LA ARQUITECTURA CONTEMPORÁNEA
por José Carlos Canalda

Puesto que ya lo he comentado en anteriores artículos, no creo necesario insistir de nuevo en mi opinión cada vez más firme de que el arte occidental ha perdido el norte —y probablemente también el resto de los puntos cardinales— desde que las vanguardias empezaron a campar por sus respetos sin que nadie pusiera coto a sus exageraciones. Por supuesto la arquitectura no es ninguna excepción, basta con vislumbrar algunas de las proezas de los arquitectos estrella para comprobarlo, pero ésta tiene una peculiaridad de la que carecen sus hermanas artísticas que le hace mucho más sensible a las genialidades de sus artífices; a diferencia de las artes plásticas, de la música o de la literatura, la arquitectura tiene un fin práctico en sí misma, es decir, los edificios son para algo más que para ser contemplados, ya que sirven también para vivir o trabajar en ellos. Un cuadro o una escultura pueden parecernos una mamarrachada, pero lo único que hieren es nuestro sentido estético, mientras que si tenemos que padecer un edificio inhabitable la vida se nos puede acabar convirtiendo en un martirio.

Otros factores, secundarios quizá, pero asimismo importantes, hacen de la arquitectura vanguardista un caso especial —entiéndase esto como todavía peor— respecto a las otras artes. Si nos fijamos en la soberbia del artista —y los vanguardistas suelen ser por lo general muy soberbios—, veremos que un cuadro, una escultura o una composición musical, por muy aberrantes que sean, siempre suelen tener un impacto relativamente moderado o, si se prefiere, es relativamente fácil ignorarlos. Pero un edificio último berrido incrustado en pleno centro de una ciudad puede hacer mucha más pupa, a la par que resultará imposible de obviar. Y por si fuera poco es para siempre, o por lo menos para mucho, demasiado, tiempo.

Conviene no olvidar tampoco, puesto que es algo que asimismo influye de forma notoria, que la arquitectura, a la par que arte, es asimismo una ingeniería, cosa lógica dado que interesa que los edificios no se derrumben sobre sus ocupantes. De hecho, y al menos en España, esta disciplina no se estudia en las facultades de bellas artes, sino en las escuelas politécnicas.

Hecha toda esta introducción, vayamos ahora al grano: la arquitectura actual, al menos en lo referente a los grandes edificios singulares, ha tomado lo peor del arte —la soberbia y el afán por la extravagancia— y lo peor de la ingeniería —el desinterés por la belleza—, dando como resultado un hermoso niño de dos cabezas, cuatro brazos y seis o siete piernas con la piel a lunares blancos y negros... ¿me explico?

Lo curioso del caso es que los vanguardismos arquitectónicos surgieron de forma relativamente tardía en relación con las otras artes, ya que hasta bien entrado el siglo XX —más o menos hasta el inicio de su segundo tercio— los arquitectos todavía construían edificios bastante aparentes, y sólo en algunos lugares muy determinados como la isla de Manhattan otros intereses, en este caso especulativos, dictaban la construcción de unos edificios, los rascacielos, que a mí me parecen totalmente inhumanos a la par que carentes por completo de belleza. Sin embargo, coincidiendo más o menos con la II Guerra Mundial tendría lugar una revolución que acabó con una herencia milenaria a la vez que entronizaba los feísmos que todavía seguimos padeciendo hoy.

Así, en aras de un funcionalismo rabioso la arquitectura renunció casi por completo a su tradición artística, convirtiéndose en una mera ingeniería que en vez de construir carreteras, puentes, pantanos o líneas férreas, se dedicó a construir edificios. Pero como había que llamar la atención, al no querer, o no poder hacerlo creando belleza, optaron por la vía fácil de recurrir a la espectacularidad y el gigantismo, cuando no directamente a la extravagancia; porque, la verdad sea dicha, cuesta trabajo mostrar indiferencia ante semejantes mamotretos.

Todavía más grave, si cabe, es comprobar que a muchos de estos arquitectos, aunque les devora la vanidad, les trae completamente sin cuidado la funcionalidad de los edificios que perpetran; yo siempre digo, medio en broma medio en serio, que habría que obligarles a vivir o a trabajar, según el caso, durante algún tiempo en los edificios que diseñaran, para que por lo menos padecieran en carne propia los problemas y las incomodidades que en ocasiones dejan en herencia a sus sufridos ocupantes.

