CINE CLÁSICO VERSUS CINE ACTUAL
por José Carlos Canalda

Podría haber empezado este artículo con el manido tópico de que me gusta el cine; pero además de falta de originalidad, habría pecado de imprecisión porque, ¿a quién no le gusta el cine? Realmente habría que ser un bicho muy, pero que muy raro, para entrar dentro de esa categoría.

Por si fuera poco, hubiera incurrido en una imprecisión que por sí misma inhabilitaría tan rotunda afirmación; porque, aunque a prácticamente todo el mundo le gusta el cine, no a todos les gusta el mismo tipo de cine, así que en conclusión decir que me gustaba el cine habría venido a equivaler a no decir absolutamente nada.

Así pues, procuraré ser algo más preciso: me gustan algunos tipos de cine —como me gustan algunos tipos de cualquier otra cosa— mientras que otros no me hacen demasiada ilusión o, simplemente, salgo huyendo de ellos... como todo el mundo,

¿Cuáles son los tipos de cine que me gustan? Más que centrarme en los géneros, prefiero hacerlo de una manera más global o, si se prefiere, más horizontal: básicamente me atrae el cine clásico, tanto el norteamericano como el europeo, mientras que a partir de, digamos, mediados de los años sesenta me vuelvo mucho más selectivo dado que, por desgracia, la calidad media del cine en su conjunto ha ido decreciendo —hasta caer prácticamente en picado— desde entonces hasta ahora. Es una pena, por supuesto, pero se trata de un hecho incontrovertible.

Aclaro que por clásico considero al cine correspondiente, de forma aproximada, al período de tiempo que va desde los inicios del sonoro —lo siento, carezco de la suficiente capacidad para entender el cine mudo— hasta la fecha citada de mediados de los años sesenta, con ciertas matizaciones que pasaré a exponer más adelante. Esto incluye a todos los géneros ya que, aunque algunos de ellos no me entusiasmen especialmente como tales —caso de las películas del Oeste—, he disfrutado enormemente viendo algunas de ellas —como por ejemplo las de John Ford —, al tiempo que otros géneros hacia los que en principio podría ser más afín —la ciencia-ficción— me han regalado en ocasiones con unos truños de mucha consideración.

¿Quiere esto decir que el cine de los últimos cuarenta y tantos años —más de la mitad de su existencia, si nos ceñimos sólo al sonoro— no me interesa en absoluto? No, en modo alguno, hay muchas películas recientes —llamémoslas así para diferenciarlas de los clásicos más antiguos— que me han encantado, incluso algunas de como quien dice ayer mismo; pero el porcentaje de ellas sobre el total es muy inferior a lo que me ocurre con las películas clásicas, de las que es difícil que alguna me resulte insoportable.

Voy a explicarme y para ello, si se me permite distinguiré, entre el cine norteamericano y el europeo, dado que a partir de los años sesenta comenzaron a seguir unos caminos divergentes que merece la pena comentar por separado. Hasta entonces, tanto en uno como en otro, existía un factor que para mí era el primordial para su éxito: unos buenos guiones. Vaya por delante que yo considero al cine, o mejor dicho a las películas, como una obra coral en la cual se tienen que aunar muchas responsabilidades para conseguir el resultado deseado, fuera de protagonismos exclusivos y, mucho menos, de divismos de cualquier laya. Y desde luego, bastará con que falle sólo uno de los varios pilares en los que se sustenta para que los resultados sean negativos.

En el cine clásico, por supuesto, la figura del director tenía mucha importancia; sería no sólo injusto, sino también absurdo, negarlo. Pero no era el director, ni mucho menos, quien corría en exclusiva con la responsabilidad del éxito o el fracaso de la película. Estaban en primer lugar los actores, y recordemos que ésta fue la edad dorada de las estrellas cinematográficas; pero también estaban, además de toda la pléyade de técnicos que trabajan calladamente tras las cámaras —directores de fotografía, técnicos de sonido, decoradores, responsables de los vestuarios, compositores de bandas sonoras—, los guionistas... unos guionistas que en muchas ocasiones solían ser afamados escritores. Y como en el fondo de lo que se trataba era de contar una historia, huelga todo comentario sobre su importancia.

