EL SÍMBOLO PERDIDO
EL SÍMBOLO PERDIDO Dan Brown
Título original: The Lost Symbol
Año de publicación: 2009
Editorial: Planeta
Colección: Planeta Internacional
Traducción: Claudia Conde, Mª Jose Díez
Edición: 2009
Páginas: 617
ISBN:
Precio: 22 EUR
Comentarios de: Rafael Ontivero

EL SÍMBOLO PERDIDO... inencontrable

Hace unos días que terminé de leer el libro de Dan Brown, EL SÍMBOLO PERDIDO, en edición original, más que nada por la diferencia de precios entre la versión electrónica americana, 9, 99 dólares USA y la española, 22 euros. Pero no estoy aquí para hablar de los abusos de las editoriales, quizás lo haga más adelante, sino de otros.

Porque el libro apesta. Literatura basura, no por el argumento y el contenido, sino por cómo ha sido escrito. Es decir, si uno se toma el libro como una novelica para pasar el rato sin más que gastar unas horas leyéndolo, quizás emocionándose, quizás impacientándose por llegar al final de lo interesante que está, sin pensar si lo que se dice es cierto o falso, o bueno o malo, pues se va a llevar un buen chasco, porque ni siquiera para eso vale. No digamos ya si lo vamos a leer como un libro revelación, una obra que va a enriquecernos de alguna manera. Entonces no diríamos que el libro apesta, diríamos que, igual que una mierda pinchada en un palo, su único destino es el retrete, tirar de la cadena, y a otra cosa, mariposa.

Desde luego carece de la garra del CÓDIGO DA VINCI, donde a la segunda página ya estás embarcado en la aventura de Langdon; en esta necesitas muchas páginas más, por lo menos hasta que empiezan los descubrimientos interesantes, y aun así carece de cierto gancho. No sé cómo explicarlo, pero sí sé que le falta, aunque también es cierto que antes éramos más jóvenes e inocentes.

Capítulos cortitos y sencillitos, no sea que nos empachemos de tanta letra junta, y de paso pocos personajes, que no estamos como para seguir muchos hilos paralelos. Aparte de Langdon está su amigo Solomon, la hermana de éste, la directora de la CIA Sato, y el malo maloso. Otros van apareciendo y desapareciendo según convenga, pero tampoco es que sean muchos. En fin, lectura ligerita.

La lástima es que para explicar por qué el libro es como es, tenga que adentrarme en él y revelar parte de la trama, e incluso el final, que realmente es lo que menos vale de todo él. Me hubiera gustado expresarme sin tener que contar parte del argumento, pero me resulta completamente imposible, así que, si no quieres que te sean desvelados ciertos misterios argumentales, mejor para aquí y vuelve cuando lo hayas leído.

Estás advertido.

Ah, ¿insistes?

Tu mismo

Todos sabemos que los autores usan trucos argumentales para mantenernos en vilo, y en el caso que nos ocupa estos son burdos y evidentes, llegando en muchos casos hasta el insulto a la inteligencia del lector (aunque ésta sea escasa).

El peor de todos, y es aquí donde empiezo a desvelar cosas, se sitúa en el instante en el que Langdon está delante de la mano y no tiene ni repajolera idea de por dónde seguir, mientras Sato, que parece que sabe y tiene toda la pinta de ser mala, le aprieta a base de bien. La narración está descrita desde el punto de vista de Langdon, de modo que nosotros tenemos acceso en exclusiva a los pensamientos del personaje, así que en cierta medida llegamos a notar su angustia: amenazado con ser recluido por la CIA, —por cierto, sin mucha verosimilitud ya que ni la directora se atrevería a hacer algo así, ni se muestran credenciales ni autorizaciones judiciales—, su gran amigo posiblemente muerto, Langdon está sintiendo una presión intolerable, y de repente el autor, va y se saca de la manga el paquete en custodia.

