LA OBSOLESCENCIA PROGRAMADA. ¿UNA AMENAZA PARA LA CONSERVACIÓN DEL PATRIMONIO CULTURAL?
por José Carlos Canalda

No creo que a estas alturas sea necesario explicar en qué consiste la obsolescencia programada, esa artimaña creada por las grandes —y no tan grandes— empresas para obligarnos a adquirir nuevos bienes con mayor frecuencia de la que sería estrictamente necesaria, desde una bombilla que se funde antes de tiempo hasta un teléfono móvil penúltimo modelo al que nos convencen que sustituyamos por otro más moderno.

Así pues, me voy a centrar en el ámbito informático y, más concretamente, en los perjuicios que pudiera ocasionar a la preservación de nuestro patrimonio cultural, o intelectual, como se prefiera, la febril remodelación continua a la que está sometido éste. No descubro nada nuevo si afirmo que en prácticamente todo el sector informático —y el electrónico en general—, tanto los fabricantes de equipos como los diseñadores de programas nos tienen acostumbrados a continuas modificaciones en unos y en otros, justificadas las unas —gracias a ellas hemos avanzado prodigiosamente en estos últimos años— y no tantas las otras, como ocurre por ejemplo con la aparición de nuevas versiones de Windows con una frecuencia desagradablemente mayor de la necesaria, algo escandaloso en casos tales como cuando una versión que funcionaba razonablemente bien —el Windows XP — fue reemplazada por la chapuza del Windows Vista, y éste a su vez relevado a poco de salir por el Windows 7, bastante mejor que su predecesor... y que a su vez está a punto de dar paso al ya anunciado Windows 8, sin darnos tiempo apenas ni para respirar.

¿Eran necesarios todos estos frenéticos cambios, cuando en ocasiones eran claramente a peor? Probablemente no conforme al interés de los usuarios, pero sin duda sí para la cuenta de beneficios de Microsoft o de cualquier otra empresa... y de poco sirve resistirte a ellos aferrándote a tu antiguo ordenador o a tu vieja y querida versión de determinado programa, porque el peso de la realidad acabará obligándote tarde o temprano a hacerlo tal como me ha ocurrido en más de una ocasión, por supuesto en contra de mi voluntad. Pero así están las cosas y de hecho, entre pitos y flautas, en los algo más de veinte años que vengo usando un ordenador la mayor parte de las veces no he tenido más remedio que reemplazarlo por otro más moderno, pese a funcionar perfectamente... pero se me había quedado obsoleto.

A veces esta obsolescencia hasta cierto punto, insisto, beneficiosa, conduce a situaciones verdaderamente kafkianas. Voy a poner un par de ejemplos reales. Hace no mucho tiempo compré un escáner con adaptador de diapositivas, que acoplé a mi antiguo ordenador con Windows XP. El aparato funcionaba perfectamente hasta que actualicé el sistema operativo con un servipack, no recuerdo si el 2 o el 3, y posteriormente la cosa se acabó de fastidiar al cambiar el ordenador por uno nuevo con Windows 7. El escáner, simplemente, no funcionaba, y consultada la casa —prefiero no citar la marca— se me ofreció, como solución, que les comprara uno nuevo compatible con este sistema operativo... por supuesto, algo tan sencillo y razonable como editar un nuevo driver era algo que no entraba en sus planes.

Y por supuesto, también, no compré un escáner nuevo, pero tengo claro que cuando lo tenga que hacer optaré por otra marca. De momento me sigo apañando con el viejo gracias a que con un programa que conseguí el aparato funciona perfectamente, aunque me ha quedado inutilizada la opción de las diapositivas. Una gracia, ¿no?

El segundo ejemplo está tomado de mi centro de trabajo. En él disponemos de varios equipos pesados —y muy caros— dedicados a la investigación, los cuales suelen estar controlados por un ordenador que oficia de estación de datos. Por supuesto, aunque los ordenadores son normales y corrientes —en el momento de la compra, se entiende— precisan de unos programas específicos suministrados por la casa constructora de los equipos y, en ocasiones, llevan incluidas unas tarjetas de comunicación asimismo especiales. El problema viene cuando, pasado cierto tiempo, el equipo sigue estando perfectamente operativo pero el ordenador se queda obsoleto, o incluso se avería; y entonces no suele haber manera humana de adaptar un ordenador nuevo —y más moderno— al equipo en cuestión, puesto que tropiezas con el mismo problema con el que yo me encontré con el dichoso escáner, pero a una escala mucho mayor: lo más habitual es que existan incompatibilidades más o menos serias, mientras la casa constructora del equipo se suele hacer la tonta a la hora de solicitarle unos nuevos programas actualizados. Sin comentarios.

