CAMBIE DE SEXO A COSTA DEL ERARIO PÚBLICO
por Antonio Quintana Carrandi

Una nación se mantiene fuerte mientras atiende a sus problemas reales, y entra en la decadencia cuando pasa a ocuparse de los accesorios.

Arnold Joseph Toynbee. (1889-1975)
Historiador y filósofo británico.

La cita con la que inicio este artículo define a la perfección el derrotero que ha tomado España bajo la férula de los adalides de la corrección política, que campan a sus anchas en el gobierno central y, sobre todo, en los autonómicos. Mientras la crisis amenaza con dejar a la mayoría de los españoles con una mano delante y otra detrás, aumenta el cierre de empresas y el número de desempleados y se habla constantemente de contener el gasto público, los Reinos de Taifas regionales, y los minúsculos virreinatos locales conocidos como ayuntamientos, siguen despilfarrando fondos en innecesarios e improductivos viajes institucionales, subvenciones dudosas, obras faraónicas de incierta utilidad y otras majaderías por el estilo. La situación financiera de las administraciones públicas, de todas ellas, es desastrosa, pero aún así continúan malgastando nuestro dinero en las más peregrinas ocurrencias.

Hace apenas una semana, salía a la luz una indignante noticia, según la cual la Consejería de Sanidad de cierta autonomía ha costeado en año y medio, y con cargo al erario público, nada menos que 46 intervenciones quirúrgicas de cambio de sexo. Al tiempo que el ciudadano de a pie recibe severas advertencias sobre la necesidad de contener el gasto farmacéutico y la posibilidad de implantación del copago en el Sistema Público Sanitario, algunas autonomías insisten en pagar costosísimas operaciones de vaginoplastia y faloplastia. Semejante astracanada sólo puede obedecer a las ansias de notoriedad de una clase política intencionadamente desnortada, que a falta de nada mejor que ofrecer, busca presentarse ante la sociedad como muy moderna y progresista esgrimiendo, cual patéticos símbolos de su progresismo estulto pero nada barato, medidas como ésta de financiar con dinero público las intervenciones de cambio de sexo a aquellos que quieren ser aquellas y viceversa.

Nada más lejos de mi intención que criticar a los transexuales. Pero en la actual situación de crisis, con un futuro incierto y la Sanidad Pública colapsada, me parece una barbaridad que los servicios de salud de esa autonomía —o de cualquier otra— se dediquen a tales menesteres mientras las listas de espera para intervenciones quirúrgicas más apremiantes no dejan de aumentar. Cuando se sube el IVA, se reducen los sueldos de los funcionarios en un 5%, se especula con la posibilidad de congelar las pensiones y se amenaza con que tendremos que pagar una parte de los gastos que generemos por motivos de salud, no tiene sentido que a la vez se estén costeando con dinero de todos esas sustituciones de chirimbolos por chiribiquis. O chiribiquis por chirimbolos, que tanto da.

Este tipo de intervenciones, muy complejas, tiene un coste muy elevado, entre 20.000 y 60.0000 euros, según sea el caso. Pongamos una media de 30.000 machacantes por intervención, y asombrémonos: los 46 cambios de sexo pagados por la Consejería de Sanidad de la autonomía de marras ascenderían a la nada desdeñable cifra de… ¡540.000 euros! O, lo que es lo mismo, 89.640.000 pesetitas de las de toda la vida, aproximadamente. Es una verdadera lástima que no podamos saber cuántas de esas 46 operaciones correspondieron a vaginoplastias y cuántas a faloplastias y el coste exacto de las mismas. Sin duda, la suma resultante sería muy superior a ese medio millón largo de euros de mis cálculos.

Lo anteriormente expuesto demuestra, por enésima vez, el desmadre imperante en las administraciones regionales. Mientras miles de españoles esperan resignadamente su turno para recibir asistencia sanitaria, los esperpénticos mandarines de cierta comunidad autónoma dilapidan los fondos sanitarios en cosas como éstas. Y luego todavía hay quien se extraña de que el gobierno subvencione con más dinero a los gays y lesbianas de Zimbawe que a la Fundación Miguel Ángel Blanco. Bueno, después de todo, ese señor sólo era un facha. ¡Vivir para ver!

© Antonio Quintana Carrandi, (661 palabras) Créditos