CREAMOS EN NOSOTROS MISMOS
por Antonio Quintana Carrandi

Desde que se irguió sobre sus extremidades inferiores por vez primera, y el destello de la inteligencia disipó las tinieblas de su cerebro de primate, el hombre sintió la imperiosa necesidad de creer en algo. Miles de años después, en nuestra tecnificada y supuestamente descreída era actual, las cosas no parecen haber cambiado mucho. El ser humano necesita un estímulo para soportar la rutina diaria, una idea, un concepto, una esperanza, por remota que sea, que dé sentido a su vida; un precepto que marque la senda por la que ha de discurrir su existencia y la de los suyos; algo, en definitiva, que le proporcione una cierta sensación de seguridad y le confirme que su paso por el mundo, después de todo, tiene un propósito, aunque éste no parezca estar muy claro.

La humanidad se volcó primero en las religiones, y más tarde en las ideologías políticas, a menudo combinadas con ciertas manifestaciones religiosas. Y cuando éstas entraron en crisis, el hombre buscó casi con desesperación nuevos credos a los que aferrarse, pues es condición inherente a la naturaleza humana —incluso a la de aquellos que afirman no creer en nada— tener algo a lo que asirse y construir su vida en torno a ello. Así, mientras unos creen sólo en lo material y tangible, otros se decantan por principios y valores de diversa índole. Los que rechazan el materialismo puro y duro prefieren creer en la familia, la amistad, el amor, la ecología o la solidaridad con los más desfavorecidos. Pero todos compartimos esa misma necesidad de creer, y es lógico que así sea, pues el pasado nos tienta, el presente nos confunde y el incierto futuro nos aterra, y sólo podemos enfrentarnos a esto con la fe y la esperanza que una creencia, del tipo que sea, nos ofrece.

Nunca antes habían coexistido tantas y tan variadas creencias en el mundo, y es lícito preguntarse cuáles nos hacen mejores y cuáles nos degradan. Posiblemente existan tantas respuestas a este interrogante como habitantes tiene el planeta, ya que sin duda cada persona está convencida de que aquello en lo que cree es lo más auténtico, lo justo y razonable y lo que hace mejores a los seres humanos. La Fe religiosa y los idearios políticos siguen gozando de gran predicamento. Convenientemente remozados con el tenue barniz de la moderación y la tolerancia, continúan siendo, en realidad, tan excluyentes, sectarios y proclives a imponer sus postulados como siempre lo fueron, buscando uniformar conciencias y comportamientos como único medio de suprimir la individualidad y lograr un control absoluto de la masa. El materialismo, estrechamente ligado al individualismo extremo, egoísta, que rinde pleitesía al beneficio personal a cualquier precio, aparece con frecuencia combinado con religión y política, una hibridación peligrosa de resultados siempre imprevisibles. Mas aun cuando las creencias que podríamos denominar tradicionales sigan disfrutando del favor de millones de personas, en los últimos tiempos han encontrado una fuerte competencia en nuevas formas de ver y entender no sólo la vida, sino la misma condición humana. Ante tal panorama, la pregunta ¿en qué podemos creer? adquiere inusitada relevancia.

Y es que responder a este interrogante no es, ciertamente, una cuestión baladí, pues la creencia que profesemos, aquella que aceptemos como la más auténtica y justa, aunque para otros no lo sea, moldeará nuestro carácter e influirá decididamente en nuestras acciones futuras, reflejándose en nuestra forma de interpretar la vida y enfrentarnos a los retos que ésta nos plantea. No es nada fácil, repito, responder a esta cuestión. Mas abrigo el convencimiento de que las creencias que realmente nos mejoran son, sin ningún género de dudas, aquellas centradas en ideas, conceptos y principios humanistas, alejados tanto del egoísmo materialista como del fundamentalismo religioso y la parcelación política de la sociedad, que esclavizan mentes y cuerpos y niegan al hombre el ejercicio de su libre albedrío, y que sólo parecen servir para dividir y enfrentar al género humano, frenando su evolución. Creo que nuestra supervivencia como especie inteligente dependerá en gran manera de nuestra capacidad para inhibirnos de ciertos credos que, con su considerable potencial disgregador, lastran nuestras posibilidades de crear una sociedad más humana. Porque tal vez, después de todo, lo mejor en lo que podemos creer sea en nosotros mismos; en las virtudes inherentes a nuestra condición de seres inteligentes, dotados de raciocinio y capacidad para discernir entre lo que está bien y lo que está mal; en la grandeza, dignidad y fortaleza del espíritu humano, cualidades que, cultivadas con esmero, serán las únicas que podrán abrirnos las puertas hacia un futuro prometedor. Así pues, creamos en nosotros mismos, y habremos recorrido la mitad del camino hacia ese brillante porvenir del que, a pesar de todo, confío seamos merecedores.

© Antonio Quintana Carrandi, (788 palabras) Créditos