Claro está que hasta ahora tan sólo he hablado de inconvenientes económicos, ya que en todos estos casos la solución que te proponían pasaba por gastarte una pasta gansa... pero es mucho peor, y ahora entro ya en el meollo del asunto, cuando lo que entra en juego es algo tan preocupante como una posible pérdida de información, quizá con carácter irreversible.

Voy a hacerles un par de preguntas. La primera: ¿tienen a mano una de aquellas primitivas revistas electrónicas de ciencia-ficción de los años noventa? Me refiero a las que venían en forma de programa autoejecutable, anteriores a las de formato PDF o HTML. ¿Sí? Pues intenten abrirla. De momento lo habitual era que sólo funcionaban bajo DOS, no bajo Windows, así que lo primero que tendrán que hacer será abrir una ventana DOS en su ordenador... si saben hacerlo, ya que aunque no es difícil, dista mucho de ser algo habitual. Y si lo intentan, es probable que el programa no se ejecute, ya que no estaba ideado, ni de lejos, para leerlo en los equipos modernos.

Pasemos a la segunda pregunta. ¿Tienen ustedes algún fichero de texto escrito con los antiguos procesadores anteriores a la hegemonía del Word: Word Star, Word Perfect, Ami Pro? Pues es bastante probable que se encuentren con serios problemas para leerlo. Ya en su día tuve que convertir mis ficheros de Word Star —el primer procesador de textos que utilicé— a Word Perfect, y más adelante me tocó hacer lo mismo con estos últimos al formato de Word, el conocido DOC. De momento llevo unos cuantos años tranquilo, pero ya andan rondando por ahí las últimas versiones del propio Word —que ni me gustan ni uso— que utilizan por defecto el nuevo formato. DOCX, incompatible con el anterior. Aunque por ahora las versiones antiguas de Word todavía son capaces de abrir y convertir los DOCX, y viceversa, a saber lo que podrá ocurrir en un futuro... con el agravante de que ahora serían muchos más los ficheros que tendría que convertir.

Huelga decir que lo mismo me pasó con mis antiguas bases de datos, creadas inicialmente con los programas DB3 y DB4 y transferidas a Access; de momento, por suerte, siguen operativas, pero... ¿hasta cuándo?

Y si dentro de la informática doméstica estos continuos cambios no ya de programas, que eso es lo de menos, sino de formatos de los ficheros, pueden resultar un engorro a corto plazo y un problema más adelante —¿imaginan intentar abrir un archivo de hace 15 ó 20 años que tuvieran olvidado por ahí?—, infinitamente más preocupante resulta lo que pueda ocurrir, por ejemplo, con bases de datos u otros tipos de documentos de acceso público.

¿Que pueda ocurrir? Me corrijo; que ya está ocurriendo. ¿Recuerdan ustedes los Puntos de Información Cultural (PIC) de mediados de los años ochenta? Era una base de datos de temática fundamentalmente cultural, a la que se podía acceder mediante terminales —entonces Internet no existía ni en nuestra imaginación— instalados en las bibliotecas, en centros de documentación e incluso en algunos grandes almacenes. Por supuesto tú no accedías al terminal, que era operado por el bibliotecario o por alguien especialmente dedicado a ello, al cual hacías la pregunta y éste te daba el resultado de la consulta impreso en aquel entrañable papel continuo.

Yo en su día recurrí bastante a este servicio como fuente bibliográfica para los artículos que publicaba entonces en un periódico local, y la verdad es que, con todas sus limitaciones, funcionaba razonablemente bien y resultaba ser bastante útil.

Pero no, no se molesten en buscarlo ahora; simplemente no existe. Los terminales PIC desaparecieron y, contra toda lógica, esta información no se encuentra colgada en Internet. Según las indagaciones que hice en su día, el soporte informático en el que estaba registrada la base de datos era, como cabía esperar, incompatible con los sistemas informáticos actuales, y como nadie en el Ministerio de Cultura se preocupó al parecer de transferirla, pues... por algún sitio andará arrumbada, si es que no ha desaparecido ya de forma irreversible.

