LA BABEL DE EUROPA... Y DE ESPAÑA
por José Carlos Canalda
  • Admiróse un portugués
    de ver que en su tierna infancia
  • todos los niños en Francia
  • supiesen hablar francés.
  • Arte diabólica es,
  • dijo, torciendo el mostacho,
  • que para hablar en gabacho
  • un fidalgo en Portugal
  • llega a viejo y lo habla mal;
  • y aquí lo parla un muchacho.
Nicolás Fernández de Moratín.

HABRÁ UN DÍA EN QUE TODOS... es un conocido relato de Rafa Marín, publicado originalmente en el número 119 de Nueva Dimensión allá por 1978, en el que el escritor gaditano plantea, a partir de un argumento inverosímil, una cuestión importante que es precisamente la que me ha movido a escribir este artículo: ¿Cuánta responsabilidad tiene la fragmentación lingüística en los problemas de la humanidad? El tema no es baladí.

Recordemos primero el argumento del relato de Marín, el cual está disponible en su página personal: un científico loco inventa una especie de generador de ondas mentales capaz de bloquear los circuitos cerebrales responsables del lenguaje, haciendo olvidar su lengua materna —y el resto de los idiomas a los políglotas— a todos y cada uno de los miembros de la especie humana, sustituyéndolos por un único idioma universal, el lebab —babel al revés—. El protagonista, un profesor de idiomas como el propio Marín, se despierta una mañana hablando en una lengua desconocida, pero que entiende perfectamente, a la par que el inglés —el relato está ambientado en los Estados Unidos—, su lengua materna, le resulta tan indescifrable como si de un jeroglífico egipcio se tratase. Y como lo mismo le ocurre con el resto de los idiomas que dominaba, no tarda en descubrir que se ha quedado sin trabajo.

El fenómeno tiene alcance universal y afecta a la totalidad de la población del planeta. Pocos días después hace su aparición el responsable del desaguisado, el cual afirma que lo ha hecho movido por su convicción de que, una vez suprimidas las barreras del lenguaje, la humanidad será capaz de resolver sus problemas.

Claro está que su iniciativa ha acarreado de forma inevitable toda una serie de daños colaterales: amén de dejar sin trabajo a todos aquellos que vivían precisamente de los idiomas, ha convertido en indescifrable a la totalidad de la literatura universal. Casi nada.

Durante algún tiempo, no obstante, las cosas parecen haber mejorado, sin duda a causa del choque que la iniciativa ha provocado en la gente, pero poco a poco la humanidad comienza a volver a las andadas con nuevos bríos y ahora sin obstáculos de ningún tipo. Así pues, las ventajas se esfuman mientras los inconvenientes creados siguen allí.

El protagonista escribe entonces una carta al científico explicándole lo inútil de su plan, ya que está convencido de que el lebab acabará fragmentándose igual que lo hizo el latín, con lo cual se habrá retrocedido al punto de partida. Para su sorpresa recibe una respuesta en la que éste le confiesa haberse equivocado; y, como está de acuerdo con sus apreciaciones, ha decidido ponerle la marcha atrás a su máquina de modo que a los pocos días todos acaban olvidándose del lebab y volviendo a hablar sus idiomas de siempre.

El relato, cuyo argumento he resumido, está claro que fue escrito por un profesor de idiomas que, por encima de todo, es de suponer que ame a su trabajo. Pero da la casualidad de que, no sólo no es mi caso, sino que los idiomas han sido desde siempre mi cruz, hasta el punto de que a mi edad, tal como le pasaba al portugués de Moratín, a duras penas logro chapurrear algo de inglés y francés, y mi esfuerzo me ha costado. Y como la tortura china que para mí siempre ha supuesto estudiar idiomas es algo que, mucho me temo, está bastante extendido por esos mundos de Dios, no creo que todos estén de acuerdo con los planteamientos de Marín. Yo, evidentemente, no lo estoy.

