DESAYUNO CON DIAMANTES
DESAYUNO CON DIAMANTES Título original: Breakfast At Tyffany´s
Año de publicación: 1961
Editorial: George Axelrod, Truman Capote
Colección: Martin Jurow y Richard Shepherd para Paramount Pictures
Traducción: Henry Mancini. Letra de Moonriver de Johnny Mercer
Edición: Frank F. Planer
ISBN:
Precio: Audrey Hepburn (Holly Golightly); George Peppard (Paul Varjak); Patricia Neal (Tooley); Budy Ebsen (Doc Golightly); Martin Balsam (O, J. Berman); Mickey Rooney (señor Yunioshi); José Luis de Vilallonga (José); Alan Reed senior (Sally Tomato); Dorothy Whitney (Mag Wildwood); Stanley Adams (Rusty Trawler); John McGiver (dependiente de Tiffany´s)

Este trabajo está dedicado a Montse, cinéfila de la vieja escuela y una de las mejores personas que conozco, sino la mejor, que tuvo la amabilidad de prestarme una copia remasterizada de la película. Y especialmente a la memoria de Audrey Hepburn; una de las más luminosas estrellas del firmamento cinematográfico, de la que me enamoré platónicamente cuando vi este film por vez primera, hace más de treinta años, y que sigue ocupando un lugar destacado en mis afectos de cinéfilo.

Antonio Quintana.

Érase una vez una bonita y escuálida muchacha. Vivía sola, exceptuando un gato sin nombre.

Un film de su tiempo

Los inicios de la década de los sesenta fueron un periodo mágico para el cine norteamericano. Favorecido por su preeminencia mundial, y por los nuevos aires que se respiraban en los EE. UU. con la llegada de Kennedy a la Presidencia, la fábrica de sueños que era Hollywood comenzó a destilar un aura liberal acorde con los nuevos tiempos, heredera directa del empuje independiente que caracterizaba a la literatura contemporánea. Como decía el príncipe Salina (Burt Lancaster) en EL GATO PARDO (IL GATTOPARDO, Luchino Visconti, 1963) todo debe cambiar, para que todo siga igual. Y el cambio vino de las manos de un puñado de directores dispuestos a plasmar en sus obras la realidad social del momento, tocando temas que, hasta entonces, solían soslayarse en la gran pantalla. Películas como EL FUEGO Y LA PALABRA (ELMER GANTRY, Richard Brooks, 1960) EL APARTAMENTO (THE APARTMENT, Billy Wilder, 1960) PÁGINA EN BLANCO (THE GRASS IS GREENER, Stanley Donen, 1960) y UN EXTRAÑO EN MI VIDA (STRANGERS WHEN WE MEET, Richard Quine, 1960) muy distintas en temática y estilo, pero enlazadas por una coherencia ética y estética indudable, demostraron que buena parte de la producción cinematográfica americana de aquel tiempo tenía un sello propio. Todos los films citados se convirtieron en obras maestras, símbolos imperecederos de la década en que se rodaron. Pero si existe una película emblemática de los sesenta, esa es DESAYUNO CON DIAMANTES, la magistral adaptación de la novela homónima de Truman Capote.

BREAKFAST AT TIFFANY´S (DESAYUNO EN TIFFANY´S) fue una de las obras más exitosas de Truman Capote, en parte por la sordidez de la historia que contaba. El libro, un superventas en su día, llamó la atención de la Paramount, pero sobre todo la de Blake Edwards, que intuyó el enorme potencial cinematográfico de una obra así y se mostró decidido a llevarla a la pantalla como fuera. El estudio estuvo de acuerdo, pero dado el cariz del argumento, sus ejecutivos insistieron en que habría que suavizar un poco la historia. Edwards compartía esa opinión, pues su intención no era la de trasladar el relato íntegro de Capote a la pantalla, sino la de filmar una adaptación más o menos libre de la misma. El director colaboró con Axelrod en la elaboración del guión, que debía ser respetuoso con el espíritu de la novela, pero matizando los aspectos más sombríos de la misma. La Holly descrita por Capote era una auténtica call girl, egoísta, manipuladora y sin escrúpulos, que incluso llegaba a mantener relaciones lésbicas con tal de salirse con la suya. Paul, por su parte, era descrito por el autor como un gigoló con tendencias homosexuales. Estos aspectos, que podían ser aceptados hasta cierto punto por los lectores americanos, pero que jamás aceptarían los espectadores de una película, fueron sabiamente extirpados de la historia. Capote había dotado a su novela de una conclusión triste y desesperanzadora, convencido de que sería la más lógica y realista para la aventura de Holly y Paul. Edwards no compartía su opinión, y decidió dotar al film de un final más clásico, con beso incluido, que transmitiera al espectador un atisbo de esperanza. Capote puso el grito en el cielo, pues consideraba que tal final tergiversaba el mensaje de su novela, e incluso intentó que Edwards lo cambiase. El director se mantuvo firme en su postura, apoyado por la Paramount, y el happy end de DESAYUNO CON DIAMANTES pasó a ser uno de los finales más gloriosos de la historia del cine.

