LA SÉPTIMA CRUZ
LA SÉPTIMA CRUZ EE. UU., 1944
Título original: The Seven Cross
Dirección: Fred Zinnemann
Guión: Helen Deutsch, sobre una novela de Anna Seghers
Producción: Pandro S. Berman para MGM
Música: Roy Webb
Fotografía: Karl Freund
Duración: 118 min.
IMDb:
Reparto: Spencer Tracy (George Heisler); Signe Hasso (Toni); Hume Cronin (Paul Roeder); Jessica Tandy (Liesel Roeder); Herbert Rudley (Frantz Marnet); Agnes Moorehead (madame Marelli); Ray Collins (Ernest Wallau); George MaCready (Bruno Sauer); Kate Locke (Heddy Sauer); Kurt Match (Leo Hermann); John Wengraf (comisario Overkamp); Kaaren Verne (Leni); Konstantin Shayne (Fuellgrabe); Steven Geray (doctor Loewenstein); Paul Guilfoyle (Fiedler)

Sinopsis

Alemania, otoño de 1936. Los nazis llevan sólo tres años en el poder y su régimen, salido de las urnas, se encamina hacia la más cruel de las dictaduras, aunque la mayoría de la población, cegada por la aparente bonanza económica conseguida por Hitler y sus secuaces y por la eficaz propaganda gubernamental, parece no advertirlo. Del campo de concentración de Westhofen se fugan siete prisioneros, todos ellos disidentes políticos y por tanto enemigos del Reich. El comandante del campo ordena convertir siete árboles del recinto en otras tantas cruces, y jura que muy pronto los siete evadidos colgarán de ellas. Seis de los fugitivos van cayendo, uno a uno, en las manos de las SS. Pero el séptimo, George Heisler, logrará salvar su vida y huir de Alemania gracias a varias personas que arriesgarán sus vidas para ayudarle.

Pensando como escapar
Pensando como escapar

Hoy, cuando en esta desdichada piel de toro algunos pretenden recuperar y actualizar prácticas tan democráticas como la censura, la incitación a la delación por nimiedades políticamente incorrectas y el adoctrinamiento político en las aulas, parece el momento oportuno para desempolvar este gran clásico del maestro Fred Zinnemann, no estrenado en España hasta 1979 por razones obvias, que es quizá el mejor film anti totalitario jamás rodado, y sin duda la mejor película de toda la filmografía de Spencer Tracy.

Utilizando como base la novela de Anna Seghers, un éxito de ventas en su época, Helen Deutsch escribió el mejor guión de su carrera, que Zinnemann convertiría en una de sus películas más interesantes. Aunque en el momento de su estreno LA SÉPTIMA CRUZ fue recibido por público y crítica como un film propagandístico al uso, el paso del tiempo ha revalorizado notablemente esta obra magistral, que ha pasado a los anales del cine como un descarnado y a un tiempo conmovedor alegato contra la tiranía y la degradación de los valores sociales y morales que una dictadura, sea de la ideología que sea, lleva siempre aparejada. La acción transcurre en la Alemania de preguerra, pero la odisea de George Heisler podría haberse situado igualmente en la URSS del siniestro padrecito Stalin, la China de Mao, el Chile de Pinochet o la Cuba de Castro. Porque la historia de Heisler y sus compañeros de cautiverio es la de cientos de miles de hombres y mujeres que han sufrido persecución, tortura y muerte bajo regímenes totalitarios.

Rodada en un inquietante blanco y negro, que contribuye a acentuar aún más el tono sombrío del relato, el empleo que de las luces y sombras hace el gran Karl Freund dota al film de un ambiente opresivo, casi claustrofóbico, y la fabulosa fotografía nos remite a los mejores momentos del expresionismo alemán; de hecho, Freund fue uno de sus artífices, no en vano trabajó a las órdenes de los directores más representativos de esa tendencia cinematográfica, como F. W. Murnau y sobre todo Fritz Lang, con quien colaboró en la fabulosa epopeya futurista METRÓPOLIS (idem, 1927), una de las grandes obras maestras no ya de la ciencia-ficción, si no del cine universal.

Un alto en el camino
Un alto en el camino

Aunque pueda parecer que el protagonismo recae sobre el personaje de Spencer Tracy, lo cierto es que no es así. LA SÉPTIMA CRUZ es una película coral, en la que todos y cada uno de sus personajes contribuyen con su granito de arena a la tarea de poner a salvo al evadido Heisler. Éste no es presentado por Zinnemann como un héroe; los héroes son los demás, las personas que arriesgan sus vidas para socorrerle, y el director se encarga de dejar este punto bien claro prácticamente en cada secuencia del film. En las primeras escenas de la cinta vemos a un George Heisler reducido casi a la condición de un animal, destruido física y moralmente por los maltratos sufridos en el campo. Impresionante ese primer plano inicial de Heisler surgiendo de entre la niebla matutina, con una expresión que refleja con patético realismo la impronta que han dejado en él los sufrimientos padecidos. La voz en off de Ernest Wallau, organizador de la fuga y buen amigo suyo, que será el primero en ser capturado y ejecutado, nos introduce en el relato y se convierte en una especie de ángel de la guarda del protagonista durante todo el metraje. Que el narrador de la historia fuera un muerto, idea bastante novedosa por aquel entonces, sorprendió al público e intensificó más aún el dramatismo del argumento. Años más tarde, el gran Billy Wilder recurriría a una argucia semejante en su extraordinaria EL CREPÚSCULO DE LOS DIOSES (SUNSET BOULEVARD, 1950).

