EL «ARTE» CONTEMPORÁNEO
por José Carlos Canalda

Antes de comenzar creo conveniente hacer una declaración de principios: salvo excepciones me disgusta sobremanera el llamado arte contemporáneo, al cual en realidad habría que denominarlo arte vanguardista dado que, a mi modo de ver, se trata de una apropiación indebida de un término mucho más amplio al resultar evidente que arte contemporáneo es aquel que se ha realizado en nuestra propia época sin limitación alguna de estilos o tendencias. Tampoco resulta ser éste un término demasiado afortunado, ya que artistas de la talla de Goya, Mozart o Beethoven fueron vanguardistas en su época y nadie duda de su genio; pero pese a todo confío en que se me perdone al seguir utilizándolo, ya que no conozco una expresión mejor para describir todos estos movimientos que desde hace cosa de cien años vienen dedicándose a dinamitar el arte para jugar luego estúpidamente con los escombros.

Sin embargo, los defensores de las tendencias vanguardistas han conseguido secuestrar el término al tiempo que condenaban al ostracismo a todos aquellos que no comulgaban con sus ideas, lo cual ya por sí solo nos da una muestra cabal del modo en que respiran estos caballeros. Y si alguien cree que exagero, baste con recordar los problemas de censura, digna de la extinta Inquisición, que tuvo el renombrado pintor Antonio López —al que nadie negará su condición de contemporáneo dado que por fortuna está vivito y coleando y en plena madurez artística— con los responsables del Museo de Arte Contemporáneo (sic) Reina Sofía, los cuales tuvieron vetada su obra durante mucho tiempo debido a su estilo hiperrealista.

Este hecho, u otros similares de mucho menor calado pero no por ello menos significativos, me hacen reflexionar sobre la historia del origen del Movimiento Impresionista. Como es sabido, éste surgió por iniciativa de un grupo de pintores, franceses en su mayoría, que se rebelaron contra la dictadura del academicismo entonces imperante esgrimiendo la bandera de la libertad artística, es decir, el respeto a la libre voluntad de cada artista para crear de la manera que le pareciera más oportuno sin cortapisas de ninguna clase.

Ante esta rebelión contra cualquier tipo de corsé artístico o cultural, que había tenido su precedente en el romanticismo, no cabe otra reacción que la de mostrar simpatía por ellos, puesto que el arte, estoy plenamente convencido de ello, ha de ser ante todo libertad. Sin embargo, se dio la circunstancia de que esta entrada de aire fresco acabaría derivando en pocos años, a finales del siglo XIX o los primeros años del nuevo siglo XX, hacia unos movimientos vanguardistas que, envueltos en sus mismos ropajes, pronto comenzarían a mostrar su verdadero rostro del todo excluyente con quienes no comulgaban con sus ideas... y de esos polvos, nacieron estos lodos.

Acabo de afirmar que el arte ha de ser, ante todo, libre. Eso es necesario o, mejor dicho, imprescindible, puesto que si lo sometemos a la tiranía de unos cánones acabará acartonándose tal como ocurrió con el arte bizantino, del cual tan sólo los expertos son capaces de dictaminar si una obra determinada procede del siglo XIII o si, por el contrario, fue realizada ayer mismo; pero la libertad, pese a todo, no es por sí sola suficiente.

Para mí el arte, además de libre, ha de ser creativo, es decir, ha de aportar algo que merezca la pena huyendo de imitaciones vacías y de vulgaridades sin sentido. Este concepto lleva implícito otro, el de la dificultad; a diferencia del artesano, que tan sólo aporta su buen oficio de forma repetitiva, el verdadero artista ha de ser capaz de crear algo que sólo esté al alcance de unos pocos elegidos; si Beethoven no hubiera sido un genio, cualquiera habría sido capaz de imitar su Novena Sinfonía. Así pues, la mediocridad ha de ser considerada, forzosamente, como enemiga del verdadero arte.

Y eso no es todo. El arte ha de ser, asimismo, el vehículo del que se sirve el artista para transmitir sus sentimientos, sus inquietudes o sus reflexiones al común de los mortales. Si esta comunicación falla, es evidente que está fallando todo lo demás por muy buenas virtudes de que éste disponga. En resumen, los tres pilares sobre los que se apoya el verdadero arte han de ser la libertad creativa, la excelencia de esta creación y la capacidad de la misma para llegar al gran público.

Con altibajos, a lo largo de la historia es así como se ha comportado el arte occidental, y basta con repasar la historia del mismo, en sus diferentes vertientes, para comprobarlo. Por supuesto que hubo que luchar por mantener estos tres pilares, en especial el de la libertad creativa, pero pese a todos los obstáculos el arte logró salir siempre adelante evolucionando, pero manteniéndose fiel a sus orígenes.

