
No hace mucho lamentaba yo, desde esta misma web, la horrible mutilación perpetrada por la execrable censura franquista en una obra capital del cine como es EL PUENTE DE WATERLOO, del maestro Mervyn LeRoy. Concluía aquel artículo deseando que nunca más volviéramos a ser pasto de los censores, que jamás de los jamases tuviésemos que soportar de nuevo que alguien decidiera, con arreglo a sus peculiares principios ideológicos, religiosos, morales o sociales, qué podíamos creer, ver, leer, escribir, decir o pensar. Hoy, 17 de enero de 2011, tras un repaso a las noticias del día en Internet, he descubierto que ese deseo parece tener pocas posibilidades de hacerse realidad, pues el gobierno de esta desnortada España acaba de anunciar, a bombo y platillo, la creación de un Organismo Censor. La oscura silueta de la siniestra ave represora aletea otra vez sobre nuestras cabezas, como en los peores tiempos de nuestra historia reciente.
La excusa oficial para recuperar tan odiosa institución no es otra que la de hacer frente a la banalización del espacio publico televisivo, en el que, siempre a juicio de los impulsores de la idea, se presentan determinados personajes de escaso mérito como modelos sociales. Dicho así, podría pensarse que se refieren a la Telebasura que desde hace dos décadas infesta los espacios televisivos, contribuyendo a degradar más si cabe a una sociedad, la española, que aunque duela admitirlo, siempre se ha caracterizado por ser una de las más entontecidas y acríticas de Occidente. Pero esto, como he dicho antes, no es más que una excusa. Lo que de verdad preocupa a nuestros ínclitos gobernantes es el supuesto clima de crispación que, al parecer y siempre según sus particulares criterios, emana de algunas televisiones. La expresión clima de crispación lo dice todo, y revela por dónde van los tiros, hacia dónde apuntarán sus lápices rojos estos nuevos censores laicos, herederos directos de las ominosas prácticas de Torquemada y compañía. Este flamante Laico Oficio se ocupará, por lo visto, de vigilar que las televisiones españolas no emitan programas con, y cito textualmente, contenidos que incorporen valores devaluados de convivencia y climas de crispación y enfrentamiento. Asimismo, los promotores de la recuperación de la censura gubernamental apuestan por una mayor calidad en los contenidos de las cadenas de televisión; es decir, por convertir todas las televisiones, incluso las privadas si ello fuera posible, en clónicas de las cadenas autonómicas, tan políticamente correctas ellas, con profusión de propaganda afín al que tenga la sartén por el mango, saturadas de folclore barato y carentes, además, de programas que aborden, con rigor y profundidad, los gravísimos problemas que se abaten hoy sobre nosotros, y en los que todos los ciudadanos puedan expresar con libertad su parecer.
Que un gobierno aspire, en plena democracia, a reinstaurar un sistema de censura, demuestra el grado de desesperación de unos gobernantes sitiados como Custer en Little Big Horn, a los que se les han escapado de las manos las riendas de la situación (si es que alguna vez llegaron a llevarlas) incapaces de pensar en otra cosa que no sea sus intereses de partido, y dispuestos a apurar hasta las heces el cáliz de una legislatura, la del pleno paro, que debería haber dado paso ya a elecciones anticipadas, dado lo ominoso de la situación.
Sólo se llega a conocer realmente a una persona en los momentos críticos, cuando las cosas parecen irse al garete y los problemas se abaten sobre ella como una maldición bíblica. Es entonces cuando se revela la verdadera naturaleza de su espíritu, cuando podemos saber si estamos ante un hombre de temple o un pusilánime. Esta regla puede aplicarse no sólo a un individuo concreto, sino también a una colectividad, pueblo o gobierno. Es fácil mantener la ecuanimidad mientras van bien las cosas. Pero cuando éstas se tuercen, cuando empiezan a ir mal de verdad, cuando todo aquello que defendimos se tambalea, la auténtica naturaleza de cada cual emerge a la superficie y se revela ante los demás, en toda su grandeza… o en toda su miseria. Y esto último es lo que les ha ocurrido a nuestros actuales gobernantes.
De nada han servido sus sonrisitas Profidén, sus mensajes de confianza, su buenismo enfermizo y su optimismo demagógico. La triste realidad les ha dado un papirotazo en las narices, y al sentir que la base del Poder, sobre la que tan firmemente se creían asentados, se tambalea bajo sus pies, han reaccionado de la única forma que conocen: iniciando una desesperada huida hacia delante, negándose a reconocer sus propios fracasos y achacando éstos a los demás. Y dispuestos a permanecer al mando hasta el último segundo de la legislatura, aunque eso signifique hundir más aún a sus gobernados en la pobreza y la desilusión, echan mano de cuanto tienen a su alcance para mantenerse a flote hasta el último instante. La autocrítica, el acto de contrición, no ha sido nunca el fuerte de los políticos españoles. Es más cómodo echar las culpas de nuestros fracasos a los otros, y así, los culpables de la tensión social que vive España hoy no son las terribles circunstancias por las que atraviesa la nación —paro masivo, corrupción generalizada, falta de expectativas de futuro, ineptitud gubernamental— si no los medios de comunicación que crispan; es decir, aquellos que informan puntualmente al ciudadano, los que no están dispuestos a corear los cantos de sirena con los que se pretende embrujar al personal para que siga tragando lo intragable. Se impone por tanto hacer frente a esos medios, pero dado que la credibilidad del Ejecutivo está en sus horas más bajas, el único recurso que les queda a quienes aún detentan el poder es la censura. De ahí la pretensión de crear, a estas alturas, un ejército de torquemadas dispuestos a velar por la concordia social y la corrección política con el mismo celo con que, en tiempos pasados, otros de similar catadura velaron por la moral de nuestros antecesores… mientras descuidaban negligentemente la suya propia.
Estoy seguro de que muchos lectores calificarán mi artículo de reaccionario, y están en su derecho de hacerlo, si eso es lo que piensan realmente. Esa es la grandeza de la libertad de expresión. Mas quiero aclarar, para que nadie se llame a engaño, que mi frontal oposición a este organismo censor que pretende crear el gobierno obedece sólo a mi profundo desprecio por la censura, venga ésta de donde venga, la ejerza quien la ejerza y con las justificaciones que sean. La censura, como la corrupción y tantas otras lacras, es mala por definición, no porque la aplique un gobierno de una ideología determinada. Si mañana un gobierno conservador, o de cualquier otra orientación ideológica, pretendiese crear una oficina de censura semejante a la que nos ocupa, alzaría mi voz en su contra con idéntica determinación. La libertad de expresión es uno de los Derechos Humanos más fundamentales, y cuanto se haga para garantizarla valdrá la pena. El hecho de que un gobierno de una nación supuestamente democrática aspire a censurar a quienes no comparten sus puntos de vista, demuestra por enésima vez lo endeble de los valores democráticos de la patética clase política española. Defendamos pues nuestros derechos ciudadanos, y opongámonos con firmeza a cualquier intento de coartar nuestra libertad de expresión. Porque es mucho lo que nos jugamos en este envite.