SANGRE INSOLUBLE
por Nadia Orenes

Trató de abrir los ojos, pero los párpados pesaban demasiado. Las imágenes de la noche anterior palpitaron distorsionadas en su cabeza. Permaneció así un rato, hasta que un pinchazo en la cabeza le arrancó del limbo. Soltó un quejido ahogado y se hizo un ovillo bajo las mantas.

Se reincorporó y, después de tantear la pared como un ciego, dio con el interruptor. La luz se encendió y le pareció que el dormitorio ardía ante sus pupilas demasiado sensibles. Un regustillo amargo le levantó mágicamente de la cama y le llevó dando tumbos hacia el baño. Sus pies se enredaron en la ropa sucia y la basura desparramada por el suelo, pero llegó a tiempo.

Tiró de la cadena y se lavó la cara. Se miró al espejo, pero sólo veía lucecitas que parpadeaban y el reflejo de la habitación dando vueltas. Entrecerró los ojos y poco a poco un rostro blanco y ojeroso fue definiéndose frente a él. Se puso una mano en la frente. Abrió el armario y revisó con cuidado los envases y las cajitas. Miró con impotencia cómo se le escapaban uno a uno. Sus reflejos habían tenido mejores momentos. Se arrodilló y, con la cabeza pegada al suelo, escudriñó cada rincón del baño. Luego buscó sobre el espejo, en el mueble de las toallas, el cajón de los peines, y la repisa de la ducha.

—¿Dónde demonios están las aspirinas? —dijo.

Gruñó y salió del baño.

Abrió la ventana y algunos rayos de sol entraron tímidamente. El reloj marcaba las seis de la mañana. Hizo un amago de dirigirse a la puerta, pero dudó y miró otra vez la hora durante un momento. Se mordió los labios. Volvió al baño y volvió a echarse agua en la cara y se peinó un poco. Reparó por primera vez en que llevaba ropa de calle. Se puso una camiseta limpia y, finalmente, salió al pasillo.

Se dirigía hacia la habitación de enfrente, pero una fuerza irresistible giró su cabeza a un lado. En el suelo había un cuerpo semidesnudo y rígido, flotando sobre un charco de sangre. Él miró desde el quicio cómo los brazos extendidos, sobre los que se apoyaba una cabeza rubia, y unos dedos blancos y largos, apuntaban hacia él. Se quedó quieto, con el único sonido de su respiración entrecortada. El cosquilleo de las gotas de sudor que le resbalaban por la nariz le despertó del trance. No pudo calcular bien a qué distancia estaba el cuerpo, porque de repente todo daba vueltas en su cabeza, así que se acercaba y se alejaba, flotaba en el aire y giraba a su antojo. Pero habría jurado que estaba muy cerca. Demasiado cerca. Sintió náuseas y un escalofrío le recorrió el espinazo. Las piernas se le aflojaron y temió caer al suelo y tener que quedarse ahí frente al cuerpo sin poder levantarse. Frunció los labios y tensó la mandíbula, giró sobre sus talones y, agarrando con fuerza el marco de la puerta, se impulsó de vuelta a la habitación.

* * *

Despertó cuando el sol llegó a sus ojos. Permaneció un momento en la cama, escuchando los pájaros que piaban en los árboles cercanos a la ventana. Seguía sin recordar demasiado de la noche anterior y le sentía cierto malestar general, pero los pinchazos y mareos, las náuseas, las distorsiones y las chiribitas, no existían. Quizás nunca habían estado allí. Se culpó entre dientes por haber bebido tanto, pero al final, sonrió condescendiente.

Bostezó y canturreó mientras se levantaba y estiraba las sábanas, y recogía un poco el dormitorio. Luego se duchó tratando de no hacer demasiado ruido. Se puso el pijama y se sentó al pie de la cama.

Miró por la ventana. Enfrente se extendían los anchos edificios del campus, coronados por placas y banderas, y flotando en medio de bastos mares de césped. Recorrió cada edificio con los ojos y suspiró.

De repente, sintió una presión incipiente en el pecho. Miró con desconfianza todos los rincones de la habitación, como esperando que sucediera algo y, después de humedecerse los labios, se acercó despacio a la puerta de la habitación. Puso la mano en el pomo y abrió unos centímetros. Pegó la cara en la madera y escuchó. Tragó saliva y abrió de golpe.

