EL PUENTE DE WATERLOO
EL PUENTE DE WATERLOO EE. UU., 1940
Título original: Waterloo Bridge
Dirección: Mervyn Leroy
Guión: S. N. Berhman, Hans Rameau, George Froeschel
Producción: Mervyn Leroy, Sidney Franklin
Música: Joseph Ruttenberg
Fotografía: Herbert Stothart
Duración: 108 min.
IMDb:
Reparto: Vivien Leigh (Myra Lester); Robert Taylor (capitán Roy Cronin); C. Aubrey Smith (mariscal Cronin); María Ouspenkaya (madame Olga Kirowa); Lucile Watson (lady Margaret Cronin); Virginia Field (Kitty)

Dedicado a Montse, con profundo respeto y sincera admiración.

Myra y Roy
Myra y Roy

David Oliver Selznick ha pasado a la historia del Séptimo Arte como uno de los productores con más olfato de la industria cinematográfica. Hombre de gran tesón e irreductible espíritu combativo, asumió el reto de convertir LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ, la gran novela de Margaret Mitchell, en una de las películas más míticas de la historia. Entre sus muchos aciertos, destacó el de seleccionar a Vivien Leigh para el codiciado papel estelar de Scarlett, que ambicionaban actrices de la talla de Katharine Hepburn, Heddy Lamar, Bette Davis o Paulette Godard. Vivien demostró con creces que Selznick no se había equivocado al confiar en ella. Su interpretación de la caprichosa Katy Scarlett O´Hara fue memorable. Pero el mejor trabajo de esta maravillosa mujer fue, a juicio de quien esto firma, EL PUENTE DE WATERLOO, primer film que Leigh protagonizó tras el apoteósico éxito de LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ.

La acción transcurre durante la I Guerra Mundial, también conocida como La Gran Guerra, que devastó Europa entre los años 1914-18. Roy Cronin, un capitán de fusileros del ejército británico, y Myra Lester, una joven y hermosa bailarina, se conocen en el londinense puente de Waterloo durante un bombardeo. En el poco tiempo que pasan juntos en una estación del Metro, utilizada como refugio antiaéreo, surge el amor entre ellos de una forma sencilla y natural. Tras una cita en un romántico club, esos sentimientos se afianzan, a pesar de que él debe partir hacia las trincheras, y ella embarcar rumbo a América con la compañía de ballet de la que forma parte. Sin embargo, el regimiento de Roy debe posponer su marcha por razones logísticas. Con dos días libres, el impulsivo oficial no se lo piensa dos veces y corre en busca de Myra, con la que tiene intención de casarse cuanto antes mejor. Todo parece ir de perlas y la muchacha tiene la sensación de estar viviendo un sueño. Pero pronto aparecen las complicaciones, derivadas de sus diferentes estatus sociales. Myra es hija de un modesto maestro de escuela; Roy pertenece a una de las familias de más rancio abolengo. Con todo, parecen ir superando paso a paso las dificultades que encuentran en su camino hacia la felicidad, y la boda queda fijada para el día siguiente, a las once de la mañana en la iglesia de San Mateo, una de las más populares de la capital británica, considerada, incluso actualmente, como el templo de los matrimonios rápidos.

La boda no llegará a celebrarse, ya que el regimiento de Roy recibe de repente la orden de partir hacia el continente. Desesperada, Myra deja plantada a madame Kirowa justo antes del comienzo de la representación, y corre hacia la estación del ferrocarril para despedir a su amado. Llega tarde, ni siquiera puede pasar unos minutos con él, y regresa abatida al teatro. La tiránica Kirowa no tiene compasión de ella y la pone de patitas en la calle, junto con su amiga Kitty, que cometió el error de defenderla. Las dos muchachas se han quedado solas, sin trabajo y con muy poco dinero. Intentan salir adelante como buenamente pueden, pero la situación empeora por momentos. En eso, Roy escribe a Myra desde el frente, avisándola de la próxima llegada a Londres de su madre, que desea conocer a la muchacha con la que piensa casarse su único hijo. Ambas mujeres quedan citadas en un salón de té. Myra llega antes, y mientras espera, hojea la prensa distraídamente, descubriendo que Roy figura en la lista de los muertos en combate. Horrorizada, y tras reponerse de un momentáneo desmayo, la joven decide guardar silencio al respecto y no decirle nada a lady Margaret. La entrevista con la madre de su amado resulta ser un auténtico desastre. La dama, no obstante, le deja a Myra la puerta abierta para cuando Roy regrese del frente, lo que acaba de sumir a la muchacha en la desesperación. A partir de este momento, la vida dejará de tener sentido para una Myra que ha perdido lo único que realmente le importaba. Y así, impelida por la necesidad, se verá arrastrada, al igual que Kitty, a una existencia de sordidez y falta de esperanza. Pero un día, en la misma estación de la que partió Roy tiempo atrás, se encuentra con éste que, milagrosamente vivo, regresa a su patria en busca de la única mujer a la que puede amar. A pesar de las iniciales reticencias de la muchacha, que teme que Roy adivine lo que ha tenido que hacer para sobrevivir, él logra convencerla para retomar sus antiguos planes de matrimonio. Henchida de felicidad, aunque ocultando bajo su sonrisa su terrible secreto, Myra acaba accediendo a los deseos del hombre. Pero el aplastante peso de lo que oculta en lo más recóndito de su corazón, unido al cariño que siente por Roy, y a su deseo de no dejar en evidencia a la familia de éste, que tan buena acogida le ha dispensado, empujará a Myra hacia un callejón sin salida, obligándola a tomar una terrible resolución.