Pero no, a ellos les da exactamente igual que un edificio sea inhabitable o que presente serias deficiencias de diseño; conque quede bonito —según sus particulares criterios, claro— se dan por más que satisfechos. Ejemplos de los que denuncio los hay a montones: un edificio diseñado para la península escandinava y construido en las islas Canarias, con la consiguiente inhabitabilidad del mismo; una sala de conciertos plantada en mitad del cauce antiguo del río Turia, en Valencia, que se inunda —como era de esperar— a la primera tormenta; edificios inteligentes —aunque yo no les veo la inteligencia por ningún lado— en los cuales no se puede abrir una sola ventana aunque te estés asando literalmente de calor; puentes de diseño, como uno de Bilbao, en el que los peatones se resbalan apenas llueve —y allí suele llover bastante—, al que el ayuntamiento tuvo que añadirle además una pasarela para hacerlo mínimamente funcional.

Eso sin contar con la manía del más alto al que ha conducido ese aberrante afán por los rascacielos, unos edificios que a mí me parecen, vuelvo a repetirlo, inhumanos y alienantes tanto para los de dentro como para los de fuera; y como el ejemplo de las desaparecidas torres gemelas del World Trade Center neoyorquino ha caído al parecer en saco roto, se siguen construyendo edificios todavía más altos en diferentes lugares del planeta, en lo que parece una estúpida competición acerca de a ver quien logra llegar más arriba. No hace falta pensar en la amenaza de un atentado salvaje para caer en la cuenta de los peligros que encierran estos monstruos; en Madrid hace unos años ardió hasta los cimientos el edificio Windsor, junto a la Castellana, y sólo el hecho de que ocurriera por la noche impidió una posible tragedia. ¿Se imaginan ustedes lo complicada que puede resultar la evacuación de uno de estos monstruos en caso de emergencia?

Eso sin contar, claro está, el aspecto estético. A mí, qué quieren que les diga, no les encuentro por ningún lado la belleza al Museo Guggenheim bilbaíno, a la bodega del Marqués del Riscal de Elciego, en la Rioja alavesa, o a las cuatro torres construidas sobre el solar de la antigua ciudad deportiva del Real Madrid, al norte de la capital de España; pero si feos me parecen estos edificios aislados, lo que me resulta todavía más aberrante, en éste y en otros muchos casos, es el impacto urbanístico de los mismos sobre su entorno.

Porque ésta es otra cuestión no menos importante que parece importarles un comino —aunque a lo mejor resulta que en realidad les importa demasiado como manera de realzar su ego—, el destrozo de un entorno urbanístico consolidado plantándole en mitad un edificio que, independientemente de sus posibles bondades intrínsecas, resulta evidente que se encuentra en un lugar equivocado. Huelga decir que yo no pretendo imponer mis personales, particulares e intransferibles gustos a nadie, ni mucho menos convertirlos en un canon —pretensión que ya de por sí sería ridícula—, pero hay cosas que claman al cielo.

Así, admito que construyan edificios que no me gusten, pero siempre y cuando, y este matiz es importante, se encuentren en el entorno adecuado y no vengan a violentar un entorno urbanístico ya consolidado. Dicho con otras palabras, no me gustan las incrustaciones fuera de lugar, y lo mismo me da que sea un edificio vanguardista empotrado en un casco antiguo, o una iglesia neorrománica en mitad de Nueva York; en ambos casos el resultado es tan aberrante como ridículo.

Sin embargo, esto no sólo no parece preocupar a muchos arquitectos sino que, por el contrario, parece gustarles más que a un tonto un lápiz. Los resultados, como puede comprobarse fácilmente, son demoledores. Por poner un ejemplo conocido, y ya añejo, las famosas Torres de Valencia, junto al Retiro madrileño, destrozaron una de las perspectivas más bonitas de la capital de España, de modo que si nos situamos en la plaza de la Cibeles y miramos en dirección a la Puerta de Alcalá, veremos sobresalir el mamotreto por encima de esta última. Conste que nada tengo en contra del edificio en sí —aunque, la verdad sea dicha, tampoco me dice nada más allá de la sospecha de una especulación urbanística—, pero sí en contra del lugar en el que fue ubicado y al que habría habido que respetar, ya que al construir un edificio no sólo hay que contar con el impacto visual de éste, sino también con el impacto no menos importante sobre su entorno más inmediato.

