La verdad es que nunca he sentido especial fascinación por las aventuras de Sherlock Holmes y su fiel Watson. Son siempre agradables por el tono reposado que transmiten y el efecto sorpresa que producen las deducciones de Holmes, pero tampoco nada que me haya despertado mayor interés. Alguna cosa he leído, pastiches y un poco de la obra original de Conan Doyle. Esa breve incursión también me bastó para comprender la poca justicia que se ha hecho siempre, tanto en el cine como en algunos de esos pastiches, a los personajes. El Holmes que descubrí en la obra de Doyle es un tipo intrépido, tan físico como cerebral, incluso en ocasiones notablemente torturado y pasado de vueltas, para nada el espécimen estirado con el que se le ha representado en tantas ocasiones. El propio Watson es otro personaje muy a tener en cuenta, esa marioneta regordeta, cuasi bobalicona y servil con la que se le suele asociar no tiene nada que ver con el médico militar que se ha arrastrado por Afganistán y ha vuelto de allí vivo por los pelos. En ese sentido, la cuestionada película interpretada por Robert Downey en el papel de Holmes acompañado por Jude Law como un Watson bastante atípico
están más cerca de la obra de Doyle que las recreaciones de Basil Rathbone.
Los pastiches se suelen quedar en la visión cinematográfica de un Holmes hierático y distante, pocos de los que he visto y leído (y si, he visto y leído pocos) recuperan a ese Holmes físico que resuelve muchos de sus casos no a base de pura deducción, sino a pie de obra jugándose el tipo como un vulgar detective de serie negra.
El Holmes de Javier Casis si recupera a ese Holmes arrojado y aventurero, retirado en su granja de Sussex, dedicado a sus abejas y algunos otros estudios de su interés, es visitado regularmente por Watson y de cuando en cuando resuelve pequeños casos si mayor transcendencia. Como toda la obra de Javier Casis el gusto por lo inglés y la literatura inglesa de la época, de la que el propio Holmes es un ejemplo elocuente, rezuma en cada palabra y en cada frase, dando un tono amable y relajado a la lectura.
No obstante, otra de las características de la obra de Javier Casis penaliza el relato de la investigación holmesiana. Este autor riojano tiene un gran talento para sugerir, citar sin nombrar y dejar la impronta de hechos y personajes sin haberlos descrito o nombrado. Esto, que en los relatos de misterio o fantasía gótica que componen la mayoría de su obra es un recurso sólido, lastra este caso de Holmes hasta el punto de que no da la impresión de que haya caso. Al finalizar la novela no se tiene la sensación de que se hayan resuelto nada ni que haya habido nada que resolver.
El asunto viene a ser que un visitante de Holmes trae consigo un misterioso cajón rescatado en una travesía trasatlántica. Lo ideal, esto es, descubrir que contiene y cual es su origen, quedan completamente en el aire. Si, parece que en su casi inexpugnable interior se oculta algo sumamente peligroso, y si, parece que el creador, o al menos quien da las primeras noticias sobre los artefactos (que el encontrado no ha sido ni el primero ni el único) es un artista, ingeniero y erudito florentino del renacimiento (¿ven a que me refiero?) pero finalmente nada de acaba por resolverse convincentemente ni siquiera se aventura una mínima conjetura o se filosofa sobre la pequeñez humana.
De acuerdo en que este tipo de no resoluciones son del gusto de mucha gente, pero lo mío es más de saber quien es el asesino o quien ha robado las joyas de la Corona. Eso cada cual lo decide. Lo único cierto, es que esta aventura de Holmes y Watson está escrita a la manera de, por un autor que conoce muy bien la época.
Javier Casis