Hay películas que envejecen mal, a pesar de que sigan fascinando a los cinéfilos como el que suscribe. Pero no es este el caso de EL PUENTE DE WATERLOO, espléndido melodrama bélico cuya belleza no ha sido afectada por el paso del tiempo. Con setenta años a sus espaldas, esta cinta del maestro Leroy conserva la misma frescura y vigencia que en el momento de su estreno. La sencilla y, a un tiempo, dramática historia de amor que relata, sigue encandilando al buen amante del cine. Es precisamente la sencillez de su planteamiento argumental lo que la ha convertido en una obra imperecedera, y lo que ha diluido, a la vez, los pocos rasgos folletinescos que pudieran apreciarse en ella a primera vista. El amor, en sus múltiples facetas, es uno de los grandes temas recurrentes del cine; pero cuando se pretende narrar una historia de amor en imágenes, es fácil caer en sensiblerías excesivas, que acaban por restar credibilidad a lo que se está contando. Mervyn Leroy, buen conocedor de los resortes del arte cinematográfico, supo plasmar en EL PUENTE DE WATERLOO un romance clásico marcado por el estigma de la tragedia, narrado con sensibilidad pero sin cargar las tintas en las escenas más emotivas. El resultado fue un extraordinario film romántico, que funcionó a las mil maravillas en taquilla, convirtiéndose en uno de los grandes éxitos de la Metro en 1940.

Tórrido encuentro
Tórrido encuentro

El peso de la película recae sobre un Robert Taylor que alcanzó con ella la cúspide de su carrera, y una Vivien Leigh en la plenitud tanto de su belleza como de su talento. La cinta es pródiga en escenas memorables, que forman parte ya de la iconografía del arte cinematográfico, y también de la memoria colectiva de los cinéfilos, como el autor de este ensayo y la extraordinaria mujer a quien está dedicado. Quizá la más recordada de todas esas escenas sea la del baile en el Candlelight Club (El Club de las Velas) imitada hasta la saciedad en films posteriores. Hubo algunos problemas a la hora de rodar esta secuencia. Leroy quería filmarla a la luz de las velas, pero no fue posible, pues quedaba demasiado oscura. Los técnicos de iluminación lo solucionaron distribuyendo pequeñas bombillas de bajo voltaje estratégicamente, de modo que produjeran el efecto deseado por el director. El resultado final fue la escena más romántica de la cinta, que culmina con uno de esos besos limpios, honestos, que tan generosamente prodigaba el cine de antaño.