Claro está que los responsables de estos desaguisados arguyen que el entremezclado de estilos arquitectónicos es algo que se ha hecho desde los albores mismos de las ciudades, y que es habitual encontrarse en un casco antiguo edificios de diferentes épocas —góticos, medievales, renacentistas, barrocos, neoclásicos...— entremezclados en paz y armonía. Eso es cierto, por supuesto, pero no menos cierto es también que, por muy diferentes que puedan resultar dos edificios contiguos, pongamos por ejemplo uno gótico y otro barroco, existe una afinidad básica entre ellos que hace que el conjunto resulte, si no armónico, sí cuanto menos equilibrado, dado que existen unas pautas básicas que resultan comunes para todos ellos.

Por el contrario la arquitectura vanguardista se caracteriza, como todos los vanguardismos, por romper de forma radical con todo lo anterior, por lo que sus edificios resultan completamente disformes respecto a los anteriores, sean éstos del estilo que sean. No es imprescindible saber mucho de arquitectura, ni de arte, para descubrir que un edificio cuyas formas, alturas, diseños de fachadas y materiales de las mismas son radicalmente distintos a los de su entorno casa infinitamente peor con éste que un edificio barroco incrustado en un casco medieval... pero a ver quién les convence de ello, cuando ni tan siquiera respetan —este tema merece dedicarle un artículo propio— a los mismos edificios cuando es necesario acometer una restauración de los mismos.

Claro está que siempre podrán decir —y de hecho lo dicen— que les gusta el contraste, pero qué quieren que les diga, yo soy de la opinión de que hay que respetar los entornos urbanísticos consolidados, sin caer en un mimetismo absurdo pero sin cometer aberraciones del estilo de las comentadas. El problema es que ni tan siquiera en los recintos protegidos lo respetan, al menos en lo que respecta a los encargos de las distintas administraciones públicas, porque con los particulares es ya otra historia; puedo poner el caso, por ser el que mejor conozco, de mi Alcalá de Henares, mi ciudad natal, cuyo casco antiguo fue declarado conjunto histórico-artístico en 1968 —hace ya más de cuarenta años— y que desde hace casi once —en diciembre de 1998— fue declarada Ciudad Patrimonio de la Humanidad.

Pues bien, resulta que si un ciudadano particular desea realizar una intervención urbanística en el casco antiguo complutense —léase construir un nuevo edificio, o remodelar uno antiguo—, se encontrará con una larga lista de cortapisas ideadas para impedir aberraciones discordes con su entorno, lo cual en principio está muy bien aunque en ocasiones ha conducido a extremos tan absurdos como obligar a mantener una decrépita fachada de tapial —ni siquiera de ladrillo— cuyo valor artístico era nulo. Pero bueno, siempre será mejor ese extremo que el opuesto.

Sin embargo, cuando el promotor es el propio Ayuntamiento, la universidad, la Comunidad Autónoma o algún ministerio, la cosa cambia radicalmente y entonces todas esas cosas que no dejaban hacer a los particulares, junto con muchas otras locuras que probablemente ni se les ocurrirían siquiera, tienen campo libre para ser aplicadas sin que ningún organismo —estamos hablando de un juez que también es parte— haga lo más mínimo para evitarlo. Así, si nos damos un paseo por el casco antiguo alcalaíno, nos encontraremos que, junto con algunos edificios discordes, todos ellos anteriores a la ley de protección de 1968, la zona está salpicada de mamotretos posteriores a ese año pero, eso sí, perpetrados con las bendiciones municipales y de los organismos administrativos pertinentes, puesto que todos ellos son propiedad de las entidades públicas anteriormente mencionadas.

Aparte de lo irritante que resulta este doble rasero, cuando se supone que la Administración debería dar ejemplo al aplicarse sus propias leyes, todavía peor es el cinismo que rezuma de los respectivos proyectos de construcción de los citados edificios a la hora de justificar lo injustificable; aquí no estamos hablando ya de gustos ni de criterios estéticos, sino de leyes saltadas a la torera y de forma impune.

Pero esto es lo que hay.

© José Carlos Canalda, (2.141 palabras) Créditos