PINGANILLOS Y PRINGADILLOS
por Antonio Quintana Carrandi

Antes de entrar en materia, vaya por delante que a mi el tema de las lenguas cooficiales ni me va ni me viene. Soy español y en éste idioma me expreso. Soy también asturiano, pero ni sé ni tengo intención de aprender bable, o asturianu, como le llaman ahora al dialecto regional de mi tierra. Hablo el idioma más rico del orbe, una lengua en la que se entienden cuatrocientos millones de personas, y modestia aparte, creo que no lo domino mal del todo, tanto en su forma oral como en la escrita. No obstante, respeto las opiniones y creencias de los demás, y puesto que en muchas regiones españolas existen lenguas autóctonas, y tenemos una legislación al respecto, considero normal hasta cierto punto que dichas lenguas sean empleadas por sus habitantes junto con la oficial del Estado, el español. Así mismo, me parece lógico que se haga lo posible por conservarlas, por evitar su desaparición, pues, en definitiva, las lenguas locales son una parte importante de la identidad regional, de su acervo cultural.

Sin embargo, lo que se sale del terreno de la normalidad y entra de lleno en el del disparate, es esa obsesión por imponérselas al personal como sea, recurriendo a todas las artimañas, trampas y triquiñuelas posibles. Obsesión que va siempre acompañada por una injustificada, cerril inquina hacia nuestro idioma común, que es también el de millones de personas en docenas de países. Mas no debemos caer en el gravísimo error de culpar de esto a los habitantes de esas regiones, pues me consta que la gran mayoría de ellos nada tienen contra el español. Los verdaderos artífices de esas patéticas campañas contra nuestra lengua común son, para no variar, los políticos de toda laya y condición, empeñados en una lucha constante por aferrarse al poder como sea, objetivo que justifica, a su parecer, cualquier cosa. Como, por ejemplo, esta soterrada campaña de división y enfrentamiento entre las distintas regiones de España, emprendida tiempo ha por los reyezuelos de Taifas autonómicos, una de cuyas estrategias más deplorables es la de magnificar aquello que las separa, caso de las lenguas autóctonas, en lugar de fomentar lo que las une. Esta siniestra política del divide y vencerás está dando jugosos frutos a sus promotores, los integrantes de la casta politiquera, que son, al fin y a la postre, los únicos que obtienen beneficio real de todo el tinglado. Porque no nos engañemos; a esa gente, las identidades regionales y la defensa de las lenguas autóctonas sólo les interesan en la medida en que les sirvan para manipular a sus pueblos y alcanzar sus fines, que no son otros que los de seguir viviendo del cuento político, disfrutando de los extraordinarios privilegios y prebendas que éste conlleva.

Muchas y variadas han sido las astracanadas protagonizadas por estos personajillos de comedia bufa. Una de las más esperpénticas, que habría hecho las delicias de Valle Inclán, fue la de aquel iluminado que pretendía traducir al gallego las inscripciones de las lápidas de los cementerios, obligar a las fábricas de juguetes a producir muñecas que hablaran y cantarán en la lengua regional, y otras perlas semejantes. En mi tierra, sin ir más lejos, los voceros de cierta formación política, absolutamente minoritaria, que presume de progresista aunque la mentalidad de sus líderes y afiliados sigue estancada en el estalinismo más execrable y reaccionario, llegaron a proponer que en la Caja de Ahorros, y en los Ayuntamientos y oficinas de la administración regional, se atendiera a los ciudadanos n´asturianu. Para estos caballeretes —y caballeretas, no se nos enojen las adoradoras del Ministerio de la Igual-da—, la falta de expectativas de futuro, que obligó a los jóvenes licenciados universitarios asturianos a emigrar a otras regiones e incluso al extranjero, carecía de importancia. Lo importante era presumir de asturianía —así lo llaman— reclamando el uso de la lengua autóctona en todos los ámbitos de la vida ciudadana. Ni siquiera hoy, mientras el paro se ceba en la población en edad de trabajar, se cierran empresas a diario y el futuro se presenta cada vez más negro, estos adalides del aldeanismo más cutre cejan en sus pretensiones bablistas. Debe de ser porque muchos de ellos viven de la política o de alguna subvención relacionada con la lengua regional.

Los excesos regionalistas en materia de lenguas cooficiales han provocado, en nuestro pasado reciente, espectáculos lamentables; pero ninguno del calibre del escenificado recientemente en la llamada Cámara Alta, esto es, el Senado. En las sesiones de dicha institución han empezado a emplearse, por vez primera y a bombo y platillo, como si se tratase de un gran logro social, las lenguas autóctonas de cada región. Esto obliga, como es natural, a recurrir a los servicios de traductores para que sus Señorías puedan entenderse entre sí. El resultado final de tal ocurrencia es que, además de pagar los sueldos estratosféricos de los senadores, los ciudadanos hemos de abonar, a partir de ahora, los salarios de la legión de intérpretes de catalán, gallego, euskera… y de la jabla de Villaberzas del Socaire, si llegara el caso. Esto indigna pero no sorprende. Después de todo, vivimos en España, el único país de Europa donde prospera cualquier chorrada, a condición de que haya al menos un político analfabeto dispuesto a defenderla y media docena de palurdos que le jaleen. Lo que resulta más indignante no es la payasada en sí —hace tiempo que estamos anestesiados contra las brillantes ideas de ciertos representantes públicos— si no el coste económico de la misma. A partir de ahora, cada sesión de esta cámara le costará al erario público, es decir, a nuestros bolsillos, la friolera de doce mil euros, dos millones de pesetas de las de toda la vida; unos trescientos cincuenta mil mortadelos anuales. Y eso sin contar los tres mil cuatrocientos euros que han costado los auriculares — pinganillos les llaman ahora— para que esas damas y esos caballeros puedan fardar a gusto, dándose un aire así como de embajadores en la sede de la ONU. Mientras se congelan pensiones, se recorta el sueldo de los funcionarios, se suprimen por falta de presupuesto ciertos servicios sociales, se deja a cientos de miles de parados sin ninguna cobertura, se predica la austeridad y se pide a los españoles que arrimen el hombro para coadyuvar a salir de la crisis, se derrochan fondos públicos financiando esta insensatez. Hemos de gastarnos un pastón en traductores para satisfacer los egos de unos individuos —e individuas, seamos paritarios — que tienen el infantil capricho de expresarse, en una cámara nacional como es la del Senado, en la lengua, dialecto o jerga del terruño en el que medran políticamente. Eso sí, una vez concluidas las sesiones, sus Señorías cambiarán impresiones por los pasillos, o en la cafetería del Senado —supongo que la tendrá, ¿no? — en español. De traca, vamos.

Esta cantinflada de los pinganillos, escenificada con tan irresponsable desparpajo en plena crisis galopante, mientras miles de familias hacen cola ante los comedores sociales, retrata a la perfección a los integrantes de una casta, la política, que representa, a día de hoy, el mayor problema que tiene España. Una casta que puede permitirse fantochadas como ésta de los pinganillos, gracias a los pringadillos que corremos con todos sus gastos.

Que paren España que me quiero apear.

© Antonio Quintana Carrandi, (1.215 palabras) Créditos