no se mostró contrariado en lo más mínimo y comentó.

—Todos somos creyentes en alguna forma, aunque no creamos en un Dios —y agregó—, en este caso, medite sobre el significado del próximo final del mundo desde su punto de vista científico, yo espero que eso sea suficiente para que alcance la paz interior.

—Desde un punto de vista científico, no hay razón para pensar que el fin del mundo esté próximo —dijo Rodríguez, arrepintiéndose en ese mismo momento, al darse cuenta de que tal vez no había sido muy cortés.

El gurú se mostró sorprendido.

—Pensé Doctor, que usted ya tenía claro en que está meditando Él —y al decir esto volteó a ver al nuevo Buda que seguía en posición de flor de loto bajo su árbol.

Volvió a ver a Rodríguez, como esperando una respuesta.

—Medita para prepararse para el fin del mundo, al igual que lo hará usted —contestó.

—Sí, pero no sólo eso —el gurú negó con la cabeza como un maestro ante un alumno particularmente lerdo—. El se concentra en la forma en la que acabará el universo, que para nosotros es lo mismo que concentrarse en el origen del universo. El medita sobre el origen y el fin del universo.

—¿Del universo? —dijo Rodríguez aún más sorprendido por la extensión del fin del mundo que esperaba este gurú— ¿De todo el universo?

—Así es —afirmó el gurú.

Entonces era eso, el avatar no era más que una versión faquir de un astrofísico teórico occidental, meditando sobre cómo pudo surgir el universo, y sobre cómo éste podría acabar súbitamente en pocas horas, con la peculiaridad de que lo hacía sin beber ni probar bocado durante días.

—Bueno —sonrío Rodríguez—, si se trata de meditar sobre las teorías de surgimiento y fin del universo, creo que sí puedo hacerlo, conozco bien las más actuales que han planteado los científicos sobre el origen del universo.

—Pero no es lo mismo doctor —dijo el gurú como adivinando el pensamiento de Rodríguez—, no crea que él medita como lo hacen los científicos occidentales, no. El pensamiento occidental esta diseñado para comprender nuestro universo, pero nosotros decimos que el poder de la mente puede ser mucho mayor, el pensamiento puede también transformar nuestro universo.

El doctor Rodríguez escuchó atento al gurú, y después de pensar bien su respuesta dijo:

—El pensamiento occidental también busca transformar nuestro universo Maestro, tenemos Ciencia sí, pero también tenemos tecnología. La tecnología occidental ha transformado el mundo ¿No cree? Algunos piensan incluso que lo está transformando demasiado y que por ejemplo, es culpable de un cambio climático que pone en riesgo a nuestro planeta.

El gurú interrumpió a Rodríguez.

—A lo que me refiero es que nosotros consideramos que el pensamiento transforma directamente el mundo. ¡El poder de la mente es extraordinario! Si usted piensa en forma fatalista, el universo entero le obedecerá y le traerá grandes males, pero si es optimista, si tiene fe, el universo entero lo bendecirá. Nosotros sabemos que el pensamiento puede hacerse realidad.

El gurú luchaba por encontrar la forma de hacerse entender por el doctor.

—Por ejemplo —continuó— me parece que en su religión dicen que la fe mueve montañas, ¡Eso es a lo que me refiero cuando hablo del poder del pensamiento! ¡El poder de mover montañas tan sólo con la fe es muy buen ejemplo!

El doctor cuidó muy bien sus palabras antes de contestar. Sabía que le acababa de decir al gurú que él no era creyente, y además la idea de que la materia pudiera obedecer dócilmente al pensamiento siempre le había parecido de un idealismo excesivo y poco realista.

Pero no quería enfrascarse en una más de esas discusiones entre creyentes y no creyentes. Rodríguez por experiencia sabía bien que esas discusiones, al igual que aquellas otras entre gente de diferentes religiones, normalmente nunca llevaban a nada bueno.

Por ello dijo:

—Creo que le entiendo Maestro. Me pide entonces que tenga fe, para que orando junto con ustedes, podamos evitar el fin del mundo.

El gurú negó una vez más con la cabeza.

—Eso sería inútil, el día por fin ha llegado. Está escrito. Como dije anteriormente, su fe debe de servirle en este momento para encontrar su paz interior, para reconciliarse consigo mismo y para desapegarse de este mundo que está por terminar.