No me voy a extender en el argumento principal de que se perdería el legado literario heredado, aunque resulta patente que hoy casi nadie es capaz de leer, pongamos por ejemplo, la ILÍADA, o la ENEIDA en sus idiomas originales, griego y latín respectivamente; incluso el castellano del siglo XVI —ni siquiera hablo ya del medieval— puede resultar bastante indigesto si antes no nos lo modernizan cribándole los arcaísmos. Aun con los inverosímiles planteamientos del cuento tarde o temprano sería posible traducir —o descifrar— los textos escritos en español, francés, inglés o chino, con lo cual no nos encontraríamos en una situación diferente a cuando leemos a Shakespeare o a Dostoievsky, o a cuando un angloparlante lee al Quijote.

En cualquier caso, nada más lejos de mi intención que la de rebatir a este excelente autor, ya que lo que en realidad deseo es demostrar que la fragmentación lingüística sí es un grave problema en sí mismo a todos los niveles. Discúlpeseme, pues, la digresión anterior, cuyo único motivo era el de ilustrar literariamente el tema.

Acabo de afirmar que la fragmentación lingüística es un grave problema, y voy a poner un ejemplo bien claro de ello o, mejor dicho, una comparación: la diferencia existente entre los Estados Unidos, con una lengua común para todo su territorio como es el inglés —independientemente de que haya en él minorías de otros idiomas— y la fragmentación europea. Un neoyorquino puede marcharse a vivir a California, o un habitante de Chicago a Texas, y seguirá entendiéndose perfectamente con sus vecinos sin mayores problemas. Un europeo, por el contrario, lo tendrá mucho más difícil por razones obvias. Conste que yo me he movido por media docena de países europeos, alguno de ellos con idiomas tan enrevesados como el griego, y nunca he tenido mayores problemas para comunicarme con la gente de allí; pero sigue sin ser lo mismo, amén de que una cosa es ir de vacaciones unos días y otra muy distinta irte a vivir a otro país por tiempo indefinido, que es a lo que yo me estaba refiriendo.

Y si bien esta incomodidad puede solventarse de mejor o peor manera con paciencia y algo de buena voluntad, lo peor es cuando los políticos empiezan a meter la nariz aprovechándose de que el Pisuerga pasaba por Valladolid. Así, tengo entendido de que en la Unión Europea, tan lejana por desgracia a esos Estados Unidos de Europa que me gustaría ver algún día, se gasta un pastón en todo lo relacionado con traducir la legislación y todo el papeleo burocrático, que es mucho, a la totalidad de las lenguas oficiales del organismo, nada menos que 23, ya que allí tanto monta, monta tanto, el alemán hablado por noventa millones de personas entre alemanes y austriacos, o el maltés, lengua materna de tan sólo 400.000 personas.

Yo, lo reconozco, para esto de los idiomas soy muy darwinista, es decir, creo en la supervivencia de los más aptos; reconozco que sería una lástima que desapareciera un idioma, al igual que sería una lástima que se extinguiera el lince, pero qué quieren que les diga, desde un punto de vista pragmático creo que todos —incluidos los descendientes de los antiguos hablantes del idioma muerto— se beneficiarían de ello. Al fin y al cabo nadie se lamenta a estas alturas de que no se haya conservado el latín, y eso que en este caso la cosa fue a peor dado que lo que se produjo fue una fragmentación del mismo en diferentes idiomas.

El problema es que los políticos no acostumbran a pensar lo mismo, y no por convicción, de eso estoy seguro, sino por oportunismo puro y duro. Al fin y al cabo esta subespecie humana sabe perfectamente qué teclas tocar para afectarnos la fibra sensible, y no cabe la menor duda de que el idioma lo es, como lo son también la religión —en determinados ámbitos, y si no pregúntenles a los musulmanes— o los nacionalismos. Así pues van a lo suyo, aunque lo suyo sea de forma habitual fastidiar al personal.

Europa, mucho me temo, nunca podrá ser un verdadero país mientras no consiga resolver su babel lingüístico, y mucho me temo también que eso es algo que va para largo. A modo de curiosidad cabe reseñar que un país con un problema similar, la India, lo resolvió de forma pragmática con el inglés. No digo que ésta sea la mejor solución, amén de que las circunstancias son muy distintas, pero sí digo que cuando se quiere se puede encontrar alguna solución, sea ésta la que sea.

Pero no necesitamos irnos tan lejos, ya que en nuestra sufrida piel de toro sabemos bastante del tema.

