LA MUTILACIÓN DE UNA OBRA MAESTRA
por Antonio Quintana Carrandi
EL PUENTE DE WATERLOO
EL PUENTE DE WATERLOO

Hace algún tiempo publiqué en el Sitio un trabajo sobre EL PUENTE DE WATERLOO, fabuloso melodrama bélico de Mervyn Leroy y uno de los títulos señeros del cine clásico. Lo delicado del trasfondo de la historia que narra el film me hizo suponer que, antes de su estreno en salas comerciales españolas, habría sido sometido, como tantas otras cintas, al escrutinio feroz de la censura de la época, y así lo hice constar en el ensayo antes citado. Pero lo que no podía sospechar, ni en mis peores pesadillas de cinéfilo irreductible, era que esta obra magistral e imperecedera del arte cinematográfico hubiera sido tan atrozmente mutilada por los herederos de la más negra tradición inquisitorial española: los censores franquistas.

La cinta que reseñé en esta web fue la que se estrenó en España allá por los años cuarenta del siglo pasado, posteriormente emitida por TVE en varias ocasiones, una de ellas en el programa de José Luis Garci ¡Qué grande es el cine! La duración de esta copia es de noventa minutos, aproximadamente y, como he dicho, se aprecian en ella varias transiciones forzadas, que evidencian los tajos de las tijeras del censor. A pesar de ello, la película no parecía resentirse demasiado de los cortes perpetrados por los inquisidores. Mas ésta, ahora lo sé, era una impresión errónea. No hace mucho, mi estimada amiga Montse me prestó una copia remasterizada en DVD de este film, y gracias a ella he podido confirmar que EL PUENTE DE WATERLOO fue, sin lugar a dudas, una de las películas con las que más se ensañaron aquellos monstruos que ejercían de defensores de la moral pública en los oscuros años del Nacionalcatolicismo. Como cinéfilo, me resulta casi imposible expresar con palabras la ira, la indignación y la vergüenza ajena que se adueñó de mí al comprobar cómo había sido destrozada esta obra maestra. Nunca he tenido buena opinión de los censores, pero, después de ver lo que hicieron con este film, mi desprecio hacia ellos, y hacia quienes les pusieron las tijeras en las manos y les dieron carta blanca para exteriorizar su vesania moralista, no ha dejado de aumentar. Porque EL PUENTE DE WATERLOO fue destripada con la misma brutalidad con la que el mítico Jack evisceraba a sus víctimas en el Londres de 1888.

¿Quién fue el perpetrador de tal canallada, de semejante crimen contra la cultura? ¿Uno de aquellos curitas que al amanecer bendecían pelotones de ejecución, para luego predicar el amaos los unos a los otros desde el púlpito? ¿Tal vez uno de aquellos siniestros meapilas de traje cruzado, gafitas de concha, pelo engominado, misa diaria y esporádica escapadita al barrio chino para echar una cana al aire, uno de esos que tenían la Santa en casa y la querida fuera? No lo sé, y a estas alturas poco importa ya quién o qué fuera el interfecto. Lo único que importa es que, a pesar de la nequicia de los curas fundamentalistas, los funcionarios tarados y otros defensores de la hipócrita moralidad española de la época, hoy podemos disfrutar de la obra íntegra de Mervyn Leroy.

Posiblemente algún lector estará pensando que no hay para tanto, pero lo cierto es que hay para más, para muchísimo más. Los cortes sufridos por EL PUENTE DE WATERLOO fueron tan importantes, que a uno le da por pensar que habría sido mejor que la prohibieran, en vez de estrenarla tal y como la dejó el belitre del censor de turno. No sólo se alteraron los diálogos, adaptándolos a la pacata corrección política del momento, sino que se suprimieron más de quince minutos de metraje, escamoteándonos secuencias vitales para una correcta comprensión del relato. Veamos ahora cuáles fueron los puntos concretos que atrajeron la atención de los ruines y estultos censores.