Así pues, en el cine clásico lo habitual era encontrarse con unos guiones sólidos que, a modo de armazón o esqueleto, permitían levantar en torno suyo todo el tinglado de la película y, claro está, con esos mimbres por fuerza tenían que salir buenos cestos. Por supuesto no pretendo desmerecer en modo alguno la labor de ninguno de los otros participantes en la película empezando por el propio director, pero considero importante dejar bien clara la importancia de estos escritores que hermanaban la buena literatura con el buen cine.

Incluso en los géneros y subgéneros en los que primaba el entretenimiento, tanto me da que fuera una película de aventuras como una comedia de Kapra, los guiones eran chispeantes y entretenidos, no hacía falta recurrir a un drama o a una película de tesis para disfrutar del celuloide. Vamos, que hasta las películas pensadas como meros panfletos de propaganda —véase CASABLANCA — les salían bien. Por eso no es de extrañar que del cine clásico emane ese atractivo que tanto nos agrada y que tanto escasea ahora.

Hasta que todo se fue al garete. Y aunque desde mi punto de vista en ambos casos el mal fue exactamente el mismo —la pérdida de calidad de los guiones—, las circunstancias en las que la debacle ocurrió fueron muy distintas a una y otra orilla del Atlántico.

Empecemos por América. Creo no exagerar si digo que buena parte del cine americano actual, al menos del que llega hasta nosotros, es rotundamente deleznable. Por supuesto están los hermanos Coen, Woody Allen y algún que otro más para redimirlo, al igual que Abraham intentó redimir a Sodoma y Gomorra; pero se trata tan sólo de una gota de agua inmersa en el mar de la vulgaridad. ¿Qué le ocurre al cine americano para andar tan de capa caída? Pues simplemente que sus guiones, salvo honrosas excepciones, no suelen valer un pimiento, primando ahora factores tan espurios como los efectos especiales —con pirotecnia incluida—, los mamporros que pretenden sustituir a las gloriosas películas de aventuras y el cine para descerebrados, perdón, quería decir adolescentes, tal como le oí decir con todo descaro al productor/perpetrador de EL PLANETA DE LOS SIMIOS —me refiero a la versión de Tim Burton — cuando afirmaba que a él el único público que le interesaba era éste... sin comentarios.

¿Hasta dónde llegará la crisis de ideas del cine americano, que en buena parte está viviendo de las continuaciones infinitas y de los refritos descarados, llegando incluso a cargarse con contumacia hasta la película —en su primera versión o entrega, se entiende— más presentable? Yo no me atrevo a pronosticarlo. Y así nos va.

Pasemos ahora a la vieja Europa. Hasta los años sesenta se hacía aquí un cine muy, pero que muy decente, tanto me da que hablemos del español, el francés, el italiano o de esa maravilla que siempre ha sido el cine inglés. Eran obviamente producciones mucho más modestas que las de allende el Atlántico, pero no por ello menos dignas... hasta que todo se fue también a la porra. ¿Qué sucedió?

Para mí en esta ocasión los malos tienen claramente nombre y apellidos, la caterva de directores franceses agrupados en torno al movimiento de la Nouvelle Vague que, en su afán por cargarse la tradición, dinamitaron literalmente el otrora respetable cine francés, extendiendo sus efectos no mucho más tarde al resto de los países europeos. Los principales fueron François Truffaut, Jean-Luc Godard, Jacques Rivette, Éric Rohmer, Claude Chabrol, Jean Pierre Melville o Alain Resnais, junto con otros que iban de por libre como Jacques Tati.

Según la Wikipedia su bandera no sólo era la libertad de expresión, sino también la libertad técnica en el campo de la producción fílmica. Entiéndase, porque este detalle es importante: la de los directores. Punto. Para empezar, y esto ya era de por sí grave, implantaron el concepto de cine de autor, entendiendo como tal al director que, de esta manera, dejaba de ser un primus inter pares para convertirse en lo que nunca había sido, la prima donna del séptimo arte. Todo los demás sería ya secundario y a ellos estaría superditado; la película era de su director, en el mismo sentido que una sinfonía es del compositor o una novela del escritor. Casi nada.