La elección del reparto también fue problemática. Capote había imaginado a Holly con los rasgos de Marilyn Monroe, y de hecho, la Holly literaria era una espectacular rubia curvilínea. El escritor insistía en que Marilyn interpretase el papel, de manera que la Paramount se puso en contacto con la Fox, a fin de que ésta les cediese a su sex-symbol para la ocasión. La Fox se negó a prestar a su estrella, alegando los muchos compromisos laborales de la misma. En realidad, los estudios de Darryl Zanuck no cedieron a Marilyn debido al escandaloso argumento de la novela de Capote, ya que, aun cuando la Monroe estaba considerada como un mito erótico, la Fox no creía beneficioso para su imagen dar vida a una prostituta como Holly Golightly. Y así, el papel recayó en Audrey Hepburn, con lo que todos salimos ganando. Cabe mencionar que miss Hepburn estaba un poco preocupada por la imagen que se daría en el film de la profesión de Holly, pero Axelrod la tranquilizó, asegurándole que su guión trataba el asunto con extrema delicadeza.

Para la maravillosa Audrey fue todo un desafío encarnar a Holly, ya que ésta hacía gala de una gran extroversión, mientras que ella era conocida en el mundo del cine por ser una mujer notablemente introvertida. La actriz declararía tiempo después que dar vida a Holly había sido una labor titánica, pero altamente satisfactoria para ella. A la vista de los resultados, no puede negarse que estamos ante su mejor actuación.

El papel de Paul le fue ofrecido a Paul Newman, que lo rechazó, y a Steve McQueen, que no pudo aceptarlo debido a ciertos compromisos laborales. Se pensó también en Robert Redford, pero al final el director se decantó por George Peppard, que acabaría revelándose como el más adecuado para el personaje. La inclusión de Mickey Rooney como el señor Yunioshi, el irascible vecino oriental de Holly, generó bastante polémica. Algunos críticos acusaron al film de racista, por presentar un estereotipo cómico de los orientales, que además era, en cierto modo, uno de los personajes más negativos de la cinta. Edwards no se arredró, pues consideraba que Yunioshi contribuía con su comicidad a atemperar algo la melancolía que destilaba el film. Respecto a esto, cabe mencionar que, al menos al principio, Mickey Rooney fue el único miembro del reparto que agradó a Truman Capote. El escritor detestaba a Edwards, a Peppard y, lo que resulta aún más incomprensible, a Audrey Hepburn, y sólo se sentía alentado por el personaje del veterano Rooney. Sin embargo, años más tarde, cuando la cinta se había convertido más que en un clásico, en una obra maestra, Capote reconocería su error, manifestando, paradójicamente, que era Mickey Rooney quien estropeaba la magnífica adaptación de su novela.

Los exteriores del film se rodaron en las calles de Nueva York, que jamás han mostrado un aspecto tan romántico como en esta película, gracias a la extraordinaria labor de Frank F. Planer al frente de la fotografía en technicolor. Edwards y Planer pusieron especial cuidado en resaltar la melancólica belleza de una Audrey más esplendorosa que nunca. La escena en la que Paul y Holly entran en Tiffany´s se rodó en domingo, el único día que la mítica joyería cerraba sus puertas. La dirección de Tiffany´s permitió el rodaje en sus dependencias, consciente del gran impacto publicitario que tendría su colaboración en el film si éste era un éxito.

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El cine y la música son las dos artes que mejor se complementan la una a la otra, y esta fabulosa cinta de Edwards es la mejor prueba de ello. Henry Mancini llevó a cabo el mejor trabajo de su carrera, componiendo una de las bandas sonoras más memorables que se recuerdan. La imagen de Holly sentada en el alféizar de su ventana, informalmente vestida, con el cabello envuelto en una toalla y una guitarra en sus manos, interpretando con voz a un tiempo dulce y melancólica Moonriver, es uno de los momentos más grandiosos del arte cinematográfico. Audrey, que no estaba precisamente dotada para el canto, como se demostraría en MY FAIR LADY (Idem, George Cukor, 1964) donde tuvo que ser doblada en las canciones, consiguió poner la carne de gallina a los espectadores de todo el orbe con este tema, que resume como pocos el espíritu de la película para la que fue compuesto. Esta mítica escena estuvo a punto de no ser incluida en el montaje final del film, pero la insistencia de la actriz y de Peppard, que quedó maravillado con la forma de cantar de Audrey, lograron que la secuencia no se eliminase. Fue una suerte, porque la película no habría sido la misma sin ella. La escena escrita por Axelrod requería que Holly cantara, y Edwards, consciente de las limitaciones de Audrey como cantante, solicitó a Mancini y Mercer que compusieran una canción que pudiera ser interpretada por la actriz, sin necesidad de recurrir al doblaje. Los dos genios musicales se pusieron de inmediato manos a la obra, alumbrando una melodía única, irrepetible, creada para una voz concreta: la de Audrey Hepburn. Componer una letra para ser cantada por alguien que no sabía cantar o, mejor dicho, que no tenía voz de cantante, era un desafío que pocos compositores habrían aceptado, pero del que Mercer y Mancini salieron airosos, creando de paso una de las canciones más legendarias de la historia. El tema fue compuesto exclusivamente para Audrey, para su voz, y sólo ella es capaz de hacer vibrar nuestras fibras más sensibles con cada nuevo visionado de la secuencia. Ni siquiera el gran Sinatra pudo superar la interpretación que de Moonriver hizo esta maravillosa mujer.

Del vestuario se encargaron Edith Head, veterana diseñadora que fue una leyenda viviente en Hollywood durante cuarenta años, y el prestigioso Hubert de Givenchy. Todos los modelos creados para Audrey ponen de relieve su innata elegancia, al tiempo que resaltan la aparente fragilidad de su cuerpo, de líneas discretas pero netamente femeninas, lo que cuadraba divinamente con la imagen de la Holly imaginada por el guionista, tan distinta de la mujer de la novela original.