Todos los intérpretes, incluidos los secundarios, están geniales en sus papeles, pero es Vivien quien se lleva el gato al agua, como suele decirse. Sólo ella podía hacer creíble a Myra Lester, una muchacha sin malicia de ninguna clase, víctima de la implacabilidad del destino. Como Scarlett, la actriz británica ya había demostrado con creces su habilidad innata para los papeles dramáticos; pero como Myra, dejó claro que era una intérprete fabulosa, capaz de dominar los más insospechados registros sin sobreactuar en ningún momento. Está soberbia en todos y cada uno de los pasajes del film, pero especialmente en la escena de la estación, cuando reaparece Roy, como un fantasma procedente del pasado. Esta secuencia comienza con un primer plano de nuestra heroína, cuyo rostro muestra una expresión vacía, característica de alguien que se ha resignado a su destino y ya no espera absolutamente nada de la vida. Myra, que al igual que Kitty se ha visto empujada a ejercer el oficio más antiguo del mundo para sobrevivir, se nos aparece como una muñeca rota, un ser sin esperanza ni ilusiones, que se limita a vegetar por pura inercia. Ella, en cierto modo, no busca clientes; simplemente, está allí, y si algún hombre se le acerca, no lo rechazará, porque tiene que comer; pero nunca es ella la que busca el acercamiento. El mérito de Leroy, ayudado por la gran facilidad expresiva de Vivien, reside en transmitirnos con sólo un primer plano la idea de que, a pesar del modo en que la vida se ha ensañado con ella, Myra no está totalmente hundida en el fango. El hecho de que no busque clientes por propia iniciativa, sino que permanezca en una especie de actitud de espera, revela que aún conserva buena parte de su dignidad de mujer. Cuando cree vislumbrar el rostro de Roy entre los soldados que desembarcan del tren, el asombro más genuino se dibuja en su hermosa faz. Asombro que es reemplazado por una expresión de inmensa alegría, ensombrecida en parte por el dolor que le causa que el hombre al que ama la vea allí, en aquel andén, vestida de aquella forma tan inequívoca. Pero Roy es un hombre profundamente enamorado, que no repara en la provocativa (para la época) indumentaria de ella, y que da rienda suelta a su felicidad estrechándola fuertemente entre sus brazos. Llegados aquí, la cámara enfoca de nuevo el rostro de Myra, húmedo de llanto, del que ha desaparecido toda la tensión acumulada, mostrando una plácida expresión de felicidad, sólo ligeramente matizada por el dolor que se adivina en el fondo de sus pupilas.

Como he dicho, la cinta es pródiga en escenas tan intensas como la descrita, actos en los que Vivien dio lo mejor de sí como actriz, siempre secundada por el gran Robert Taylor, impecable en su papel de galán romántico a la vieja usanza. Es preciso comentar algo sobre el personaje de Roy Cronin. A pesar de ser un militar de carrera curtido en cien combates, sigue siendo en muchos aspectos un muchacho, y como tal se comporta, sobre todo con Myra. Aun cuando no se mencione nada al respecto, adivinamos que la bella danzarina es su primer amor, el más puro y sincero, el que marca para toda la vida. El hombre endurecido en el horror de las trincheras, el recio oficial que consiguió sobrevivir en un campo de prisioneros alemán, es casi como un chiquillo ante la mujer que ama. No obstante, es un hombre hecho y derecho, que acepta con entereza la posibilidad de que Myra, que al fin y al cabo le creía muerto, pueda estar enamorada de algún otro. Pero cuando ella, embargada por la emoción, le dice que le quiere y que jamás podría querer a nadie más, lo acepta sin cuestionárselo, y sin ser capaz de descubrir el destello de amargura que, ocasionalmente, empaña la límpida mirada de ella. Como dato curioso, es obligado mencionar aquí que Vivien hizo cuanto pudo para conseguir que el papel de Roy fuera para su marido, sir Laurence Olivier; pero los directivos de la Metro estimaron que Taylor era el intérprete más idóneo. Con todos los respetos para el gran Olivier, el autor comparte la apreciación de los jerifaltes del estudio.

Para Myra la reaparición de Roy representa el fin de su pesadilla. Una vez reafirmados sus mutuos sentimientos, él se la lleva a su casa, una espléndida mansión campestre, donde Myra es cordialmente recibida por lady Margaret. Aunque a veces le asalta el temor de que Roy llegue a saber cómo se ha ganado el sustento durante bastante tiempo, la muchacha procura apartar esos siniestros pensamientos de su mente, concentrándose en amarle cada día más. El punto de inflexión de la trágica historia de Myra Lester lo marcará la entrada en escena del tío de Roy, que es al mismo tiempo el general en jefe de su regimiento. El general la acoge generosamente, incluso baila con ella ante las empiringotadas amistades de la familia, a fin de dejar claro que aprueba el matrimonio de su sobrino. Pero poco después, en el curso de una en principio aparentemente intrascendente conversación con la joven, el viejo militar pronuncia unas palabras que hacen recapacitar a Myra sobre el paso que va a dar. Más tarde, será lady Margaret quien dedique a la joven unas amables palabras, que harán que nuestra protagonista se hunda más aún en la desesperación, convenciéndose de que lo mejor que puede hacer es renunciar a Roy. Pero el dolor de esta renuncia es tan intenso, tan lacerante, que el único modo de paliarlo que encuentra la joven es quitándose la vida, arrojándose bajo las ruedas de un camión.