Al comienzo del film, cuando Myra y Roy se conocen durante un bombardeo, el joven oficial, prendado de la bailarina, deja plantado a su coronel, con quien tenía que cenar, para ver el ballet en el que actúa la muchacha. La siguiente secuencia, eliminada por la censura, nos muestra a las componentes del ballet inmediatamente después de la representación. Esta es la escena en la que se presenta el personaje de madame Olga Kirowa, despótica anciana—muy en la línea de una matrona de la Sección Femenina — que trata a sus empleadas con dureza y desdén, y que incluso se inmiscuye en sus vidas privadas. Es una mujer tan despreciable que crítica mordazmente el trabajo de las chicas, sin considerar que la representación ha sido un éxito, a juzgar por los aplausos del respetable. Mientras la arpía se ensaña con las bailarinas, Kitty trata de pasarle a Myra, disimuladamente, una nota que Roy le ha enviado. Kirowa advierte la maniobra y exige a Kitty que le entregue la nota, obligando luego a Myra a leerla en voz alta. La secuencia, como digo, fue cortada, y en la copia estrenada en cines sólo se exhibió la parte final de la misma, aquella en la que madame le pide la nota a Kitty. ¿Por qué se cortó más de la mitad de esta escena? Seguramente porque, con arreglo a la trasnochada moral nacionalcatólica de entonces, estaba muy mal visto que una muchacha hiciera de correo entre una pareja de enamorados. La secuencia se consideraría inadecuada para las jóvenes españolas y, por tanto, se eliminó.

A partir de ahí, la cinta transcurre tal y como la conocíamos, hasta que llegamos a uno de los momentos clave de la historia: aquel en que Myra se inicia en la prostitución. Recapitulemos un poco: Roy se encuentra en el frente, mientras que Myra y Kitty, que han sido despedidas del ballet por la siniestra Kirowa, pasan verdaderos apuros, ya que ninguna de las dos encuentra trabajo. Myra recibe una carta de Roy, en la que éste le avisa de la llegada a Londres de su madre, que desea conocer a la prometida de su hijo. En el salón de té, mientras espera a lady Margaret, Myra hojea distraídamente el periódico, descubriendo que el capitán Roy Cronin figura en la lista de muertos en combate. Tras la tensa entrevista con lady Margaret, que ignora aún lo que le ha ocurrido a su hijo, Myra se desmaya. Hay un fundido en negro y vemos un plano de Kitty regresando a casa, vestida de forma inequívoca y muy maquillada. Esta es la primera pista que recibe el espectador sobre la ocupación de la rubia ex danzarina, impresión recalcada por la suspicaz mirada que le dirige un Bobby, y por la forma en que la muchacha se apresura a limpiarse el exceso de carmín antes de entrar en el edificio. Kitty cree que Myra está en casa, pero no es así, ya que su amiga y compañera de pensión ha salido y llega poco después de que lo hiciera ella. Ya en el cuarto que comparten, Myra le confiesa a Kitty que ha ido al teatro en el que supuestamente trabaja ésta, sorprendiéndose porque ella no estaba allí. La secuencia que sigue es dura, tensa, real como la vida misma. Myra sabe que su amiga no tiene ningún trabajo, y quiere saber de qué han estado viviendo durante esos meses, de dónde ha salido el dinero para pagar el alquiler y la comida. Kitty le pregunta, a su vez, de dónde cree ella que ha salido ese dinero, y la comprensión se abre paso en la mente de la dulce Myra. Lo que sigue es una emotiva y descarnada confesión de Kitty, que admite haberse prostituido porque no tenía otra opción, salvo la de morirse de hambre. Myra, conmovida por lo que se ha visto obligada a hacer su amiga para que no les faltara el sustento y un techo sobre sus cabezas, siente que está en deuda con ella y la abraza tiernamente. Más tarde, incapaz de conciliar el sueño, sale a dar un paseo. Mientras contempla las aguas del Tamesis desde el puente, una voz masculina la saluda. El espectador no ve en ningún momento el rostro del hombre que se ha acercado a ella, sólo escucha sus palabras, y comprende lo que busca exactamente ese individuo. Myra acaba marchándose con él, impelida por la necesidad. Ese hombre será su primer cliente, al que seguirán otros muchos. Viene seguidamente una escena de transición, en la que vemos el puente que da título al film bajo la lluvia y la nieve, simbolizando el paso inexorable del tiempo, y aparece de nuevo en pantalla Myra Lester, que conversa un rato con otra mujer de aspecto un tanto ajado. El breve intercambio de frases es altamente revelador, y luego nuestra protagonista se dirige a la estación de Waterloo, donde espera encontrar algún cliente entre los soldados que vuelven a casa. En la estación intercambia impresiones con una colega y, tras acicalarse con gesto muy estudiado, se sitúa frente al tren que acaba de detenerse en el andén y sonríe provocativamente a los soldados. Incluso le pregunta a uno de ellos si quiere compañía. El soldado la rechaza y, de pronto, parece como si la falsa Myra, sonriente y supuestamente casquivana, se esfumara, porque el rostro de la muchacha se nubla y su mirada se abate. Y entonces, justo en ese momento, reconoce a Roy entre los militares que descienden del tren.