Por esta razón me preocupa, y mucho, no ya toda la documentación que anda por ahí —en soporte informático, se entiende— inaccesible en plena era de la comunicación, cuando no simplemente perdida; aun pareciéndome muy grave, todavía me preocupa mucho más lo que pueda ocurrir en el futuro si seguimos con este ritmo tan frenético de obsolescencia programada, e insisto en que no me estoy refiriendo ni a los equipos informáticos ni a los programas, sino a algo tan fundamental como son los propios formatos de los documentos, sometidos a los vaivenes de los intereses comerciales pese a la patente necesidad de contar con algo estable que no varíe con el tiempo.

Imagino, dentro de este escenario tan preocupante, al nieto de alguno de nosotros intentando leer nuestros modestos escritos, o ver nuestras fotos; con un poco de suerte, los programas que utilicen entonces puede que sean incapaces de abrir un texto escrito con Word, una base de datos en Access, una simple fotografía en formato JPG...

Por supuesto que el riesgo de pérdida de los documentos más importantes será nulo, por la cuenta que nos trae. Y evidentemente ni me planteo, por inverosímil, una hipotética situación límite al estilo de la narrada en CÁNTICO POR LEIBOWITZ; aunque sí he llegado a escribir un relato corto, titulado Ora et labora, en el que imagino un futuro postapocalíptico en el cual, pese a haberse logrado conservar todo el conocimiento acumulado por la humanidad, ésta les resulta inaccesible a nuestros herederos debido a que a duras penas les es posible poner en funcionamiento los escasos y vetustos ordenadores de que disponen, en una época en la que el degradado nivel tecnológico hace inviable la construcción de otros nuevos. Pero claro está, estamos hablando de pura literatura.

Volviendo a la realidad aquí no estoy hablando del Quijote, sino de todas aquellas modestas contribuciones que en su momento pasaron sin pena ni gloria, pero que quizá más adelante quién sabe... estoy pensando en casos como los de Kafka o John Kennedy Toole, de fama póstuma, o en el de la recuperación de la música de Bach que hizo Mendelsshon casi un siglo después de su fallecimiento. Puede que la inmensa mayoría de toda esta producción intelectual acumulada en nuestros discos duros no valga gran cosa, pero ¿quién nos garantiza que entre tanta paja no pueda haber algún valioso grano? Por esta razón, garantizar la compatibilidad futura de todo lo que ahora mismo circula por Internet, de todo lo que tenemos almacenado en nuestros discos duros, se me antoja imprescindible.

Termino el artículo con un nuevo ejemplo real. A mí me gustan bastante las novelas de Rafael Sabatini (1875-1950), en su momento uno de los más afamados escritores de novelas de aventuras, varias de las cuales fueron adaptadas al cine convirtiéndose en verdaderos clásicos del género. Por supuesto sus obras fueron editadas y reeditadas con frecuencia... hasta que, por la razón que fuera, dejaron de estar de moda cayendo en el olvido, a diferencia de otros autores de temática similar como Julio Verne, Emilio Salgari, Walter Scott o Robert Louis Stevenson. Tanto es así que, salvo contadas excepciones, las únicas ediciones que es posible encontrar actualmente son las correspondientes a antiguas ediciones anteriores o, como mucho, inmediatamente posteriores a la Guerra Civil... por supuesto en librerías de viejo y teniendo bastante suerte, ya que tampoco suelen ser, por lo general, nada fáciles de conseguir.

Pero bueno, aunque difíciles, todavía es posible encontrarlas... y leerlas. Demos ahora un salto hacia el futuro de, pongamos, cincuenta o cien años, y supongamos también que el problema que he denunciado se ha seguido dando. Para entonces muchas de las cosas que hoy pululan por Internet habrán desaparecido de la red, y aunque éstas se hubieran recogido en alguno de los cementerios de elefantes que proponía en otro artículo, lo más probable es que éstas fueran ya tan ilegibles para el gran público como un códice maya o una tablilla babilónica, al ser sus formatos completamente incompatibles con los programas que se pudieran usar entonces.

Quizá haya alguien que piense que peco de tremendismo, pero para mí éste puede llegar a ser un riesgo muy real, con lo cual se daría la triste paradoja de que el almacenamiento digital, en teoría el método más fiable jamás ideado para preservar nuestro acervo cultural, podría acabar convirtiéndose en su propio enterrador. Y ojalá me equivoque.

© José Carlos Canalda, (2.164 palabras) Créditos