Por desgracia esta situación se truncó con la llegada de los vanguardistas. En primer lugar, y como ya he comentado anteriormente, el sectarismo parece ser el compañero inseparable de estos apóstoles de la vacuidad, que acostumbran a denostar a quienes no son de su cuerda de forma similar a como lo hacían, en un sentido completamente opuesto, sus precedentes impresionistas. Ya he puesto el ejemplo conocido de Antonio López y el Reina Sofía, pero realmente hay muchos más sin que nadie mueva un dedo por evitarlo.

Pasemos ahora al segundo postulado, el de la creatividad. Insisto en que el arte, como cualquier otra cosa, no es algo que pueda estar al alcance de cualquiera; sólo Cervantes fue capaz de escribir el Quijote, y las muchas imitaciones que tuvo, empezando por el apócrifo de Avellanada, fueron tan sólo eso, malas copias de nulo valor literario. ¿Qué ocurriría, pongo por caso, si cualquiera fuera capaz de pintar Las Meninas? Absurdo, ¿verdad?

Pues bien, resulta evidente que, amparándose en el manto protector de las vanguardias, ahora cualquier pintamonas tiene el descaro de intentar vendernos su arte, pese a toda evidencia de que la valía de lo perpetrado es virtualmente nula. Este molesto fenómeno viene probablemente de una errónea e interesada digestión del primitivo rechazo de los autores decimonónicos al corsé del academicismo; así, se dirán estos gaznápiros, yo soy libre y no me sujeto a reglas... pero esto, se mire como se mire, tiene de libertad poco menos que el barniz.

En realidad el academicismo no es malo, sino todo lo contrario, siempre y cuando se circunscriba tan sólo a su ámbito natural, el de la formación de los nuevos artistas. Evidentemente los impresionistas tenían razón, pero no en el rechazo frontal al academicismo, sino a la hora de denunciar que éste se convirtiera en un corsé vitalicio que les impidiera desarrollar su labor creativa, matiz que parecen olvidar los interesados vanguardistas de hoy en día.

Resulta una verdad de perogrullo afirmar que en la formación de un artista revisten especial importancia tanto el conocimiento de la herencia secular —no me imagino a un pintor o escultor dignos de tal nombre que no conozcan el arte clásico, el medieval o el renacentista— como el dominio de las técnicas necesarias para realizarlo, por lo que yo concibo al academicismo como una formación académica en el sentido más literal de la palabra. Así, al igual que un aprendiz de mecánica tendrá que estudiar previamente todo lo relativo a los motores antes de ponerse a arreglarlos, digo yo que un aprendiz de arte tendría asimismo que conocer y dominar las técnicas necesarias para, según el caso, tallar una escultura renacentista o pintar un cuadro barroco. Digo conocer y dominar, insisto, otra cosa muy diferente será, por supuesto, la que luego haga a lo largo de su carrera. Pero si no las domina, difícilmente se le podrá considerar un artista digno de tal nombre.

Voy a poner dos ejemplos ilustrativos de esto. Al parecer, al músico ruso Sergei Prokofiev le criticaban que sus obras estuvieran alejadas del canon clásico, tildándole de incapaz de seguirlo. Prokofiev, sin inmutarse, compuso su magnífica Sinfonía Clásica —el nombre lo dice todo— y, cuando quedó claro que si no seguía los cánones académicos era porque no quería, no porque no supiera, tras callar a sus detractores siguió componiendo a su gusto.

Confieso que a mí no me atrae gran cosa el cubismo, incluyendo las obras del propio Picasso; pero basta con ver sus cuadros de juventud para convenir que el pintor malagueño, amén de un genio, dominaba perfectamente la técnica clásica; otra cosa muy distinta es que le apeteciera utilizarla.

Pero, ¿qué decir de todas esas tomaduras de pelo —no pueden ser calificadas de otra manera— con las que inundan los museos de arte contemporáneo, las salas de exposiciones y los vestíbulos de los edificios oficiales? ¿Qué pensar ante una colección de escobas colgando del techo, unos hierros retorcidos de cualquier manera o un lienzo emborronado con chafarrinones de pintura sin el menor sentido? ¿Eso es arte? Todavía peor, si eso es capaz de hacerlo cualquiera, y me consta que así es, ¿qué valor tiene? Para mí, ninguno.