La mayor parte de lo descrito en el párrafo anterior fue cercenado por la censura. La espléndida y tensa secuencia entre Kitty y Myra fue reducida a su mínima expresión. Lógico; a los privilegiados meapilas del régimen, que vivían opíparamente mientras la mayoría de los españoles apenas tenían algo que llevarse a la boca, debió de antojárseles escandaloso que una mujer declarase en una película que era mejor prostituirse y vivir que seguir siendo honrada y perecer de inanición. Además, en la misma secuencia, Kitty hace un sarcástico comentario sobre los moralistas que definen la prostitución como el camino más fácil, reconoce que no sabe a quién se le ocurrió semejante imbecilidad y deja claro que no pudo ocurrírsele, de ninguna manera, a una mujer. Demasiado para los fanáticos de la moralina, así que ¡chas, chas! La escena del puente, en la que la dulce Myra cae en la prostitución, se quedó en una imagen de siete segundos, en la que se ve a la muchacha observando el río pensativamente; y tras otro corte feroz, la cinta pasó de este cuadro al plano del rostro de Myra en la estación, con la faz transida de dolor y la expresión vacía, justo un segundo antes de reconocer a Roy entre los recién llegados. Como puede verse, todo el tramo central de la película, en el que se concentra buena parte del interés del relato, cayó bajo los tijeretazos de algún beato descerebrado, con el consiguiente perjuicio para la comprensión del relato por parte del espectador.

Pero no acabaron aquí los desmanes cometidos por la censura con este largometraje. Tras el reencuentro de los enamorados, venía otra toma importante que también fue salvajemente cortada. Me refiero a aquella en la que Myra comunica a su amiga que Roy está vivo y desea casarse con ella. Myra piensa que esta es su oportunidad para vivir, que Dios se ha apiadado de ella y que le ofrece una salida; Kitty, mucho más realista, no lo ve claro, pero, a pesar de todo, anima a su amiga a seguir adelante. La conversación entre las dos mujeres era tan sincera, tan llana y honesta, que debió de provocarles un sarpullido a los santurrones de los censores, porque no dejaron ni rastro de ella. En la copia autorizada para exhibición pública, cuando Myra dice que Roy vive y quiere casarse con ella, Kitty, tras el primer gesto de sorpresa, se limita a replicar que eso sólo pasa en las novelas.

Y llegamos al clímax de la cinta, con el que también se ensañó a conciencia el ganado censor. Una entrevista con el amable tío de Roy, sumada a la cariñosa bienvenida que le ofrece lady Margaret, hacen recapacitar a Myra, que teme que si se casa con el joven aristócrata, su turbio pasado salga a la luz y perjudique a la familia de éste. Así pues, la muchacha decide abandonar a Roy, pero antes se lo confiesa todo a lady Margaret, rogándole que no le diga nada a él, pues no podría soportar causarle semejante dolor. El diálogo que sostienen ambas mujeres en la versión original es tan clarificador, que seguramente el censor, después de concluir su trabajo, acudiría corriendo a su párroco para confesar que había escuchado tan pecaminosas frases. O quizá no… Ya se sabe que quienes se obsesionan con vigilar la moral ajena, apenas se ocupan de la suya propia. Bueno, a lo que íbamos; el caso es que, aparte de cortar varias frases de esta escena, se alteró el sentido de la misma mediante el doblaje, dando a entender que Myra había trabajado en ciertos espectáculos picantes, por así decirlo.