Por si fuera poco, el talante de esta gente no podía ser más radical y excluyente, muy en la línea de los vanguardismos artísticos —de hecho ellos venían a ser su equivalente cinematográfico— tan en boga entonces; todo el que no comulgara con sus postulados, quedaba automáticamente excomulgado. Para colmo de males llegó entonces el famoso Mayo del 68, ese gran bluff del presunto progresismo que lo único que consiguió fue poner patas arriba todo lo que se le puso por delante, sin plantear más alternativas que estúpidas frasecitas vacías del tipo La imaginación al poder o Seamos realistas, pidamos lo imposible... el cóctel estaba servido.

Y así como el único fruto tangible que dejó de su paso el Mayo del 68 fue, por desgracia, el talante progre —que no progresista— que tanto daño hizo y todavía sigue haciendo hoy en día, los promotores de la Nouvelle Vague encontraron campo abonado para sus soporíferas películas, ya que en el manual del buen progre venía escrito con letras de oro que había que tragarse esos truños —por supuesto manifestando admiración por ellos— al tiempo que se desdeñaba toda película que manifestara la más ligera veleidad de desviacionismo burgués... es decir, cualquier otra.

Huelga decir que el fenómeno se expandió como la pólvora por todos los países de Europa occidental —en la oriental no estaban entonces para estas tonterías—, cargándose el glorioso cine clásico de estos países al tiempo que ofrecía a cambio obras tan jeroglíficas como las de Bertolucci o tan soporíferas como las de Visconti. Tras su paso el cine europeo se escindiría en dos ramas bien diferenciadas, el cine para exquisitos y el cine de consumo —en el sentido peyorativo de la palabra— cuyo máximo exponente español serían las landadas primero y el destape años después. Para quien no gustara ni de lo uno ni de lo otro, quedaba tan sólo el vacío más absoluto.

En España, aunque como casi siempre la cosa llegó con retraso, una vez aquí demostró su voluntad por quedarse. El primero de estos directores estrella —también en sentido peyorativo— fue Carlos Saura, de quien puedo presumir que tan sólo he podido aguantarle una película — ¡AY CARMELA! — y porque no era un guión suyo, sino la adaptación de una obra teatral razonablemente normalita. Pero luego ocurrió que murió Franco y, como había que romper con todo lo antiguo, entendiendo como tal aquello sospechoso de oler a franquista, aunque sólo fuera por meras razones cronológicas, pues...

En esas estábamos cuando, en 1982, los socialistas llegaban por vez primera al gobierno. Por imperativos generacionales estaban trufados de antiguos progres del 68, al menos en lo que a los ámbitos culturales se refiere, con lo cual lo que llegó a continuación era bastante fácil de prever. El famoso Decreto Miró, promulgado en 1983, instituiría un precedente de amplias consecuencias en años posteriores; con la excusa de querer potenciar el cine español, se inició una política de subvenciones generalizadas —¡anticipadas!— que, aparte de beneficiar a más de un sinvergüenza, como ocurre siempre con este tipo de medidas, hizo más bien poco por el cine español de verdad.

En un artículo publicado en El País el 22 de enero de 1989, los distribuidores cinematográficos denunciaban que los presuntos efectos beneficiosos del Decreto Miró se habían concretado en una disminución de la cuota de pantalla del cine español, que había pasado de suponer entre un 28 y un 30 % de taquilla a limitarse a un raquítico 10%, que otras fuentes reducen hasta el 7, 5%. Desde entonces han pasado 20 años y carezco de datos más recientes, pero mucho me temo que la situación no haya mejorado mucho. Se da así la aparente paradoja de que, cuando más se mimó el cine español, más batacazo se pegó, al menos en lo que respecta al juicio inapelable del público.