En la escena que abre la película, Holly llega en taxi hasta las puertas de Tiffany´s al amanecer, embutida en un fascinador traje de noche negro. Mientras contempla ensoñadoramente el escaparate de la mítica joyería, va mordisqueando unos bollitos daneses acompañados de café. A Audrey no le gustaban nada los bollitos daneses y pidió a Edwards que los sustituyese por un helado, a lo que el director se negó, alegando con toda lógica que a nadie se le ocurre desayunarse con helado. La actriz tuvo que ceder y fingir que le gustaban los dichosos bollitos. De todas formas, Edwards no anduvo muy acertado en este detalle, pues considerando la peculiar psicología del personaje de Holly, a nadie le habría extrañado que una mujer así se tomase un helado doble de nata y chocolate para desayunar.

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DESAYUNO CON DIAMANTES fue un éxito apoteósico, que elevó a Audrey Hepburn a las más altas cimas de popularidad y significó el lanzamiento de Peppard al estrellato. La cinta fue nominada para los Oscars de ese año en las categorías de mejor actriz (Audrey Hepburn) mejor guión adaptado (George Axelrod) mejor dirección artística en color (Hal Pereira, Roland Anderson, Sam Cormer y Ray Moyer) mejor banda sonora (Henry Mancini) y mejor canción original (Henry Mancini y Johnny Mercer) Sólo obtuvo éstos dos últimos premios, que fueron entregados por Debbie Reynolds y la pareja Cydd Charisse y Tony Martin respectivamente. Una vez más, la Academia se mostró injusta con la mejor película del año. El Oscar a la mejor actriz fue para Sophia Loren por DOS MUJERES (LA CIOCIARA, Vitorio de Sica, 1961) una interpretación correcta pero nada más. El premio al mejor guión adaptado se lo llevó VENCEDORES O VENCIDOS (JUDGEMENT AT NUREMBERG, Stanley Kramer, 1961) un galardón ciertamente merecido. En cuanto al Oscar a la mejor dirección artística/decorados, lo obtuvo WEST SIDE STORY (Idem, Robert Wise, 1961) La ceremonia de entrega de premios tuvo lugar el 9 de abril de 1962, en el Santa Monica Civic Auditórium, y Andy Williams tuvo el honor de interpretar el tema central de la película que nos ocupa, Moonriver, recibiendo una gran ovación por ello.

Tiffany and Company, la joyería que da título tanto al film como a la novela, está ubicada en la esquina de la calle 57 con la Quinta Avenida, a unos cinco minutos a pie de la entrada sureste de Central Park. Fundada en 1837 por Charles Lewis Tiffany, uno de los orfebres más legendarios de EE. UU., sigue siendo hoy día uno de los referentes más importantes en el mundo de la joyería a nivel internacional.

Truman Capote (1924-1984) uno de los más grandes novelistas norteamericanos, fue también el autor de A SANGRE FRÍA (IN COLD BLOOD) impresionante relato criminal semi documental, magistralmente llevado a la pantalla por Richard Brooks en 1967. También colaboró en los guiones de LA BURLA DEL DIABLO (BEAT THE DEVIL, John Huston, 1953) y SUSPENSE (THE INNOCENTS, Jack Clayton, 1961) Se ocupó de redactar los diálogos para la versión en lengua inglesa de ESTACIÓN TERMINI (STAZIONE TERMINI, Vitorio de Sica, 1952) y escribió el primer guión de EL GRAN GATSBY (THE GREAT GATSBY, Jack Clayton, 1973) que posteriormente sería modificado por Francis Ford Coppola. Publicó así mismo numerosos artículos y semblanzas biográficas de personalidades del mundo del cine, como por ejemplo Marlon Brando y la ya mencionada Marilyn Monroe.

El film tuvo una excelente acogida en España, estrenándose el 24 de octubre de 1963 en el cine Winsord de Barcelona, y el 12 de noviembre del mismo año en la sala Lope de Vega de Madrid. La recaudación media en nuestro país fue de casi cuatro millones de pesetas, una cifra exorbitante para la época.

Esta maravillosa e irrepetible película fue restaurada para ser conservada en el Museo de la Biblioteca de Washington DC, junto a otros cientos de obras maestras del cine, a fin de que las generaciones futuras puedan conocer el tipo de films que se realizaban en los años sesenta. Un honor más que merecido para la cinta de Edwards.

La chica del gato sin nombre

Con su hermoso cabello recogido, ataviada con un elegante vestido negro creado por Givenchy y sosteniendo su sofisticada boquilla, Audrey Hepburn en DESAYUNO CON DIAMANTES constituye una inolvidable estampa cinematográfica que perdurará para siempre. Al menos para quien esto escribe, esta imagen de Audrey representa una de las cumbres del séptimo arte. Porque esta película es, más que nada, un monumento al talento interpretativo de una mujer que sabía representar con naturalidad los papeles más complicados. Y el de Holly Golightly era cualquier cosa menos un personaje fácil de interpretar.