Myra se marcha y Roy corre en su busca. Llega a la pensión donde vive Kitty … y otra vez aparece la ominosa sombra del censor y refulge con plateados destellos el siniestro acero de su tijera. Roy ha sido consciente desde un principio de que Myra le oculta algo, pero como la ama, en vez de presionarla espera que ella se sincere con él más adelante, cuando se sienta más segura y tranquila. Sin embargo, ahora que la situación parece habérsele ido de las manos, exige una explicación a Kitty. Quiere saber qué es lo que Myra no se atrevió a contarle. Kitty le pregunta si tiene valor para afrontarlo, si seguirá queriéndola igual cuando sepa toda la verdad. Roy se reafirma en sus sentimientos hacia Myra; la quiere más que a su vida y sólo desea estar con ella. Así pues, ambos salen en busca de la muchacha, recorriendo juntos las tabernas y otros tugurios que nuestra protagonista solía frecuentar cuando ejercía de meretriz. Poco a poco, Roy Cronin va comprendiéndolo todo, y no hay que perderse la expresión de su cara cuando Kitty comenta que el único sitio que les queda por comprobar es la estación de Waterloo. El hombre recuerda perfectamente su encuentro con Myra en aquella estación, y ahora entiende lo que ella estaba haciendo allí, pero no le importa; la ama y desea encontrarla. Pero Myra no está en la estación y Kitty, desesperada, empieza a sospechar lo peor, pues su amiga le había confesado que pasase lo que pasara, jamás volvería a prostituirse. Para ella, el reencuentro con Roy, el único hombre al que puede amar, era su última oportunidad de vivir decentemente, y Kitty teme que la muchacha haya podido cometer una locura, temor que es compartido por Roy, en una de las secuencias más impactantes y emotivas de esta cinta magistral. Myra, mientras tanto, se encuentra en su rincón preferido del puente de Waterloo, cuando aparece una ajada prostituta que se sorprende de encontrarla allí, pues la suponía casada con un pez gordo. Las palabras de la amargada buscona no hacen sino reafirmar a la pobre Myra en su terrible decisión de suicidarse, antes que volver a esa vida de indignidad. Y así, acaba arrojándose bajo las ruedas de una de las ambulancias militares que están cruzando el puente en ese momento.

Lo anteriormente narrado es lo que ocurre en la conclusión de la versión completa de la película. En la copia estrenada en cines en los cuarenta se cortaron nueve décimas partes de estas escenas, eliminándose casi toda la conversación entre Roy y Kitty, la secuencia completa de la búsqueda de la muchacha por los tugurios de los bajos fondos, y la escena de Myra y la vieja prostituta en el puente, momentos antes del suicido de la joven.

Mervin Leroy
Mervin Leroy

Comparadas ambas versiones de la película, no puede sino afirmarse que la censura franquista se cebó con este film de un modo atroz, inusitado. Mientras que con otras cintas se limitaron a suprimir pequeños pasajes, considerados indecorosos o políticamente peligrosos para el casto público español, con EL PUENTE DE WATERLOO mostraron una inquina considerable, destrozándola a conciencia de principio a fin. Para un cinéfilo que sólo conozca la versión mutilada, emitida varias veces por televisión, descubrir la obra íntegra de Mervyn Leroy es una agradable sorpresa. Puedo dar fe de ello, pues gracias a mi buena amiga Montse he podido conocer, ¡por fin! esta inmortal película tal y como fue concebida por su director. Siempre le estaré agradecido a mi amiga por esto, y siempre odiaré con toda mi alma a esos miserables que mutilaron tantas obras maestras del cine en aras de ideologías trasnochadas y oscurantismos religiosos, más propios del Medioevo que del siglo XX.

En un principio, barajé la posibilidad de retirar de mi filmoteca la copia cercenada que tengo de este clásico. Pero pronto deseché tal idea, y decidí conservarla, para preservar la evidencia de la vesania censora. Hoy, en democracia, nos parece casi increíble que tales cosas sucedieran en nuestro país, pero así fue. Como cinéfilo, no puedo evitar preguntarme cuántas joyas del Séptimo Arte sucumbirían bajo la furia inquisitorial de aquella colección de tarados, reprimidos sexuales, fanáticos políticos y fundamentalistas católicos que nutrieron las filas de los organismos censores. No tengo respuesta para este interrogante, pero el daño que hicieron al cine como arte, y al público y los cinéfilos españoles, se me antoja brutal e irreparable. No sé quién o quiénes fueron los responsables directos de las mutilaciones perpetradas en EL PUENTE DE WATERLOO, pero lo que sí sé es que, fueran quienes fuesen, mi mayor deseo, como amante del cine y admirador de la obra de Mervyn Leroy, es que sus almas estén pudriéndose en el infierno, y que nunca más estemos a merced de la deleznable censura, venga ésta de donde venga.

© Antonio Quintana Carrandi, (2.964 palabras) Créditos