LADY
por Magín Méndez Sanguos

Día 1. Lady. 7:59

Soledad. Ese era su sentimiento preferido. A mucha distancia de otros que también le gustaban, como alegría, diversión, orgullo…. Allí en la Costa Dorada, en las afueras, en aquel gran país, ninguna persona racional se acercaba a la playa hasta por lo menos las once de la mañana. Soledad o compañía, según se mire. Estaban Lady, su querida tabla, las olas, las rocas, las gaviotas, los peces, la arena, el cielo, el sol, para algunos filósofos griegos o para los lamas tibetanos, aquello podría representar una pequeña gran multitud.

Meditaba. Pasaba una media hora estudiando la marea, observando el viento, las crestas de las olas, la espuma, antes siquiera de ponerse el apretado traje negro de neopreno y hundir sus pies en la arena mojada. Era algo caprichosa con los rituales.

Hoy había algo diferente. Se percibía en el ambiente. Aquel cuadro impresionista, que cada mañana procuraba grabar en su cabeza, hoy estaba incompleto. No conocía el porqué. Había algún problema. Se comenzó a sentir inquieta, y ese no era uno de sus sentimientos preferidos, más bien al contrario. Alguna pieza del puzzle no encajaba totalmente en su sitio. Algo la corroía por dentro. Como una pequeña rozadura en el bañador contra su piel, esos días en los que las olas te arrojan a la arena con demasiada frecuencia.

Se obligó a si misma a repetir su análisis. Rápidamente repasó todos los parámetros naturales y mentalmente se hizo una imagen del fondo de la cala. Donde estaban sus rocas, sus arenales, su zona profunda, …no se le ocurría donde demonios podía estar el error.

Pero su impulso fue más fuerte que la razón. Las ganas que tenía de empezar a surcar las olas se convirtieron de pronto en una pulsión tan fuerte que asustaría a los grandes maestros del psicoanálisis.

Comenzó a esparcir las gotitas de su gel protector. Un spray contra las quemaduras que vertía sobre su piel cada día. Se embadurnó lo justo para una larga hora en el agua.

Sacó de la mochila el traje negro y se lo subió por las piernas con una ansiedad mal disimulada. De reojo seguía mirando al horizonte azul y el verdoso mar. Se ajustó bien la prenda y desclavó su tabla de surf de la caliente arena blanca y seca.

Sólo pudo dar dos pasos. De repente se le ocurrió darle un repaso a la tabla, creyó que encerarla un poquito no le vendría mal. Nunca lo hacía antes de surfear, siempre era parte de su rutina al llegar a su cabaña. Pero hoy era distinto, casi le parecía una buena idea. Algo le decía que debía hacerlo, en lo profundo, le traicionaba su subconsciente. Era como si su pequeño ángel de la guarda le susurrase en lo profundo de su consciencia.

No fue suficiente, esta idea paso como un flash de una cámara antigua sin detenerse. Las ganas de meterse en el agua no dejaron salir de esa pequeña cueva el miedo latente que en ese momento. Ahí estaba, sí, era miedo, irracional, sí, pero al fin y al cabo miedo. No le gustaba, pero como todo el mundo, había aprendido a convivir con él.

Todos esos extraños sentimientos se acabaron de repente cuando su cabeza se sumergió en el agua. Sus temores se diluyeron como el azucarillo bien fresco en el café casi hirviendo, al mismo tiempo que bloqueaba sus fosas nasales para bucear raseando la superficie. Pura, limpia, relajante, el agua siempre había tenido ese efecto tranquilizador en ella.

Remó sobre la tabla hasta alcanzar una distancia óptima de la orilla. Pasaron los minutos. Su vista estaba fija en el horizonte, sin mirar nada especial, como catatónica, como de alga verde flotante, esa mirada que a veces tienen las obras de algún escultor mediocre.

Se empezaba a arrepentir de haberse puesto el traje, hacía demasiado calor. Esto no era normal. El termómetro del bar marcaba más de cuarenta y cinco grados día y noche. Los viejos del lugar achacaban el calor a las máquinas industriales que habían traído ese año para asfaltar las carreteras. Los jóvenes del lugar achacaban el calor al cambio climático tan anunciado por toda la comunidad científica.

Un leve ruido ahogado, como un chapoteo, detrás de ella. No era la primera vez que escuchaba algo así, siempre había algún pez juguetón que rozaba la superficie, saltaba o asomaba la cabeza. Aún así fue girando lentamente la tabla moviendo solamente el brazo izquierdo con curiosidad creciente.

Le vino a la cabeza aquella historia que le habían contado el mes pasado. Un surfista que agarró la tabla para ponerse de pie y se encontró con un pulpo asido al cordón de seguridad. El cuento acababa con un pulpo a la brasa esa noche.

