ESA LACRA DEL CINE SUBVENCIONADO
por Antonio Quintana Carrandi

Salvo en ocasiones muy puntuales y cada vez más raras, el cine español no vende una entrada. Esta verdad incuestionable, que los aficionados conocen desde hace décadas, acaba de confirmarse de nuevo, para disgusto de los peliculeros subvencionados y también de los cuatro despistados que, ya sea por afinidades políticas, por esnobismo o por ignorancia, siguen empeñados en defender lo indefendible. El cine patrio lleva más de veinte años en fase terminal. Cada día que pasa se asemeja más a uno de esos pobres desdichados a los que se mantiene con vida de forma artificial, enganchados a una máquina. Eso que algunos llaman con absurdo orgullo nuestro cine ha estado demasiado tiempo conectado a la maquinaria de las subvenciones, y creo que ha llegado el momento de desconectarle la respiración asistida y permitirle que muera en paz de una vez; desenlace que, por otra parte, acogeríamos con regocijo los cinéfilos que llevamos años clamando por su desaparición. Porque nadie que se considere amante del Séptimo Arte puede defender este cine parasitario, ruinoso, sectario, tutelado por el Estado e impopular que se hace hoy en España. El cine hecho en casa jamás gozó del aprecio del público, que siempre se ha decantado por las producciones americanas por razones tan obvias que ni siquiera hace falta recordarlas aquí. Lo peor es que la mayoría de las cintas nacionales estrenadas apenas cubrieron gastos, dejando un margen de beneficios ridículo. El desplome del chiringuito peliculero español es tan evidente que, de no ser por el balón de oxígeno del dinero público que recibe a paletadas, habría dejado de existir hace tiempo. Si no ha ocurrido así es porque a cierta gente parece convenirle tener contentos a los titiriteros del celuloide; lo cual resulta hasta cierto punto lógico, ya que al fin y al cabo, éstos han sido siempre los mejores propagandistas de la corrección política. Quizá por eso, en plena crisis galopante, con miles de familias comiendo de la caridad y una economía que hace aguas por todas partes, el Ministerio de Cultura, que con tanto acierto dirige la señora Sinde, acaba de entregar al club de los pegatineros de ocasión la nada desdeñable suma de sesenta millones de euros. Pásenlo a pesetitas de las de toda la vida, y verán ustedes cuánto nos cuenta mantener a tan improductiva y demagógica trouppe. ¿Para esto recortamos los sueldos de los funcionarios y congelamos pensiones? ¿Para malgastar parte del dinero así ahorrado en financiar películas que nadie se molestará en ver?

Si los integrantes de la casta peliculera produjeran cintas de calidad media, que rentabilizaran aceptablemente el dinero invertido en ellas, se les podría perdonar su prepotencia y partidismo, y puede que hasta su chulería. Por desgracia, el nivel medio del cine patrio es subterráneo, y salvo en contadas excepciones —LOS OTROS y ÁGORA, ambas de Amenábar, por ejemplo— el espectador pasa olímpicamente de películas españolas. El gran problema del cine español no es, como se obcecan en afirmar sus escasos defensores, la fagocitadora colonización cinematográfica yanqui, si no su manifiesta incapacidad para atraerse al gran público. Amamantados durante décadas por las nutritivas ubres del Estado, los profesionales de nuestro cine han vivido al margen de la taquilla, y por tanto también de la realidad, por lo que ya va siendo hora de que acepten ésta como es, y se avengan a escoger una de las dos únicas salidas que les quedan: hacer un cine comercial al gusto de la mayoría de los espectadores, o cerrar el chiringo y dedicarse a otra cosa. Al español medio se la traen al pairo las neuras del directorzuelo de moda, le repelen las astracanadas de mal gusto y huye de las tan abundantes como execrables cintas dedicadas a eso que ahora llaman recuperar la Memoria Histórica, y que no es más que un intento de exaltar el rencor entre españoles para ofrecer réditos políticos a quienes reparten las subvenciones. La gente acude al cine en busca de evasión y entretenimiento, y acostumbrada a los estándares de calidad que ofrece el cine de Hollywood, rechaza sin contemplaciones el nacional, en el que no encuentra nada que le llame. Esto es así y no hay vuelta de hoja, por más que los intelectualillos de turno se empeñen en matizarlo con argumentos sin base sólida. El español aficionado al cine está harto de manchegadas insufribles y comedias soeces, y no quiere ver ni en pintura los productos de la delicada inspiración de los culturetas de turno. Es tiempo por tanto, como decía unas líneas más arriba, de que los cineastas patrios cambien de tercio o desaparezcan para siempre. Tal como está el panorama cultural español, abrigo el convencimiento de que ésta última opción —su desaparición— sería la mejor.