Seguía ahí, en el suelo. Y el charco había crecido, y ya llegaba a ambas paredes del pasillo. Avanzó hacia el cuerpo con urgencia, con todo el cuerpo palpitándole.

—Mierda... ¿e-estás bien? —susurró, nervioso.

Un pequeño, casi insignificante desequilibrio, la punta del pie rozando una gota de sangre, un violento resbalón.

Soltó un quejido y giró la cabeza despacio. Los mechones de pelo rozaban los dedos de su mano, que había apoyado en el suelo para frenar la caída. Hizo una mueca y, mirando hacia otro lado, palpó el cuello buscando una vena en movimiento. Lo que encontró fue una huella de cuchillo larga y afilada. Se llevó las manos a la cabeza y se frotó la cara energéticamente, como intentando despegarse una tela de araña invisible. Una chispa saltó en su cerebro. Se miró las manos y vio todas las cavidades de las huellas dactilares de sus dedos perfectamente dibujadas con finísimos trazos de sangre roja y brillante como la que cubría el suelo. Y sus pantalones. Se sobresaltó y miró a su alrededor.

Con mucho cuidado, se desabrochó las zapatillas, las agitó en el aire llenando las paredes de gotitas rojas, y caminó de puntillas de vuelta a su habitación.

Cerró la puerta sin hacer ruido. Dejó caer las zapatillas en el suelo y murmuró mientras caminaba de un lado a otro. Paró frente al armario, para verse en el espejo de cuerpo entero. El pantalón absorbía lentamente la sangre y él empezaba a sentir la humedad en las piernas. Levantó la vista y vio reflejada la mesita que había junto a la cama, y encima de la mesita, el teléfono. Se giró hacia él y tan sólo había dado dos pasos cuando oyó un grito agudo. A trompicones, hizo el amago de dirigirse primero hacia la puerta, luego hacia la ventana, luego hacia la cama, y finalmente, otra vez ante el espejo. Se tapó los oídos con las palmas de las manos.

Al cabo de unos segundos, ahuecó un poco una mano para comprobar que el grito había terminado.

Cerró la puerta con llave, se arrancó el pijama y la ropa interior, lo tiró todo a un rincón, y se fue otra vez bajo la ducha. El agua rosada se fue por el desagüe, y mientras se acercaba un sonido de sirenas, sostuvo la respiración. Cuando el sonido, en lugar de pasar de largo, paró frente a la residencia, salió de la bañera de un salto y se echó un albornoz encima.

Desde el pasillo llegaron las primeras voces y los primeros pasos violentos golpeando el suelo.

Cuando volvió al dormitorio, el montón de ropa seguía ahí.

Lo metió en el lavabo, abrió el grifo de un manotazo y vertió una botella de jabón. Frotó la ropa con movimientos torpes y de repente se dio cuenta de que todo el suelo estaba salpicado de gotitas rojas. Imaginó una divertida escena en la que la policía irrumpía en la habitación mientras él limpiaba sangre de su ropa y dejó de frotar. Lo cogió todo otra vez y se acercó a la ventana. Con la cara pegada al marco, se asomó apenas unos centímetros y miró hacia abajo. Vio cómo algunas personas se agolpaban en la verja principal, y un policía desenrollaba una cinta. Pensó que cabía la posibilidad de que, aprovechando el recoveco que formaba el edificio, no le viera nadie si lo tiraba por ahí. Además, abajo estaba todo cubierto de arbustos y hierbajos. Entonces oyó la voz del vecino de arriba, y luego otras provenientes de otras ventanas cercanas, que se comunicaban con gritos y tono excitado.

Se escurrió por la pared hasta quedar sentado, jadeante, notando cómo el sudor se mezclaba con el agua que le caía del pelo.

—Pero si yo no he hecho nada... —dijo, con un aspaviento, esbozando una sonrisa, y suspiró.

Llamaron a la puerta.

Se levantó como impulsado por un muelle. Abrió la tapa del váter y lo metió todo dentro. Limpió con papel higiénico las gotitas rojas del suelo y lo metió también. Siguieron otros golpes en la puerta, y sin tomarse ni un sólo segundo para tratar de sofocar su exaltación, abrió.

—Joder, Martin, vaya cara.

El vecino de enfrente.

—Parece que la fiesta de anoche te ha pasado factura.