Qué mal me sentó eso. Es como en los seriales: se llega a un punto de no retorno y los guionistas se inventan un hecho pasado, lo cuentan —y de paso rellenan más capítulos—, y salen del atolladero como de rositas, si te he visto no me acuerdo, y si has insultado al lector, pues que se joda. Es como si en una novela pulp de la más baja calidad al prota le apuntan diez marcianos con pistolas desintegradoras, y ya a punto de morir, se mete la mano en el bolsillo, y se saca su megafashion escarilotrópigogimnésico escudo magnético impenetrable, tan impenetrable que incluso repele la estupidez del prota, que inventó el chisme hace unos años pero del que justo ahora tenemos noticia.

¡Por favor! Un poco de respeto para el personal, así no se juega, esas no son las reglas. Aunque sea un efecto deseado por el autor, queda más como un error que otra cosa. Si al menos Brown hubiera descrito como Solomon le daba la caja antes, o recogiéndola de donde Langdon la tenía guardada sin darle mayor relevancia en el transcurso de la narración, la cosa hubiera podido valer, aunque entonces se pierde el momento angustia total. Y encima no es Langdon quien recuerda la caja en su maletín, no, es Sato quien, por motivos clarividentes, le da la indicación. Deprimente e insultante.

Pero el tema no termina ahí, porque resulta que, a menos de un tercio de la novela, estamos ante el final, porque el lugar donde apunta la mano es el lugar del secreto y el secreto mismo... Todo lo demás es relleno.

En la obra hay más incongruencias de este tipo, algunas bastante serias. Una especialmente flagrante es el origen del malo maloso. No quiero desvelar el secreto, pero a lo largo de la historia vamos asistiendo a hechos pasados del personaje en plan retrospectivo, hechos que más tarde se revelan falsos. Casi al final de la misma el lector descubre que Brown ha mentido sin ningún pudor al lector, proporcionándole pistas falsas para luego dar un golpe de efecto que se convierte en un nuevo insulto ya que hay serias inconsistencias entre una parte y otra. Cuando uno quiere conseguir un efecto de este tipo, que a priori no es malo, cuenta pero no cuenta. Aquí simplemente nos engañan.

Y para más inri, al final del todo descubrimos que el malo no pinta nada o casi nada en la novela. A eso hay que añadir cómo es posible que Sato haya descubierto el vídeo, así a palo seco, de repente, y cómo Bellamy (un amigo de Solomon) se echa las manos a la cabeza y descubre que vale la pena, y mucho, apoyar a Sato y su intento de alcanzar a Langdon. Finalmente, cuando el citado vídeo llega a las manos del lector, descubrimos que no es más que una grabación de los ritos en los distintos niveles de iniciación masónicos. Lo único chocante es que aparece mucha gente conocida e influyente en ellos... sin darnos cuenta de que ir a rezar a una iglesia, o adorar a un pedazo de yeso esculpido con forma humana o de elefante, o juntarse a darse cabezazos contra una pared, está en el mismo rango, o bien de estupidez y pérdida de tiempo, o bien de regocijo espiritual...

Otra cosa del argumento que me saca de quicio son las localizaciones, no por sí mismas, sino por cómo son presentadas al lector. Partamos del principio de que excepto Langdon, todos los personajes viven en Washington y pertenecen en cierta medida al gobierno, por lo que razonablemente deben estar al día en cuanto a edificios más o menos notables, ¿no? Pues parece ser que no, porque cuando se da una dirección todos empiezan a hacerse cruces sobre qué habrá allí, qué misterioso edificio se van a encontrar... Cuando llegan al lugar descubren que se trata del Obelisco, o de la central de los masones, o del Smithsonian.

—¡Oh cielos, es el Obelisco! Fíjate tu, yo pasando todos los días por delante y ahora descubro que es el obelisco, que está aquí desde hace doscientos años...

En fin...

Dejemos las técnicas narrativas y centrémonos en el contenido. Y aquí no quiero ser excesivamente crítico, ya que hay que entender la obra como lo que es: ficción para entretener, sin más pretensiones, y el que diga lo contrario se equivoca. No obstante, también hay, aparte del contenido en sí, flagrantes errores e inconsistencias.