El cine en España ha estado siempre supeditado, de un modo u otro, al poder político. Si durante la dictadura fue empleado para adoctrinar a las masas en los valores del Nacionalcatolcismo y en el conformismo social, hoy no es más que un comisariado de propaganda izquierdista. Para un cinéfilo como quien suscribe, ambas concepciones del cine son abyectas por definición, pues resultan igualmente alienantes. Sin embargo, en el primer caso estamos hablando de una dictadura, contra la que era muy difícil, por no decir imposible, revelarse. Por el contrario, en democracia no puede justificarse, de ninguna manera, que un medio de entretenimiento de masas esté controlado por los políticos, como precisamente está sucediendo ahora. Los sátrapas de la política se han ganado, a base de talonario, el apoyo de los del cine, y éstos, por su parte, han encontrado una bicoca que les permite vivir opíparamente, con independencia de que sus films produzcan o no beneficios. En tal situación de cosas, los creadores de nuestro cine pueden permitirse el lujo de plasmar en celuloide sus más retorcidas y aberrantes obsesiones, con descaro y despreocupación absolutos, pues en realidad no viven del producto de su trabajo, como la mayor parte de los ciudadanos, sino de las generosas ayudas estatales. A cambio de éstas, los profesionales del cine ibérico sólo han de estar dispuestos a participar en cuantos actos de apoyo a los mandarines progresistas se organicen. Unos y otros—politicastros y peliculeros— se benefician de tales prácticas, mientras que los grandes perjudicados son el cine como arte y el pueblo español en su conjunto, que ha de contribuir con sus impuestos al sostenimiento de una producción cinematográfica deleznable. En 2008, cuando ya se vislumbraba la crisis en lontananza —aunque muchos sinvergüenzas lo negaban machaconamente — el cine patrio recibió ochenta y cinco millones de euros en subvenciones. Ese mismo año, los ingresos en taquilla de las películas españolas ni siquiera alcanzaron los ochenta millones. El año pasado fue todavía peor, pues entre enero y septiembre se estrenaron nada menos que sesenta y nueve films españoles, con una recaudación inferior a treinta millones de euros. Concluido ese año 2010, resulta que llegaron a las salas comerciales 135 cintas nacionales, con unos beneficios totales en taquilla de unos sesenta y cinco millones de euros, un desastre se mire como se mire. Las cifras, como puede verse, cantan por sí solas.

Puede que subvencionar a los peliculeros resulte muy rentable para determinados políticos, pero es un lastre para el erario público, cuyas arcas ya no dan más de sí, esquilmadas como están por tanto irresponsable y aprovechado con mando en plaza. Seguir financiando los indigestos bodrios en celuloide de esa gente me parece aberrante. Además, retirándoles las ayuditas estatales nos ahorraríamos una fortuna, que podría emplearse en atender necesidades más básicas de la sociedad española, como la Sanidad o la atención a los desempleados. Por otro lado, quitarles la sopa boba a los cineastas patrios podría resultar, a la larga, beneficioso para el cine español. Sin la cobertura económica del Estado, es posible que algunos realizadores y productores reaccionaran de forma positiva, comenzando a producir films de género, comerciales y al gusto del grueso de los espectadores, con lo cual todos saldríamos ganando. En todo caso, los que perderían serían los peliculeros de pegatina, conciencia políticamente correcta y algarada espontánea, a los que se les acabaría el chollo de vivir a costa de los demás, sin dar palo al agua.

Por los argumentos expuestos en los párrafos anteriores, el cinéfilo firmante de este artículo aboga por la supresión inmediata de las subvenciones al cine español, una medida de higienización cultural que sin duda sería muy bien acogida por todos los que aman el Séptimo Arte.

© Antonio Quintana Carrandi, (1.407 palabras) Créditos