Se giró del todo, mirando hacia la orilla, pero allí no había nada. — Demasiado nada—, pensó. Y entonces lo vio más claro.

Eran los animales. No ocupaban su posición natural en el lienzo de cada mañana. Abrió los párpados tanto que los globos oculares se quejaron con un ligero dolor. Su flujo respiratorio empezó a cambiar de marcha, de primera a segunda y de segunda a tercera, sin ni siquiera detenerse a embragar.

Lo que estaba viendo era siniestro y sobre todo, muy, pero que muy raro. Si el gran Alfred Hitchcock levantase la cabeza de su tumba y viese aquel espectáculo lo comprendería de inmediato. Y enseguida se me vino a la cabeza el epitafio que está escrito en su lápida: Esto es lo que le pasa a los chicos malos.

Todos los días se acercaba remando hasta donde las gaviotas descansaban al alba. Les gustaba reposar sobre el mar en la zona donde se levantan las olas, bien resguardadas. Siempre cerca de los cormoranes que pescaban desde las primeras luces del día. Hoy no. El agua yacía desolada, yerma e inmutable.

En la playa se veían dos concentraciones de pájaros. A un lado estaban las gaviotas, en la arena seca, se arremolinaban casi contra los árboles, graznando de vez en cuando y pisándose unas a otras. Volaban fragmentos de hojas secas de palmera cada vez que aleteaban por conseguir una mejor posición en su parapeto. Y al otro lado estaban los cormoranes, subidos a una piedra totalmente rodeada de arena, encaramados señorialmente, pero con las cabezas bajas. E incluso dos rocas más allá, se veían ¡dos focas! Nunca había visto ninguna en aquellas costas.

Lo peor no era eso. Lo peor era que ninguno de aquellos animales, a los que les gustaba el agua tanto o más que a Lady, parecía tener intención de mojar ni una sola de las plumas de su cuerpo.

El cuello de Lady se estiró verticalmente más que el periscopio del Octubre Rojo y tragó la saliva acumulada en su boca sin ningunas ganas.

Otro ruido de agua salpicada a su espalda.

Todos los oscuros temores antaño olvidados trepaban desde el pozo en el que estaban firmemente hundidos. Aquellos pequeños miedos de la niñez, aquella vez que casi se ahoga en una ola de seis metros, aquella primera vez que vio la película de Spielberg cuando tenía seis años, …, no había tiempo para más divagaciones, atacó el agua con sus brazos potentes y bien entrenados. Un único pensamiento: la orilla. A cada brazada levantaba demasiada agua para ser eficaz en su avance. No estaba concentrada. Sus piernas rezumaban dolor y comenzaban a encabritarse. El sprint que estaba haciendo era descomunal. Nunca había nadado tan rápido, se mareaba del esfuerzo, sus ojos casi en blanco, su cara en un rictus de dolor y pánico. Sus pulsaciones aumentaban en frecuencia e intensidad con ríos de sangre presionando sobre sus arterias.

Frenó con la punta de la tabla encallada en la orilla y tuvo que detener sus brazos voluntariamente, ya que seguían moviéndose, rastrillando ya la blanca arena. Intentó respirar hondo. No lo consiguió. Otro intento. Otro.

—Es este asqueroso y pegajoso calor, decididamente estas cosas no me pueden pasar a mi, ¡joder! – Murmuró con un susurrante esfuerzo.

Día 2. Lady. 7.59

Tenía mucho sueño. Pero sus ojos seguían moviéndose nerviosamente bajo sus cerrados párpados. Nunca le había costado dormir. Estuvo tentada a apagar el suave murmullo que producían las aspas del ventilador que había comprado la semana anterior. Quizá debió pagar más y traer uno más potente y silencioso. Aunque esas dos cualidades siempre tienen propiedades divergentes.

No había dormido apenas. Un par de horas quizá. Por su cabeza corrían variados sentimientos encontrados. Quería levantarse e ir a hacer surf. Quería dormir. Quería remojar los dedos de los pies en esa arena húmeda, y permanecer allí mientras se van hundiendo ola tras ola, hasta que la arena te llega a los tobillos. Podría estar días clavada allí como columnas de madera en un embarcadero viejo. Querría cerrar los ojos y olvidar. No se puede tener todo.

Decidió levantarse. Se ató sus zapatillas de correr y salió ha hacer su ruta habitual. El ejercicio la despejaría. En eso confiaba. Siempre confiaba en eso. Cuando su ex la abandonó para enrollarse con su ex mejor amiga había corrido durante horas. Aquel día habría podido participar en las puñeteras olimpiadas sin temor al ridículo. Aquel día corrió como el viento, las llagas en sus pies le duraron toda una semana. Un dolor en la rodilla le acompaña desde entonces como una espina clavada en recuerdo de aquel malnacido.