Cuando se lee una novela uno suspende partes de su sentido de la realidad, es decir, acepta cosas como buenas que seguro no haría en la vida real. Y cuantas más suspensiones tenga una obra y menos nos demos cuenta, mejor es. Pongamos por caso CAMELOT 30K o DUNE. Uno las lee, sabe que todo no sólo es completamente mentira, sino improbable, pero sin embargo, cree.

En EL SÍMBOLO PERDIDO no es así. Todas las suspensiones de la credulidad son chabacanas y hacen saltar las alarmas del lector, sobre todo cuando luego se confirma que la mitad de cosas contadas, unas páginas más adelante, han sido variadas por arte de birlibirloque. Pongamos varios ejemplos.

No creo que haya mucho misterio en cómo se llega al laboratorio de la hermana de Solomon, no después de que se haya explicado, pero en las primeras escenas se nos presenta como el problema místico por excelencia: un no iniciado debe atravesar la oscuridad y llegar a la luz por sus propios medios... pero cuando descubrimos cómo está marcado el camino nos damos cuenta de que Brown ha vuelto, otra vez, a engañarnos con burdos trucos.

Eso si no tenemos en cuenta que el laboratorio en un principio está bajo los sótanos más profundos del Smithsonian y está construido con los materiales más tecnológicos que existen para disponer del mayor aislamiento ante cualquier tipo de interferencia, electromagnética, psíquica o noética... pero luego resulta que dentro del mismo hay teléfono, internet y hasta cobertura de móvil. ¿En qué quedamos?

Luego la medición del peso del alma se hace en pocas palabras en un hospital (y es un experimento que ha sido realizado varias veces con resultados siempre completamente negativos) etc. De hecho, muchas de las cosas que se cuentan en la novela como pertenecientes a la noética, han sido estudiadas en la vida real y se han comprobado falsas.

Y ya que hablamos de los sótanos, cuando el malo maloso mata a la amiga y empleada de la hermana, el guardia de la puerta se da cuenta, pero baja solo y sin avisar, y pasa un montón de tiempo, y nadie se da cuenta de que se han disparado varias alarmas, y luego resulta que el sótano superaislado tiene una puerta que da a la calle, y el guardia no tiene pistola ni linterna para liarse a tiros con el malo, y del incendio (¡En el Smithsonian!) apenas se dice nada, y la empresa de seguridad no se da cuenta de que le falta una empleada, y hay un helicóptero sin autorización volando (y aterrizando) por el centro de Washington, y a los agentes de la CIA les da igual realizar acciones ilegales, y en los vehículos del metro nadie puede tirar de la anilla que abre las puertas mecánicamente, y las huellas de infrarrojos duran varias horas, y la pirámide tiene un fondo de cera o similar y nadie se da cuenta, y la caja al desarmarse se abre como una cruz sin explicar que esa es la forma más común de construir una caja...

...pero lo más chocante de todo, lo más llamativo, lo más estúpido, lo más peor de lo peor que se pueda decir es que... ¡Los símbolos que se están analizando en todo momento pertenecen a la fuente SYMBOL de Word (o de Windows)!

¡Toma ya!

Si os dais cuenta no he hablado de los cuadrados mágicos ya que puede que sea, misticismos aparte, la única cosa de la novela que es cierta.

En fin, parémonos aquí para terminar lo antes posible con una odiosa comparación. En EL CÓDIGO DA VINCI Brown da cera de la buena contra todos los poderes fácticos. Quizás sea ese el único valor de la obra, que mediante las tonterías que se dicen se van dejando caer verdades como puños sobre el Opus Dei, la Iglesia Católica y otros.

Pero en esta novela no hay nada de eso, incluso la CIA es buena. Es decir, el símbolo perdido es un amanecer, el secreto más guardado de los masones es que creen en Dios y tienen una Biblia, escondida dentro del obelisco. Lo demás son tonterías y aventurillas varias, y la última parte de la novela, cuando ya la acción ha terminado y Langdon y Solomon se van sincerando, es un pestiño de cuidado.

RFOG dixit.

© Rafael Ontivero, (2.059 palabras) Créditos