Holly es, en realidad, una anti heroína, una muchacha que no sabe cuál es su puesto en el mundo, que ha sufrido demasiado y que busca desesperadamente algo a lo que asirse y que dé sentido a su vida. Casada muy joven con un hombre mayor que ella, huyó de una vida familiar para la que no estaba preparada y llegó a Nueva York en busca de un sueño que, en realidad, ni ella misma sabe en qué consiste. En la Gran Manzana lleva una vida bohemia, viviendo de los obsequios de los caballeros a los que acompaña y de los cien dólares que recibe por visitar una vez por semana al gangster Tomato. Alegre y extrovertida, parece una muchacha feliz, que ha optado por un modo fácil de vivir y que sólo aspira a casarse con algún caballero rico menor de cincuenta años. Su apartamento es lugar de reunión habitual de una fauna de lo más variopinta, que parece vivir sólo para el goce y el desenfreno. En ese ambiente, Holly se mueve como pez en el agua. Pero ese carácter introvertido de que hace gala nuestra protagonista es pura fachada, un muro que ha levantado para ocultar su vulnerabilidad y el temor que le produce vivir en un mundo en el que los sentimientos no parecen contar para nada. Es Holly como un animal salvaje, que desconfía de todo y todos, porque ya la han herido demasiadas veces en el pasado. Es también una persona insegura, dubitativa, que oculta estas debilidades tras una imagen de mujer frívola y exasperante. Su relación con los hombres se caracteriza por el desprecio que, en realidad, siente hacia la mayoría de ellos, ya que desde que llegó a la ciudad sólo ha conocido a canallas y supercanallas, que, como mucho, le han ofrecido cincuenta dólares para el tocador; una eufemística expresión empleada por la joven para referirse a ciertos favores hechos a esos caballeros. Holly no cree en casi nada y, de hecho, el único amor verdadero que conoce es el de su hermano Fred, que se alistó en el ejército después de que ella se fuera de casa. Pero la llegada a su edificio de un nuevo inquilino, el atractivo Paul Varjak, que se enamora perdidamente de ella, cambia su vida para siempre.

Paul se siente atraído de inmediato por ese torbellino de mujer que vive con un gato sin nombre, odia los días rojos, siente veneración por Tiffany´s, bebe leche en copas de cóctel y visita una vez por semana a un mafioso encerrado en Sing-Sing, al que llama cariñosamente tío Sally. Ya desde su primer encuentro, cuando él la despierta con el timbre porque no tiene llave del portal, y le ruega que le permita utilizar su teléfono, Paul cae bajo el hechizo que emana de esa sorprendente chica. En la escena en la que él la acompaña hasta la acera, Holly dará nuevamente muestras de su introversión llamando a un taxi por el expeditivo procedimiento del silbido, dejando pasmado al hombre, que admite que jamás ha podido hacer eso. Del taxi que se detiene junto a ellos desciende una dama de aspecto acomodado, a la que Paul presenta como su decoradora. Pero Holly tiene muchas tablas e intuye en el acto el tipo de decoración que practica esa interfecta.

Paul Varjak nos es presentado como un inteligente y apuesto joven que aspira a triunfar en el durísimo mundo literario. Hace gala, al igual que Holly, de cierto relajamiento de costumbres que le permite vivir a expensas de una mujer rica y madura sin cuestionarse demasiado la moralidad de esa situación. Pero la irrupción en su vida de ese ciclón con faldas le obligará a replantearse su manera de vivir. El segundo encuentro de la pareja se produce la misma noche del día en que se conocieron. Holly, agobiada por uno de sus acompañantes de turno, huye de su piso por la ventana y sube por la escalera de incendios hasta el apartamento de su flamante vecino. A través de la ventana ve a Paul, dormido en su cama, y observa cómo la decoradora, antes de abandonar la casa, deja un puñado de billetes en la mesita de noche y le besa. Holly comprende que ese hombre se encuentra en una posición similar a la suya, y su simpatía hacia él aumenta. Entra por la ventana y el ruido despierta a Paul, que se muestra sorprendido por su presencia pero no la rechaza. Esta es una de las secuencias más importantes de la película, la que determinará el devenir de los acontecimientos posteriores; la escena en la que el espectador recibe, por fin, la confirmación de la clase de vida que lleva la protagonista. Holly se muestra fascinada por el hombre, que guarda un gran parecido con su hermano Fred, y le pregunta si puede llamarle así, a lo que Varjak no se opone. El diálogo que sigue es una especie de mutua confesión, en la que ambos revelan sus inquietudes y temores con sorprendente naturalidad, teniendo en cuenta que prácticamente acaban de conocerse. Holly menciona la generosidad de esa decoradora que trabaja hasta tan tarde. Paul reacciona como si le hubiera ofendido el comentario de ella, pero lo hace más que nada por cumplir con las apariencias sociales. En realidad, es muy consciente de lo delicado de su situación, y sabe que no tiene derecho a enfadarse con su atractiva vecina. Pasado este momento, la conversación pasa a girar sobre temas personales, especialmente los sueños y aspiraciones de ella y el trabajo de él. Paul sólo ha publicado un libro en cinco años, y se excusa ante Holly alegando que escribir lleva su tiempo. Pero ella, observando que la máquina de escribir es nuevecita y ni siquiera tiene cinta, comprende que, por la razón que sea, él lleva mucho sin trabajar. Lo cierto es que Paul, como les ocurre a todos los escritores de vez en cuando, está pasando por uno de esos bajones creativos que le impiden a uno pulsar una tecla. Sólo que en el caso de nuestro protagonista, ese bloqueo dura ya un lustro, lo que explica que recurra a su innegable atractivo masculino para vivir como un gigoló mientras espera que regresen las musas.