A los veinte minutos no podía más. Su deuda de oxígeno superaba con creces todos los límites permitidos. Tenía los nervios y las piernas igual de crispados. Esto de no dormir era un auténtico desastre. Necesitaba el agua, pero tenía mucho miedo.

Allí vio una cabina telefónica y paró. Cuando tenía miedo solía usar siempre el mismo truco. Había trabajado en una oficina de televenta durante dos años. Siempre le gustó hablar por teléfono. Ese trato impersonal en el que la timidez desaparece y la pericia lleva al éxito seguro en forma de comisiones. En aquella época le relajaba ir a trabajar. Hablar con desconocidos. Escuchar distintas voces. Esa gente que está ocupada y te cuelga el teléfono. Esa otra que está sola y agradece una voz sensual y agradable al otro lado del satélite. Aquella que habla contigo al mismo tiempo que da el biberón y manda ordenar su cuarto al otro pitufo que está trasteando con sus juguetes. Los que cogía con comida en la boca y hacían que tuvieses que apretar el auricular con fuerza contra tu oreja para poder captar algunas palabras….

Cogió el teléfono con decisión, insertó su tarjeta y marcó. Puso un prefijo conocido, y después pinchó cada número con aleatoriedad y alevosía. Necesitaba hablar con alguien. Su psicólogo particular. Comenzaron a aparecer los tonos, uno, dos, tres, cuatro, su pie atacó nervioso el suelo en un movimiento de tic de corta distancia. Un sonido largo, …, le habían colgado.

Ya conocía el método. Le fastidiaba la gente que colgaba sin responder. Para ella era como quebrar ese pacto tácito de las ondas. Como un terrible desacato al tribunal que te debería poner caminando hacia el calabozo.

Pulso rellamada. Tonos, más tonos, nada. Otra vez le habían colgado. Aquel ligero temor que ronroneaba en su interior comenzaba a mutar en un divertido cabreo mañanero. Sus dientes asomaron con una expresión medio Eddie Murphy y medio Hannibal Lecter. Volvió a marcar.

Escuchó el sonidillo de los Dioses. ¡Habían descolgado! Había ganado su pequeña y pueril pugna. Tras un segundo de vacilación prestó de nuevo atención al aparato y se lo acercó a la oreja. No se escuchaba nada, apenas un lejano rozamiento de algo. Por su mente pasaron varias hipótesis. Tal vez estaba llamando a un fax, o a un módem. Pero no podía ser. Ella estaba entrenada para distinguir ese tipo de ruidos en la línea. Sin contar con que los aparatos no tenían la mala leche suficiente como para colgarte dos veces después de escuchar el teléfono. No. De fondo sonó un apagado claxon. Ahora la comprendió todo. Había dos opciones. O bien el teléfono estaba en un bolsillo y se había descolgado sólo al contacto con unas llaves, por ejemplo, o bien, el individuo en cuestión, había decidido que ella y su tarjeta de crédito debían sufrir un palo económico por haberle llamado a estas horas. Colgó de inmediato.

Abrió la portezuela y se disponía a seguir mi camino cuando se dio cuenta de que ya me sentía mucho mejor. Había comenzado a despejar su mente. Dichosos aquellos médicos y especialistas de todo tipo que entienden lo que pasa por las seseras humanas. Soltó una carcajada que la haría parecer una auténtica trastornada si la hubiese visto alguien. Giró sobre sus pasos para volver a insertar la tarjeta y pulsar R.

Otra vez lo mismo, descuelgan y ruidillos de fondo. Escuchó con máxima atención. Sin duda su oído entrenado debía captar algo. Con su nivel de cotilleo al tope se dio cuenta de la realidad. Era una calle. Estaba escuchando los sonidos de una calle. Coches, gente, motores a ralentí, voces, un perro a lo lejos, cerró los ojos e incluso le parecía estar allí en medio camuflada dentro de un buzón de correos.

Y de pronto lo escuchó. Un frenazo tremendo, con un golpetazo, que le pareció tan cerca, que del respingo se golpeó contra el cristal de atrás de la cabina. Se llevó su mano derecha al cogote, que notó dolorido y sudado a partes iguales, un bollo comenzaba a surgir imparable. Reaccionó evitando pensar en el dolor en su cráneo e intentó volver a su imaginario buzón de correos. Su vena de Paparazzi palpitaba arrogante e imparable. Estaba temblorosa y evidentemente acelerada.

Estuvo escuchando unos minutos con gran interés. Mordía una de sus uñas con avidez. Una sucesión de gritos, susurros, sirenas, palabras entrecortadas, roces con el pantalón. Su boca estaba entreabierta y su atención era mucho mayor que la que había prestado nunca en sus años de estudiante. Mucho mayor que la que había prestado a la expresión de su madre cuando le dijo que se iba de casa a viajar por el mundo. Estaba totalmente absorta. Totalmente inmersa en aquella realidad alternativa.