Ambos miraron hacia el otro lado del pasillo. Entre las piernas de los policías y los estudiantes que se agolpaban, brilló durante un segundo la blancura del cadáver.

—No la conocía, pero esto es demasiado.

El flash de una cámara hizo que Martin se tapara los ojos y retrocediera.

—Madre mía, como acabaste ayer. Es que no sabes beber.

—Ya. ¿Tienes unas aspirinas?

—¿Qué? Yo qué sé. ¿Qué más da eso ahora? Mira, ése que va por ahí es un policía capullo que incordia por todas las habitaciones para aparentar que saben lo que hacen.

—Bueno, luego hablamos, ¿vale?

Le cerró la puerta en las narices y volvió al aseo. La visión de los policías había hecho que recobrara una precisión inusitada en sus movimientos. Cogió unas tijeras, se acuclilló, abrió la tapa, y a base de tirones y tijeretazos, rasgó el pijama y la ropa interior, y lo tiró al váter hecho trocitos.

La puerta volvió a sonar.

—¡He dicho que luego hablamos! —Gritó, tirando por última vez de la cadena.

—¡Policía!

Se levantó de golpe, miró frenéticamente a su alrededor sin ver nada, y se abalanzó sobre la puerta.

Tan sólo había girado un poco el pomo y la puerta se abrió de golpe, impulsándole hacia atrás.

Cuando el policía entró, todavía se estaba vaciando la cisterna. Miró hacia el aseo. Martin tragó saliva con dificultad y le dio la impresión de que su garganta había sonado a puro miedo. El policía miró su cara blanca, y luego el montón de basura y desorden que desbordaba el suelo.

—Vaya, vaya... —dijo al final, con voz cantarina.

Tenía una sonrisa que le llegaba de oreja a oreja, y un rostro rubicundo y rosado. Se quitó el sombrero y se abanicó con él. Estaba tan gordo que casi había tenido que entrar de lado por la puerta, pero también era exageradamente alto, lo que le daba un aire violento, a pesar de su rostro burlón.

Martin no pudo evitar encogerse de hombros y que todos sus músculos se tensaran, como previniendo un ataque.

—Alguien estuvo de fiesta ayer... —dijo el policía. Su voz era mansa y empalagosa.

—Fue la fiesta de graduación —dijo Martin, con un hilillo de voz.

—Ya lo sabía. Por cierto, soy el inspector jefe de policía Marcus.

Martin miró por encima de la placa el trajín de policías y vecinos que pasaba por el pasillo, y trató de descifrar algo en las voces frenéticas. El policía cerró la puerta con el pie.

—¿Viste algo extraño en la graduación?

—No.

—¿Cuándo volviste a tu habitación?

—Cuando acabó la fiesta.

—¿Volviste solo?

—Sí.

—¿Conoces a Emily Ellis?

—No.

El inspector le miró largamente, con los ojos entrecerrados.

—Emm... ¿Hay algún problema, inspector?

—Y tanto que lo hay —dijo—. Podemos empezar con mi problema —se guardó la placa—, que es que me han llamado una preciosa mañana de domingo para un asunto no del todo agradable, justo cuando estaba teniendo una bonita comida en el campo, celebrando el cumpleaños de mi hija de seis años...

Martin suspiró y sus músculos empezaron a relajarse. De repente, sintió el tacto de algo frío y metálico en su mano. Las tijeras.

El inspector se acercó a la ventana mientras hablaba de su hija y de que se había ido sin ni siquiera darle su regalo. Martin entrelazó las manos en la espalda.

—Es como si tú tuvieras que ir a clase hoy, sería horrible, ¿verdad? No me dejan ni un minuto de descanso...

Marcus asomó la cabeza por la ventana y miró hacia abajo mientras continuaba con su retahíla. Martin fijó la vista en el suelo, centrándose en su respiración, y susurrándose que debía actuar con naturalidad. Entonces, junto a los pies del policía, relucieron dos manchas rojas. Las zapatillas.

Se le subió la sangre de golpe a la cabeza.

—...es una buena vista, pero... —continuaba el policía.

Después de dudar un momento, Martin se asomó también a la ventana y comenzó a hablar atropelladamente.

—Fíjese —dijo—, los edificios tienen dos plantas para poder evacuarlos con más facilidad en caso de incendio. El otro día hubo uno en la facultad de ciencias...