Aquí tenemos una de las escenas más comprometidas de la cinta. Percatándose de lo tarde que es, Holly pregunta a Paul si le importa que se acueste con él un ratito. En 1961 aún estaba en vigor el odioso código Hays, y la censura de la época, aunque mucho más debilitada que en la década anterior, todavía hacía temblar a Hollywood. El que una mujer preguntara a un hombre semejante cosa, para, acto seguido, echarse en la cama junto a él y acurrucarse a su lado parecía algo inadmisible en una película. A pesar de ello, Edwards mantuvo la escena, pues se trataba de un punto clave para la comprensión del relato y del personaje de Holly. Hubo algunas protestas de las ligas de moralidad después del estreno del film, pero el gran éxito del mismo acalló las voces de los críticos más pacatos.

Es esta escena de la cama una de las más enternecedoras de la cinta. Holly se acurruca a su lado, inquiriendo: ¿Somos amigos, verdad? Luego pide al hombre que guarde silencio y apague la luz, y la cámara de Edwards nos ofrece un plano de la habitación en penumbras, con Holly hecha un ovillo junto a Paul, mientras éste la abraza tiernamente. Los espectadores comprendemos así lo terriblemente solos y vacíos que se sienten ambos. Tanto, que no dudan en ceder ante el impulso que les empuja la una hacia el otro, no para compartir el lecho como amantes, sino para darse mutuamente algo de calor humano, sin pedir nada a cambio, y mitigar un poco la desesperanza que los consume. Holly se duerme y tiene una pesadilla, en la que menciona a su hermano Fred, y cuando Paul la despierta y le pregunta qué le ocurre, ella, con lágrimas en los ojos, le espeta que si quiere que sean amigos, debe tener en cuenta que odia a los entrometidos. Evidentemente, Holly guarda un doloroso secreto en su corazón, algo que no quiere revelar a nadie y que, sin duda, está profundamente relacionado con su comportamiento actual. La escena nos desvela también la verdadera faz de Holly, la de una persona extraordinariamente sensible que, como tantos de nosotros, debe parapetarse tras una máscara para enfrentarse a un mundo manifiestamente hostil.

La relación entre Paul y Holly sufrirá varios altibajos a partir de aquí. Él se siente cada vez más inclinado hacia ella y, en consecuencia, empezará a distanciarse lenta pero progresivamente de Tooley, la dominante dama que le mantiene. De todas formas, Holly sigue comportándose con el desenfado de siempre, organizando una desmadrada fiesta en su apartamento, en la que Paul conocerá a O. J. Berman, el descubridor de la muchacha, quien le contará cosas muy interesantes sobre ella. A la fiesta acude la gente más rara de la ciudad, entre los que destacan dos multimillonarios, un norteamericano y un brasileño. Holly desplegará todas sus artes femeninas para seducir al primero de ellos, pero a pesar de todo, incluso de sí misma, seguirá aproximándose cada vez más a Paul (o Fred, como insiste en llamarle) llegando a llevarle con ella en una de sus visitas semanales al tío Sally en Sing-Sing.

La relación con Holly tiene efectos beneficiosos para Paul, que incluso comienza a escribir de nuevo, empezando con un cuento titulado Mi amiga, que inicia con la frase que encabeza este ensayo. Nuestro joven escritor está cada vez más enamorado de Holly; no hay más que fijarse en cómo la mira cuando ella está sentada en su ventana, cantando Moonriver. Pero entonces llega la rica y dominante dama, visiblemente preocupada porque ha visto a un hombre que parece estar vigilando el apartamento que le ha puesto a su amante. Dispuesto a averiguar qué ocurre, Paul provoca un encuentro con ese hombre, sin sospechar lo dolorosa que esa entrevista será para él. Porque el individuo resulta ser nada menos que el esposo de Holly, que ha venido a buscarla para llevársela adonde pertenece, su hogar en Tulip, Texas, y que requiere la ayuda de Paul para conseguirlo. Por Doc Holightly, nuestro escritor descubre que el verdadero nombre de su amada era Lula Mae Barnes, y que ella y su hermano Fred habían huido de su casa, en la que sufrían malos tratos, convirtiéndose en un par de jóvenes conflictivos, que sobrevivían literalmente a salto de mata. Un día, Doc los sorprendió robando huevos y leche en su rancho, pero en vez de entregarlos a la policía, los acogió. Doc, viudo y con cuatro hijas, se enamoró de aquella belleza salvaje de apenas catorce años y acabó casándose con ella. Pero cierto día, y sin motivo aparente, Lula Mae se fue, dejando incluso a su hermano, al que estaba muy unida. Tras su marcha, Fred se alistó en el ejército y Doc se dedicó a buscar el paradero de su esposa, con la intención de hacerla volver a casa.

La secuencia de la charla entre Paul y Doc, rodada en Central Park, se caracteriza por la gran emotividad que desprenden las palabras de Buddy Ebsen y la actitud de Peppard. El veterinario y ranchero tejano sigue amando intensamente a Lula Mae, basta ver el brillo de sus ojos cuando habla de ella. En cuanto a Varjak, apenas pronuncia media docena de palabras, pero su expresión trasluce todo el dolor que le causa el saber que Holly está casada. Paul es básicamente un hombre honesto, de forma que accede a ayudar a Doc, aunque el hacerlo le rompa el corazón. Sin embargo, las cosas no son lo que parecen. Holly, o Lula Mae, recibe cariñosamente al tejano, pero más tarde solicitará el auxilio de Paul para hacer comprender a Doc que no está dispuesta a volver con él. Es cierto que una vez fue su esposa, pero el matrimonio fue anulado años atrás, y ella, a pesar de sentir todavía gran cariño por él, no desea regresar a esa vida carente de incentivos. Paul se ve, pues, atrapado en una situación que preferiría soslayar, pero ama a la muchacha y está dispuesto a hacer lo que sea por ella. De todas formas, al final será la propia Holly la que haga comprender a Doc que han terminado para siempre, que en realidad su relación concluyó mucho tiempo atrás. El tejano lo intenta todo para hacerla cambiar de parecer; incluso la chantajea, advirtiéndole que, si no vuelve con él, se negará a aceptar a su hermano Fred en su casa, cuando éste se licencie del ejército. Mas nada puede hacer cambiar de opinión a Holly.