Zinnemann ofrece en esta cinta un crudo, despiadado retrato de la Alemania de los años anteriores a la II Guerra Mundial, mostrándonos sin tapujos el grado de fanatismo que puede alcanzar un pueblo culto y avanzado, como era el alemán, cuando sus integrantes pierden el norte y se dejan seducir por el extremismo político. En LA SÉPTIMA CRUZ no hay sangre, ni siquiera violencia física expresa. Y sin embargo, es una de las películas más duras que se han rodado sobre el Tercer Reich, pues describe con sobrio verismo el ambiente de sospecha, temor, delación y traición que existía en Alemania en los ominosos años treinta. Los nazis que aparecen son brutales, pero el espectador acaba sintiendo más desprecio por los civiles que por los SS o los miembros de la Gestapo. La galería de monstruos engendrados por el nazismo está bien representada en la cinta: fanatizados críos de diez años que colaboran con las autoridades en la búsqueda de los fugitivos; antiguas novias que juraron amor eterno pero que olvidaron pronto el juramento, casándose a las primeras de cambio con un miembro del partido y deviniendo en perfectas arpías nacionalsocialistas; porteras que vigilan quién entra y quién sale, y siempre dispuestas a colaborar con la policía... La lista sería interminable. Con estos siniestros personajes habrá de vérselas un herido, exhausto, hambriento y casi desesperanzado George Heisler, mientras sus compañeros de fuga caen uno tras otro en las garras de la Gestapo. Sin embargo, en la Alemania de Hitler todavía quedan personas decentes, y un buen puñado de ellas se movilizarán para socorrer a nuestro protagonista. Y aunque en ese grupo figuran unos pocos amigos suyos, en la conclusión del film George admitirá, ante la dulce y triste Toni, que ni siquiera conoce los nombres de la mayoría de los que le han ayudado.

Esperanza
Esperanza

La película transmite un mensaje de esperanza, personificado en esos hombres y mujeres que ponen en peligro sus vidas y las de sus seres queridos para combatir la injusticia y ayudar a un semejante: madame Marelli, la modista que le proporciona ropa y algún dinero; su amigo Marnet y sus colegas de la Resistencia, que le buscan para proporcionarle documentos falsos que le permitan huir de Alemania; el médico judío que le cura la herida y no da parte a la policía, como exige la ley; Paul Roeder, su mejor amigo, que le acoge en su hogar; Toni, la bella camarera que le oculta en su cuarto cuando la Gestapo acude a registrar la hostería, y que le ofrece un amor puro, honesto, que restaña las heridas producidas en su corazón por la falsía de Leni... Todos estos personajes, y otros muchos que el protagonista, posiblemente, nunca llegará a conocer, son como rayos de luz que tratan de disipar las tinieblas del régimen nazi y la disciplinada, corrupta y ruin sociedad totalitaria que éste ha creado. George, que al principio de la película era un alma errante y atormentada, un hombre que casi había dejado de creer en la humanidad, la bondad, la misericordia, la esperanza y el amor, recupera gracias a esas personas todo aquello que los bestiales guardianes del campo habían tratado de arrebatarle. Las últimas palabras que un emocionado George dirige a su amada Toni condensan, en su sencillez, el espíritu de la película y el mensaje que Fred Zinnemann deseaba enviar al público: Por mucho que el mundo se porte cruelmente con los seres humanos, hay en ellos una dignidad innata que se manifestará a la menor oportunidad. Ahí está la esperanza de la raza humana. Debemos tener fe en ella. Es la única razón que dará valor a nuestra vida.

La execrable censura, que aún en nuestros días ciertos roznos con mando en plaza aspiran a resucitar, impidió que los españoles contemporáneos de Zinnemann pudieran disfrutar de esta obra maestra. Es hora pues de recuperar este gran clásico de Hollywood, que nos alerta de lo que ocurre en una sociedad en la que se implanta el pensamiento único, donde se fomenta la delación y se incita a los ciudadanos a espiarse unos a otros. Evitemos por tanto caer en la misma telaraña que atrapó a la mayoría de los germanos de aquel tiempo. Después de todo, se empieza delatando al vecino por encender un cigarrillo en un bar, y se termina chivándose de él a quien corresponda por atreverse a expresar en voz alta una opinión contraria a lo políticamente correcto. Así empiezan muchas dictaduras. Aprendamos pues la sencilla pero grandiosa lección que nos ofrece esta magnífica cinta.

© Antonio Quintana Carrandi, (1.514 palabras) Créditos