Quede clara una cosa: no estoy en modo alguno en contra de los idiomas minoritarios, catalán gallego y vasco, aunque todavía hay quienes pretenden que la lista se extienda cada vez más con dialectos como el bable, e incluso algunos tan pintorescos como los extintos leonés o aragonés... poco falta, me temo, para que propongan como idioma propio el andaluz, el castúo o el panocho e incluso, quién sabe, el cheli o el castizo... sólo es cuestión de dejarles suficiente tiempo.

No, no sólo no estoy en contra, sino que me parece completamente legítimo que las personas que tienen estos idiomas como lengua materna deseen conservarlos, faltaría más. Pero siempre y cuando, añado, haya conciencia de que se trata de lenguas minoritarias cuya preservación no puede chocar con algo tan necesario como es un vehículo de comunicación común, máxime cuando estamos hablando de bastantes siglos de convivencia —y por lo tanto de permeación—, muchos más que los cinco de existencia de España ya que Galicia y el País Vasco pertenecían al reino de Castilla desde mucho antes, y a Cataluña le pasaba lo mismo con Aragón.

Dicho con otras palabras: debido a una serie de avatares históricos de los cuales ninguno de los actualmente presentes somos responsables, pero cuyas consecuencias han moldeado de forma irreversible nuestro entorno, el idioma que se impuso en España fue el castellano, como podría haber sido otro de haberse dado unas circunstancias distintas; pero fue como fue, y no como a alguien le hubiera gustado que fuera. Por cierto, una ucronía muy recomendable sobre este tema es el relato Ñ, de David Soriano, publicado en el número 9 de la segunda etapa de Artifex. Por si fuera poco el español se convirtió en uno de los grandes idiomas a nivel mundial y, no lo olvidemos, en uno de los pocos capaces actualmente de plantar cara al inglés, lo que no es moco de pavo.

Lo triste del caso es que estoy convencido de que ambas necesidades, la de preservar tu propio patrimonio lingüístico y la de utilizar un idioma común deberían ser perfectamente conciliables, y de hecho los redactores de la Constitución idearon una fórmula, la de la cooficialidad, que a mí me pareció y me sigue pareciendo adecuada. El problema es que luego llegaron los nacionalistas de turno —y sinceramente no sé cuáles son peores, si los de toda la vida o los nuevos nacionalismos de izquierda, en sí mismos una contradicción como una casa que hereda lo malo de los unos y de los otros, con los resultados que cabe suponer—.

Pero como este artículo no es sobre los nacionalismos políticos, que sobre este tema también habría mucha tela que cortar, sino sobre el uso y el abuso que hacen los nacionalistas de los idiomas vernáculos, voy a ceñirme al tema. Para empezar, como diría un retórico, niego la mayor de que nacionalismo e idioma vernáculo vayan de la mano; no tiene por qué ser así, y hay ejemplos sobrados de nacionalismos sin idioma —véase los países hispanoamericanos, por no hablar de los Estados Unidos— y de idiomas sin nacionalismos, como ocurre sin salir de España con las regiones —perdón, comunidades autónomas— de Valencia o las Baleares.

Por otro lado, vuelvo a repetirlo, no debería haber nada de incompatible en ello, siempre y cuando se aceptara el carácter secundario —dicho sea esto sin la menor intención peyorativa— de estas lenguas minoritarias. Porque está claro que ocho millones de personas —el catalán—, tres millones —el gallego— o un millón escaso —el vasco— son una exigua minoría frente a los más de cuarenta millones de castellanoparlantes sólo en España, o los más de 400 en todo el mundo. Las cifras cantan, guste o no guste.

El problema estriba en que los nacionalistas se niegan a aceptar esta realidad tozuda y, lejos de asumir la coexistencia de las dos lenguas, se empeñan en aplicar unas medidas de discriminación positiva —injustas, como todas las discriminaciones de cualquier pelaje—, con lo cual cuentan con la justificación —es un decir— para abrir la veda de caza y captura del español, o castellano, como más guste. Lo irónico del caso es que hay en Europa multitud de lenguas minoritarias que suelen estar protegidas en sus respectivos ámbitos territoriales, pese a lo cual a sus hablantes no se les pasa ni por la imaginación renunciar al idioma común, sea éste el alemán, el francés, el italiano o el inglés, con lo cual no se plantea ningún problema.