El daño que ha tenido que infligirle a Doc hace mella en el ánimo de la muchacha. Como es temprano para ir a Tiffany´s, lugar que ejerce una extraña fascinación sobre ella y al que acude cuando está deprimida, pide a Paul que la invite a una copa, a muchas copas, porque no quiere volver a casa hasta que esté completamente borracha. Y efectivamente, cuando vuelven al edificio de apartamentos en el que viven, ella lleva una cogorza de campeonato. En plena crisis etílica toma la decisión de perseguir al rico Rusty Trawler hasta conseguir que se case con ella, pues sabe que Doc, en venganza, no acogerá a Fred en su casa cuando éste abandone el ejército. Incluso borracha se percata de la mirada de reprobación de Paul, que está perfectamente sobrio, y suelta una retahíla de palabras hirientes que dañan profundamente al hombre. La escena es devastadora como pocas. No queda licor en la casa y ella quiere seguir bebiendo, por lo que pide a Paul que baje una botella de whisky de su apartamento. Él se niega, alegando que ya está demasiado bebida, a lo que Holly responde que puede pagar su propio Whisky, ofreciéndole un billete, y haciendo cierto comentario sobre los hombres que aceptan dinero de las mujeres. Él abandona el apartamento, enfadado y dolido, y apenas se cierra la puerta, la expresión de Holly cambia bruscamente, reflejando lo mucho que le duele haber sido tan despiadada con ese hombre que le importa más de lo que está dispuesta a admitir.

Todo parece indicar, sin embargo, que están destinados el uno al otro. Paul así lo cree, al menos, porque unos días después la visita con la intención de hacer las paces. El momento es el oportuno, porque Trawler se ha casado con otra y Holly está pasando por uno de sus bajones. Paul, por su parte, está muy contento, ya que ha vendido un cuento por cincuenta dólares, y desea celebrarlo con la única persona que realmente le importa. Deciden dedicar el día a pasear por la ciudad y hacer cosas locas, por así decirlo. Una diversión muy propia de Holly. Su primera parada es en Tiffany´s, naturalmente. Una vez en la joyería, Paul quiere hacerle un regalo, ya que dispone de su cheque de cincuenta dólares más otros diez en efectivo, pero ella, consciente de su precariedad financiera, no está dispuesta a permitir que gaste todo su dinero para obsequiarla. Como mucho, aceptará un regalo modesto, que no cueste más de diez dólares. Y aquí sigue otra de las escenas maravillosas de la película, en la que tiene un breve pero entrañable papel ese gran secundario que era John McGiver, dando vida a uno de los dependientes de la fabulosa joyería. Obviamente, diez dólares no dan para mucho en Tiffany´s, pero el personaje de McGiver, conmovido por el encanto y la belleza de Holly, y por el amor que descubre en los ojos de su acompañante, se aviene a pedir a los grabadores de la firma que graben las iniciales de ambos en un anillo de latón, que Paul encontró en una caja de golosinas que Doc compartió con él, lo que le vale al maduro vendedor un beso de esa maravillosa mujer. Este modestísimo anillo será una pieza fundamental en la resolución de la historia que narra el film.

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Tras varias divertidas peripecias por las calles de Nueva York, que incluyen una accidentada visita a la biblioteca pública y el robo de un par de caretas en un bazar, nuestros protagonistas retornan a casa. Han pasado un día distendido, durante el que han podido olvidarse de todos sus problemas y se sienten más unidos que nunca. En el portal, tras despojarse de las caretas robadas, sus sentimientos se imponen a todas las inhibiciones y acaban uniendo sus labios en un beso tan tierno como apasionado. Tras un fundido en negro, la cámara nos ofrece una vista en vertical de la cama de Paul, ocupada sólo por él, aunque se aprecia claramente que no hace mucho eran dos sus ocupantes. Evidentemente, Holly y Paul han hecho el amor. A fin de subrayar más notoriamente la noche de pasión compartida por la pareja, Edwards rodó está escena haciendo aparecer a Peppard con el pelo revuelto, contrastando con el resto del metraje, en que su personaje va correctamente peinado, incluso en la secuencia final rodada bajo un aguacero.

A partir de aquí los acontecimientos se precipitan. Para Paul ya no existe más mujer que Holly, de modo que, en otra escena memorable, caracterizada por la naturalidad, frescura y buen gusto de los diálogos, rompe su relación con la absorbente Tooley. Ésta se muestra interesada por saber quién es su rival, y aventura que, seguramente, se trata de una mujer tan rica como ella, pero más joven, que pueda ayudarle. Varjak, que intenta romper con Tooley por las buenas, formula aquí una de las más hermosas declaraciones de amor jamás vistas en la gran pantalla: Se trata de una chica que no puede ayudar a nadie, ni siquiera a sí misma. Pero lo importante es que yo sí puedo ayudarla, y para mi esa es una sensación agradable. La bruja, una típica mujer que todo lo basa en el dinero, y que sin duda se casó por eso, es incapaz de comprender lo que es el verdadero amor, y trata de sobornar a Paul con mil dólares, para que se tome unas vacaciones en compañía de esa chica, creyendo que así llegará a cansarse de ella y volverá al redil. Todo es inútil. Paul la abandona y corre al encuentro de Holly. La muchacha no contesta al teléfono, por lo que la busca por toda la ciudad, encontrándola por fin en el lugar que menos esperaba, la biblioteca pública.