Punto tercero, la comunicación entre el artista y su público. Otra de perogrullo: ¿de qué sirve que alguien sea capaz de pergeñar algo creativo si, por las razones que sean, su obra no llega a nadie? Por supuesto que la deseable popularidad no puede en modo alguno imponerse sobre lo demás, sobre todo teniendo en cuenta que los gustos de la mayoría suelen ir más parejos con la cantidad que con la calidad; pero ni un extremo ni otro. Huelga decir que siendo el sano orgullo —nada que ver con la vanidad— algo consustancial al espíritu artístico, resulta obvio que todo artista busque el reconocimiento de su obra, y eso sólo puede venir de su aceptación por parte de sus contemporáneos.

Sin embargo, es evidente que el divorcio entre los artistas vanguardistas y los destinatarios potenciales de su arte es muy superior al existente en cualquier otra época anterior, incluso admitiendo que el arte siempre ha sido, por lo general, potestativo de minorías cultas y educadas... brecha que se incrementa todavía más si tenemos en cuenta que es actualmente cuando las manifestaciones culturales y artísticas han estado al alcance de casi todos, quizá por vez primera en la historia.

¿Cómo se entiende esta aparente paradoja? Es sencillo, simplemente han fallado los postulados primero —la libertad— y segundo —la creatividad— de gran parte del arte actual, lo que acarrea indefectiblemente el desinterés por ello, es decir, el fracaso del postulado tercero. Es lógico, como lógica resulta también la suposición de que es obligación del artista llegar al público —aunque no a cualquier precio— y no lo contrario, pese a lo cual estos presuntos artistas acostumbran a reaccionar matando al mensajero. En su soberbia —pecado mortal difícilmente compatible con el buen arte—, suelen tildar de reaccionarios y de incultos a quienes no están dispuestos a pasar por el trágala que intentan imponerles, cuando lo lógico sería que haciendo un ejercicio de humildad convinieran bien en dar un golpe de timón, bien en aceptar que no sirven para esto renunciando a sus ínfulas de artista... algo que por desgracia no sucede.

Porque, y he aquí la paradoja —en este caso no aparente, sino real—, este presunto arte sobrevive contra viento y marea a pesar del rechazo o el desinterés generalizado; ¿qué es, pues, lo que ocurre?

Mucho me temo que algo tan sencillo como la existencia de ciertos grupos de presión, minoritarios pero poderosos, empeñados en convencernos ad nauseam de que el emperador viste un bonito traje nuevo, cuando la realidad es que el pobre va en pelotas; y que nadie ose denunciarlo, porque entonces el peso de su inquisición caerá sobre el insolente. Estos grupúsculos, que suelen estar cercanos a los círculos progres —nada que ver con el verdadero progresismo, por supuesto—, suelen seguir los dictados de su manual con una fruición digna de la Rusia de Stalin o la China de Mao —dos prodigios de democracia proletaria—, y uno de sus mandamientos escritos a sangre y a fuego es el de rechazar todo lo antiguo por ser carca, defendiendo lo que ellos y sólo ellos entienden por lo nuevo, que es lo único que mola. Poco importa que, como buena pose, tan sólo la mantengan en público y luego en realidad esas mamarrachadas les gusten tanto —es decir nada— como al común de los mortales; lo importante, lo único importante es figurar, lo demás les trae sin cuidado.

Por desgracia estos apóstoles de lo progre lograron hace años infiltrarse no sólo en los partidos políticos —sobre todo, aunque no exclusivamente, en los de izquierda— sino también, y esto es más grave, en la Administración, acaparando puestos de responsabilidad hasta convertirse en auténticos grupos de presión que no dudan en aplastar a quien no se someta a sus dictados. Y como los políticos españoles suelen ser, entre otros de sus muchos defectos, intrínsecamente incultos, incluso aquellos a los que por su adscripción política cabría pensar que no fueran afines a tamañas mamarrachadas parecen tener miedo a quedar en evidencia —probablemente con razón, aunque no en este caso—, por lo que se apresuran a bendecir a todas estas tomaduras de pelo para desesperación del ciudadano, que ve como se dilapida el dinero pública en semejantes aberraciones. Y así nos va.

¿Cuál podría ser la solución a este problema? Para mí tan sólo hay una, la ya citada libertad artística, la cual arrastraría consigo a la creatividad y a la comunicación. Pero libertad de verdad, con mayúsculas, no la tiranía actual camuflada con piel de cordero y apoyada por unos intereses fácticos muy determinados. Si de verdad cualquier artista —porque haberlos haylos, aunque ahora estén muchos de ellos marginados— pudiera crear en libertad, si pudiera competir con estos cantamañanas en igualdad de condiciones, y si sus obras pudieran llegar a la gente con la facilidad con que lo hacen esos engendros con los que tropezamos por doquier, la selección natural obraría milagros. Mientras esto no ocurra, y por desgracia no tiene aspecto de ocurrir, las cosas seguirán estando igual... de mal.

© José Carlos Canalda, (2.326 palabras) Créditos