Sin embargo, tal paradoja no es tal. Gracias al Decreto Miró se rodaron infinidad de películas que sin esta ayuda jamás hubieran llegado a verse terminadas... debido a su nulo interés y a su más que evidente falta de calidad, aclaro. Es decir, se suprimió algo tan básico como es la selección natural —de la taquilla, en este caso—, con las consecuencias que eran fáciles de imaginar. Eso sin tener en cuenta, claro está, no sólo el onanismo mental de muchos presuntos directores, satisfecho por tan generosa normativa cuando ni locos hubieran pensado en sacar adelante sus truños, sino también la pura y dura picaresca hispánica, ya que se habló de películas rodadas exclusivamente para embolsarse la subvención, sin que luego se tuviera el menor interés en estrenarlas... ¿para qué, si ya habían cobrado?

No es de extrañar que en esas circunstancias los espectadores dieran la espalda a un cine español del que, como poco, se puede decir que era en su mayor parte aburrido e insípido, con las consabidas excepciones que, pese a todo, no conseguían salvar al conjunto. Desde entonces han pasado 20 años y diversos avatares, pero en general buena parte del cine español ha seguido por el camino trillado de sus particulares neuras sin rendir resultados brillantes más que muy de tarde en tarde, y conste que no me estoy refiriendo a películas como la saga de Torrente —que pese a todo tenía algunos interesantes aciertos— o a Mortadelo y Filemón, en la que los hermanos Fesser destrozaron inmisericordemente la herencia del maestro Ibáñez.

Sería injusto decir que en estos 20 años no se han hecho buenas películas españolas; se han hecho, y muy buenas, pero su número queda eclipsado por la gran cantidad de petardos con los que nos han obsequiado simultáneamente. Incluso el extravalorado Almodóvar ha contribuido con sus cargantes extravagancias —ni siquiera goza ya del beneficio de la presunta originalidad— a hacer del cine español esa cosa rara que me ahuyenta no sólo de las pantallas sino también de la televisión cuando en la Dos echan esas películas españolas de las que no había oído hablar en mi vida.

Eso sí, los exquisitos siguen marcando distancias entre esas maravillas que ellos adoran y las casposas películas de los años setenta y ochenta que tanto denigran; como si las tetas y el culo de Susana Estrada o de Nadiuska fueran esencialmente distintos de los atributos análogos de Paz Vega o Elsa Pataki, actrices que adornan —en el sentido literal de la palabra— esas presuntas obras de arte en las que curiosamente también se despelotan a las primeras de cambio. Pero eso es arte... Eso sin contar con las enésimas versiones de la guerra civil, de las cuales es imposible encontrar una sola —a excepción de LA VAQUILLA, la última película presentable de Berlanga — que sea mínimamente objetiva no ya con la ideología, sino incluso con la propia historia.

Aunque hace muchos años que el famoso Decreto Miró dejó de estar vigente, la cultura de la subvención junto con el clientelismo, que es su hijo putativo, han hecho estragos en la industria cinematográfica española. Aparte de cargarse a las productoras independientes que, como bien decía en una ocasión Mariano Ozores, jamás se habían embolsado un solo duro de los caudales públicos, ha creado una fuerte simbiosis entre el poder político —en especial el del PSOE— y el mundo del cine, o por lo menos una parte de él, afín políticamente y muy activo en defensa de los intereses del primero, como se ha visto en más de una ocasión recientemente... y es que amor con amor se paga, y además con notoria generosidad.

En esto llegamos a una nueva etapa en la que, con una Ministra de Cultura procedente de este ámbito, se ha metido literalmente a la zorra en el gallinero —por favor, que nadie piense en segundas intenciones en lo referente al refrán—, con lo cual las previsibles consecuencias no han tardado en hacerse notar: una nueva vuelta a la política de subvenciones indiscriminadas, con una salvedad: en aras de lo políticamente correcto: a sus promotores se les ha ocurrido la genial idea de aplicar la discriminación positiva —como si alguna discriminación lo fuese— dando más dinero a las directoras de sexo femenino que a sus colegas masculinos. Sin comentarios, porque me cabreo.

Eso sí, habrá que ver si el cine español mejora en calidad, y si se reencuentra con su público; yo, personalmente, tengo hecha ya mi quiniela. ¿Y ustedes?

© José Carlos Canalda, (2.803 palabras) Créditos