Paul está ansioso por hablar largo y tendido con ella, confesarle sus sentimientos y pedirle que se case con él. Pero Holly le recibe fríamente. Está hojeando libros sobre Sudamérica, ya que piensa casarse con el muy rico y atractivo José da Silva Pereira (José Luis de Vilallonga, en una de sus más famosas apariciones en el cine) lo que le proporcionará la desahogada posición económica que siempre ha perseguido, y que le permitirá llevar a su hermano a vivir con ella. La escena es incluso más emotivamente devastadora que la de la borrachera. Paul, tomándola por los hombros, le confiesa que la ama. A través de los cristales de sus gafas de sol percibimos la emoción que sobrecoge el alma de Holly, comprendiendo que ella le corresponde. Pero la muchacha sigue en sus trece, negándose a admitirlo. Está tan cerca de cumplir su sueño que no puede permitir que los sentimientos de nadie, ni siquiera los suyos propios, se interpongan en su camino. Y así, trata de huir de Paul. Éste intenta hacerla entrar en razón, pero su reacción le convence de que, para ella, él no ha sido más que otro de sus canallas o supercanallas. Con el corazón destrozado, el hombre le dice que, si es así, tiene algo para darle. Y le mete un papel doblado en el bolsillo de la chaqueta, el cheque con el que le pagaron su último cuento. Al preguntar Holly qué es eso, Paul responde con la voz quebrada: Cincuenta dólares para el tocador. Luego da media vuelta y se marcha, seguido por la doliente mirada de ella.

Nuestra protagonista va a recibir un golpe más demoledor todavía. Una noche regresa a su apartamento en compañía de José. Un telegrama la está esperando, y tras leerlo, se pone fuera de sí, destrozando todo lo que encuentra ante ella como si se hubiera vuelto loca de repente. José, que no está acostumbrado a estas reacciones en una mujer, pide ayuda a Paul, que consigue tranquilizarla un tanto. El violento comportamiento de Holly ha sido provocado por la noticia de la muerte de su hermano Fred, posiblemente la única persona en el mundo a quien quería de verdad. Paul, que desearía quedarse a su lado para consolarla, no tiene otro remedio que irse, pues el hombre que debe estar con ella en ese momento es aquel con quien va a casarse. Tras el incidente, el escritor abandona el edificio, convencido, tal vez, de que ha perdido a Holly para siempre. Sin embargo, algún tiempo después ella le telefonea, rogándole que vaya a verla. Paul acude; ¿qué hombre enamorado no lo haría? La joven le recibe con alegría y le pone al tanto de sus planes para el inmediato futuro. Muy pronto ha de tomar un avión para el Brasil y quiere que se despidan como buenos amigos. Ella parece muy cambiada, aunque en realidad no es así. Está intentando aprender portugués, a tejer y cocinar, labores para las que parece negada por la naturaleza. Como era de esperar, la comida que intenta preparar resulta un desastre y deciden ir a comer juntos por última vez, dando antes un paseo por las calles de la ciudad. Holly es quien lleva el peso de la conversación, si es que puede llamársele así a la serie de argumentos inconsistentes que emplea para justificar su matrimonio con José y su huida de Nueva York. Más que ante Paul, lo que busca es justificarse ante sí misma, convencerse de que realmente desea dar ese paso. Así que no deja de hablar de lo que hará cuando se case con José, con el que espera tener un tropel de niños morenos con los ojos verdes, a los que llevará a Nueva York algún día, para que conozcan la ciudad que ella tanto ama. Cada una de estas palabras es como un estilete que se clava en el corazón de Paul, que desearía tomarla entre sus brazos, besarla y suplicarle que no se fuera. Pero como ella parece decidida a seguir adelante, no tiene otro remedio que aceptarlo y resignarse a perderla.