Mientras señalaba con el dedo a un lado y a otro, y el policía escuchaba con atención, él levantó con el pie una toalla que había en el suelo y la dejó caer sobre las zapatillas.

—Interesante —dijo el inspector—. ¿A quién se le ocurre poner un laboratorio en medio de una universidad? Todos esos productos químicos deben de ser un peligro. Bueno, menos mal que tú estás a punto de acabar, ¿eh?

Martin forzó un par de carcajadas y el policía se dirigió satisfecho a la puerta. En cierto momento, mientras se ajustaba el sombrero, sus movimientos se ralentizaron hasta que se quedó quieto y mirando fijamente el suelo.

—¿Qué es eso? —dijo, con el ceño fruncido. Se acercó y se agachó.

Martin abrió los ojos como platos. Sacó las manos de detrás de la espalda y miró cómo le temblaban.

—Fíjate en esto... —dijo el inspector.

Las tijeras estaban enrojecidas de cortar ropa ensangrentada. Martin las empuñó con fuerza y, con los labios apretados, miró cómo se levantaba el policía.

—Cuando yo iba a la universidad también teníamos esto —dijo levantándose y agitando una revista arrugada.

En una fracción de segundo, Martin puso las manos otra vez en su espalda y sustituyó una cara descompuesta por una sonrisa maquinal.

—¿Sigue siendo como siempre? —preguntó el inspector.

—Eh...

—Bah, no creo que fuera como antes. Nada es como antes.

—Bueno, las cosas cambian —dijo Martin, confuso.

—¿Te importa si me la llevo de recuerdo? Seguro que puedes conseguir otra —dijo el policía, mirando otra vez hacia el suelo, donde había un montón de libros y papeles.

—¡No! —Gritó Martin, atrayendo su atención— Digo, ¡sí! Claro que puedo, hay más en la universidad. Montones de ellas.

El inspector de policía asintió y volvió a la puerta.

—Oye —dijo, guiñándole un ojo mientras abría—, no te preocupes, los policías no nos dedicamos a arrestar a estudiantes que han bebido en la noche de su graduación. Todos hemos sido jóvenes.

—Eh... sí, gracias.

El policía le tendió la mano y esperó con entusiasmo que su gesto fuera correspondido. Martin le miró con los ojos muy abiertos, y al final le abrazó con ímpetu.

—Oh, vaya —dijo el policía—, y luego dicen que la juventud de hoy no es agradecida... Por cierto, si recuerdas haber visto algo extraño ayer, ponte en contacto con nosotros.

Martin se quedó en la puerta mirando cómo se alejaba, y sus ojos se encontraron con los de su vecino de enfrente.

—Déjame en paz. Necesito dormir —dijo con sequedad, y cerró con un golpe.

Se quedó un rato apoyado contra la puerta, sin expresión alguna. Luego en su cara apareció una sonrisa de alivio.

Llevó las tijeras, la toalla, y las zapatillas a la ducha y lo roció todo con alcohol. Cogió jabón y una toalla limpia y frotó minuciosamente las paredes y el suelo. Cada vez que aparecía una gotita roja donde pensaba que ya había limpiado, perjuraba y frotaba aún con más fuerza. Dejó correr el agua del lavabo y de la ducha un rato.

Volvió al dormitorio, localizó los sitios que pensó que habían estado en contacto con su ropa y frotó el suelo, el espejo, los muebles y el pomo de la puerta. Cuando acabó, jadeante y sudoroso, repasó con la vista todos los rincones, y asintió satisfecho.

Se quitó el albornoz y lo metió todo en una mochila, que guardó en el armario. Se desplomó sobre la cama, y esperó. Todavía se oía el barullo de fuera, pero él se concentró en el piar de los pájaros y los sonidos lejanos que llegaban de la calle, y en seguida se le cerraron los ojos.

De repente, se sobresaltó y se levantó de la cama.

—Joder, ¡en el escritorio!

Se había acordado de dónde había puesto las aspirinas. A menudo, estudiar le daba dolor de cabeza. Abrió el cajón, y la luz del sol rebotó en la hoja larga y afilada de un cuchillo recubierto de sangre. Efectivamente, al lado estaban las aspirinas.

© Nadia Orenes, (2.782 palabras) Créditos