Pero España sigue siendo diferente, y hasta en esto demuestran su españolidad todos aquellos que se jactan de no serlo. En la práctica la cooficialidad sancionada por la Constitución se ha convertido en una represión descarada del castellano, erradicado de los planes educativos y marginado por completo en los ámbitos legales y administrativos, habiéndose llegado a situaciones tan chuscas —y franquistas— como la de prohibir los rótulos de las tiendas en castellano, o tan aberrantes como la de contar más los conocimientos de la lengua vernácula que los de matemáticas... para ser profesor de matemáticas. Y conste que siempre que he visitado estas regiones jamás he tropezado con problema alguno en la calle, salvo claro está algún que otro estúpido, que de esos los hay en todos los sitios y en idéntica proporción. Esto confirma mi sospecha de que son los políticos, y sólo los políticos, los culpables de enredar la situación, creando problemas donde no debería haberlos para luego presentarse como los salvadores capaces de resolverlos. Pero ésta es otra historia que también nos desviaría demasiado del tema.

Lo irónico del caso es que, en su empeño no por imponer estas lenguas, que nada se puede criticar a su fomento, sino por reprimir a uno de los grandes idiomas mundiales, máxime en un mundo tan globalizado como el que vivimos, es les guste o no intentar poner puertas al campo. A medio plazo —y puede que incluso a corto— tienen la batalla perdida, y probablemente lo sepan aunque su cerrazón o, más probablemente, los beneficios que obtienen del monopolio de su pequeño reino de taifas les hace mantenerse inasequibles al desaliento.

Lo malo es que están perjudicando a mucha gente, y no sólo al pobre castellanoparlante al que le están menoscabando sus derechos constitucionales sin que nadie mueva un dedo —de la connivencia contra natura de los partidos de izquierdas con los nacionalistas tendré que hablar largo y tendido otro día—, sino incluso a los suyos propios a los que presuntamente dicen defender pero a los cuales están privando de una herramienta —el idioma castellano— que traían de fábrica —a la Transición de los años setenta se llegó con un bilingüismo prácticamente total— a la que nadie podrá negar su utilidad en el mundo de hoy.

En definitiva, no se trata de que los catalanes dejen de hablar catalán, los vascos vasco o los gallegos gallego, sino de que se deje de demonizar al castellano como presunto verdugo de estas lenguas y se entienda que ambas pueden y deben coexistir por el bien de todos y, en especial, de los propios interesados. Esto, que creo que está bastante asumido a nivel social, sigue siendo por desgracia una entelequia en los ámbitos políticos... que son los que cortan, por desgracia, el bacalao.

¿Se imaginan qué será de una generación de jóvenes catalanes, vascos o gallegos que a duras penas sepan defenderse en castellano? ¿A dónde van a ir fuera de sus reducidos territorios? Porque aunque el dominio —es un decir— de la lengua vernácula haya sido un filtro eficaz para entrar a trabajar de funcionario en las respectivas administraciones autonómicas, ¿qué harán cuando ya no quepan más y tengan que salir al resto de España, o del mundo? Ítem, que diría un abogado, ¿cuántos universitarios extranjeros —salvo, claro está, los filólogos y lingüistas interesados específicamente en ellos— dispuestos a estudiar español dada su innegable utilidad, serán bastante más renuentes a verse obligados a cursar clases en idiomas locales que a ellos no les van a servir para nada? Imagínense a un estudiante español viéndose obligado a seguir las clases en bretón, gaélico o siciliano y díganme si no es absurdo.

Porque, por encima de todo, esta cerrazón nacionalista lo único que está consiguiendo es empobrecer a unas regiones que tradicionalmente estuvieron a la vanguardia de España, y si bien para el resto de los españoles puede resultar una incomodidad, para ellos acabará siendo un verdadero problema. Y es una lástima, pero está ahí. Como dicen los evangelios, en versión más o menos libre, quien tenga ojos, que vea.

© José Carlos Canalda, (2.843 palabras) Créditos