Duró poco y luego sobrevino el silencio. Intentó una última llamada pero apareció su más denostada frase tras un auricular telefónico: El teléfono al que llama está apagado o fuera de cobertura.

Suspiró. Se estaba sintiendo mejor. Suspiró ya con más aire y más alegre.

Volvió a hacer el amago de salir de la cabina y de nuevo dio marcha atrás. Se acordó de su hermana mayor, María. Era una especie de hippie postmoderna medio budista y medio confucionista, una mezcla explosiva. Le encantaba dar sermones. Todos los fines de semana que ella llegaba tarde, la encontraba sentada en su cama con las piernas cruzadas y sin expresión en la cara. Siempre se sentaba al lado y escuchaba toda aquella palabrería barata sobre la vida, el destino, la reencarnación, el karma. Era perfecto cuando venía algo cargadita de pastillas y necesitaba un buen impulso para coger el sueño.

Algo de todo aquello se le había grabado a fuego. El destino y el karma. La predestinación como pensamiento vital y la energía medio divina que surge de todas nuestras acciones. Aunque Lady tenía una manera muy peculiar de creer en aquello.

Día 3 Lady. 7.59

Allí estaba de nuevo. Nadie podía ganarla. Mucho menos una masa de agua sin cerebro, sin alma y sin voluntad. Se plantó de nuevo ante su Némesis. Los sentimientos se encontraban y generaban siniestras descargas eléctricas que bailaban entre sus neuronas.

No había pájaros, no había focas, no había viento, no había olas. Sólo estaba ella y su pasión contra él y su inmensidad. Tan azul, tan agreste, tan dúctil, la lucha interna de Lady se desbocaba por momentos. Sus pies se negaban a moverse. En sus rodillas se adivinaba un ligero temblor que quizá se extendía a su antebrazo.

La marea estaba extrañamente baja, aunque la palabra extraña, ya hacía días que había tomado una fuerza y una normalidad que daba miedo sólo pensarlo. Un rápido cálculo le llevó a concluir que aún quedaban cuatro días para la siguiente luna llena. Mal síntoma. El mar se rebela. Para Poseidón, sin duda, una cosa es enfadarse con una solitaria surfera, por surcar sus aguas sin permiso, y otra muy distinta es volcar las leyes astronómicas, y manipular la gravitación lunar y terrestre para manejar las mareas a su antojo. No era tan complicado.

¿Porqué los humanos siempre buscamos la más complicada de las soluciones? ¿nadie conoce a Occam? ¿el mito, la filosofía y la religión siempre tendrán la partida ganada? ¿siempre tendrán un poker de ases y nosotros una mísera doble pareja?

Y lo vio. Su mirada se fijó en la retirada de las aguas. La marea bajaba como azuzada por un látigo, presurosa, veloz, antinatural. Las aguas se retiraban hacia los mares abiertos como perseguidas por un millar de orcos sedientos de sangre. Por un segundo estuvo tentada de mirar a su espalda, para buscar algún tipo de ingeniosa cámara oculta, o quizá algún aprendiz de Moisés moderno.

Y la vio. No había prestado atención a las señales. Era inmensa como una montaña. La habían avisado. Era azul, espumosa y gigantesca. Tenía que haber echo caso a los animales, a su subconsciente, a esa memoria genética colectiva que golpeaba desde hace días como un martillo contra su sien. A ese ángel ahora desesperado que había fracasado en sus susurros repetidos. Era increíble, desprendía un terror inigualable, primigenio, totalmente mortal. Haber hecho caso a las señales sobrenaturales, que quizá desde el otro mundo, en forma de llamada telefónica, algún viejo familiar muerto había intentado salvarla.

Era demasiado tarde.

Su vida comenzó a pasar como una vieja tira de diapositivas por delante de sus ojos. Mientras la enorme ola se acercaba, por primera vez en su vida, pensó en rezar. Está claro que el ser humano no quiere aceptar lo que es en realidad. Está claro que no tiene asumido su sitio en el universo. Está claro que Lady no era diferente.

Giró su tabla con una sonrisa y puso su popa hacía el violento tsunami. Agarró con fuerza sus laterales y se ajustó la correa a la pulsera en un último y mecanizado gesto. Su último pensamiento fue feliz, sin duda.

Cincuenta mil muertos ese día en la costa Dorada.

Algunos viejos comentaban que todo había sido por unas máquinas de asfaltar que despedían un hediondo humo negro, los más jóvenes hablaban del deshielo en los polos.

Probablemente ambos tuviesen razón.

Lady mantuvo su sonrisa para siempre.

© Magín Méndez Sanguos, (3.087 palabras) Créditos