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Las cosas, sin embargo, dan de pronto un giro de ciento ochenta grados. Cuando vuelven al apartamento de ella, son detenidos por la policía, que acusa a Holly de ejercer de contacto entre Tomato y sus cómplices. La afortunada intervención de OJ Berman, que pone su abogado al servicio de Holly y abona la fianza, solucionará el problema legal. Pero las cosas parecen ponerse nuevamente en contra de la muchacha. Siguiendo instrucciones de Berman, Paul ha recogido algunas cosas del apartamento de Holly, incluido el gato, y la espera con un taxi en la puerta de la comisaría para llevarla a un hotel discreto, lejos de la prensa, mientras una tormenta se desata sobre la ciudad. Ella insiste en casarse con José y marcharse al Brasil, y al pobre Paul le ha tocado la papeleta de desengañarla. No habrá hacienda en Sudamérica, ni niños morenos con los ojos verdes, ni riqueza y comodidad para siempre. El pusilánime da Silva Pereira, que de hombre sólo tenía, por lo visto, la fachada, alarmado por el escándalo ha decidido romper el compromiso, y es Paul quien debe leerle a Holly la patética nota que le ha dejado el latin lover de rebajas de enero. Sintiéndose humillada y despreciada como nunca, Holly insiste en aprovechar el billete de avión y marcharse al Brasil en busca de una nueva vida. Paul, comprendiendo que la actitud de Holly representa sólo una huida hacia adelante, le reitera nuevamente sus sentimientos. Te quiero y me perteneces, le dice. Pero ella se niega a ceder, alegando que las personas no pertenecen a nadie. Va más lejos aún, comparándose a sí misma con el gato vagabundo que recogió tiempo atrás, y para enfatizar más aún sus razones para obrar como lo hace, ordena al taxista que paré y abandona al animalito frente a un callejón. El coche vuelve a ponerse en marcha y Paul, anonadado, mira a su amada como si la viera por primera vez. Convencido ya de que ella no cambiará de idea, pide al chofer que pare, desciende del auto y, antes de marcharse, se encara por última vez con la única mujer a la que puede amar y le suelta media docena de verdades, poniendo todo su corazón en cada una de las palabras que brotan de sus labios. Luego le entrega el anillo que hicieron grabar en Tiffany´s, diciéndole que lo ha llevado consigo durante mucho tiempo, pero que ya no lo necesita.

Y llegamos al clímax del film. Paul se marcha en busca del gato, pues piensa que ese pobre animal es lo único que podrá conservar de su amada Holly. Ella, mientras tanto, permanece en el taxi, sacudida por una tormenta emocional azuzada tanto por las palabras de Paul, como por la baratija que tiene en sus manos, y que significa para ella tanto como para él. Holly se debate entre su natural tendencia a vivir como un ser salvaje, sin pertenecer a nadie, y los recuerdos y sentimientos que ese anillo le trae. Lentamente, como si le costase hacerlo, se pone el anillo en el dedo, y entonces todo parece cambiar de repente para ella. Baja del coche casi como una sonámbula y retrocede hasta el callejón donde abandonó al gato. Paul está allí, bajo la lluvia, llamando al minino que para él representa lo mejor de la mujer que ama.

La carga emotiva de la secuencia siguiente es abrumadora. Holly llega junto a Paul. La expresión de su rostro ha cambiado, y ahora semeja más la de una niña asustada. Él capta enseguida el tremendo cambio sufrido por la muchacha, y la mira con una mezcla de alegría y esperanza. Holly le pregunta dónde está su gato, y al responder él que no lo sabe, se lanza al callejón llamando desesperadamente al animal, mientras sus lágrimas se mezclan con el agua de lluvia que corre por sus mejillas. Hay algo patético en la forma en que Holly llama una y otra vez al gato, mientras recorre el callejón, buscándolo entre las cajas y cubos de basura allí apilados. Porque ese felino representa para ella mucho más de lo que jamás imaginó; porque ese pobre animalito sin nombre es el único cariño auténtico y desinteresado que ha conocido en su vida, aparte del de su hermano… y el de Paul.

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El gato no da señales de vida y Holly, desesperada por el dolor, vuelve sus ojos hacia Paul, que la observa desde la entrada del callejón. Sus miradas se encuentran y, de pronto, escuchamos un lastimero maullido. Sollozando de felicidad, Holly coge al gato entre sus brazos, tratando de protegerlo de la lluvia bajo su impermeable. Luego se encara de nuevo con Paul. Su hermoso rostro ha sufrido una nueva transformación, profunda, definitiva. Ya no es Lula Mae, la chica salvaje que tuvo una infancia miserable y que se vio obligada a casarse con un hombre mucho mayor que ella para sobrevivir; ya no es, tampoco, la introvertida, exasperante y alocada señorita Golightly, que recibe cincuenta dólares cada vez que va al tocador; es una mujer que ha vencido todos sus miedos y temores, encontrándose a sí misma. Ahora puede exteriorizar sus verdaderos sentimientos, los que ha ocultado durante tanto tiempo bajo una capa de artificiosa superficialidad, y lo hace echándose en brazos del único hombre que realmente la ha querido.

La escena, magistralmente rodada por Edwards, es uno de los finales más memorables jamás vistos en película alguna. Holly y Paul se abrazan, con el gato entre ambos, mientras la lluvia cae insistente sobre ellos. Al primer beso sigue otro, y otro, y otro, mientras la cámara retrocede, ofreciéndonos tres planos de la pareja y el minino bajo la lluvia, cada uno más distante que el anterior, como intentando simbolizar la grandiosa fuerza del amor incluso en un entorno hostil. La incesante lluvia, el sórdido callejón, los edificios con sus fachadas rezumando agua, los automóviles que circulan lentamente por la calzada y los transeúntes que pasan rápidamente bajo sus paraguas no existen para Holly y Paul, que han encontrado por fin su lugar bajo el sol. Bajo el sol que ilumina a todos los enamorados, sin importar el tiempo que haga a su alrededor.

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En ninguna otra secuencia del film queda tan de manifiesto la extraordinaria habilidad y maestría de Blake Edwards como en este espléndido The End, quizá la escena más romántica y conmovedora de toda la historia del cine. DESAYUNO CON DIAMANTES funciona, pues, a todos los niveles, revelándose no sólo como una cinta imprescindible para entender el cine de los sesenta, sino también como una hermosa, realista y profundamente sincera historia de amor, capaz de mellar las sensibilidades más encallecidas. Sólo por eso ya merece ocupar un puesto de honor entre las grandes obras del arte cinematográfico.

© Antonio Quintana Carrandi, (7.375 palabras) Créditos