El doctor quiso terminar de una vez por todas con la conversación, por lo que se esforzó lo más que pudo en decir lo que creía que el gurú quería oír, sin alimentar más la discusión. En ese momento tenía que ocuparse de supervisar la partida del resto de su equipo de trabajo. Recordó una frase que mencionara su padre, poco antes de morir.

—O sea que... Dado que es inevitable que hoy acabe el mundo, lo mejor es olvidarnos de todo recuerdo, para poder irnos en paz, ¿No es así?

El gurú finalmente asintió con una sonrisa y dijo.

—Así es, ese es el camino al desapego que ahora todos necesitamos.

Luego, como entendiendo que Rodríguez no quería hablar ya más sobre el asunto, se despidió para meditar junto a su discípulo: El Avatar.

* * *

Ahora, al caer la noche de éste último día del mundo, el doctor contempla la meditación del gurú, del avatar y del resto de los discípulos mientras toma café junto al doctor Higgs. Éste se sostiene el mentón con la mano, en clara muestra de aburrimiento. Tras de ellos, la doctora Cherenkova revisa una vez más en su agenda electrónica todo lo que deberá llevar con ella en el viaje de mañana.

—¿Sabe doctor Rodríguez? —Dice Higgs despertando de su sopor—. Siento un poco de lástima por esta gente, ¿Que pasará cuando mañana vean de nuevo brillar el sol sobre sus cabezas?

El doctor Rodríguez hace un gesto de indiferencia y contesta.

—No sé que harán o que dirán doctor, pero espero que cuando nosotros partamos, ellos todavía sigan con su meditación, no quisiera tener que despedirme del gurú en esa circunstancia, después de que fue tan amable con nosotros.

—¡Sí que lo ha sido! —Afirma Higos—. Siempre colaboró con nosotros, la única vez que lo vi dudar fue cuando le expliqué lo que teníamos que hacer para realizarle un análisis PET a su Dios, pensé que se iba a negar a que la doctora Cherenkova le inyectara el contraste.

La doctora Cherenkova muestra que sigue el hilo de la conversación de los dos hombres pues interviene de inmediato.

—Yo no lo inyecté nada doctor —aclara—, el gurú insistió en que su discípulo estaba ya preparado para el análisis. Pensé que usted lo había inyectado.

—Yo tampoco lo hice —dice Higgs sorprendido, pero agrega inmediatamente— Seguramente alguien más del equipo lo hizo porque el estudio salió perfecto.

Y sonríe mientras dice.

—¡No creo que el tipo tenga naturalmente en su cuerpo todos los elementos necesarios para un buen análisis PET de su cerebro!

El doctor Rodríguez también sonríe ante lo absurdo de la idea.

—¡Claro! —Dice Rodríguez bromeando—. Tendría que ser capaz de producir pequeñas cantidades de antimateria, pues el PET, si mal no recuerdo, requiere de...

* * *

Lo que siente en este momento Ernest G. Rodríguez, es una Epifanía.

Varias ideas llegan a su mente casi al mismo tiempo (Antimateria, acelerador de partículas, el origen del universo, el big bang, el gurú, el avatar, el poder del pensamiento, el fin del mundo, sus padres, la paz interior, Dios, el cielo...).

Incrédulo mira al avatar, que justo en este momento, después de días de ayuno y meditación, abre los ojos y sonríe, con el rostro de aquel que finalmente ha encontrado la idea que tanto buscaba.

Rodríguez suelta la primera expresión de asombro que se le viene a la mente, surgida desde las profundidades de su inconsciente.

—¡Oh, Dios Mío!

Y ha sido lo último que ha dicho.

Después de eso ocurre un fenómeno tan singular que en los miles de millones de años de vida de un universo, en sus miles de millones de galaxias, difícilmente sucede espontáneamente.

En una millonésima de millonésima de segundo, en un instante, tan breve que es difícil imaginar, quizás porque el mismo tiempo parecía haber desaparecido, se esfuman el gurú, sus seguidores, los doctores y toda la aldea. Le sigue el resto de la Tierra, la Luna y todo el Sistema Solar.

Todas las estrellas de la Vía Láctea comienzan a ser tragadas una a una.

Un nuevo universo ha nacido.

© Salvador Dueñas García, (2.702 palabras) Créditos