Dos son los actores secundarios que brillan en esta obra con luz propia. La primera es María Ouspenkaya, en el papel de la repulsiva madame Olga Kirowa, propietaria de la compañía de ballet en la que trabaja Myra. Es una vieja estirada y amargada, que trata despóticamente a las chicas que trabajan para ella, y que hace gala de una absoluta carencia de sentimientos. Sólo aparece en el primer tramo del film, pero su insensibilidad ante el sufrimiento de Myra hizo que se la recuerde como una de las damas más perversas del cine.

Una cierta tristeza
Una cierta tristeza

El otro gran secundario que nos deleita con su trabajo en esta cinta es Charles Aubrey Smith, actor de carácter que da vida al general Cronin, el afable tío de Roy. Smith, nacido nada menos que en 1863, tenía una dilatada experiencia teatral y era un rostro habitual de la gran pantalla. Corpulento y de elevada estatura, parecía envolverle un aura de dignidad y nobleza, lo que le convertía en el actor ideal para interpretar a militares de alto rango y aristócratas. Magnífico como siempre, C. Aubrey Smith eleva con su presencia la ya de por sí notable calidad del film. Respecto a su papel, hay que aclarar, a modo de curiosidad, que su rango no es el de general, sino el de Field Marshall; es decir, Mariscal de Campo, como puede apreciarse por los emblemas del cuello de su casaca. En los títulos de crédito finales figura como The Duke (el Duque) en clara referencia a la ascendencia aristocrática del personaje.

Aparte de los citados Ouspenkaya y Aubrey Smith, también es digna de mención Virginia Field como Kitty, la mejor amiga de Myra, que es expulsada del ballet a la vez que nuestra heroína. Kitty es la primera en dar el paso hacia la prostitución, una vez que ha comprendido que resulta imposible encontrar trabajo en otra cosa. Es más fuerte que Myra, y, en cierto modo, como se aprecia en algunas escenas muy concretas, se ha erigido en protectora de ésta. A pesar de ello, le aterra el destino que parece esperarlas, y así se lo confiesa a Myra. La vida que está obligada a llevar acaba endureciéndola, lo que le permite sobrevivir en ese sórdido submundo mejor que su siempre sensible amiga. Cuando Myra le cuenta que Roy está vivo, y que todavía desea casarse con ella, Kitty no puede evitar mostrar su escepticismo, comentando que eso sólo pasa en las novelas. Pero muestra su alegría por la resurrección de Roy y, en su fuero interno, desea fervientemente que ese sea el comienzo de una nueva vida para Myra. Es también notable la interpretación de la veterana Lucile Watson, que encarna a lady Margaret, madre de Roy.

Toda la película es un largo flash-back que comienza en septiembre de 1939, cuando un envejecido coronel Cronin cruza el puente de Waterloo andando, mientras rememora, con brillo de lágrimas en los ojos, su desdichada historia de amor. El film concluye donde empezó, en 1939 y en el puente de Waterloo, cuando Roy sube a su automóvil y parte al encuentro de su destino, en una Europa nuevamente azotada por el espectro de la guerra. Mientras se escuchan los acordes de El vals de las velas, y aparecen en sobreimpresión las palabras The End, el espectador sospecha que Roy Cronin no volverá vivo esta vez y que, quizá, después de todo, es lo que ansía: morir para así reunirse con Myra en el otro mundo.

La censura española de la época metió mano a los diálogos del film, alterándolos de forma que cualquier referencia a la prostitución quedara eliminada. Así, en el desenlace de la historia, cuando Myra confiesa su pasado a lady Margaret, insistiendo en que no puede casarse con Roy, alega que ha participado en ciertas revistas musicales que ella no podría ver sin avergonzarse. Considerando que en la España de aquellos tiempos la gente de la farándula, y en especial las mujeres, eran consideradas por buena parte de la sociedad como personas de costumbres disolutas, la trapacería de la censura no quedó tan mal. De todos modos, el esfuerzo del censor o censores de turno fue en vano. La escena en la que Kitty regresa a casa ataviada con unas ropas inconfundibles, siendo observada con suspicacia por un típico policeman londinense, despeja cualquier duda sobre el oficio que desempeña.

El implacable paso del tiempo, que todo se lo lleva por delante, no ha podido, sin embargo, con los clásicos del Hollywood de los grandes estudios, y EL PUENTE DE WATERLOO es buena prueba de ello. La historia de amor del capitán Roy Cronin y la bailarina Myra Lester, tan trágica como maravillosa, seguirá haciendo vibrar las fibras más sensibles de los amantes del Séptimo Arte. Y es que, como creo haber comentado en alguna que otra ocasión, en lo que al cine se refiere, cualquier tiempo pasado fue mucho mejor.

© Antonio Quintana Carrandi, (3.032 palabras) Créditos